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La
Economía
es la ciencia social que estudia los procesos de
producción, distribución, comercialización y consumo de bienes y
servicios. Los economistas investigan cómo los individuos, las familias,
las empresas de negocios y los gobiernos alcanzan sus objetivos en
este campo. Otras ciencias ayudan a avanzar en este estudio; la
psicología y la
ética intentan explicar cómo se determinan estos propósitos, la
historia registra el cambio de finalidades a lo largo del tiempo y la
sociología interpreta el comportamiento humano en un contexto
social.
El estudio de la
economía puede dividirse en dos grandes campos. La teoría de los
precios, o
microeconomía, que explica cómo la interacción de la
oferta y la demanda en mercados competitivos determinan los precios
de cada bien, el nivel de
salarios, el margen de
beneficios y las variaciones de las rentas. La microeconomía parte
del supuesto de comportamiento racional. Los ciudadanos gastarán su
renta intentando obtener la máxima satisfacción posible o, como dicen
los analistas económicos, tratarán de maximizar su
utilidad. Por su parte, los
empresarios intentarán obtener el máximo beneficio posible.
El segundo campo, el de
la
macroeconomía, comprende los problemas relativos al nivel de empleo
y al índice de
ingresos o renta de un país. El estudio de la macroeconomía surgió
con la publicación de
La teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero
(1936), del economista británico
John Maynard Keynes. Sus conclusiones sobre las fases de expansión y
depresión económica se centran en la demanda total, o agregada, de
bienes y servicios por parte de consumidores, inversores y gobiernos.
Según Keynes, una demanda agregada insuficiente generará
desempleo; la solución estaría en incrementar la
inversión de las empresas o del gasto público, aunque para ello sea
necesario tener un déficit
presupuestario.
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II.
Historia del pensamiento económico
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Las
cuestiones económicas han preocupado a muchos intelectuales a lo largo
de los siglos. En la antigua Grecia, Aristóteles
y Platón
disertaron sobre los problemas relativos a la riqueza,
la propiedad
y el comercio.
Durante la edad
media predominaron las ideas de la Iglesia, se impuso el Derecho
canónico, que condenaba la usura
(el cobro de intereses abusivos a cambio de efectivo) y consideraba que
el comercio era una actividad inferior a la agricultura.
La economía, como
ciencia moderna independiente de la filosofía y de la política, data
de la publicación de la obra Investigación sobre la naturaleza y
causas de la riqueza de las naciones (más conocida por el título
abreviado de La
riqueza de las naciones, 1776), del filósofo y economista escocés
Adam
Smith. El mercantilismo
y las especulaciones de los fisiócratas precedieron a la economía clásica
de Smith y sus seguidores del siglo XIX.
El
desarrollo de los modernos nacionalismos a lo largo del siglo XVI desvió
la atención de los pensadores de la época hacia cómo incrementar la
riqueza y el poder de los estados nacionales. La política económica
que imperaba en aquella época, el mercantilismo, fomentaba el
autoabastecimiento de las naciones. Esta doctrina económica imperó en
Inglaterra y en el resto de Europa occidental desde el siglo XVI hasta
el siglo XVIII.
Los mercantilistas
consideraban que la riqueza de una nación dependía de la cantidad de
oro y plata que tuviese. Aparte de las minas de oro y plata descubiertas
por España en el continente americano, una nación sólo podía
aumentar sus reservas de estos metales preciosos vendiendo más
productos a otros países de los que compraba. El conseguir una balanza
de pagos con saldo positivo implicaba que los demás países tenían que
pagar la diferencia con oro y plata.
Los mercantilistas daban
por sentado que su país estaría siempre en guerra con otros, o preparándose
para la próxima contienda. Si tenían oro y plata, los dirigentes podrían
pagar a mercenarios para combatir, como hizo el rey Jorge
III de Inglaterra durante la guerra
de la Independencia estadounidense. En caso de necesidad, el monarca
también podría comprar armas, uniformes y comida para los soldados.
