La grandeza del Cid, ha sido igualmente descrita por los historiadores Cristianos y Musulmanes de la época. Se trata de la historia de un caballero singular, cuya fama ha cruzado las fronteras europeas y ha llegado a cualquier parte de nuestro mundo
en que se estudie la historia. Que duda cabe que la pelicula "el Cid" de Samuel Broston, en donde se plasma en la figura de Rodrigo Diaz de Vivar toda la grandeza de una época y la imagen de un valiente Caballero Medieval ha ayudado al conocimiento de unas gestas y de un gran hombre, pero esta imagen, pertenece a los juglares, no a la historia, esta imagen es la que la literatura nos ha dejado en El Cantar del Mio Cid. Rodrigo Diaz de Vivar no necesita de los juglares para ser un héroe medieval. La figura del Cid, nos viene transmitida desde el prisma de cierta ambigüedad de fechas, en la que muchas de las plumas de eminentes hombres de
letra no se ponen de acuerdo, y que es digno de hacer notar aunque ello no sea lo verdaderamente importante. Así tenemos que no existe ninguna referencia a la fecha de su nacimiento.

De entre el árbol genealógico de Rodrigo Díaz podemos destacar los apellidos Laínez, Fernández, Bermúdez, Rodríguez, Nuñez y Alvarez, todos ellos ilustres de Castilla y poseedores de varios castillos y propiedades. El nombre del Cid, Rodrigo, se cree le fue puesto en honor a su abuelo materno Rodrigo Alvárez. Esto hace suponer que la familia materna tenía mayor relieve
social, ya que la costumbre de la época era tomar el nombre del primer hijo del abuelo paterno.

El Cid nace en Vivar, en la casa solariega de su padre Diego Laínez, infanzón castellano descendiente de Laín Calvo. En 1058 pasa a educarse a Palacio con los hijos del rey Fernando I, a cuya muerte se produce la partición de sus reinos, entrando Rodrigo al servicio de Sancho, quien le nombra Alférez. Vencedor en Pazuengos obtiene Rodrigo el título de Campeador y en lucha con el moro Hariz, el
de Cid o "mi Señor".

Tras no pocos avatares históricos, en la ciudad de Zamora, muere a traición Sancho II en 1072, exigiendo el Cid al nuevo Rey -Alfonso -VI- juramento en Santa Gadea de Burgos de que no había tomado parte en la muerte de su hermano. En 1074 nuestro personaje contrae matrimonio con Jimena, hija del Conde de Asturias, Diego Rodríguez y de Cristina nieta que era de Alfonso V de León. Apartado de la corte y enemistado con los nobles que habían apoyado a Alfonso, en 1081 es desterrado el Cid por el monarca, dejando a su esposa e hijos en el Monasterio de San Pedro de Cardeña. A partir de entonces participa el Cid en muchas batallas al servicio del moro de Zaragoza, consiguiendo numerosas victorias contra cristianos y moros, aragoneses y catalanes. El peligro de la invasión almorávide hizo que el Rey le perdonara y una
vez vuelto a Castilla le restituyó sus posesiones. Más, de nuevo en 1089, y a causa de la batalla de Aledo, en Murcia, Rodrigo conoce un segundo y definitivo destierro que le acerca a Levante. El 15 de junio de 1094 entra en Valencia donde gobierna durante cinco años. Muere en esta ciudad en Pascua de Pentecostés, el 10 de julio
de 1099 Sus hijas contrajeron matrimonios con familias reales, Cristina fue desposada por Ramiro de Navarra y María por Ramón Berenguer III de Barcelona. Su único hijo varón, Diego, murió muy joven, en la batalla de Consuegra.

Enterrado El Cid en San Pedro de Cardeña, sus restos sufrieron numerosos traslados hasta encontrar reposo definitivo con los de su esposa Jimena en la Catedral de Burgos en 1921.

El entorno vital en el que se mueve el Cid desde sus destierros de Burgos hasta la conquista de Valencia, según los relatos del Cantar, engloba tierras de hoy cuatro Comunidades Autónomas: Castilla y León, Castilla - La Mancha, Aragón y Valencia. Y ocho provincias..

Numerosos son los testimonios de la presencia de Rodrigo Díaz de Vivar en las Provincias por donde pasó, en las que el cantar sitúa lugares evocadores, ciudades, villas, pueblos y hermosos paisajes en los que lo épico se funde con un rico patrimonio histórico, artístico y natural, casi por descubrir.

Y es que aunque, en el Poema del Cid, nos pretenden mostrar al héroe como persona de mesurado comportamiento, no hay duda de que el personaje de Don Rodrigo correspondía más bien al de un hombre áspero, de trato difícil y de reacciones extremosas,
pero no como una característica especial de su persona sino como uno mas de la época en la que le tocó vivir y, así como buen aventurero, ansiaba hacer rápidamente fortuna y conseguir grandes conquistas.

El Campeador buscaba siempre el combate en horizontes amplios. Sus posibilidades de triunfar radicaban, sobre todo, en la rapidez de movimientos, gracias a una caballería ligera que vivía y guerreaba a campo abierto.

De cuantos mitos literarios aportó España a la cultura universal,

 ninguno es tan trascendente como el que constituye la figura del Cid. Lo mismo que Roldán para Francia, Sigfrido para Alemania, Aquiles para Grecia o Eneas para Roma, el Cid es para el mundo del espíritu, poético -gracias al Cantar de Mío Cid-, el héroe, el protagonista, que constituye el prototipo del ideal caballeresco.