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| Críticas | |||||||||
Agudeza y expresividad en la pintura de Isabel Burgos Francisco J. Castañón El retrato ha sido desde el siglo XV un género empleado por numerosos artistas con muy diversas motivaciones, como la representatividad del poder cortesano, la devoción religiosa, la reivindicación de una idea avanzada del ser humano y de la historia, la reflexión sobre una identidad colectiva o la denuncia social. Sin embargo, solo algunos pintores de entre los que cultivan este genero, por cuya importancia y consideración tanto pugnó don Diego Velázquez, poseen la capacidad suficiente para captar la verdadera esencia de una figura, de un rostro y de los rasgos que conforman la personalidad del personaje plasmado en el lienzo. Isabel Burgos es de esa clase de artistas. Una pintora capaz de utilizar con maestría las diversas técnicas pictóricas de la acuarela, el carboncillo, el óleo, el pastel o la plumilla sin quedarse exclusivamente en el acabado impecable de la obra. La idea última es hacer trabajar al pincel con el invariable propósito de obtener cuadros llenos de expresión y substantividad. Y no solo sucede esto en sus retratos, sino también en sus paisajes, así como en otras representaciones plásticas. Son numerosas las cualidades que hacen singular el trabajo pictórico de Isabel Burgos. Siguiendo a los maestros renacentistas y barrocos españoles, en sus más cuidados retratos, el trazo es firme e incluso severo. Esto sucede por ejemplo en sus retratos al óleo de gitanos. Si fijamos en ellos nuestra mirada podemos atisbar como desde las facciones de un semblante, pasando por las venas de las manos, hasta los pliegues de sus vestimentas, la artista pretende acercarnos más que a las fisonomías al trasfondo vital de los personajes captados. Bien es cierto que no sucede lo mismo cuando hablamos de retratos en acuarela donde su pintura se torna más liviana. A pesar de ello, la labor por imprimir el privativo aliento de cada personaje se atiende con esmero. La pincelada busca entrar en el interior de los protagonistas con la acertada intención de revelarnos su esencia a través de la definición de los rasgos, la concreción de las formas, las tonalidades del color y los contrastes lumínicos. Exponiendo, así, ante el espectador todos los matices que la pintora encuentra en los modelos que llegan a su estudio. En consecuencia, los retratos de Isabel Burgos se ubican en esa encrucijada donde deben permanecer las obras que dan verdadero sentido a este genero. Me refiero a ese ámbito donde se cruzan arte y realidad. Y no solo realidad figurativa sino también social. Son, de esta forma, retratos con un marcado carácter sociológico, situados en una época histórica determinada, con un acento absolutamente contemporáneo y, por supuesto, marcados por la evolución política y económica de la sociedad donde se ha ido desarrollando la producción de la artista. En definitiva, estos retratos son semblantes que nos ayudan a situar la imagen de nosotros mismos a lo largo de las últimas décadas. El desnudo, en acuarela y grafito más que en óleo, es otra faceta en la que Burgos muestra el buen hacer que preside sus obras. Aunque las realizaciones de este tipo parecen estar enfocadas al estudio del tratamiento del cuerpo humano desde una perspectiva pictórica. Todo ello fruto, a buen seguro, de su paso por la Escuela de Artes Aplicadas, las clases de Eduardo Naranjo o Núñez de Celis, y muy especialmente por las salas de pintura del Circulo de Bellas Artes. Es de destacar, asimismo, la utilización de la figura humana en composiciones donde lo relevante es el contexto en el que se inscribe. Un rostro femenino insertado en el agujero de un tronco, un anciano de medio cuerpo apoyado en el portón de una casa rural, la cara de una mujer a modo de filigrana en una composición ecuestre, etc. son elementos que le sirven a la autora para construir un universo poético que le permita evadirse de la rígida materialidad del retrato. |
Con un sentido similar, Isabel Burgos se adentra, en ocasiones, en la pintura de paisajes. Un castillo sobre un altozano, la iglesia de un pueblo, una casa de campo o un paisaje colmado de almendros en flor, son creaciones donde la pintora vuelca un lirismo pronunciado. Dentro de esta modalidad, es en la representación de los campos castellanos, muy presentes en su obra, donde los colores de la tierra se subliman hasta alcanzar una intensidad que nos trasmite el vigor de esos paisajes extensos, austeros e imponentes. Isabel Burgos incorpora igualmente una marcada emotividad en otras creaciones donde se busca la naturaleza en un ámbito más abreviado, más asible y, por ende, más relacionado con su entorno inmediato. Me refiero, en concreto, a esos rincones que la pintora encuentra en el metropolitano parque de El Retiro, los cuales diera la impresión de haber sido pintados antes para la contemplación de la propia artista que para un posible espectador. En esta categoría podríamos introducir una parte de su producción en la que se busca construir escenas o instantáneas donde una única hoja seca o unas palomas, en oportuna aptitud, confieren a la composición, sin otros elementos, toda su fuerza expresiva. No conviene pasar por alto esa otra parcela de su producción donde lo ilusorio cristaliza en obras que poseen un inquietante efectismo. En ellas elementos inanimados, como por ejemplo una muñeca, están dispuestos a tomar vida en el lienzo. El movimiento que se imprime a las figuras, alguna prácticamente humanizada, y la labor del pincel, próxima a la animación gráfica, nos descubre árboles que parecen querer caminar y figuras de papiroflexia que pueden volar gracias al impulso vital que les otorga la artista. Por otro lado, una corta serie de acuarelas sobre temas marineros nos revela la pericia de la pintora en el uso de esta técnica. Un trazo limpio, seguro y casi espontáneo resulta suficiente para allegarnos a las atrayentes escenas que siempre nos propone el mar. En estas pinturas es destacable el uso de la luz como recurso fundamental para atrapar las diversas gradaciones de la claridad mediterránea. Igual destreza podemos atisbar en el empleo de la plumilla, especialmente en unos notables trabajos donde se reflejan diversos parajes de la madrileña sierra del Guadarrama. Unos dibujos de ejecución compleja en los que las espesuras, las arboledas, los arroyos y, sobre todo, los roquedales, tan característicos de estas cordilleras que dividen las dos Castillas, son definidos una vez más con especial soltura y acierto. Para finalizar, hay que hacer una mención a la pintura de bodegones, que también pueden contabilizarse entre la producción pictórica de Isabel Burgos. Si bien es cierto que los cuadros de esta tipología son poco numerosos. En esta línea merece destacarse una composición, de excelente configuración e impecable acabado. Se trata de una naturaleza muerta que nos aproxima a lo que podríamos denominar el instrumental del pintor o, en este caso, de la pintora. Pocas cosas son reprochables a esta artista. Una cierta reserva en el cultivo de su obra, de una gran factura técnica, pero, en mi opinión, necesitada de alcanzar las cotas de plenitud que le corresponden, más allá de sus excelentes retratos. Y desde luego, su empecinamiento en no mostrar al gran público dicha obra. Tan solo aquellos que pasan por su taller tienen la posibilidad de contemplar parte de la misma, el resto de sus realizaciones son privativas de quienes deciden dejarse retratar por su experto quehacer artístico. Isabel Burgos no ha realizado jamás una exposición. No perdemos, sin embargo, la esperanza en que algún día su producción salga de esa clandestinidad que ha impuesto la artista a sus cuadros. |
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© Isabel Burgos |
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