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Guanbanano
A B. Ll., en donde esté
No, es que tú nunca has visto a tu propia
madre con diez o doce cajas de muerto alrededor de ella, en
un sótano de una funeraria, encima de un carro de cargar los
féretros, descubierta por su propia hijita de cinco años -cinco
escasamente...
Una niña tan chiquitica que buscaba
a su mamá para todo, ¡hasta para que le pelara un plátano!
Y tan niñita y todo lo demás, tú me entiendes ¿no?, ver a
tu madre así, haciendo el amor con uno que trabajaba allí
mismo en la funeraria.
Sin grabadora y con mi roncito yo puedo
explayarme mejor... Tú pon lo que quieras, pero hazlo bien,
sé hombre. ¿Cómo vas a titularlo, Las Edades de la Pequeña
Lulú?
Desde que yo tenía tres años, y hasta
que tuve como diez, éramos mi madre y yo solas; mi papá y
ella se habían divorciado. Él era guagüero, y como quien dice
recogía una mujer en cada parada. Y no hay muchas que aguanten
un marido así. Mi mamá por ejemplo, no lo aguantó. Sus hermanas
-tanto las de ella como las de mi papá, que son como veinte
entre todas, sí, una en cada pueblo de Guantánamo se puede
decir... bueno, el caso es que siempre tenían a mi mamá bien
informada de las infidelidades de él. Además, ni te pienses,
que tampoco es buena gente conmigo. ¡Con decirte que yo ni
siquiera conozco a nueve o diez hermanos que tengo regados
por ahí, fíjate...! Porque ese viejo, sangre de curiel, ha
engendrado, según las malas leeenguas... hasta un par de jimaguas.
Y a mí, nunca... ni un beso bien dado partido por la mitad.
Me pasaba un dinerito al principio de divorciarse, y ya: para
de contar. Y con todo y eso, ¡que remoloneaba el muy cabrón...!
Pues yo, cuando vi a mi mamá en el sótano
de la funeraria, pensé que aquel ogro le estaba haciendo algo
malo y que entonces me iba a quedar yo sola en el mundo, solita
en grima. ¡Me dio tanto miedo de pronto!, que me quedé tiesa
allí mismo.
Se me resbaló el plátano de la mano,
y hasta mi muñequita Cuqui, de papel, recortada de la parte
atrás de la revista Mujeres. ¡Y todavía aquel hombre
y mi mamá no se daban ni cuenta de mi presencia! Porque estaban
de espaldas a la puerta; y fíjate si entré silenciosa. Es
que yo pesaba menos que un fideito, chico, y andaba siempre
sin zapatos.
Y el dichoso plátano no iba a encontrar
quien me lo pelara: estaba verdoso, así, resinoso. ¡Debe haber
estado más duro! ¿Qué me dices tú?
Bueno, yo lo que veía exactamente, detrás
de ellos, era que aquel degenerado sujetaba a mi mamá y no
la dejaba huir. Y ella gritaba que me daba mucho miedo. Y
estaban de rodillas los dos sobre el carro de llevar los ataúdes.
¡Fue tan desagradable y tan feo...!
Y el hombre con su pantalón que lo tenía bajado y yo le veía
el fondillo grande... Mira, cuando se me pasó el primer ahogo,
¡se me fueron unos chillidos a mí, que vaya...! Ni una jutía
asustada con el majá.
La primera que me sintió fue mi mamá,
que se viró para'trás. Parece que él tenía los ojos cerrados,
porque tuvieron que darle unos cuantos codazos para que pusiera
los pies en la tierra de nuevo, en el suelo.
Ahora me da lástima...
Específicamente debe haber sido muy
desagradable para mima, porque ella sí tenía consciencia completa
del suceso. Él no, él era un inconsciente, como son todos...
Y yo nada más me asusté un poco, pero me llevaron enseguida
para la casa. Mima me tranquilizó, creo que hasta me dio un
jarabe para la tos, de ese que es dulce, que a mí me gustaba
cantidad.
Y no entendí bien hasta que pasó después
el tiempo.
No me dejaron entrar más a la funeraria;
y eso que estaba pegada, bueno, pared con pared a mi casa,
en pleno centro de Guantánamo. Yo tampoco tenía ningún interés
en volver a meterme allí dentro. A nada. Hay lugares donde
yo nunca... Hay ciertos y determinados lugares donde yo ni
loca me comería un plátano.
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