¿por qué este título? Quizás porque en mis ensayos
no suelo hablar de mi vida cotidiana, de las cosas que me hacen feliz (o al
menos no lo hago desde hace bastante). Llevo algún tiempo intentado sintetizar
algunas cosas, que he mencionado sutilmente en algún otro ensayo, pero
que no he concretado.
En las últimas semanas, mi vida se ha centrado en el ocio, quizás
porque más o menos se ha estabilizado y sólo me queda estudiar
lo poco que me queda para terminar la carrera.
Hubiera estado bien licenciarme en septiembre, realmente genial, pero no soy
muy dado a hacer milagros, en parte porque no pongo ahínco a casi nada
de lo que hago. Hay demasiadas cosas en esta vida, como para dedicarse sólo
a una en concreto. Bueno, esa es la excusa que me repito para no sentirme un
completo fracasado. Aunque de todos modos, creo que no lo soy. Me he sacado
dos cursos y medio en dos años. No está mal teniendo en cuenta
todos los líos en los que me he metido.
Este ensayo va a ser un pequeño encomio a la prepotencia. Una mención
a todas las cosas que me hacen feliz y también a cómo me enfrento
a todo lo que me ha llegado a hundir en ocasiones. Es, para no variar, una aportación
a aquellas personas que se sienten identificadas con mis humildes aventuras
y desventuras, que son, supongo yo, muy comunes.
El último par de meses de incertidumbre, me he dedicado principalmente
a ver a muchísima gente que tenía algo perdida. Hice un breve
viaje de cinco días con Luis a Guadalajara, dónde tuvimos emocionantes
vivencias como la de ser perseguidos por vacas asesinas, o dormir en un camping
abandonado con todo tipo de pensamientos oscuros acerca de fantasmas. Con Luis,
casualmente siempre batimos records familiares de ascenso. Esta vez me hizo
andar sin ningún rodaje durante doce horas para coronar una cumbre dónde
nos mataba el frío y el viento. Luego, para hacer la gracia, tuvimos
que atravesar zonas sin caminos dónde saltábamos de arbusto en
arbusto para no caer al río, llegando de noche al coche y conduciendo
hasta bastante más tarde. Caminamos en varias ocasiones en completa oscuridad,
tropezándome con todo y a ciegas. Lo mal que lo pasé a veces y
cómo llegó un momento en que asumía con fatalidad la realidad
de que salgo con un psicópata de la montaña, hizo, que me relajara
increíblemente en ese viaje.
Igual me pasó en mi viaje por Europa. Empezó siendo tenso, pero
poco a poco, dejé de dar importancia a muchas cosas y volví a
España renovado sintiendo, que tras cosas así, todo podía
ser posible y de fácil solución. Estuve en las ciudades más
bonitas del mundo, en parte desperdicié mi oportunidad de verlas mejor,
pero ya de por sí, era mucho el haber llegado hasta allí, el siquiera
haber tomado contacto con ese mundo nuevo, con todas esas personas. Que fuera
del todo perfecto, era buscar una quimera.
Hasta hace bien poco, cada discusión que tenía con un amigo, implicaba
estar pensando durante días en ello. Obsesionarme en hacer entender a
la otra persona o en ver qué fallaba en mi forma de ser. Ahora, tras
muchos años de pasarlo mal por cosas así, cada vez me cuesta menos
matar a las personas que me importan. Da lo mismo lo mucho que pueda querer
a alguien, pero si me perjudica tengo que apartarle de mi vida y seguir tan
tranquilo. Intentaré solucionarlo las veces que sean, pero implicándome
cada vez menos.
Uno de mis lemas, que tanto he repetido a algunos de mis amigos más liberales,
es que amar o apreciar, para ellos es gratis. Porque sólo lo hacen de
palabra y luego actúan como les viene en gana. Ahora intento aplicarme
eso que en cierto sentido les reprochaba. No cuesta nada apreciar a alguien.
Lo difícil y peligroso es comprometerse, que sus problemas y necesidades
te involucren. Curiosamente, eso lo aprendí en el viaje por Europa. De
repente me dejó de importar el futuro de mis personas queridas. Asumía
que tomaban una decisión y que sólo ellos eran responsables de
sus desgracias.
