| En
la boca del mercado |
14/9/2003 |
Les
contaré hoy una pequeña historia. Es una historia ficticia,
por lo que no está de más recordar que cualquier parecido
con la realidad sique siendo pura y mera coincidencia.
Vivía
en un pueblecito, más o menos de 3000 vecinos. No recuerdo su
nombre, pero las calles eran estrechas y las casas pequeñas y
blanqueadas con cal. Cada puerta resultaba escoltada por un par de macetas,
generalmente geráneos y los balcones se entrelazaban unos con
otros. Cuando se miraba al cielo, las tejas, marrón pardas, dejaban
pasar tímidamente el sol de madrugada. Al fondo, el verde pinar
del monte.
Javi
Casanova paseaba todas la mañanas por su pueblo. Solía
decir que nunca llegaba a casa tarde -después de la juerga de
la ciudad de al lado-, sino que lo hacía temprano para ver el
amanecer. Éste, para él era diferente cada día,
también lo era su compañía. A Luz le regalaba geráneos
que cogía prestado de las macetas. Con Loli disfrutaba en los
pinares. A Bego le robaba los besos en la puerta de la frutería.
Sonia era su debilidad en el mirador. Un sin fin de mujeres hacían
de su apellido su estandarte. Así era Casanova, tenía
tantas mujeres como amaneceres y a todas les rompía el corazón.
Para que se hagan una idea, Javi decía que cuando iba a besar
a alguna bella mujer, dejaba que ella fuese quien recorriera los últimos
centímetros antes de que los labios se fundiesen.
Era
muy querido, un truhán de pillo carácter. En el pueblo,
un "cabroncete simpático" que rompía las reglas,
pero nada importaba.
Javi
tenía una prima, Mireia, era igual que él. Disfrutaba
hasta enloquecer de Rafa, soñaba con la boca de Guillermo, suspiraba
por los ojos de José y caminaba descalza detrás de Juan
Manuel. Sin embargo, Mireia siempre amanecia en el mismo sitio. Un sitio
reservado a su condición de mujer. Mas no ponía empeño
en evitarlo, Mireia amanecía en "la boca del mercao".
En el
pueblo de Javi Casanova, las mujeres, como caperucita, reservan su fruta
para un lobo feroz. Un lobo que degolla su presa en el día más
feliz de su vida; eso sí, la degolla ante Dios. Otras mujeres,
como Penélope, esperan a que regrese su tren. Juntas forman el
clan del mercao. El resto de mujeres, como Mireia, no pertenecen a ese
clan; sin embargo están en sus pensamientos, en sus críticas
envenedadas, en sus comidillas, están,..., en la boca del mercao.