WILLY FOG

Gracias. (Recibido el 12 de junio de 2005) ÚLTIMO
Cuando planeamos este viaje pensábamos que era una oportunidad única
para realizar un sueño que poca gente puede llevar a cabo. Porque algo
así exige tiempo, dinero y salud. Y casi siempre nos falla alguno de
estos requisitos cuando no varios.
Pensábamos que seria bonito pero que exigiría un esfuerzo; que habría momentos duros, de aburrimiento, pero que la experiencia merecería la pena.
Estábamos equivocados en gran parte del planteamiento: No ha habido ni un solo momento duro, ni ningún problema, ni un solo momento de aburrimiento.
Por el contrario el viaje ha sido mucho más divertido y fácil de lo que esperábamos. Me explico:
Creíamos que encontraríamos sitios decentes para dormir pero que, de vez en cuando meteríamos la pata y nos instalaríamos en un cuchitril de pena. Nada de nada; los hoteles han estado de cine. Unos en el sentido que todos entendéis, de hotel normal, con su piscina, sus habitaciones chachis, sus botones y camareros... Otros por estar situados en sitios fantásticos, con mucha gente viajera, y en los que compartir una taza de café o un poco de conversación, resulta más fácil. Todos ellos muy limpios y con todos los servicios que necesitas para que tu estancia sea placentera.
Suponíamos que sería entretenido callejear, ver monumentos y gente, pero no pensábamos que, además, fuéramos a realizar tantas actividades entretenidas, muchas de ellas de las que no crees que vayas a hacer nunca.
Pensábamos que los viajes, algunos de ellos de más de 11 horas, se iban a hacer pesados, con las esperas de los aeropuertos, los retrasos, y las puñeteras plazas incómodas a las que solo les falta una comida “de avión” para jorobarte el día. Pero los aviones de Air New Zealand y de Singapore Airlines son cojonudos. Además hemos hecho todos los vuelos en salida de emergencia y la comida ha estado mucho mejor de los esperado. No hemos sufrido retrasos y hemos aprendido a disfrutar en los aeropuertos. En los viajes tradicionales, el tiempo en el aeropuerto se convierte en “robado a las vacaciones”. Sufres ansiedad y parece que el avión no va a salir nunca. Pero para nosotros el aeropuerto se ha convertido en otra curiosidad de la ciudad y hemos visitado sus tiendas y cafeterías, observado a la gente, conectado a Internet y visto la tele local como si de otra atracción turística se tratara.
Es, quizás, esa no preocupación por el tiempo la que da calidad al viaje. Unido a la no obligación de verlo todo. Cuando haces un viaje tocatainas, en el que te haces esclavo de la Loney Planet o la Routard, o simplemente sigues los dictámenes de un guía, pasas por encima del país, lo sobrevuelas, pero no tocas tierra firme. He aprendido que tomar una bia hoi en un taburetillo de plástico en plena calle de Hanoi me resulta mucho más reconfortante que ver diez templos y cuarenta budas. Y que los monumentos son más bellos cuando te chocas con ellos que cuando los buscas.
No me he vuelto Sánchez Drago diciendo que me he convertido en
Viajero. Soy el mismo turista pero aprendiendo.
Sabíamos que nos defenderíamos bien en el viaje, porque ya teníamos
experiencia viajera. Pero todo ha sido facilísimo. Hemos conocido a gente
majísima, algunos espontáneamente otros, como Jose y Mehr, por
referencias y todo el mundo nos ha tratado muy bien. Por eso quiero dar las
gracias a todos los que nos han ayudado y acogido, a los que podrán leer
esto y a los que no porque nunca llegamos a saber ni su nombre. Y a todos vosotros
por haberos dejado copiar en mis historietas sin protestar. La sensación
de poder contar lo que sientes a alguien que te escucha ha dado un aliciente
extra a este viaje. Y cada email que he recibido dándome ánimos,
me ha servido de estímulo. Ya me conocéis, me pasa como a Mario
Cabré, que disfruto más de contarlo que de hacerlo.
