El científico no estudia la naturaleza porque es útil, sino porque
le cautiva, y lo cautiva porque es bella. Si la naturaleza no fuera hermosa, no
valdría la pena conocerla, y si no valiera la pena conocerla, tampoco valdría
la pena vivir. Por supuesto, no me refiero aquí a la belleza que estimula
los sentidos, la de las cualidades y las apariencias; no es que la desdeñe,
en absoluto, sino que ésta nada tiene que hacer con la ciencia. Me refiero
a la belleza más profunda, la que procede del orden armonioso de las partes
y que puede captar una inteligencia pura.
Cuando una disciplina matemática se aleja de su origen empírico,
o más aún, si pertenece a una segunda o una tercera generación,
inspirada sólo en forma indirecta por ideas procedentes de la “realidad”,
llevará implícitos graves peligros. Se hará cada vez más
puramente esteticista, es decir, se acercará cada vez más l´art
pour l´art. Esto no es necesariamente malo, si el campo está rodeado
por temas correlacionados, que tienen todavía conexiones empíricas
estrechas, o bien, si la disciplina se encuentra bajo la influencia de hombres
que tengan un gusto excepcionalmente bien desarrollado; sin embargo, existe el
peligro grave de que el tema se desarrolle siguiendo la línea de menor
resistencia y que la corriente, lejos de su origen, se escinde en una multitud
de ramificaciones insignificantes y que la disciplina llegue a convertirse en
una masa desorganizada de detalles y complejidades. En otras palabras, que se
aleje demasiado de sus orígenes empíricos, y que después
de una “reproducción consanguínea” excesiva de estudios
abstractos, los temas matemáticos estén en peligro de degeneración.
En la misma forma en que la deducción debe complementarse con la intuición,
el proceso hacia la generalización progresiva debe templarse y equilibrarse
con respeto y amor hacia los detalles particulares. El problema individual no
debe degradarse a la categoría de ilustración especial de elevadas
teorías generales. De hecho, las teorías generales surgen de la
toma en consideración de lo específico, y carecen de sentido si
no sirven para aclarar y ordenar las substancias más particulares. La esencia
profunda de las matemáticas vivas es el juego recíproco entre lo
general y lo particular, la deducción y la construcción, la lógica
y la imaginación. Cualquiera de estos aspectos de las matemáticas
puede encontrarse en el centro de una realización dada. En un desarrollo
de largo alcance, se incluirán todos ellos. En general, ese desarrollo
partirá de bases “ concretas”, desechará lastre por
medio de la abstracción y se elevará hacia las capas altas de aire
enrarecido, donde son fáciles la navegación y las observaciones;
después de ese vuelo, llega la prueba crucial , el aterrizaje y el alcance
de metas específicas en las llanuras bajas y recién investigadas
de la “realidad” individual. En resumen, el vuelo hacia lo abstracto
y general debe partir y regresar a lo concreto y específico.