"Su piel sabía a noche en la ciudad, a humo de cigarrillos y tubo de escape, a cerveza y tequila, a fritura de pescado, vino blanco y sal, mucha sal, sobre todo en las comisuras de los labios, finos y bien perfilados, y su pequeña boca, que exhalaba todos los aromas de su ser, que revelaba la verdad de su cuerpo, un ligero olor a ácido gástrico, a vómito, a exceso, porque en ella todo es excesivo y hermoso, su boca y su lengua, siempre dispuesta a realizar promesas, a esclavizarme con su deseo, deliciosa, esquiva, terrible, cruel."
Así comenzó Miguel a hablarme de Elisa mientras tomábamos un capuccino de máquina en los bancos del parque. Comenzaba a caer una perezosa lluvia de otoño, anuncio de que Madrid se despedía definitivamente de aquel verano que duraba siglos y que tan felices había hecho a los fabricantes e instaladores de aparatos de aire acondicionado. Puse la mano sobre la boca del vaso para impedir que las gotas que recogían toda la suciedad de la atmósfera de la capital enturbiasen aun más ese misterioso brebaje cuyo parecido con el café era meramente nominal y encendí el que tenía que ser mi último cigarro del día si es que de verdad quería dejar de fumar de una vez. Pensaba en mis vacaciones, en lo cortas que fueron, pero menos mal, porque al tercer día ya estaba cansado de tanta arena, chiringuitos, adolescentes enloquecidos y demás cosas características de toda playa que se precie; pero volver a la vida cotidiana no era precisamente la Arcadia de la que hablan los poetas a los que no he leído, y todo seguía siendo igual que hace un año, dos, tres, la historia que se complace tanto de ser como es que decide permanecer fiel a si misma, invariable, repitiéndose incansable hasta el fin de los tiempos, proporcionando esa anodina seguridad de lo permanente: trabajo, casa, metro, coche, atascos, gente, amigos, bares, más gente, ruido, centros comerciales, mucha más gente, periódicos, cine, vecinos, jefe, compañeros, cafeterías, familia y, por cierto, ¿de dónde coño sale tanta gente?. Salen de sus casas, trabajos, coches y van a bares, cafeterías, cines, con los amigos, etc, y así de lunes a domingo durante todo el año.
Miguel permanecía con la mirada fija en el suelo, sosteniendo con una mano el vaso de plástico y con la otra haciendo girar lentamente la cucharilla como si estuviese manteniendo una guerra de desgaste frente a un terrón de azúcar incapaz de aceptar la disolución como destino. Cuando volvió la cara su mirada borró mis anteriores pensamientos y de nuevo se hizo oír su voz rota por el alcohol y el dolor del recuerdo.
-Jamás había sentido nada parecido. Sus ojos eran oscuros, muy oscuros, pero no era eso lo que más me impresionó- su mano izquierda se elevó hasta tocar la sien con la yema de los dedos- sino lo que decían. No puedo explicarlo, pero te aseguro que sentí que me hablaban, hacían preguntas y yo les respondía de la misma manera, pero sin controlar las respuestas, porque no las pensaba, era una voz que estaba dentro de mí la que contestaba, a la que no conocía, aunque era yo, lo sé, un yo que soy sólo para ella... Entiendo que pongas esa cara, ya te dije que no era fácil de entender.
Se echó hacía atrás y tras beber un largo trago estrujó el vaso y lo lanzó hacía una papelera cercana sin lograr atinar a introducirlo en ella.
-Ya no tengo la puntería de antes- dijo mientras sacaba del bolsillo interior de su chaqueta un paquete de tabaco rubio del que extrajo un par de cigarrillos, uno que colocó con descuido entre sus labios y otro que guardó de nuevo tras rechazar yo su ofrecimiento.
"Elisa. Elisa. Es el recuerdo de tu pelo negro el que oscurece mi sangre, la espesa, la detiene en mis venas y ahoga el corazón que late en mi pecho sin pertenecerme ya, pues es tan tuyo como la piel que abraza tu cuerpo, ese dulce, finísimo, casi vaporoso manto níveo salpicado de deliciosas imperfecciones, como ese lunar de tu barbilla, y aquel otro diminuto en la mejilla, solitario entre las pequeñas pecas que vuelvo a encontrar bajo tu cuello y en tu pecho."