Sigo teniendo mi humanidad, por más que intento matarla y siempre que
veo a alguien querido sufrir, llego a convertirlo en mi propio dolor. Pero esto
es como cuando estoy comiendo en casa y veo a los niños de África
morirse de hambre, llegando a llorar con algunas imágenes...
Nada tan fácil como cambiar de canal y seguir engullendo. Oh, cuan mezquino
dirá alguno. Todo nuestro nivel de vida y nuestra felicidad se sustentan
en que esas personas se mueran de hambre. Lo estúpido es que aún
me conmueva.
Pues con mis seres queridos pasa igual. Intentaré ayudarles en la medida
de lo posible, pero sin que ello me arrastre. Les veré morir, como ya
me ha pasado en alguna ocasión y seguiré pensando que ellos decidieron.
Siempre me quedará un pensamiento oscuro, por lo que pude hacer. Pero
realmente no estaba en mi mano.
En una de las últimas fiestas, bebí demasiado y para variar salió
mi mal beber, que consiste en hablar de lo que no debiera y en sacar temas que
posiblemente debiera dejar mejor escondidos, pues ya se hablaron lo suficiente.
Terminé, junto a Luis, rezando de rodillas, en plena calle, llorando,
pidiendo perdón al amigo que murió hace más de un año,
al que no presté toda la atención posible cuando quizás
pudiera haberle ayudado estando con él, aunque lo que dijera no sirviera
de nada. Pero aún así, aunque esa culpa siga dentro de mí,
sigo pensando igual. Cada persona toma su camino.
Igual me sucede con las amistades más intensas. Nos llegamos a ver cada
día, nos corremos las mejores juergas...
Estas semanas me lo he pasado como nunca. He hecho varias escapadas, he montado
dos fiestas en casa, en las que se ha bebido, se ha cantado, se ha bailado,
se ha tocado el piano y la guitarra, se ha cambiado el mundo en un sin fin de
conversaciones, se ha elogiado la amistad y el amor, se ha deseado. Dios, hasta
he jugado a tinieblas, tan borracho, que solo podía arrastrarme de un
rincón a otro, para ponerme a morder al pobre Jorge (que por cierto me
ha fastidiado un brazo). Sentí una felicidad irrefrenable cuando tras
dos días pude desatascar el lavabo de vómitos de un parroquiano
en cuyos fluidos ya tuve que meter el brazo en otra ocasión para evitar
que se desbordara hacía años. He dado un sin fin de paseos con
mis amigos. Nada se puede comparar a mis cenas vips con Luis, dónde me
dedico a despotricar sobre su vida. Las charlas con el oráculo (Edgar),
acerca del bien y el mal y las decisiones difíciles que a veces he de
tomar.
Mis visitas al Trasgu con María, para tomar huevos estrellados con chorizo.
Ella siempre divina, yo con barba de una semana y un aspecto de lo más
lamentable. Me encanta ver la cara que ponen algunas mujeres al verla a ella
y al mirarme a mí.
Qué decir de cuándo voy con Guille a tomar un batido a la gasolinera
más alejada de Moratalaz en plena noche y nuestras conversaciones versan
siempre sobre los mismos temas políticos.
Ni qué decir lo bien que me lo paso cuando Bego me invita a su casa a
cenar, contarme sus aventuras amorosas y sus (al contrario de casi todas las
mujeres) puntos de vista concretos y sinceros, que tanto contrastan con las
trolas que me cuentan las demás.
¿Y lo mucho que me he reído con Tomas, Koldo, Roberto y Gabi estudiando
en la 24 horas de ciencias, casi hasta llorar, a pesar del estres que hacía
que se me retorcieran los dedos y los dientes castañetearan hasta desgastarse?
O la vez que estuve en casa de Luis, cantando canciones de dibujos animados
de nuestra infancia con Bego.
¿y por qué no mencionar, la de veces que me ha aguantado Pablo
todo mi mal carácter, comiendo basura y paseando por su barrio mientras
me enseñaba los sitios dónde jugaba a “pato aventuras”
en su infancia?
¿hace falta mencionar, todas las veces, que la gente me ha llamado, se
ha preocupado por mí y me ha hecho sentirme más querido que nunca
con sólo dedicarme unos minutos cuándo más lo necesitaba?
O mi entrañable amistad con Juan Pedro, que consiste en quedar para andar
hasta ventas e insultarnos, denigrar los méritos del otro hasta convencernos
mutuamente de que no valemos nada.
