Al otro lado del Canal se encuentra, en el piso inferior de una casa de huéspedes
reconvertida en lupanar para impotentes, una sombría taberna que suscita
tenebrosos augurios en los viandantes y tercas vueltas de tuerca en la imaginación
de sus ineluctables clientes que se esfuerzan en soñarla, porque creerla
se antojaría una calificación excesiva en presunción
de intencionalidad, redentora y salvífica. Estos parroquianos profesan
sobre las mugrientas mesas un apego frenético a la lírica y,
en las noches de naufragios sangrientos, se llegan a escuchar en toda la isla
los cantos profanos que escancian al calor de la cerveza y el whisky las gargantas
tumefactas de los acólitos al gran festín de soledades abrazadas
que se reúnen allí. En el desvaído tablón que
acompaña el compás del viento sobre la puerta se encuentra a
modo de versículo sagrado una sencilla leyenda: “Todo
pasa”. Quienes visiten la taberna con los ojos del alma se
compungirán ante la visión de sus sonámbulos moradores
traduciendo el grito agónico de sus corazones en los leves estertores
de las volutas de humo que exhalan unas bocas que, grietas en las caras, vestigios
de pasada humanidad hendidos por madres involuntarias, permanecen yertas en
una diáfana expresión de orfandad sin suplicio. Acuden dolientes,
tratan de manifestarse al principio jacarandosos y procaces, concluyen dibujando
en el aire con mutismo de cera el retrato del sufrimiento que cada uno alberga,
que no esconden sino tras de el que se ocultan, vencidos ya, exhaustos sin
lucha. Sus ventanas, como las de la taberna, están apuntaladas con
desvencijados maderos de indiferencia que los encierran en la mortecina penumbra
de sí mismos. Y no hay compasión, remordimiento, rabia, despecho,
frustración o desengaño en este baúl de latidos apagados,
miradas translúcidas y paredes pegajosas, sino sólo dócil
asentimiento.
Algunos paseantes sensibles prefieren evitar el mal trago de cruzar por delante
de un lugar tan lúgubre y rodean la manzana animados por el vivificante
aliento del autoengaño y, parapetados en la comodidad de la ignorancia
voluntaria, transitan orgullosos por la trasera del inmueble hasta que como
una tormenta de verano la verdad cae repentina en forma de segunda puerta
que luce ostentosa y burlona, sobre el rojizo dintel, un profético
y aterrador frontispicio: “Todos pasan”.