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La beca (2)
Cómo
fuimos tan felices entonces, no lo sé. Pero a lo que iba.
El centro de La Vana estaba en la beca. Para el que
no dormía allí, la beca tenía el atractivo de una moderna
Babilonia. En la beca comenzaban los peregrinajes hacia la
perdición.
Tal
vez los tiempos han cambiado, pero a inicios de los noventa
la beca me parecía un gigantesco fornicadero, donde tantos
muchachos eran redimidos de sus corruptas virginidades.
En
noches de hastío culminante, tenían lugar orgías de una inocencia
cristalina, celebradas como un juego pagano, sin culpas trascendentales
y sin pudores proletarios ni burgueses. Luego
hubo tiempos de hondas depresiones, todo el mundo quería todo
el tiempo cortarse las venas.
Famélicos,
descreídos de casi todo, mis amigos subían aquellas eternas
escaleras como si estuvieran caminando por la rue Saint Lazare
un atardecer de otoño.
Dicho
tautológicamente, la vida entonces era muy dura. Los bombillos
de las escaleras de la beca estaban encerrados entre hierros
para evitar los contumaces robos, aunque siempre era inútil,
y el ambiente en las tardenoches de invierno era verdaderamente
lúgubre. El hambre era universal, y el agua, un milagro.
Allá
por el año 92 o el 93, algunos de aquellos cuartos ofrecían
escenas de desolación. La suciedad, el reguero y la desnudez
eran apoteósicos. Pero la vida en la beca continuaba frenéticamente.
Había algo allí fantasmagórico y terrible, una hiperestesia
que provocaba saltos del corazón hacia el vacío.
Una
noche, mis amigos llegaron al delirio interrogando a la ouija.
Los espíritus ofrecieron tremebundas profecías y mis amigos
empezaron a gritar de puro terror. Una muchacha cayó en shock
y tuvieron que reanimarla a golpes. Aquella noche durmieron
todos apretados. Amo esa imagen como un símbolo de la época,
mis amigos durmiendo abrazados la pesadilla del futuro. Viviendo
en una región recóndita de lo posible, donde los hechos estaban
desconectados de cualquier obediencia y se yuxtaponían libremente
en paisajes de caótica estabilidad.
En
la beca por entonces hubo ácidas guerras políticas y sexológicas,
fugas partidistas y saltos de cama en cama. Las sectas que
pululaban afuera se reproducían en las mustias habitaciones.
Uno entraba allí y desconocía a los muchachos que disciplinadamente
habían recitado en los seminarios matutinos las leyes de la
dialéctica o de la morfología.
Era,
como ya está dicho, el punto de partida de la exploración
de la ciudad escondida, pero también el sitio de reencuentro,
donde se contaban las salidas a la cinemateca para ver a Fassbinder
o a Tarkovsky o las visitas a Dulce María Loynaz o a Rine
Leal, o sencillamente, las aventuras vividas en los largos
viajes provinciales o en las calles de La Vana, pródigas
en amantes y en dementes, demantes y amentes.
La
beca era, no sé si todavía lo será, un riesgoso juego cultural
y sentimental, una fatídica ruleta rusa sin pistola, celebrada
silenciosamente en madrugadas de fumadas colectivas y abiertas
borracheras.
Allí
se crearon insufribles enemistades y alianzas que han resistido
la dispersión geográfica. Pero decir eso es un cliché. Lo
que realmente yo quisiera recordar es esa sensación de vértigo
que me daba al entrar, esa alteración de las proporciones,
como si llegara a un mundo construido en el reverso de la
razón práctica, los utilitarismos históricos y el aburrimiento
económicamente planificado. Uno era joven creyéndose ciudadano
de aquella libertad.
Luego nos graduamos y nos exiliamos en la realidad, es decir,
en La Habana, donde todas las cosas son como deben ser.
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