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El profesor Lezama

Juan O
Saque cuenta.
A las 6 de la mañana sonaba la diana.
A las 6 y 15 había que estar en el comedor para recibir el pan con mantequilla y el vaso de leche que después se convirtió en un viejo pan y un vaso de agua con azúcar.
Minutos después comenzábamos la guerra atroz para disputarnos pedazos de colcha de trapear (o sustitutos), medias escobas y trapeadores para cumplir con las labores de aseo asignadas para cada día.
En nuestra lucha con los olores de los Totos, los pasillos, parte de alante y parte atrás, duchas, salas de estar y cubículos, se iba el tiempo.
A las 6 y 45 recibíamos la inspección que comprobaba que las camas estaban bien vestidas y que la limpieza había sido impecable. De lo contrario había que repetir las tareas.
Diez minutos para la 7 comenzaba el matutino, donde se cantaba el himno, pasaban lista, indagaban acerca de los ausentes, se publicaban los reportes e indisciplinas, etc.
Después comenzaban las clases.
Algunos las tuvimos mañana y tarde, otros vivieron el principio martiano de vincular el estudio con el trabajo. En una sesión estudio, en otra agricultura. O trabajo socialmente útil, donde recogíamos los papeles que durante el día se habían lanzado por los ventanales. O las horas de mantenimiento, donde gozábamos comiendo a escondidas en los comedores de las escuelas y ensuciándonos las manos con la grasa que jamás perdían las abolladas bandejas de aluminio.
La noche era para el estudio individual, aunque lo menos que se hacía era abrir los libros, excepto cuando pasaba algún profesor o miembro del Consejo de Dirección a comprobar que en el aula todos éramos niños aplicados y amantes de los estudios.
Sólo el día de la recreación éramos libres.
Libres para bailar, para encontrarnos a escondidas en los pasillos con nuestros primeros amores, para tener las primeras experiencias sexuales en oscuros rincones de los alrededores de la escuela.

Era un reloj cronometrado, donde todo —cual Servicio Militar Obligatorio— imponía metas horarias para comer, o mal comer; ducharse o violar el baño conciente de la jodedera que se nos venía; limpiar; estudiar o simular que lo hacíamos; escarbar, guataquear, deshijar... dormir y lanzarnos dardos nocturnos, molestar a los trajinados; finalmente descansar, para volver al círculo vicioso y rutinario de todos los días.

Sólo podíamos robarnos algunos minutos para leer algún libro policial o de moda. Algunos alcanzamos a descubrir determinados autores, que no figuraban en el plan oficial de enseñanza de la Literatura.

¿Cómo llegamos a la Universidad? Aquella hambre de cultura se tradujo en los maratónicos días de búsqueda de los cuales ya algún amigo contó magistralmente.

Pero también nos sorprendió en alguna ocasión haciendo el ridículo.

Pasarán los años y podré olvidar muchas anécdotas de aquella vida que encontró sus límites entre F y 3ra, la Facultad de Periodismo, el Cine Yara, Coppelia y los teatros Bertolt Bretch, Mella o el Sótano, pero jamás podré dejar en el olvido la historia más vergonzosa del recién estrenado estudiante de periodismo.

Alguien comentó acerca de su deslumbramiento por un "desconocido" escritor cubano: José Lezama Lima. Unos pocos pudieron seguir el hilo de la conversación.

Aunque no lo hayan confesado, callaban porque ignoraban la existencia de un cubano ilustre que dignificó la cultura cubana. Pero para entonces yo era un poco más imbécil que ahora y me quedé sin entender nada y pregunté espontáneamente: ¿Lezama? ¿Quién es Lezama? ¿Es profesor de la facultad?

Todos rieron, muchos para seguir a los enterados. Y yo volví: ¿por qué se ríen? Ja, ja, ja. Después Arzuaga (compañero de grupo y, al parecer, más despistado que yo) volvió a la carga: "bueno, ¿es o no es profesor de la facultad?
Ya las risas eran escandalosas y, entonces, comprendí que mi ignorancia había sido la delicia de aquel instante en que la tierra no se abrió para tragarme.

 

El Recodo de Fy3ra ha sido creado por ex alumnos y profesores de la Facultad de Periodismo
de la Universidad de La Habana (Cuba). Las opiniones vertidas en cada artículo corresponden a sus autores.
© El Recodo de Fy3ra. 2002
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