-¿Dónde la conociste?- pregunté algo cohibido ante el ardor que mostraba cuando hablaba de esa mujer, una especie de arrebato místico que confería a su rostro el aterrador aspecto de un iluminado.
- Créeme si te digo que no lo recuerdo. No puedo concebir mi vida sin ella. Elisa es una presencia permanente que me ha acompañado desde el día en que nací, una sombra silenciosa y cálida que me susurraba cada noche al oído "¡Búscame! Existo, sólo tienes que encontrarme", que agitaba mis sueños, convirtiéndome en el peregrino desorientado que he sido siempre, con ese vagar perpetuo en pos de la remisión de los pecados y la salvación del alma que sólo puede encontrarse en el regazo del ser amado.
El cigarro que encendió se consumía con lentitud entre sus dedos, deshaciéndose en ceniza que cubría la superficie del banco hasta que era barrida por el viento que se había levantado y que presagiaba la inminente llegada de una tormenta tan violenta como la que tenía lugar en su interior. Arrastraba las palabras como si se tratasen de un pesado lastre del que era necesario desprenderse para no hundirse en la añoranza de la imagen que evocaban, reviviendo a la vez con dolor y deleite la emoción de aquel encuentro en el que dicha y desgracia se fundieron dejando una huella indeleble en su memoria.
"Acercas tu rostro al mío con los ojos clavados en mi frente, adentrándote furtiva en mis pensamientos, que son sólo uno, eres tu, tal como siempre ha sido, invariable obsesión por la que me dejo poseer gustoso, abandonándome a ella como tu haces ahora en mis manos, exquisita languidez majestuosa, engañosa voluntad de sometimiento en la que te sumerges ocultando así tu omnipotencia salvadora que acude a rescatarme de esta sórdida cárcel que es la vida sin ti, sin tu aliento adentrándose en mis pulmones, sin tu saliva recorriendo mi garganta y vivificando un cuerpo que moría con tu ausencia."
El agua mojaba los cristales de sus gruesas gafas difuminando las pequeñas manchas azules que ahora contemplaban el horizonte de cemento que se entreveía más allá de los árboles. Había vuelto a encender un cigarro al que esta vez sí dedicaba más atención, logrando de paso que yo abandonase por enésima vez mi propósito aceptando otro para paliar el frío que empezaba a sentir con la ropa empapada y el aire empujando la humedad hasta los huesos. Temía por mi salud, pero a la vez me parecía algo de lo más prosaico preocuparme por coger un resfriado cuando mi amigo me estaba realizando tan apasionadas revelaciones, sobre todo al ser consciente de que con nadie más que conmigo se sentía seguro para tales confidencias. Por otro lado su relato iba seduciendo progresivamente mi imaginación, al tiempo que componía una imagen ideal de Elisa a partir de lo que describían sus palabras y lo que permitían intuir unos elocuentes silencios dotados de fascinantes cualidades evocadoras. Ignoraba a Elisa como tal, del mismo modo que quizá lo hiciese Miguel, pero su Elisa estaba dando lugar a mi Elisa, distinta a las anteriores y a cuantas pudieran existir, porque resultaba de la interacción entre su realidad y mi conciencia, y ambas cosas eran únicas e irrepetibles. Me decía a mí mismo que al fin y al cabo Miguel hablaba de ella más como un ideal que como un ser, como una entelequia y no como una mujer de carne y hueso, y de hecho no me resultaba disparatado pensar que podría ser que no existiese en realidad, que no se tratase sino de una ensoñación , de una mala pasada fruto de la poco prudente combinación de narcóticos a las que últimamente se estaba acostumbrando. De modo que no veía inconveniente para que en el desolado páramo que era mi vida sentimental una determinada Elisa hecha a mi medida ocupase el lugar al que nadie más había podido acceder.
Mi teléfono prorrumpió bruscamente en salvajes alaridos arrancándome de mis divagaciones con los acordes del Layla de Eric Clapton algo alterados. Miguel continuaba fumando, distorsionando el perfil de su cabeza tras una ligera cortina de humo, lo que le otorgaba un cierto aire de héroe romántico o de inspector de Scotland Yard decimonónico, alcohólico y algo desastrado, brumoso como el Londres en el que trabajaba.
-¿Si?
-¿Quique? ¿Eres Quique?
-Si, soy yo. ¿Tu quien eres?