Jean.
B. Colbert (1619-1683), ministro de Luis XIV, institucionalizó la
exportación de productos franceses para crear oro
y a cuyos efectos desarrolló de forma muy importante la industria gala.
Esta preocupación
mercantilista por acumular metales preciosos también afectaba a la política
interna. Era imprescindible que los salarios fueran bajos y que la
población creciese. Una población numerosa y mal pagada produciría
muchos bienes a un precio lo suficiente bajo como para poder venderlos
en el exterior. Se obligaba a la gente a trabajar jornadas largas, y se
consideraba un despilfarro el consumo de té, ginebra, lazos, volantes o
tejidos de seda. De esta filosofía también se deducía que era
positivo para la economía de un país el trabajo infantil. Un autor
mercantilista tenía un plan para los niños de los pobres: "cuando
estos niños tienen cuatro años, hay que llevarlos al asilo para pobres
de la región, donde se les enseñará a leer durante dos horas al día,
y se les tendrá trabajando el resto del día en las tareas que mejor se
ajusten a su edad, fuerza y capacidad".
Esta
doctrina económica estuvo en boga en Francia durante la segunda mitad
del siglo XVIII y surgió como una reacción ante las políticas
restrictivas del mercantilismo. El fundador de la escuela, François
Quesnay, era médico de cabecera en la corte del rey Luis
XV. Su libro más conocido, Tableau Économique (Cuadro
económico, 1758), intentaba establecer los flujos de ingresos en
una economía, anticipándose a la contabilidad
nacional, creada en el siglo XX. Según los fisiócratas,
toda la riqueza era generada por la agricultura; gracias al comercio,
esta riqueza pasaba de los agricultores al resto de la sociedad. Los
fisiócratas eran partidarios del libre
comercio y del laissez-faire
(doctrina que defiende que los gobiernos no deben intervenir en la
economía). También sostenían que los ingresos del Estado tenían que
provenir de un único impuesto que debía gravar a los propietarios de
la tierra, que eran considerados como la clase improductiva. Adam Smith
conoció a los principales fisiócratas y escribió sobre sus doctrinas,
casi siempre de forma positiva.
Como
cuerpo teórico coherente, la escuela clásica de pensamiento económico
parte de los escritos de Smith, continúa con la obra de los economistas
británicos Thomas
Robert Malthus y David
Ricardo, y culmina con la síntesis de John
Stuart Mill, discípulo de Ricardo. Aunque fueron frecuentes las
divergencias entre los economistas desde la publicación de La
riqueza de las naciones (1776) de Smith hasta la de Principios de
economía política (1848) de Mill, los economistas pertenecientes a
esta escuela coincidían en los conceptos principales. Todos defendían
la propiedad privada, los mercados y creían, como decía Mill, que
"sólo a través del principio de la competencia tiene la economía
política una pretensión de ser ciencia". Compartían la
desconfianza de Smith hacia los gobiernos, y su fe ciega en el poder del
egoísmo y su famosa "mano invisible", que hacía posible que
el bienestar social se alcanzara mediante la búsqueda individual del
interés personal. Los clásicos tomaron de Ricardo el concepto de
rendimientos decrecientes, que afirma que a medida que se aumenta la
fuerza de trabajo
y el capital
que se utiliza para labrar la tierra, disminuyen los rendimientos o,
como decía Ricardo, "superada cierta etapa, no muy avanzada, el
progreso de la agricultura disminuye de una forma paulatina".
El alcance de la ciencia
económica se amplió de manera considerable cuando Smith subrayó el
papel del consumo sobre el de la producción. Smith confiaba en que era
posible aumentar el nivel general de vida del conjunto de la comunidad.
Defendía que era esencial permitir que los individuos intentaran
alcanzar su propio bienestar como medio para aumentar la prosperidad de
toda la sociedad.