Ha sido en esas situaciones en las que me sentía más traicionado,
cuándo he valorado a mucha gente y más me he dado cuenta de lo
afortunado que era a pesar de desear estar muerto.
Pero ahora he asumido, que si un día me dejan de llamar, si de repente
tanta discusión no lleva a nada más que a amargarme la vida, me
apartaré sin dudarlo demasiado tiempo. Esperaré. Respetaré
ese distanciamiento o lo aplicaré para evitar mayores problemas. Reflexionaré
desde la distancia, para no hacer algo de lo que luego me arrepienta y sino,
buscaré nuevas posibilidades y procuraré no mirar atrás.
En la vida se cierran etapas y las necesidades y la paciencia varían.
Seguiré queriendo a casi todas esas personas que dejé atrás,
seguiré sintiendo remordimientos por el daño que pueda hacer,
pero ante todo pensaré en mí mismo. Eso, lo he aprendido en carne
viva, de las personas en las confié o confío. A unas las respeto
y quiero, pues algo me han enseñado de la vida, de la libertad y de la
posesión. En cambio, bailaré sobre la tumba de otras, porque su
enseñanza, sólo viene motivada por el egoísmo, la hipocresía
y el vacío de sus vidas, con el que justifican su completa falta de interés
por quien no sea ellos mismos.
Siempre me sentiré mal cuando vea que alguien se sigue acordando de mi
e intenta que nos veamos. Pero juzgo los actos, no las palabras. Y hay ciertas
cosas que no las motiva únicamente el rencor, sino la certeza de lo que
es más conveniente y sincero para con uno mismo. El camino al infierno
está lapidado de buenas intenciones, decían por ahí. Me
da igual que alguien me diga que me quiere, si no me quiere como espero. Muy
mal suena eso, ¿verdad?. Ahora lo matizo... No me importa ser yo quien
llame, no me importa ver a una persona cada día o verla una vez cada
dos meses. No me importa si alguien me escucha o no. Me da igual si alguien
es tonto o listo, si es frívolo, pijo, alternativo, comunista o simplemente
gilipollas. Tengo los amigos más diversos. Me considero tolerante, pero
hay una excepción que puede dejar a muchísima gente fuera. No
soporto la mentira, no soporto la hipocresía, no soporto a las personas
que no tienen nada en cuenta el daño que pueden originar sus actos. En
definitiva, no soporto la inconsciencia, aunque también hago muy amplias
excepciones con personas que demuestran su afecto, aunque no siempre respeten
algunas cosas. Es cierto que nunca nos amarán como deseemos, pero todo
tiene un límite. Y lo mediocre es conformarse con lo que viene, en vez
de escoger lo que es bueno y ético.
Ahora mi vida es hedonista, epicúrea. Disfruto de la compañía
de la gente más que nunca, prácticamente de cualquier gente. Confío
en muy poca, espero cada vez menos de ellos, pero me hacen feliz con su compañía,
su conversación, aunque todo lo que me digan esté plagado de falsedad.
No entran en mi vida privada, me entretienen y siento afecto por ellos. A algunos,
los llego a querer, pero la implicación que tuve en su día, está
cada vez más muerta. Yo me siento ahora libre, feliz y sólo puedo
reírme de tanta miseria propia y ajena para poder seguir adelante. Creo
tener los mejores amigos del mundo y no sólo de forma subjetiva, sino
que estoy convencido de que también lo son de forma objetiva. En ese
sentido no tengo nada que envidiar a nadie. Puedo envidiar la inteligencia,
la capacidad de trabajo, quien sabe si la salud o cosas así. Pero las
amistades que tengo, en cierto sentido, son mérito mío. Por muchas
vidas no he pasado indiferente y algunos son los que se han arrepentido de perderme,
aunque ello no haya motivado la más mínima autocrítica
por su parte. En cambio, otra gente no ha visto nada en mí, como siempre
pasa en la vida. Sin embargo, creo que no me arrepiento de haber perdido a casi
nadie. Un día abro los ojos, o sencillamente algo muere y ya está.
Hice lo que pude. Cometí errores y los traté de enmendar. Pero
no me quedo normalmente con la sensación de lo que pude o no hacer.
