Este es el espíritu que se sembró entre amigos, empleados y familia hace unos 30 años... Todavía creemos que esta historia nos puede inspirar. 
 

Un Mensaje a García

Autor,  Elbert Hubbard.

         En todo este asunto de Cuba hay un hombre que destaca en el horizonte de mi memoria como el planeta Marte en su perihelio. Cuando se declaró la guerra entre España y los Estados Unidos era muy necesario comunicarse prontamente con el jefe de los insurrectos.  Encontrábase García, allá en la manigua de Cuba, sin que nadie supiera su paradero. Era imposible toda comunicación con él por telégrafo o por correo. El Presidente tenía que contar con su cooperación sin pérdida de tiempo.

¿Qué hacer?

            Alguien dijo al Presidente: “Hay un hombre llamado Rowan que puede encontrar a García, si es que se le puede encontrar”.

            Se trajo a Rowan y se le entregó una carta para que a su vez se la entregara a García.

De cómo fue que este hombre, Rowan, tomó la carta, la selló en una cartera de hule, se la amarró al pecho, hizo un viaje de cuatro días en un bote sin cubierta y desembarcó de noche en las costas de Cuba; de cómo fue que se internó en las montañas y en tres semanas salió al otro lado de la isla, habiendo atravesado a pie un país hostil, y entregado la carta a García, son cosas que no tengo deseo especial de narrar en detalle. Pero si quiero que conste que MacKinley, Presidente de los Estados Unidos, puso una carta en manos de Rowan, para que éste la entregara a García. Rowan tomó la carta y no preguntó:

“¿Dónde está García?”

            Loado sea Dios! He aquí un hombre cuya figura debe ser vaciada en imperecedero bronce y puesta su estatua en todos los colegios del país. No es la enseñanza de libros lo que los jóvenes necesitan, ni la instrucción de esto o aquello sino el endurecimiento de las vértebras para que sean fieles a sus cargos, para que actúen con diligencia, para que hagan la cosa “llevar el mensaje a García”

            El general García ya no existe, pero hay otros García.

            No hay hombre que haya tratado de administrar una empresa que requiera mucho personal, que, a veces, no se haya quedado atónito al notar la imbecilidad del promedio de los hombres, la inhabilidad o la falta de voluntad de concentrar sus inteligencias en una cosa dada y hacerla.

 

            La existencia irregular, la desatención ridícula, la indiferencia vulgar y el trabajo mal hecho, parece ser la regla general. No hay hombre alguno que salga airoso de su empresa, a menos que, quieras o no, por la fuerza, obligue o soborne a otros para que le ayuden, o a menos que, tal vez, Dios Todopoderoso, en su bondad, haga un milagro y le envíe al Angel de la Luz para que le sirva de auxiliar.

            Tú lector, puedes hacer esta prueba. Te encuentras en estos momentos  sentado en tu oficina. A tu alrededor tienes seis empleados.

Llama a uno de ellos y pídele lo siguiente:

“Tenga la bondad de buscar en la enciclopedia y hágame un memorándum corto de la vida de Correggio”.

            ¿Crees tú que el empleado contesta: “Sí, señor”, y se marcha a hacer lo que tú le dijiste?

            Nada de eso. Te mirará de soslayo y te hará una o más de las siguientes preguntas:

            ¿Quién era el Correggio?

            ¿En cuál enciclopedia?

            ¿Dónde está la enciclopedia?

            ¿Acaso fui yo empleado para hacer eso?

            ¿No querrá usted decir Bismarck?

            ¿Por qué no lo hace Carlos?

            ¿Murió?

            ¿Hay prisa para eso?

            ¿No sería mejor que le trajera el libro y usted mismo lo buscara?

            ¿Para qué quiere usted saberlo?

            Y me atrevería a apostar diez contra uno que, después que hayas contestado el interrogatorio y explicado la manera de buscar la información que necesitas y por qué la necesitas, tu empleado se retira y obliga a otro compañero a que  le ayude a encontrar a García; regresando poco después diciéndote que no existe tal hombre. Desde luego, puede darse el caso en que yo pierda la apuesta, pero, según la ley de promedios, no debo perder.

            Ahora bien; si tú sabes lo que tienes entre manos, tú no debes molestarte en explicar a tu auxiliar que Correggio está indicado con “C” y no con “ K”, sino que sonriente y de buen humor le dirás: “ Está bien, déjelo” y, dicho esto, te levantarás y lo buscarás tú mismo.

            Y esa incapacidad para obrar independientemente, esa estupidez moral, esa deformidad de la voluntad, esa falta de disposición para hacerse cargo de una cosa y realizarla, esas son las cosas que han pospuesto para lejos en lo futuro al socialismo puro. Si los hombres no actúan por sus propias iniciativas para sí mismos, ¿qué harán cuando el producto de sus esfuerzos sea para todos? La fuerza bruta parece necesaria y el temor a ser “rebajado” el sábado, a la hora del cobro, hace que muchos trabajadores o empleados conserven el trabajo o la colocación.

