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“Un viaje por la teoría literaria”

por BARRY JORDAN

 

En el mundo académico angloamericano, lo que se podría llamar el “consenso crítico tradicional” ha reivindicado como base o eje de la actividad interpretativa el contacto directo entre texto y lector. La tarea del lector (sea profesor, estudiante, crítico, etc.) consiste en leer tout court, sin que le distraigan asuntos ajenos al acto de la lectura. También, según esta postura ortodoxa, la literatura es considerada como algo que trata de la vida, algo escrito desde la experiencia personal. Es valiosa y, por tanto, vale la pena leerla porque descubre verdades sobre el período en que se produjo, porque en términos más amplios revela verdades sobre el hombre, la naturaleza humana; en fin, habla de nosotros mismos. En suma, la literatura es entendida como un comentario, privilegiado y complejo, sobre la experiencia humana, comentario considerado frecuentemente como derivado de las percepciones o intuiciones del autor. También, dentro de esta misma postura, la literatura es considerada como un artefacto autónomo, cuyo valor y autenticidad residen no sólo en las verdades que descubre, sino en su unidad estructural, su coherencia temática, correspondiéndole al lector reconstruir esas coherencias y continuidades en un tono unificado.

Ahora bien, frente a la teoría contemporánea (estructuralismo…, etc.), la postura tradicionalista se ha resquebrajado: los centros o puntos de referencia tradicionalmente estables –el autor y el texto– han perdido su autoridad, han sido desestabilizados, descentrados; la propia incertidumbre del consenso crítico ha sido acrecentada por las recientes investigaciones sobre el lector y las prácticas de lectura. Para entender este proceso y para ofrecer una perspectiva accesible aunque esquemática de las distintas escuelas de esta reciente empresa teórica, nos podría servir como punto de partida la metáfora de una excursión dominical en automóvil, en la que el coche equivale al TEXTO, el conductor al AUTOR, y los pasajeros al LECTOR o CRÍTICO.

   

1.       Empezando por el enfoque tradicional, los pasajeros miran por las ventanillas del vehículo y contemplan los caminos, los árboles, las montañas, etc., o sea, el paisaje por el que circula el coche. Esto es sólo un medio para practicar el excursionismo, para llegar a los monumentos del turismo(literario). Al concluir el viaje los pasajeros agradecen al conductor un itinerario tan placentero e incluso le piden su opinión al respecto.

 

2.   Siguiendo esta vez las pautas del New Criticism angloamericano (que quizá tiene su equivalente en español en la Estilística de Dámaso Alonso y Carlos Bousoño), los pasajeros hacen ahora que se detenga el automóvil. Empiezan entonces a comentar el interior del vehículo, la disposición de sus elementos, el confort de los asientos, lo espacioso del maletero, la calidad de la tapicería, el atractivo del color de la carrocería, etc. Hablan entre sí y al parecer ignoran al conductor; en cualquier caso, no les interesa tampoco el paisaje exterior y el viaje.

 

3.        Los pasajeros formalistas (incluidos aquí los estructuralistas… y demás tecnólogos literarios) también hacen parar el coche. Sin embargo, ahora bajan del vehículo, levantan la tapa del motor, se meten debajo para ver el chasis. Les interesa sobre todo saber cómo funciona en tanto máquina que es, cuáles son sus componentes y cómo se relacionan entre sí en éste y en otros automóviles; asimismo les interesa el modelo, el diseño y el sistema tecnológico de los que el auto es una realización concreta. Ignoran olímpicamente al conductor, a quien hicieron bajar unos cuantos kilómetros antes…

 

4.        A los pasajeros marxistas, en cambio, les interesa la Historia del automóvil y buscan afanosamente documentación que le concierna, el permiso de circulación, etc. Quieren saber en qué fábrica fue construido el automóvil, cómo, por qué y en qué año; además, les interesa saber cómo la fabricación de automóviles se relaciona con otros procesos industriales y los refleja…

 

5.        Los pasajeros psicoanalistas se pasan el viaje observando el coche y su trayectoria en relación con el comportamiento del conductor. Anotan la manera en que el conductor toma el volante (¿lo acaricia? ¿lo aprieta fuertemente?), cómo mira por el retrovisor, como usa (¿suave? ¿violentamente?) el cambio de marchas… Tras parar el automóvil, invitan al conductor a tumbarse en el asiento de atrás y le interrogan sobre su familia, su infancia, y acaban descubriendo al fin que sus costumbres y fallos de conducción tienen raíces inconscientes, sexuales. Proclaman que el coche no es más que una proyección fálica de temores no asumidos, de deseos insatisfechos, una manera de superar un complejo de castración –surgido quizá cuando papá se negó en dejarle el SEAT Panda para llevar a mamá a la playa…

 

6.        Las pasajeras y pasajeros feministas llevan años reclamando su derecho a subir y a conducir el coche. Conscientes de su larga exclusión del transporte automovilístico autorizado y del dominio masculino  de las carreteras, suelen adoptar dos posturas: a) o redescubren modelos de automóvil y redes de carreteras hasta ahora ignorados, reivindicando una identidad distinta de la dominante; o b) suben al coche privilegiado y se quejan del sexo del conductor (masculino), del modelo de coche (falocéntrico) y del itinerario del viaje (planificado por una conciencia  patriarcal). Hartas de permanecer subordinadas y marginadas en los asientos traseros, echan al conductor –o lo emasculan–, se apoderan del coche, cortan el tráfico y, como símbolo de su rechazo de la opresión machista, rocían de gasolina el automóvil y le prenden fuego.