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Utopías
Si para tener una idea de cuáles son
las aspiraciones actuales de los cubanos, tomáramos como referencia
el cúmulo de informaciones y comentarios que sobre nuestro
país se publica diariamente, especialmente en los medios fuera
de la isla, no sería difícil llegar a creer que solamente
se tiene una aspiración: la salida de Fidel Castro del poder
= fin del totalitarismo revolucionario.
Ciertamente, ese deseo sintetiza mucho
de lo que buena parte de la diáspora cubana, y un número presumiblemente
cada vez mayor de ciudadanos dentro, quisiera para mañana
mismo, aunque, a la vez, de acuerdo a la experiencia de los
últimos 42 años y a los planteamientos oficiales al respecto,
ello carezca de lógica política: la clase dirigente no está
dispuesta a escuchar ningún tipo de reclamo que la aleje del
poder e impida su perpetuación en el mismo.
Creo que en algún momento de los próximos
años se pondrá a prueba la capacidad predictiva de los gurúes
sobre Cuba cuando esa misma clase dirigente se defina más
en lo que ya ha comenzado a hacer: la construcción del (su)
capitalismo, ese capitalismo que hace unos años atrás el historiador
Manuel Moreno Fraginals avisoró para Cuba en el siglo XXI
y que tendría más del salvajismo del XIX que de cualquier
otra seducción posindustrial.
Por supuesto que quedaría en pie la
posibilidad de una intervención del azar, posibilidad no excenta
de los procesos históricos, pero de ella yo esperaría más
caos y dispersión que solución real para los diversos temas
que tendrían que resolverse en la sociedad cubana y que no
creo puedan reducirse sólo a la presencia de Fidel o Raúl
Castro en el poder.
Luego, mi reflexión quisiera focalizar
otras preguntas, otras zonas de conflicto en las que, en mi
opinión, habría suficientes razones para esperar un mayor
movimiento en los próximos años en favor de una acción democrática.
Sectores y temas sociales que, aunque históricamente mantenidos
en un segundo plano, en la actualidad, debido a su natural
dinamismo, y a condiciones internacionales mucho más propicias,
están en capacidad de contribuir (a) o protagonizar -cuando
menos negociar-, un proceso democrático autóctono en función
de necesidades concretas, pero a su vez no separadas de una
transformación global del sistema político.
Me refiero a las cuestiones de raza,
género y clase social. No encuentro a ninguno de estos elementos
independientes unos de otros, ni tampoco, como dije antes,
alejados de una concepción política, en este caso verdaderamente
democrática, simplemente que, sin proponérselo, estos asuntos
han venido ganando un espacio en la vida cotidiana y merecerían
un detenimiento inicial en ellos, especialmente en los dos
últimos pues del primero se discute más en la actualidad,
dentro y fuera de la isla.
Antes de continuar, quisiera apuntar
que los siguientes criterios están fundados en 1- la observación
directa de la realidad (con toda la carga subjetiva que ello
pueda implicar) y no la aceptación de los discursos predominantes,
teóricos o no, sobre ella, de los cuales me confieso saturado,
vengan de La Habana, Miami, Ciudad de México o Madrid, entre
otras ciudades. 2- La necesidad de individualizar, en el ámbito
informativo alrededor de Cuba, a sujetos sociales que usualmente
aparecen como supuestos de la Historia y no como actores de
ella, y 3- porque, como nacional cubano, al igual que muchos
cuando tienen la oportunidad de hacerlo públicamente, siento
la necesidad de expresarme con respecto al asunto con el sólo
interés de que mi participación contribuya, mínimamente, a
enriquecer el debate que sobre una Cuba futura se da en nuestras
mentes y nuestros corazones.
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