El otro problema que podía presentar el viaje es la convivencia. Porque aunque lleves muchos años con tu mujer, nunca te has expuesto a una convivencia tan estrecha y prolongada. Tres meses, día y noche juntos, con todas las vicisitudes de un viaje, no parecía, a priori, fácil de llevar. Pero yo tengo una suerte increíble. He disfrutado de la mejor compañía que nadie pueda tener para un viaje como este. Siempre ahí, abierta a nuevos planes, animándome para cualquier actividad, probando nuevas comidas… por que el de las comidas puede ser otro problema. Alguien problemático con el papeo puede llegar a sufrir bastante en un largo viaje como este. O al menos perder una parte importantísima del disfrute de viajar. No creo que uno de esos viajeros de McDonald o Pizza Hut pueda entender nada del país que visita. Ni tampoco comiendo en tres estrellas Michelin. Alguien que come en el Bulli no puede decir como se come en España. El estar abierto a probar la comida callejera, o de menú del día, eso que comen los locales a cualquier hora, a parte de un enriquecimiento cultural, supone una experiencia sensorial inolvidable. El propio Ferran Adriá, que viaja todos los años por países exóticos, reconoce disfrutar más y encontrar más ideas en la calle que en los grandes restaurantes. Estos se han convertido en algo tan ajeno al país como las cadenas de comida rápida.
Nada me haría más feliz que saber que todos vosotros disfrutáis de una experiencia como esta. Si mis historias os han servido para reavivar vuestro interés viajero me doy por satisfecho. He aprendido, con algunos de vosotros, a viajar, a disfrutar y a reírme y sé que habéis disfrutado y reído conmigo en este viaje.
Alguien dijo que el que no viaja es como el que solo lee una página
de un libro. La putada es que el libro es demasiado gordo para terminárselo.
Regreso al infierno. (Recibido el 25 de mayo de 2005)
La capacidad de adaptación humana es increíble. Cuando salí
de Delhi, a mediados de febrero, me dio pena. Ya me había acostumbrad
o a sus defectos y le veía, incluso, virtudes. Pero al volver, tras visitar
tantos lugares de toda condición, te das cuenta que Delhi es la frontera
del infierno. Por primera vez en todo el viaje, tuvimos que estar una hora volando
sobre la ciudad porque había “animales en la pista”. Hasta
el piloto se descojonaba cuando lo decía por el micrófono. Lugo
el aeropuerto, sigue siendo el más mugriento que he visto. Para completar
la cosa, justo cuando íbamos en el taxi, una furgoneta guarra, sin aire,
con mas mugre que la Rambla de las Flores tras “la victoria” del
Barca; se levanto una tormenta de polvo, con posterior aguacero que yo no había
visto nunca. Cuando llegamos a casa de Andrea y Jose, la hospitalaria pareja
que nos ha acogido esta semana, el portal estaba inundado y ni nosotros ni el
conductor nos atrevíamos a bajar del vehículo ante el diluvio
que se nos presentaba.
Pero la tormenta refrescó el ambiente y pasamos de los cuarentaymuchos grados que habían sufrido la semana anterior, a unos tímidos 37, que en este lugar y en estas fechas podríamos considerar “ola de frío”.
Pero si bien es cierto que Delhi es uno de los peores destinos del mundo para vivir (y creo que todos los que allí viven o hemos vivido estamos de acuerdo en ello), la India es uno de los mejores para viajar, si eliges bien las fechas. No se puede comparar el exotismo de Tailandia, Malasia o Vietnam (y desde Europa cualquiera de ellos suena a superexótico) con el de India. Empezando por el atuendo, que en el sureste asiático es como el occidental y en India es supervistoso, con los preciosos saris que visten con gracia las indias, inundando de color las calles, a la abundancia de animales que ves en ciudades y carreteras (elefantes, camellos, monos, cerdos salvajes…) y, en general, la impresión de estar en un lugar realmente diferente que es, en definitiva, la característica fundamental del exotismo.
