La guerra es bella
¿ qué es lo que se siente cuando se va a morir? ¿ O cuándo se tiene la vida de otro hombre en nuestras manos? Hasta el más inconsciente de los seres, siente algo en esa situación. La sed de sangre, el paso al mayor estado animal. La pérdida de nuestra identidad como personas y nuestros principios. Pero es también en la guerra, donde uno puede ver lo que cada persona lleva dentro de si. Solo en una confrontación semejante, se muestra el lado verdadero de las personas. En la vida social todo son mentiras, adulaciones, gestos de buena voluntad. En la guerra uno encuentra la máxima expresión de si mismo. Se pueden ver los límites, los miedos, la fuerza, los sentimientos. La amistad, la camaradería toman la máxima expresión, pues nuestra vida depende de ello. Pero también aparecen los mayores casos de traiciones, cobardía y mezquindad. En definitiva, toda la condición humana, resumida en unos instantes de orgía bélica. ¿A qué quiero llegar con esta estúpida introducción? Deseo contar una breve historia, sobre lo que desde mi punto de vista inexperto, puede ser la guerra. Su crudeza y su retorcida belleza. La guerra es horrible dicen muchos, más los que la han sobrevivido, no saben si su vida hubiera sido tan plena sin ella. Y lo más horrible de todo, ¿ qué ocurre cuando tenemos en nuestras manos la vida de otra persona?
Pero olvidamos algo esencial, la dulce esencia de la caza. Cazar y ser cazado, la lucha de dos inteligencias, sometidas a la máxima presión, la adrenalina llevada al límite. La espera, la tensa espera en la que se oye a kilómetros nuestro corazón latiendo como si fuera a explotar.
Pues bien, esta es mi historia. Todo comenzó un día de tantos en los que volvía de la Universidad. Había sido en general un día feliz, las clases, las prácticas, todo había ido bastante bien y para variar volvía contento a casa. Al llegar encontré a la Policía que me esperaba. Al instante supe lo que había ocurrido, por el ruido de las ambulancias y la policía al volver a casa. Un coche bomba dirigido a Dios sabe quien, había cogido a mis padres mientras paseaban. ¿ Qué sentí en ese instante? Se cruzaron mis sentimientos, las lágrimas brotaron de mis ojos, pero al mismo tiempo, salió de mi una poderosa carcajada. Acababa de encontrarle un sentido a mi vida. Un sentido que llevaba buscando en los libros, en las amistades inútiles, en el amor, en mis estudios. Ese sentido jamás estuvo tan claro. Y por ello, aún con el corazón destrozado, en mi confusa mente surgió la alegría, pues para mí ya no quedaban dudas de lo que iba a hacer en los siguientes años. Iba a dar rienda suelta a mis más bajos instintos. Iba a poner a prueba la ética y la moral que me habían inculcado y que yo mismo había asimilado y comprendido. Gracias a ellos mi vida se simplificó de forma perversa. De forma deliciosa. A lo largo de los siguientes meses comencé la planificación de mi pequeña guerra. Cada noche pensaba en mi familia y en lo perverso de mi reacción. Veía la casa vacía, el silencio, la falta de vida. Durante años soñé con esa tranquilidad, con esa paz. Ahora los remordimientos me atormentaban, por lo mezquino de mis sentimientos. Ellos eran mi vida. Las únicas personas que se habían desvivido por mí en los peores momentos, que me habían querido a pesar de mi confusa forma de ser y de sentir. Alguien tenía que pagar ese desamparo, y ante todo, alguien tenía que pagar la náusea que sentía al verme a mí mismo. Teniendo lo que siempre soñé, a costa de mi conciencia, mi dignidad, mis sentimientos y mi propia felicidad. A partir de ahora, todo sería una única obsesión, un único infierno, plagado de las víctimas que caerían en mis manos. Todo formaría parte de un juego macabro. No cazaría a los terroristas sino a sus familias. Su mujer, sus hijos, sus hermanos, incluso sus hijos. Esa persona sentiría en carne propia lo que tantos inocentes antes. Un terrorista, posiblemente se justifica a sí mismo, que la muerte de inocentes es culpa del gobierno. Ellos solo encuentran una forma de presionarle y es matando a los que menos lo merecen, porque desde su punto de vista, ellos son responsables del gobierno opresor. De cierta forma el estado les obliga a matar. La consecución de una victoria nos obliga a cometer actos atroces. Así es como piensan casi todas las personas de este mundo, que se justifican constantemente, para no caer en la locura, por la mediocre vida que llevan. Aunque en la mayor parte de los casos, el daño solo se lo hacen a ellos mismos y es producto de su falta de valor para buscar alternativas. El caso del terrorista sigue una dinámica parecida. Yo en cambio, sabía que podía elegir. Era consciente de que nadie me había llevado ante esa decisión. Lo hacía porque quería hacerlo y solo necesitaba esa excusa para sacar lo más odioso en mi.