En el lado opuesto,
Malthus, en su conocido e influyente Ensayo sobre el principio de la
población (1798), planteaba la nota pesimista de la escuela clásica,
al afirmar que las esperanzas de mayor prosperidad se escollarían
contra la roca de un excesivo crecimiento de la población.
Según Malthus, los alimentos sólo aumentaban adecuándose a una
progresión aritmética (2-4-6-8-10, etc.), mientras que la población
se duplicaba cada generación (2-4-8-16-32, etc.), salvo que esta
tendencia se controlara, o por la naturaleza o por la propia prudencia
de la especie. Malthus sostenía que el control natural era
"positivo": "El poder de la población es tan superior al
poder de la tierra para permitir la subsistencia del hombre, que la
muerte prematura tiene que frenar hasta cierto punto el crecimiento del
ser humano". Este procedimiento de frenar el crecimiento eran las
guerras, las epidemias, la peste, las plagas, los vicios humanos y las
hambrunas, que se combinaban para controlar el volumen de la población
mundial y limitarlo a la oferta de alimentos.
La única forma de
escapar a este imperativo de la humanidad y de los horrores de un
control positivo de la naturaleza, era la limitación voluntaria del
crecimiento de la población, no mediante un control
de natalidad, contrario a las convicciones religiosas de Malthus,
sino retrasando la edad nupcial, reduciendo así el volumen de las
familias. Las doctrinas pesimistas de este autor clásico dieron a la
economía el sobrenombre de "ciencia lúgubre".
Los Principios de
economía política de Mill constituyeron el centro de esta ciencia
hasta finales del siglo XIX. Aunque Mill aceptaba las teorías de sus
predecesores clásicos, confiaba más en la posibilidad de educar a la
clase obrera para que limitase su reproducción de lo que lo hacían
Ricardo y Malthus. Además, Mill era un reformista que quería gravar
con fuerza las herencias, e incluso permitir que el gobierno asumiera un
mayor protagonismo a la hora de proteger a los niños y a los
trabajadores. Fue muy crítico con las prácticas que desarrollaban las
empresas y favorecía la gestión cooperativa de las fábricas por parte
de los trabajadores. Mill representó un puente entre la economía clásica
del laissez-faire y el Estado
de bienestar.
Acerca de los mercados,
los economistas clásicos aceptaban la "ley de Say", formulada
por el economista francés Jean
Baptiste Say. Esta ley sostiene que el riesgo de un desempleo masivo
en una economía competitiva es despreciable, porque la oferta crea su
propia demanda, limitada por la cantidad de mano de obra y los recursos
naturales disponibles para producir. Cada aumento de la producción
aumenta los salarios y los demás ingresos que se necesitan para poder
comprar esa cantidad adicional producida.
La
oposición a la escuela clásica provino de los primeros autores
socialistas, como el filósofo social francés Claude
Henri de Rouvroy conde de Saint-Simon, y el utópico británico Robert
Owen. Sin embargo, fue Karl
Marx el autor de las teorías económicas socialistas más
importantes, manifiestas en su principal trabajo, El
capital (3 vols., 1867-1894).
Para la perspectiva clásica
del capitalismo, el marxismo
representó una seria recusación, aunque no dejaba de ser, en algunos
aspectos, una variante de la temática clásica. Por ejemplo, Marx adoptó
la teoría
del valor trabajo de Ricardo. Con algunas matizaciones, Ricardo
explicó que los precios eran la consecuencia de la cantidad de trabajo
que se necesitaba para producir un bien. Ricardo formuló esta teoría
del valor para facilitar el análisis, de forma que se pudiera entender
la diversidad de precios. Para Marx, la teoría del valor trabajo
representaba la clave del modo de proceder del capitalismo, la causa de
todos los abusos y de toda la explotación generada por un sistema
injusto.