Siempre hay excepciones y siempre hay un apego, pero si se es consciente de
que se ha hecho lo que se ha podido, ya sea en las relaciones o en los objetivos
que uno se marca, la frustración no debe existir. La autocrítica
es necesaria, pero sin que sea malsana y destructiva. El remordimiento, también
porque sino, se pierde la consciencia del daño que se puede hacer muchas
veces. Pero hay que asumir, que muchas pérdidas, son necesarias, casi
imprescindibles para poder seguir avanzando y evolucionando. No podemos adecuarnos
a cualquiera, ni podemos hacer que todos nos entiendan. Difícil ya es
que no es respeten. La inconsciencia no es excusa o al menos no es problema
nuestro. En la vida hay que seguir una selección natural y eliminar todo
aquello que no es bueno para nosotros. Eso endurece el carácter, destruye
algo de nuestra parte afectiva, pero si nos paramos a pensar mínimamente
en que el afecto de los demás, casi siempre es mera necesidad y que jamás
tendrán en cuenta nada más que sus propias necesidades, entonces
la decisión se vuelve mucho más fácil.
Y todas esas personas, amigos, amantes, familiares, que van por la vida defendiendo
su completa libertad, sin un ápice de autocrítica... que sólo
entienden sus propios problemas y jamas tienen en cuenta los de los demás,
son personas fácilmente prescindibles y su cariño es simplemente,
la mentira que se repiten a ellos mismos, pero no la consecuencia de sus actos.
Si, sienten afecto, pero de ese que mencioné, gratuito. Muchas veces
ofendo a personas casi sin proponérmelo, cuando me río un poco
de que me pregunten por mi vida o me suelten consejos y demás historias.
Si cuándo tuvieron una mínima trascendencia y poder de influir
en mi vida, ya fuera para mejorarla, ya fuera para evitarme un daño y
no hicieron nada, porque todo era problema mío y sus problemas y necesidades
eran infinitamente más importantes...¿para qué preguntar?
¿cómo se puede ser tan imbécil? mira que no me considero
inteligente, pero lo curioso es que se ofendan. Yo pregunto a mucha gente por
sus vidas y no me importan mucho. Hubo un día en que que existió
algo más que afecto y ese sentimiento persiste. De alguna forma te interesan
esas personas, pero obviamente, salvo que sea algo grave, tampoco moveré
un dedo por ellas, ni éstas por mí. Mera curiosidad, la puedo
entender, o educación. Pero no aparentaré que me importan. Todo
lo demás es falsedad o estupidez.
La mayor parte de las personas son sólo palabras, palabras y más
palabras. Y yo eso se lo dejo a los poetas y a los filósofos, que son
un buen ejemplo, de personas que no hicieron nada importante en sus vidas, salvo
escribir y compadecerse. De casi todos ellos, rara vez se puede sacar un buen
ejemplo de persona que vivió la vida. Se tiraron a cuatro idiotas, necesitadas
de una mentira y que pronto cayeron en el mismo abismo de desgracia, que provocan
personas que no hacen nada, más que dedicarse al “saber”.
Un escritor que me encanta es Chejov, precisamente porque retrata ese tipo de
personas aburguesadas, que somos nosotros mismos ahora. Gente que solo reflexiona
sobre la vida que no vive. Por esa razón, nada de lo que la gente me
diga, me lo podré llegar a creer. Es decir, creerme, me lo creo todo.
Alguien me cuenta una historia y no me planteo cuestionarla, salvo que sea demasiado
inverosímil. Pero en el momento en que esa historia pueda tener la más
mínima influencia en mi vida, ya será algo distinto.
Poco a poco voy descubriendo lo genial que es tomarse la vida con un poco de
hipocresía, cinismo e ironía. Mostrar interés en las historias
más triviales, en las personas más triviales. Hacerles creer de
forma pasiva que te interesan, aunque en ningún momento prometas o afirmes
algo que sepas que es mentira. Vivir esa vida de completa armonía con
el entorno que te rodea, adaptándote a cada circunstancia sin perder
la ética, pero perdiendo prejuicios, manías y demás limitaciones
que sólo te impiden descubrir una faceta más de la vida que hasta
entonces no conociste por algo llamado “principios”.