Por lo que empecé a maquinar un plan. Primero busqué proveedores de armas( muchos de ellos, los mismos que suministran a etarras o mafiosos), con mucho disimulo eso si. Y empecé a escribir mi lista negra. La sola idea de ver sufrir a esos monstruos me regocijaba. Pensaba entonces, que el solo hecho de matar a sus familias, les desmoralizaría de tal forma, que ya no volverían a actuar. Al menos, aquellos a cuyas familias pensaba sacrificar yo, en pos de mi sed de sangre. Constantemente me recreaba al imaginar esos rostros desfigurados por el dolor. Rostros que antes sonreían ante las cámaras con extremo desdén y cinismo, con la conciencia tranquila. A partir de ahora sabrían lo que es vivir el horror, la muerte interior.
2º PARTE: ANÁLISIS DE MI
PASADO
Por triste que parezca, nunca pensé tanto en lo que había sido mi vida hasta este momento fatídico. En cierta forma pensar todo mi pasado apaciguaba mi ira y me daba motivos para dejar este proyecto. En un principio solo salían imágenes positivas de lo que había sido mi vida. Era especialmente agradable recordar lo soñador que era de crío, los mundos que mi mente creaba. Estaba lleno de fantasías y buenos principios. Deseaba ayudar a la gente, a mi familia, a los que sufren. También me puse a evocar a mis amistades... las fiestas, las promesas, la fe que tenía en ellos. Pensé en mi lado romántico, en como me enamoraba platónicamente y con locura de muchas mujeres. Me regocijaba pensar lo creativo que era de pequeño, cuantas horas me pasaba dibujando o construyendo castillos, barcos o aviones... Sin embargo, estos dulces pensamientos se oscurecían con mi rencor. Al momento pensaba en la de veces que tuve que pelearme de pequeño, en lo mal que se me trataba y en lo mal que traté a otros para formar parte de un grupo.
Más tarde evoqué mi pasado más reciente, especialmente lo concerniente a ella. Mi relación empezó casi por casualidad, pues la verdad es que ambos no pensábamos que terminaríamos juntos, incluso meses después veíamos lo nuestro como algo sin ataduras, sin promesas y sin futuro. De alguna forma, ambos somos almas descarriadas, llenas de cansancio ante lo que nos rodea. Con ella y solo con ella, encontré un interlocutor válido, alguien que me comprendiera. Fue la única persona hacia la que soy incapaz de guardar rencor. Nada de lo que nos pudiéramos hacer, era considerado como malo. Siempre tratábamos de entender las razones del otro. Todo esto sin contar su personalidad, el fuego que manaba de sus ojos era contrastado con la tristeza de su carácter. Todo en ella es bondad y sin embargo siempre piensa que es malvada por no controlar sus impulsos. Solo con evocarla sonrío y al mismo tiempo, se me llenan los ojos de lágrimas pensando en su constante dolor. Ella es una de esas personas, llenas de inteligencia y talento, pero sin la fuerza suficiente para soportar el horror, de ver muchas cosas tal y como son y no como nos las han educado. Cada noche en que no dormía con ella, trataba de abrazar inútilmente el aire, en un vano esfuerzo por evocar su cariño, sus besos, el calor de su ternura. Después de ella, todas las relaciones me resultarán insípidas y por lo tanto no habrá nada importante a lo que aferrarme para no caer en este horror.