-Joder, Quique, que alegría oírte. ¿No me reconoces?
-Ehh...
-¡Venga, coño! No me lo puedo creer.
-Pues créetelo.
-¡Pero si soy yo, Carlos!
-Hostias, Carlos, disculpa tío. Estoy en las nubes. ¿Cómo te va la vida? ¿Qué os contáis por el inframundo?
-Joder, Quique, tan simpático como siempre. Bueno, el mundo y yo mantenemos ahora una relación de respeto mutuo, así que no me puedo quejar. Hemos firmado un pacto de no agresión, por decirlo así.¿Y tu? Tan agobiado como siempre, supongo.
-No te creas. Lo mío es más bien una pose, Carlos. La gente espera de mí que esté permanentemente encabronado con el cosmos, y yo me limito a complacerles. Sabes que soy un amante de la Humanidad, me gusta ver a todo el mundo feliz y contento, y con tal de conseguirlo hago lo que sea, hasta parecerme a ellos, lo que no te imaginas cuanto me repugna.
-Joder, chaval, no tienes remedio. Veo que lo de hacerte viejo no te cambia. Eso está bien, un tío constante. Oye, me he enterado de que Carmen y tu lo dejasteis. Se lo oí decir a Javier, pero ni se cuando ni por qué, y me extrañó un huevo, porque parecíais una parejita muy modernita, muy compenetrada y todo eso.
-Si, bueno, también Rod Hudson parecía un tío muy macho y era más marica que un palomo cojo.
-Venga ya, sabes a lo que me refiero.
- Bueno, ten en cuenta que era guapa, lista y, lo que es peor: lo sabía. Todas las mujeres así llegan a un momento en la vida en el que se preguntan si el tío con el que están se las merece, y normalmente la respuesta es negativa, de modo que rompen con él de manera muy civilizada, con exposición de motivos incluida, lanzándose, con su libertad recientemente recobrada, a explorar las infinitas posibilidades que el mundo les ofrece y que aquella relación tan poco enriquecedora había ocultado por la malicia de la parte masculina, faltaría más. Te podría desarrollar el tema hasta llegar a su infeliz conclusión, pero ni quiero contarte mi vida ni que te dejes tu precario sueldo en teléfono, así que dime de una vez qué oscuros motivos te han impulsado a llamarme-repliqué cortante, pues me ponía nervioso ese descarado intento de penetrar en mi intimidad.
-Como quieras, no hace falta que te pongas borde-contestó con un tono en el que se atisbaba el desagrado que le había causado el desprecio que manifestaba por su interés-. Necesito que me hagas un favor.
-Ya me figuraba que no llamabas para ofrecerlos.
-Si, bueno, jeje, graciosillo. Este viernes es el cumpleaños de Abel, el del grupo de Fede. Bueno, pues me ha invitado y no puedo escaquearme. Había pensado en decirle que me llevo un amigo para no andar completamente solo entre esos peludos, y de entre todos mis conocidos tu eres el que probablemente les caiga mejor; de hecho creo recordar que les conoces, ¿no?. Ya sabes, sueltas un par de gracias y mientras se descojonan yo me emborracho, gano facilidad de socialización y puedo empezar a divertirme. ¿Qué te parece la idea?
-Me siento muy halagado por la alta consideración que me tienes-dije entre molesto y divertido-. Ser su bufón particular me llena de orgullo, pero temo que no voy a poder satisfacerle como sería mi deseo, majestad, pues en otra corte tan distinguida como la vuestra han requerido mis servicios con anterioridad, y pagan mejor.
Miguel se había girado para mirarme y me hacía gestos preguntándome con quien hablaba, a los que contestaba con un movimiento de la mano indicándole que esperase.
-¿Con quien has quedado?-volvió a la carga Carlos.
-Eso a su excelencia no le incumbe- proseguí con tono melifluo e irritantemente cortés.
-Déjate de gilipolleces, tío, me estás haciendo una buena putada. Seguro que lo dices sólo para fastidiarme, te conozco.