Pero creo, que mi vida es plena. Nada se puede comparar a los días en
que toco el piano y algo me sale, en que apruebo exámenes y hasta creo
saber algo de lo que estoy escribiendo. Los días solitarios en que escribo
alguna de estas tonterías y alguien me llama para comentarme que se lo
ha leído y me cuenta sus impresiones. El mismo placer de escribir, de
pasar de un conjunto de ideas sueltas al enfrentamiento con un razonamiento
más objetivo al intentar plasmarlas en el ordenador. El sin fin de libros,
películas que disfruto en la intimidad, con ese momento de dicha, tan
íntimo que nadie más podría compartir de la misma forma
que tú. Y luego, por supuesto ese placer distinto que tiene el compartirlo.
Todos esos momentos se eclipsan si se tiene una depresión fuerte. Entonces
no eres capaz de hacer nada, de disfrutar de nada de lo antes mencionado. Pero
también hay una serie de trucos para enfrentarse a ello. El mejor, es
rodearse siempre de personas. No quedarse nunca sólo para seguir obsesionándose
con el mismo tema. Unos días para reflexionar y si nada se consigue,
entonces rodearse de buenas personas para olvidar, para no pensar y para sentir
la vida de cerca.
Un ejemplo podría ser, la salida cuyas fotos titulé “la
última noche”. Fue un día realmente malo, en que concurrieron
distintas experiencias desagradables y estaba realmente deprimido. Pero me forcé
a salir, como otras veces. Estuve en un sitio que me encanta y al final de la
noche, con algunos de mis mejores amigos. Y con tanta tristeza, pero tantas
ganas de vivir, de sentirme bien que fue una noche genial, conmovedora y decisiva
para lo que intento mostrar aquí. Bebes, gritas, te quejas, te desahogas
y al día siguiente lo que más te importa es la resaca que tienes
y limpiar tus venas de tanta porquería.
Hay un algo de belleza en la melancolía, las depresiones, el compadecerse
por un rato a uno mismo. Puedes llegar a disfrutar de ese pequeño drama
que te montas, te expresas, te emocionas...
Es como, cuando discutes con tu novia y al momento haces el amor. Aún
te sientes triste por el daño que has podido hacer o sufrir, pero entonces,
el sexo, el amor, son mucho más intensos, más vitales. Te aferras
a esas emociones e instintos con una fuerza inusitada y las percibes con mayor
plenitud.
De nada guardo mejores recuerdos, que de caminar por las calles con un amigo
o dos, borrachos perdidos y contándonos las penas, sin ninguna vergüenza
de nuestra tristeza, sacando todas nuestras frustraciones en un momento, abrazándonos
y riendo sin parar de nuestro patetismo.
Hasta de un momento triste se pueden sacar experiencias entrañables.
La depresión casi siempre lleva asociado un sentimiento de ira, de vergüenza,
a veces rencor y muchas otras cosas. Ese odio, ese desprecio por los demás
o por uno mismo, puede ser un gran acicate para clavarse en el orgullo y canalizarlo
en alguna meta concreta. Es sintiendo vergüenza de uno mismo, cuando el
espíritu puede regenerarse y acometer cualquier empresa.
La siguiente fuente o pozo para la felicidad, está en mentirse o no
a uno mismo. En mis debates con Edgar, éste mencionó que conocía
bien la vida quien menos se auto engañaba. Hay algo de cierto en eso.
Opino, que la mayor parte de la población es infeliz o termina dándose
cuenta de que es infeliz por haberse mentido. En unos casos, por seguir a rajatabla
lo que les han enseñado desde críos, creyéndose un sin
fin de dogmas. Piensan que la felicidad, está en una buena carrera, un
buen trabajo y la pareja que guste a padres y amigos. Al principio se lo creen,
quien sabe si algunos hasta el final de sus vidas. No lo se, no estoy en sus
cabezas. Obviamente, siguiendo un camino prefijado la vida se vuelve más
fácil, pero sin elección, creo que tiene poco sentido.
Lo malo, es cuando esas relaciones de apariencias empiezan a mostrar su verdadera
forma de ser, cuando esa carrera o curros ideales muestran que pueden no ser
lo que a uno realmente le gustaba, sino aquello que hicieron por la inercia
que motiva el entorno. Un día todas esas historias caen por su propio
peso y la gente reacciona de forma algo patológica. No quiero mencionar
el sin fin de relaciones que conozco, que parecen tan ideales pero a las que
siempre falta algo. Dios sabe cuántas infidelidades he encubierto, sin
contar todas las que no han podido ser por falta de suerte, o cuántas
veces he sido el chivo expiatorio de las mentiras que alguien le tenía
que dar a su pareja para que esta persona pudiera hacer lo que le viniera en
gana, sin perder a ese ser querido que no era capaz de aceptar o entender ciertas
libertades.