Exiliado de Alemania,
Marx pasó muchos años en Londres, donde vivió gracias a la ayuda de
su amigo y colaborador Friedrich
Engels, y a los ingresos derivados de sus ocasionales contribuciones
en la prensa. Desarrolló su extensa teoría en la biblioteca del Museo
Británico. Los estudios históricos y los análisis económicos de
Marx convencieron a Engels de que los beneficios y los demás ingresos
procedentes de una explotación sin escrúpulos de las propiedades y las
rentas son el resultado del fraude y el poder que ejercen los fuertes
sobre los débiles. Sobre esta crítica se alza la crítica económica
que desemboca en la certificación histórica de la lucha
de clases.
La "acumulación
primitiva" en la historia económica de Inglaterra fue posible
gracias a la delimitación y al cercamiento de las tierras. Durante los
siglos XVII y XVIII los terratenientes utilizaron su poder en el
Parlamento para quitar a los agricultores los derechos que por tradición
tenían sobre las tierras comunales. Al privatizar estas tierras,
empujaron a sus víctimas a las ciudades y a las fábricas.
Sin tierras ni
herramientas, los hombres, las mujeres y los niños tenían que trabajar
para conseguir un salario. Así, el principal conflicto, según Marx, se
producía entre la denominada clase capitalista, que detentaba la
propiedad de los medios de producción (fábricas y máquinas) y la
clase trabajadora o proletariado,
que no tenía nada, salvo sus propias manos. La explotación, eje de la
doctrina de Karl Marx, se mide por la capacidad de los capitalistas para
pagar sólo salarios de subsistencia a sus empleados, obteniendo de su
trabajo un beneficio (o plusvalía), que era la diferencia entre los
salarios pagados y los precios de venta de los bienes en los mercados.
Aunque en el Manifiesto
Comunista (1848) Marx y Engels pagaban un pequeño tributo a los
logros materiales del capitalismo,
estaban convencidos que estos logros eran transitorios y que las
contradicciones inherentes al capitalismo y al proceso de lucha de
clases terminarían por destruirlo, al igual que en el pasado había
ocurrido con el extinto feudalismo
medieval.
A este respecto, los
escritos de Marx se alejan de la tradición de la economía clásica
inglesa, siguiendo la metafísica del filósofo alemán Georg
Wilhelm Friedrich Hegel, el cual consideraba que la historia de la
humanidad y de la filosofía era una progresión dialéctica:
tesis, antítesis y síntesis. Por ejemplo, una tesis puede ser un
conjunto de acuerdos económicos, como el feudalismo o el capitalismo.
Su contrapuesto, o antítesis, sería, por ejemplo, el socialismo,
como sistema contrario al capitalismo. La confrontación de la tesis y
la antítesis daría paso a una evolución, que sería la síntesis, en
este caso, el comunismo
que permite combinar la tecnología capitalista con la propiedad pública
de las fábricas y las granjas.
A largo plazo, Marx creía
que el sistema capitalista desaparecería debido a que su tendencia a
acumular la riqueza en unas pocas manos provocaría crecientes crisis
debidas al exceso de oferta y a un progresivo aumento del desempleo.
Para Marx, la contradicción entre los adelantos tecnológicos, y el
consiguiente aumento de la eficacia productiva y la reducción del poder
adquisitivo que impediría adquirir las cantidades adicionales de
productos, sería la causa del hundimiento del capitalismo.
Según Marx, las crisis
del capitalismo se reflejarían en un desplome de los beneficios, una
mayor conflictividad entre trabajadores y empresarios e importantes
depresiones económicas. El resultado de esta lucha de clases culminaría
en la revolución
y en el avance hacia, en primer lugar, el socialismo, para al fin
avanzar hacia la implantación gradual del comunismo. En una primera
etapa todavía sería necesario tener un Estado que eliminara la
resistencia de los capitalistas. Cada trabajador sería remunerado en
función de su aportación a la sociedad. Cuando se implantara el
comunismo, el Estado, cuyo objetivo principal consiste en oprimir a las
clases sociales, desaparecería, y cada individuo percibiría, en ese
porvenir utópico, en razón de sus necesidades.