-Controla tu paranoia, Carlitos. No tengo que darte explicaciones, pero si te vas a quedar más tranquilo sabiendo que no existe una conjura para hacerte quedar mal, te cuento que este fin de semana me subo a la sierra con unos amigos. Llevamos intentándolo hacer desde antes del verano y como no nos demos prisa se nos echa el tiempo encima y no va a haber quien pare de frío allá arriba. De lo contrario iría encantado contigo, pero no por ti, sino porque me apetece mucho ver a Fede y esta peña, que hace muchísimo que no sé nada de ellos.-dije, mintiendo como un bellaco para tranquilizarle y poner fin cuanto antes a una discusión tan estúpida.
-Perdona, tío, me he puesto nervioso-su voz llegaba con el aroma del arrepentimiento-, pero la verdad es que necesito ir como sea. Creo que no lo sabes, pero he empezado a montar una pequeña productora musical y ando desesperado buscando grupos que quieran grabar con nosotros. Apenas tenemos un par, muy malos, por cierto, y no entra ni un euro, aunque si las facturas de los equipos, del alquiler del local, y todo eso. El que tenía los contactos y podía moverse con un poco más de soltura en el mundillo se pegó un hostión con la moto que le ha dejado en la UCI del Gregorio Marañón con todas las papeletas para hacerse en breve un traje de madera y mudarse para siempre a la Almudena. Vamos, que estoy con el agua al cuello-continuaba con un tono atravesado por la desolación-, ya que no se qué hacer ni a dónde ir, no encuentro a nadie dispuesto a arriesgar su trabajo o su dinero en una empresa que tiene toda la pinta de irse a pique en breve, nada, nada. La única remota posibilidad de levantar el vuelo pasa por convencer a Federico de que graben con nosotros, pues no son pocos los que me han dicho que tienen buena pinta. Pero a él directamente no lo conozco, sólo a Abel, y tampoco es que seamos muy colegas. Ya sabes que me cuesta mucho integrarme en las conversaciones en plan rollo intelectual que tiene esta gente, y tampoco quiero entrarles a saco para no parecer un desesperado. Por eso es importante que me ayudes, Quique, porque no tengo ni idea de cómo tratar con ellos pero necesito hacerlo, y bien, porque me juego mucho, el trabajo, el dinero, todo-terminó con una inflexión en su voz que con horror advertí como el amago de un sollozo.
-Carlos, no trates de chantajearme. No intentes hacerme creer que tu futuro laboral depende de que yo te acompañe a la fiesta que dan unos tipos a los que ya ni recuerdo cuando vi por última vez. No me cargues con el peso de tus responsabilidades. Seguro que si no consigues lo que buscas me adjudicarías generosamente el marrón para no ver tus culpas. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, y te aprecio; por eso te hago un favor diciéndote que te busques la vida solito. ¿Cuánto hace que no hablábamos?¿Diez meses, un año? Y ahora buscas salir del hoyo llevándome a un sarao. ¿Te das cuenta del calibre de la tontería que estás diciendo?-acabé por espetarle a voces.
Las palabras brotaron de mi garganta con una violencia inusual, imponiendo un tenso silencio al otro lado de la línea telefónica.
-Perdona que te haya molestado, Quique -habló por fin-. Tienes razón. Nos vemos.
Y colgó sin darme ocasión de despedirme.
Miguel me observaba con los labios apretados describiendo una línea ascendente hacia la izquierda, esbozando esa media sonrisa socarrona e irónica de dandy atemporal que tantas resistencias femeninas era capaz de vencer por sí sola.
-¿Qué Carlos, el de Móstoles?-preguntó.
-Si-contesté con visible desgana.
-No sé que te habrá contado, pero en cualquier caso has estado muy comprensivo-dijo sin dejar de contorsionar la boca.
-Cómo requerían las circunstancias, ni más ni menos.
Tengo escasa capacidad para encajar las críticas, sobre todo cuando se me hacen utilizando los mismos recursos que suelo emplear para realizar las mías.
-Es muy tranquilizador observar como te implicas en los problemas ajenos-continuó, enfatizando las palabras con elocuentes gestos.
Ese reproche me devolvió mi humor habitual.
-No temas, tesoro. Tus dilemas los siento como propios. Además, Carlos me hablaba de trabajo; tu de una mujer. En la jerarquía de mis preocupaciones, como en la de los curas, éstas siempre han estado muy por delante de aquél.
-Alabo tu honestidad, Quique-dijo, devolviendo a su rostro una expresión más armoniosa. Otro es muy posible que hablase del carácter antiguo y profundo de nuestra amistad y todo eso, y sería en general un poco menos cínicamente sincero. A veces entras con la verdad por delante como un elefante en una cacharrería, pero se agradece. Y no lo digo en broma. Al menos uno sabe a que atenerse.
