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Paranoia y distensión
Los acontecimientos terroristas del 11 de
septiembre sembraron quién sabe por cuánto tiempo
la paranoia de sentirnos inseguros en cualquier lugar del mundo.
Ya no hará falta que los ministerios de Exteriores y las agencias
de viajes publiquen en verano los sitios conflictivos del planeta
a los que no es conveniente desplazarse.
Tal vez para la próxima estación estival
la campaña sea algo así como "viaje usted adonde quiera, ningún
lugar es seguro". Y es que junto a esas dos enormes torres
gemelas que vimos caer una y otra vez hasta convencernos
de que no eran 'efectos especiales' se desmoronó toda
una era.
El terrorismo no
es ya un problema exclusivo de España, Colombia u Oriente
Próximo, sino de todos. Ése es, de un modo menos radical,
el resumen de las palabras del presidente de Estados Unidos,
George W. Bush, tras los atentados contra Nueva York y Washington:
"o con nosotros o contra nosotros".
Aunque la respuesta
del Gobierno cubano en ese momento fue un ambiguo "con el
pueblo de EE UU pero contra la guerra", la actitud posterior
sobre todo con el traslado de los presos de Al Qaeda
a la base naval de Guantánamo es por lo menos desconcertante.
Es obvio que una
de las principales bazas del Gobierno cubano es la explotación
del sentimiento nacionalista y antimperialista. Durante años,
la Cuba de Fidel Castro ha reclamado a los sucesivos gobiernos
estadounidenses la devolución de la parte de territorio (117
kilómetros cuadrados) que ocupa la base.
Junto con la consigna
de "pioneros por el comunismo..." aprendimos en la escuela
que a la hora de izar la bandera había que llevarla hasta
el tope del asta para luego bajarla un palmo (el palmo, por
el pedazo de territorio 'usurpado'; y llevarla hasta arriba,
por la aspiración de que nos fuera devuelto). Si se tiene
en cuenta que hace más de 15 años no izo una bandera, se comprenderá
lo bien aprendida que tengo la lección.
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