La
economía clásica partía del principio de escasez, como lo muestra la
ley de rendimientos decrecientes y la doctrina malthusiana sobre la
población. A partir de la década de 1870, los economistas neoclásicos
como William
Stanley Jevons en Gran Bretaña, Léon
Walras en Francia, y Karl Menger en Austria, imprimieron un giro a
la economía, abandonaron las limitaciones de la oferta para centrarse
en la interpretación de las preferencias de los consumidores en términos
psicológicos. Al fijarse en el estudio de la utilidad o satisfacción
obtenida con la última unidad, o unidad marginal, consumida, los neoclásicos
explicaban la formación de los precios, no en función de la cantidad
de trabajo necesaria para producir los bienes, como en las teorías de
Ricardo y de Marx, sino en función de la intensidad de la preferencia
de los consumidores en obtener una unidad adicional de un determinado
producto.
El economista británico
Alfred
Marshall, en su obra maestra, Principios de Economía (1890),
explicaba la demanda a partir del principio de utilidad
marginal, y la oferta a partir del coste marginal (coste de producir
la última unidad). En los mercados competitivos, las preferencias de
los consumidores hacia los bienes más baratos y la de los productores
hacia los más caros, se ajustarían para alcanzar un nivel de
equilibrio. Ese precio de equilibrio sería aquel que hiciera coincidir
la cantidad que los compradores quieren comprar con la que los
productores desean vender.
Este equilibrio también
se alcanzaría en los mercados
de dinero
y de trabajo. En los mercados financieros, los tipos de interés
equilibrarían la cantidad de dinero que desean prestar los ahorradores
y la cantidad de dinero que desean pedir prestado los inversores. Los
prestatarios quieren utilizar los préstamos que reciben para invertir
en actividades que les permitan obtener beneficios superiores a los
tipos de interés que tienen que pagar por los préstamos. Por su parte,
los ahorradores cobran un precio a cambio de ceder su dinero y posponer
la percepción de la utilidad que obtendrán al gastarlo. En el mercado
de trabajo se alcanza asimismo un equilibrio. En los mercados de trabajo
competitivos, los salarios pagados representan, por lo menos, el valor
que el empresario otorga a la producción obtenida durante las horas
trabajadas, que tiene que ser igual a la compensación que desea recibir
el trabajador a cambio del cansancio y el tedio laboral.
La doctrina neoclásica
es, de forma implícita, conservadora. Los defensores de esta doctrina
prefieren que operen los mercados competitivos a que haya una intervención
pública. Al menos hasta la Gran
Depresión de la década de 1930, se defendía que la mejor política
era la que reflejaba el pensamiento de Adam Smith: bajos impuestos,
ahorro en el gasto público y presupuestos equilibrados. A los neoclásicos
no les preocupa la causa de la riqueza, explican que la desigual
distribución de ésta y de los ingresos se debe en gran medida a los
distintos grados de inteligencia, talento, energía y ambición de las
personas. Por lo tanto, el éxito de cada individuo depende de sus
características individuales, y no de que se beneficien de ventajas
excepcionales o sean víctimas de una incapacidad especial. En las
sociedades capitalistas, la economía clásica es la doctrina
predominante a la hora de explicar la formación de los precios y el
origen de los ingresos.
John
Maynard Keynes fue alumno de Alfred Marshall y defensor de la economía
neoclásica hasta la década de 1930. La Gran Depresión sorprendió a
economistas y políticos por igual. Los economistas siguieron
defendiendo, a pesar de la experiencia contraria, que el tiempo y la
naturaleza restaurarían el crecimiento económico si los gobiernos se
abstenían de intervenir en el proceso económico. Por desgracia, los
antiguos remedios no funcionaron. En Estados Unidos, la victoria en las
elecciones presidenciales de Franklin
D. Roosevelt (1932) sobre Herbert
Hoover marcó el final político de las doctrinas del laissez-faire.