Eso sin contar cuántas relaciones veo que rompen y vuelven durante años
para que al final no quede nada. No veo mal tratar de solucionar las cosas y
lo comprendo si se quiere a alguien, pero lo que no es lógico es mentirse
a uno mismo y pensar que la otra persona cambiará. El único cambio
que se puede esperar, es de uno mismo y con cierta moderación, pues ya
tenemos un carácter forjado e ir contra él puede ser perjudicial.
Hay quien piensa que la gente cambia. Yo opino, que en términos absolutos
no. Se pueden disimular defectos de carácter, ser ligeramente más
hipócrita o algo más amable para acondicionarse al entorno, pero
las cosas básicas ahí están. Un ejemplo típico para
justificar el cambio estaría en cómo cambian nuestras ideas políticas
de algo extremadamente revolucionario y social a lo conservador y egoísta.
No creo que eso sea cambiar, sino que las personas, con el tiempo y con la observación
de los propios actos, muchas veces se va concienciando de la contradicción
que existe entre sus ideas y su forma de actuar en la realidad. Es ahí
cuando amoldan sus ideas hasta ser un poco más consecuentes consigo mismos.
Volviendo a la primera categoría de auto engañados, decir, que
tiendo a no admirar excesivamente a la gente que ha triunfado en la vida. Sonará
que es por envidia y puede que así sea, pero voy a intentar justificar
mi razonamiento.
En un principio, admiro cualquier acto que represente voluntad, esfuerzo, valor.
Pero al rato, me planteo qué lo ha podido motivar. No es el mismo tipo
de valor que demuestra un soldado en combate, descerebrado, incapaz de entender
lo que es la muerte, o que haya algo más aparte de la guerra, a la persona
que conoce con plenitud la vida y aún así se sacrifica por algo
en lo que cree a pesar de que no necesite hacerlo. Hay un abismo de distancia.
Pues en la vida real es más de lo mismo. La mayor parte de la gente muy
voluntariosa, ambiciosa, trabajadora incansable ha mamado todo eso en casa y
nunca se ha planteado si es bueno o malo. Lo hacen instintivamente. Por supuesto,
con muchos de nosotros lo han intentado nuestros progenitores y no lo han conseguido,
así que algo de mérito tiene. Pero digamos, que esas personas
lo asumieron instintivamente de pequeñas y no se lo plantearon de forma
reflexiva o adulta. Luego les vino muy bien para conseguir muchas de las cosas
que se proponían y al menos, en buena parte se han podido adaptar a la
sociedad y obtener los beneficios que esta ofrece. Sin embargo, de tanto creerse
esas fórmulas que tienen tan metidas, en la mayor parte de los casos
que conozco, no han sabido entender su entorno, las personas que lo forman y
se han frustrado al ver, que tanto esfuerzo no les daba la felicidad, pues no
encontraban el amor que deseaban, solo una mera ilusión. En cambio, si
que admiro con toda mi alma, a personas que han podido cambiar realmente, que
no hacen algo bueno para sí mismas o para su entorno de forma espontánea,
sino tras una decisión, tras haber vivido la parte contraria. Hay un
lema que dice que hay que temer la bondad de los débiles. Estoy completamente
de acuerdo. Su bondad no radica normalmente en algo decidido de forma libre,
sino del temor al rechazo social. Son buenos, porque aún te necesitan.
Quítales la razón de su necesidad hacia ti y su comportamiento
será sorprendentemente distinto. Esta idea la repito sin cesar, posiblemente
esté en otros textos, pero normalmente carezco de la suficiente imaginación
para mis ejemplos. Lo mismo le pasa a las personas que han sido inculcadas de
una moral. Tarde o temprano caen en una contradicción. La moral, ha de
ser algo distinta para cada persona y sino, pues la gente se comporta de forma
algo enfermiza y peligrosa. Una paradoja de la moral de la iglesia, sería
como en los últimos años, posiblemente por haber desaparecido
las campañas del uso del preservativo ha aumentado considerablemente
el número de abortos.