            Anuncia buscando un taquígrafo y, de diez solicitantes, nueve son individuos que no tienen ortografía, y, lo que es más, de individuos que no creen necesario tenerla. ¿Podrían esas personas  escribir una carta  a García.

            -Mire usted me decía el gerente de una fábrica, mire usted aquel tenedor de libros.

            -Bien, ¿qué le pasa?

            -Es un magnífico contable; mas si se le manda hacer una diligencia, tal vez la haga, pero puede darse el caso de que entre en cuatro salones de bebidas antes de llegar, y, cuando llegue a la Calle Principal, ya no se acuerde de lo que se le dijo.

            ¿Puede confiarse a ese hombre que lleve un mensaje a García?

            Recientemente hemos estado oyendo conversaciones y expresiones de muchas simpatías a “los extranjeros naturalizados que son objeto de explotación en los talleres,” así como hacia “ el hombre sin hogar que anda errante en busca del trabajo honrado”, y, junto a esas expresiones, con frecuencia empleándose palabras duras hacia los hombres que están en el poder.

            Nada se dice del patrono que se avejenta antes de tiempo, tratando, en vano, de inducir a los eternos disgustados y perezosos a que hagan un trabajo a conciencia; ni se dice nada del mucho tiempo ni de la paciencia que ese patrono ha tenido buscando personal que no hace otra cosa sino “matar el tiempo” tan pronto como el patrono vuelve la espalda. En todo establecimiento y en toda fábrica se tiene constantemente en práctica el procedimiento de selección por eliminación. El patrono se ve continuamente obligado a rebajar personal que ha demostrado su incompetencia en el fomento de sus intereses, y a tomar otros empleados. No importa que los tiempos sean buenos; este procedimiento de selección sigue en todo tiempo y la única diferencia es que, cuando las cosas están malas y el trabajo escasea, se hace la selección con más escrupulosidad, pero fuera, y para siempre fuera, tiene que ir el incompetente y el inservible. Por interés propio el patrono tiene que quedarse con los mejores, con los que puedan llevar un mensaje a García.

            -Conozco a un individuo de aptitudes verdaderamente brillantes, pero sin la habilidad necesaria para manejar su propio negocio, y que, sin embargo, es completamente inútil para otro, debido a la misma sospecha que constantemente abriga de que su patrono le oprime o trata de oprimirle. Sin poder mandar, no tolera que se le mande. Si le diera un mensaje para que lo llevara a García, probablemente, su contestación sería: “Llévelo usted mismo”.

            Hoy, este hombre anda errante por las calles en busca de trabajo, teniendo que sufrir las inclemencias del tiempo. Nadie que le conozca se ofrece a darle trabajo, puesto que es la esencia misma del descontento. No entra por razones, y los único que en él podría producir algún efecto, sería un buen puntapié salido de la punta de una bota del número cuarenta y tres, de suela gruesa. Sé, en verdad, que un individuo tan moralmente deforme como éste no es menos digno de compasión que el físicamente inválido; pero, en nuestra compasión, derramemos también una lágrima por aquellos hombres que se encuentran al frente de grandes empresas, cuyas horas de trabajo no están limitadas por el sonido del pito y cuyos cabellos prematuramente encanecen en la lucha que sostienen contra la indiferencia zafia, contra la imbecilidad crasa y contra la ingratitud cruenta de los otros, quienes, a no ser por el espíritu emprendedor de éstos, andarían hambrientos y sin hogar.

            Diríase que me he expresado con mucha dureza. Tal vez sí; pero, cuando el mundo entero se ha entregado al descanso, yo quiero expresar una palabra de simpatía hacia el hombre que, a pesar de grandes inconvenientes, ha sabido dirigir los esfuerzos de otros hombres, y que, después del triunfo, resulta que nada ha ganado, más que su subsistencia .

            También yo he cargado mi lata de comida al taller y he trabajado a jornal diario, y también he sido patrono y sé que puede decirse algo de ambos lados.

            No hay excelencia en la pobreza,” per se”; los harapos no sirven de recomendación; no todos los patronos son capaces y tiranos; o todos los pobres son virtuosos.

            Mis simpatías todas van hacia el hombre que hace su trabajo cuando el patrono está presente como cuando se encuentra ausente.

            Y el hombre que al entregársele una carta para García, tranquilamente, toma la misiva, sin hacer preguntas idiotas, y sin intención alguna de arrojarla a la primera alcantarilla que  encuentre a su paso, o de hacer cosa que no sea entregarla al destinatario, ese hombre nunca queda sin trabajo ni tiene que declararse en huelga para que se le aumente el sueldo. La civilización busca ansiosa, insistentemente, a esa clase de hombres. Cualquier cosa que ese hombre pida, la consigue. Se le necesita en todo ciudad, en todo pueblo, en toda villa, toda oficina, tienda y fábrica, y en todo taller. El mundo entero lo solicita a gritos; se necesita, y se necesita con urgencia, al hombre que pueda llevar “ Un mensaje a García”

 

Elbert Hubbard. 22 de febrero de 1899

 

 

 


Freire  & Asociados. Alcalá de Henares (Madrid) - 2005