Se necesitaban nuevas
políticas y nuevas explicaciones, que fue lo que en ese momento
proporcionó Keynes. En su ya citada Teoría general (1936),
aparecía un axioma central que puede resumirse en dos grandes
afirmaciones: (1) las teorías existentes sobre el desempleo no tenían
ningún sentido; ni un nivel de precios elevado ni unos salarios altos
podían explicar la persistente depresión económica y el desempleo
generalizado; (2) por el contrario, se proponía una explicación
alternativa a estos fenómenos que giraba en torno a lo que se
denominaba demanda agregada, es decir, el gasto total de los
consumidores, los inversores y las instituciones públicas. Cuando la
demanda agregada es insuficiente, decía Keynes, las ventas disminuyen y
se pierden puestos de trabajo; cuando la demanda agregada es alta y
crece, la economía prospera.
A partir de estas dos
afirmaciones genéricas, surgió una poderosa teoría que permitía
explicar el comportamiento económico. Esta interpretación constituye
la base de la macroeconomía contemporánea. Puesto que la cantidad de
bienes que puede adquirir un consumidor está limitada por los ingresos
que éste percibe, los consumidores no pueden ser responsables de los
altibajos del ciclo
económico. Por lo tanto, las fuerzas motoras de la economía son
los inversores (los empresarios) y los gobiernos. Durante una recesión,
y también durante una depresión
económica, hay que fomentar la inversión privada o, en su defecto,
aumentar el gasto público. Si lo que se produce es una ligera contracción,
hay que facilitar la concesión de créditos
y reducir los tipos de interés (substrato fundamental de la política
monetaria), para estimular la inversión privada y restablecer la
demanda agregada, aumentándola de forma que se pueda alcanzar el pleno
empleo. Si la contracción de la economía es grande, habrá que
incurrir en déficit presupuestarios, invirtiendo en obras públicas o
concediendo subvenciones
a fondo perdido a los colectivos más perjudicados.
Tanto
la teoría neoclásica de los precios como la teoría keynesiana de los
ingresos han sido desarrolladas de forma analítica por matemáticos,
utilizando técnicas de cálculo,
álgebra
lineal y otras sofisticadas técnicas de análisis cuantitativo. En
la especialidad denominada econometría
se une la ciencia económica con la matemática y la estadística. Los
económetras crean modelos que vinculan cientos, a veces miles de
ecuaciones, para intentar explicar el comportamiento agregado de una
economía. Los modelos econométricos son utilizados por empresas y
gobiernos como herramientas de predicción, aunque su grado de precisión
no es ni mayor ni menor que cualquier otra técnica de previsión del
futuro.
El análisis operativo y
el análisis input-output son dos especialidades en las que
cooperan los expertos en análisis económico y los matemáticos. El análisis
operativo subraya la necesidad de plantear los problemas de una manera
sistemática. Por lo general, se trata de coordinar los distintos
departamentos y las diferentes operaciones que tienen lugar en el seno
de una corporación
que dirige varias fábricas, produciendo muchos bienes, por lo que hay
que utilizar las instalaciones de forma que se puedan minimizar los costes
y maximizar la eficiencia. Para ello se acude a ingenieros, economistas,
psicólogos, estadísticos y matemáticos.
Según su propio
creador, el economista estadounidense de origen ruso Wassily
Leontief, las tablas input-output "describen el flujo de
bienes y servicios entre todos los sectores industriales de una economía
durante determinado periodo". Aunque la construcción de esta tabla
es muy compleja, este método ha revolucionado el pensamiento económico.
Hoy está muy extendido como método de análisis, tanto en los países
socialistas como en los capitalistas. |
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