En definitiva, tarde o temprano estas personas algo descerebradas de comportamientos
de hijo ideal chocan con sus realidades y sueños y tratan de llevarlo
a cabo a espaldas de la vida que sea han creado, siendo infelices de por vida,
teniéndolo todo en apariencia.
Ahora está el segundo caso, mi favorito y el que he vivido más
de cerca. Quizás porque siempre me he movido entre gente peculiar, muy
dada a pensar, leer, filosofar y no hacer nada. Es posiblemente el colectivo
hacia el que más insultos y desprecio he manifestado. Desde mi punto
de vista la gente más peligrosa, porque tienen la capacidad de ver un
poco mejor lo que les rodea y el comportamiento mezquino para tergiversar, relativizar
la realidad y la ética a su gusto. Tienen, mejor que nadie, la capacidad
para comerse el mundo, porque han nacido con algo más de inteligencia,
curiosidad o una educación familiar algo más liberal y cultural.
Es decir, tienen una mayor libertad de elección y una menor justificación
para dejarse llevar por la inercia. Sin embargo, es esa libertad la que les
oprime y amarga. Por la razón de percibir mejor la realidad, opinan que
nada tiene verdadero sentido, porque todo es una gran mentira y cualquier meta
en esta vida es lo que la sociedad nos vende.
Me parece una excusa preciosa justificar no hacer nada, solo porque no se le
encuentra sentido. Lo que faltan son cojones. Lógicamente, al tener una
mejor capacidad intelectual, las cosas fueron bastante fáciles en la
infancia, ya sea en los estudios, como en la vida social. Eso embriaga el ego,
pero llega un punto en que la vida pone algunos obstáculos. Y es cuando
esas personas malcriadas y malacostumbradas, ya sea por su entorno, ya sea por
los dones que les ha ofrecido la naturaleza, que optan por esconderse de esa
nueva realidad, por negarla, por difamarla, para justificar su inadaptación,
su incapacidad para hacer sacrificios y el esfuerzo necesario. Igual pasa con
la ética. Optarán por crear la suya propia, basándose en
la relatividad de todo. Así no podrán sentirse culpables por su
mediocridad o su mezquindad, porque todo será discutible, cuestionable
y lo único importante será su derecho a hacer lo que les venga
en gana. Pero esa libertad de acción, esa inadaptación a la moral
que les rodea, a las necesidades que la sociedad exige, les hará caer
en la frustración de no conseguir nada y también en la soledad.
Para eso también encontrarán respuesta, en la estupidez de quienes
les rodean y en la sociedad deshumanizada que les exige ser productivos.
¿y qué es ser inteligente, listo? ¿qué es conocer
la verdad del mundo, de la vida? Para mí solo hay una, la que me hace
feliz y no tiene que parecerse en nada a la de las demás personas, pero
suele tener mucho en común. No es dueño de la verdad quien se
amarga, no es sabio, ni inteligente quien no sabe adaptarse al entorno que le
rodea por no traicionar unos principios. Entre otras cosas, porque los traiciona
al alimentar su vida de sueños y esperanzas, sin poner jamás la
resolución suficiente para conseguirlas. Lo meritorio no es sólo
conseguir cosas en esta vida, sino hacerlo sin traicionarse a uno mismo. Pero
tampoco es excesivamente meritorio, no traicionarse y ser mediocre en muchos
sentidos. Y ser mediocre, en el sentido amplio del término, también
puede ser una traición.
La vida es sencilla, se basa en cuatro placeres y ante todo en el amor. Lo demás,
solo lo enriquece, refuerza esas cosas básicas.
Cierto es, que unos días pienso en todo lo que acabo de decir, siempre
con la duda de ser exactamente lo que critico, convertirme en lo que odio.
Lo tengo todo, creo ser feliz porque he elegido lo que soy y lo que tengo. Quisiera
hacer más, pero si no lo hago es porque así estoy bien y no compensa.
Pero la vida, mi vida, es voluble y precisamente cuando más feliz soy,
más me conciencio de que se avecina alguna catástrofe. Unas veces
creo tenerlo todo y otras no le veo sentido a nada.
Y eso días, pienso en la chica del piano que reflejé en “Medio
Pollo” y esa imagen, esa melodía, me obsesionan.