14. UN LUGAR SECRETO
A Susana
Hay un lugar donde brilla una luz tenue. Es un lugar cálido y silencioso, donde la calma se respira y el tempo corre menos. Es el sitio en que se guardan los deseos, aquel al que atacan los miedos cuando estos desean salir para cumplirse. Para hacerse realidad. Es el lugarcito aquel donde yo guardo su imagen. Y el tiempo corre para quitármela, mas sus veloces garras no pueden tocarla, porque mi niña es un fantasma indeleble que se abraza a mí, y allí descansa.
Es un sitio tranquilo, plagado de recuerdos, la mayoría malos, cubiertos por una fina capa de alegrías que se resisten a derretirse y perderse entre las penas. Son partículas de lágrimas dulces que se han secado sobre aquellos llantos, lágrimas que ella inspiró, pues mi niña llora versos. Sus ojos, azules como el mar, se refugian en este sitio dulce y penumbroso, donde el tiempo intenta entrar, pero no puede. Y en aquel abrazo no hay más que un suspiro leve, que un segundo lento. La Noche Fría permanece de pie frente a la puerta, esperando a que abra para robármela. Mas no se moverán los goznes, las presillas reposan hoy, frente a ella, en un silencio mudo y cómplice.
A veces, el viento frío se cuela bajo la puerta. Entra en forma de finas ráfagas, afiladas como las garras de la Noche Fría. Viene a helarlo todo, a llevarse el calor que ella me deja, casi en secreto, entre sus manos. Viene silbando, aullando casi, para robarme mi tesoro. Mas no le dejo, al menos hoy. Quizá mañana el viento me congele, y la Noche Fría rompa las tablas tenues de la puerta que no abro, para llevarse a mi niña donde yo no pueda ver sus ojos. Quizás ocurra. Mas no habré de estar yo vivo para verlo, pues me armo, humilde, con mis manos blancas, y la abrazo con tanta fuerza que somos uno. Su pelo me trae aromas de otros mundos, y su piel me acaricia en un segundo de estrellas azulísimas en el que puedo verlo todo en calma. El segundero se para. La noche brilla. La magia existe. Es un instante de mil horas, en el que sueño que no estoy soñando.
Y al despertar, ella sigue allí. Todo está en calma, y mi lugar secreto sigue siendo el suyo. Dejo correr las palmas de mis manos por sus paredes suaves, que me hablan y me cuentan historias de cuando el mundo era negro y obscuro. De cuando sus ojos, azules como el cielo de la mañana fresca, no iluminaban mi vida. Y no alcanzo a concebir cómo aquellos días pudieron existir sin que el frío consumiera los latidos de un corazón demasiado grande. Me hablan de noches cubiertas de un hielo fino que congelaba a los hombres, que los hacía postrarse y rogar clemencia. Mas era un hielo asesino, que convertía aquellos seres gélidos en perpetuas estatuas de frío y sal.
No me importa, pues me vuelvo y allí están sus ojos. Entre la obscuridad del secreto brillan, y me devuelven mil anhelos de abrazarla. De tenerla tan cerca que su piel sea la mía. De besarla. No importa que entonces el segundero descienda en una caída sin fin, a través del viento nocturno, en un picado imparable hacia el suelo abrasador. No me importa, pues mientras él desciende, yo estaré rozándola con mis dedos torpes, sintiendo su mirada y soñando su sonrisa. Y aunque el tiempo corra, no sabrá por donde hacerlo, pues no encontrará el camino de mi lugar secreto. De nuestro sitio.
Puede que mañana la Noche Fría derribe mi puerta, mas tras ella la estaré esperando, armado con el recuerdo de sus ojos azules y de mis manos, cerradas en dos puños llenos de anhelos de volver con vida para abrazarla. Y si en la batalla caigo, el azul de los destellos me acompañará a otros días en los que, en efecto, el hielo se hará conmigo. Mas si venzo, volveré con ella a este lugar tan dulce, donde no me llegan más que sus susurros.
Mientras espero volver a verla, la sueño cada segundo. Consciente de lo absurdo de las horas, feliz por ello. Temeroso de un mal aire, de uno de esos que se agarran al pecho y tornan lo azul en negro funeral. Y, a la vez, seguro de que no ocurrirá, aunque no sepa que se que no es cierto. No importa. La suave luz azul que llueve en este lugar lo cubre todo, y el miedo, al verla, huye asustado de si mismo. Y también de mí. Huye y se esconde tras el Tiempo, aguardando el momento de intentarlo.
Mas no podrán, pues yo velo los sueños de mi niña dulce, y guardo la puerta que la amenaza. No podrán, porque mis manos cubren las suyas, y traen el calor que quieren robarnos. No serán los segundos capaces de turbar su sueño, no habrá la Noche Fría de rozar sus mejillas. Solo mi pecho la abriga, solo mi alma. Solo este lugar, pequeño, obscuro y secreto, donde yo la sueño.