| |
El profesor Lezama
Saque cuenta.
A las 6 de la mañana sonaba la diana.
A las 6 y 15 había que estar en el comedor para recibir el pan
con mantequilla y el vaso de leche que después se convirtió
en un viejo pan y un vaso de agua con azúcar.
Minutos después comenzábamos la guerra atroz para disputarnos
pedazos de colcha de trapear (o sustitutos), medias escobas
y trapeadores para cumplir con las labores de aseo asignadas
para cada día.
En nuestra lucha con los olores de los Totos, los pasillos,
parte de alante y parte atrás, duchas, salas de estar y cubículos,
se iba el tiempo.
A las 6 y 45 recibíamos la inspección que comprobaba que las
camas estaban bien vestidas y que la limpieza había sido impecable.
De lo contrario había que repetir las tareas.
Diez minutos para la 7 comenzaba el matutino, donde se cantaba
el himno, pasaban lista, indagaban acerca de los ausentes, se
publicaban los reportes e indisciplinas, etc.
Después comenzaban las clases.
Algunos las tuvimos mañana y tarde, otros vivieron el principio
martiano de vincular el estudio con el trabajo. En una sesión
estudio, en otra agricultura. O trabajo socialmente útil, donde
recogíamos los papeles que durante el día se habían lanzado
por los ventanales. O las horas de mantenimiento, donde gozábamos
comiendo a escondidas en los comedores de las escuelas y ensuciándonos
las manos con la grasa que jamás perdían las abolladas bandejas
de aluminio.
La noche era para el estudio individual,
aunque lo menos que se hacía era abrir los libros, excepto cuando
pasaba algún profesor o miembro del Consejo de Dirección a comprobar
que en el aula todos éramos niños aplicados y amantes de los
estudios.
Sólo el día de la recreación éramos libres.
Libres para bailar, para encontrarnos a escondidas en los pasillos
con nuestros primeros amores, para tener las primeras experiencias
sexuales en oscuros rincones de los alrededores de la escuela.
Era un reloj cronometrado, donde todo
cual Servicio Militar Obligatorio imponía metas
horarias para comer, o mal comer; ducharse o violar el baño
conciente de la jodedera que se nos venía; limpiar; estudiar
o simular que lo hacíamos; escarbar, guataquear, deshijar...
dormir y lanzarnos dardos nocturnos, molestar a los trajinados;
finalmente descansar, para volver al círculo vicioso y rutinario
de todos los días.
Sólo podíamos robarnos algunos minutos
para leer algún libro policial o de moda. Algunos alcanzamos
a descubrir determinados autores, que no figuraban en el plan
oficial de enseñanza de la Literatura.
¿Cómo llegamos a la Universidad? Aquella
hambre de cultura se tradujo en los maratónicos días de búsqueda
de los cuales ya algún amigo contó magistralmente.
Pero también nos sorprendió en alguna
ocasión haciendo el ridículo.
Pasarán los años y podré olvidar muchas
anécdotas de aquella vida que encontró sus límites entre F
y 3ra, la Facultad de Periodismo, el Cine Yara, Coppelia y
los teatros Bertolt Bretch, Mella o el Sótano, pero jamás
podré dejar en el olvido la historia más vergonzosa del recién
estrenado estudiante de periodismo.
Alguien comentó acerca de su deslumbramiento
por un "desconocido" escritor cubano: José Lezama Lima. Unos
pocos pudieron seguir el hilo de la conversación.
Aunque no lo hayan confesado, callaban
porque ignoraban la existencia de un cubano ilustre que dignificó
la cultura cubana. Pero para entonces yo era un poco más imbécil
que ahora y me quedé sin entender nada y pregunté espontáneamente:
¿Lezama? ¿Quién es Lezama? ¿Es profesor de la facultad?
Todos rieron, muchos para seguir a los
enterados. Y yo volví: ¿por qué se ríen? Ja, ja, ja. Después
Arzuaga (compañero de grupo y, al parecer, más despistado
que yo) volvió a la carga: "bueno, ¿es o no es
profesor de la facultad?
Ya las risas eran escandalosas y, entonces, comprendí que
mi ignorancia había sido la delicia de aquel instante en que
la tierra no se abrió para tragarme.
|
|