-Estás muy equivocado-repliqué seriamente, dirigiendo la mirada hacia un grupo de jardineros que trataba de recomponer los destrozos que el temporal de la semana anterior había provocado en la pequeña rosaleda-; nunca he actuado así. Jamás he sido un devoto de la verdad, no tengo fe en sus supuestas virtudes. Es más, en determinadas ocasiones, ocultar parte de ella es un hermoso ejercicio de generosidad, de bondad. A algunos se les llena la boca citando aquello de que la verdad os hará libres. Creo que no se han parado a pensarlo en serio, lo que no les reprocho, ya que es un vicio bastante común. En mi opinión, la verdad nos hace prisioneros de la realidad, al igual que la ignorancia nos convierte en esclavos de nuestras ilusiones, lo que nos deja una única alternativa para conducirnos: la mentira. Pero desde un punto de vista moral es totalmente inaceptable. Una opción perversa e inútil. Quiero decir que, rizando el rizo, se podría afirmar que la mentira nos convierte en prisioneros de una realidad ilusoria. No, no somos libres. Quizá haya algún ser excepcional que albergue en su conciencia un reducto de libertad, pero es una posibilidad que entra en el terreno de la metafísica. Además, ¿de qué nos serviría la libertad? ¿Acaso nos acercaría a ese objetivo ideal que es la felicidad? Lo dudo mucho. No está en nuestra naturaleza. Rousseau, en un momento de lucidez, escribió aquello de que los esclavos lo pierden todo con sus cadenas, hasta el deseo de romperlas, y estoy totalmente de acuerdo con él, aunque no en los motivos a los que atribuye este hecho incuestionable, porque nacemos con ellas y las perpetuamos porque disfrutamos al sentir su roce contra nuestra piel. Tanto gozamos que hacemos de nuestra existencia una constante búsqueda de otras nuevas y más fuertes. Así nos sentimos seguros. Desaparecen los movimientos bruscos, imprevistos; podemos predecir casi con absoluta seguridad los derroteros que seguiremos en la vida. Nos concede un destino que no es una incógnita. Lo único que impide que sea algo que no se pueda calificar de "bueno" es que nuestra voluntad no cuenta para nada; es una imposición, no una propuesta que exija consentimiento. Más nos valdría trocar la felicidad como meta por el simple placer y abandonarnos a los excesos del libertinaje, sucumbir a las pulsiones e instintos de toda índole, entregarnos a ellos con pasión y desenfreno. Pero "sucumbir", "entrega", son términos que manifiestan tan claramente la idea de sometimiento, que la visión de las cadenas vuelve, esta vez abrasadora, achicharrando nuestras retinas...¡Bendita ambivalencia!. Sin olvidar que esto da un tufo a irracionalismo vitalista de lo más fascista, y por ahí no paso, aunque sólo sea por corrección política. Además, recuerdo que Paul Auster hacía decir a uno de sus personajes: “la libertad es algo peligroso. Puede llegar a matarte”. Coincido en eso, pero por la sencilla razón de que no sabríamos que hacer con ella, no la hemos tratado nunca y, según parece, es un poder inmenso. Un cartucho de dinamita, en manos de un especialista, es algo maravilloso para abrir minas de las que proveernos de materias de utilidad incuestionable, pero dáselo a un mono y verás cuanto tarda en saltar por los aires.
-Lo que puede ser pensado existe ya de una determinada forma, y...
-Yo no he cuestionado la existencia de la idea o el concepto de libertad, sino el hecho de que los seres humanos sean libres, pero dejémoslo ya. Wilde diría que es un tema tan aburrido que sólo se puede hablar de él en serio.
-Hoy te ha dado por las citas.
-Porque no soy lo suficientemente ingenioso como para utilizar expresiones propias, aunque sí hábil para apropiarme de las ajenas.
-¿Tengo que pensar que mi conversación te parecía seria y aburrida, o más bien algo irrelevante aunque entretenido?
-Miguel, cada cosa va acompañada de su excepción. Voy a confesarte algo: estoy ahíto de libertad. Por eso me siento sólo. Ahora, por favor, continúa hablándome de Elisa.