Teníamos la intención de viajar a Nepal desde Delhi, pero como ya no tenemos permiso de residencia y el precio de los billetes se duplica para los guiris, el viaje, de a penas hora y media, se ponía en el precio de un billete a Londres. Así que me dio una pataleta y nos hemos quedado toda la semana en Delhi, jorobando a nuestros pacientes anfitriones y descansando, por fin, en una casa.
Cuando me senté frente al Vaio de Andrea sentí que todo acababa donde había empezado. Hace algo más de tres meses ese ordenador me permitió comprar lo billetes de vuelta al mundo, los de Valladolid-Londres y reservar el primer hotel del viaje. Y ahora ha sido la herramienta con la que he comprado los billetes de vuelta a Pucela desde la capital inglesa.
Aunque queríamos volar de Delhi a El Cairo antes de regresar a España, no ha sido posible. Pero, si no pasa nada, no daremos por concluido el viaje antes de pisar territorio africano. El plan es salir el día 29 desde Madrid, a la capital egipcia y visitar a nuestro amigo Luis Fernando y, de paso, las famosas pirámides durante una semana y volver a Europa antes de que empiece el mundial.
Sobre Londres un precioso cielo azul nos daba la bienvenida. Lastima que entre el y la ciudad, se hubieran colocado las típicas nubes negras, que dan ese aspecto tan triste a la capital británica. Como Nemesio, nuestro taxista de cabecera, se había ido a España de vacaciones, nos tocó buscar una alternativa para ir al hotel que teníamos cerca de Stansted, desde donde cogeríamos el avión que nos llevara a Villanuela. Y se nos ocurrió la peor: un taxi a pie de calle. La bromita nos costo 170 libras (240 euros). Yo que había sacado en un cajero 100, para asegurar, me vi obligado a pagar otros 70 con visa, con ¡una penalización del 10%!. Pido perdón a todos los Tailandeses por haberles llamado timadores. No creo que en ningún país del mundo sean tan hijoputas como para semejante sablazo. Y yo discutiendo en Tailandia por un 3% de recargo…
El hotel, que la página del aeropuerto anuncia como junto al aeropuerto,
se encuentra a otras 16 libras (23 euros) de Stansted. Es decir, los taxis en
Londres nos han costado el doble que los dos billetes de avión hasta
Valladolid.
Y el hotel, peor que los de backpackers, otras 70 libras (100 euros) sin desayuno.
Y encima me habían puesto en la cuenta dos veces la cena del día
anterior. Ya me lo decía Begoña, que había que reconsiderar
lo de las olimpiadas y dárselo a Casablanca, que al menos en Marruecos
te cogen los euros de mil amores.
Cuando vi el letrero de Medina del Campo y la silueta del Castillo de los castillos,
se me cayeron las lágrimas…
El puente sobre el río Kwai
(Recibido el 25 de mayo de 2005)
La excursión más típica desde Bangkok es la del mercado
flotante. Como los canales de la ciudad fueron desecados hace tiempo, hay que
irse a 80 km para poder ver el trajín de barcas cargadas de género,
que abarrotan los canales. Pero, el número de turistas es mayor que el
de nativos con lo que el supuesto exotismo del lugar se disipa y parece que
estas en Port Aventura. El atasco de canoas es tan grande que necesitas más
de una hora para cubrir 200 metros de canal. Pero el lugar es tan famoso que
vimos tres equipos de televisión filmándolo con unos presentadores
disfrazados en plan gilipollas. Así que los lugareños se lo pasan
pipa. Se dedican a ver a los guiris sudando en la barca, a sus compatriotas
timando al guiri, a los cámaras…los espectadores convertidos en
espectáculo.
Luego, de camino hacia el templo de los tigres, la furgoneta paró en un pueblo. El tío nos dijo que había un puente que les gustaba mucho a los turistas y un museo de la guerra. Nos fuimos a ver el puente y la historiadora iscariense se dio cuenta enseguida. Pepe, ¿ese no es el puente de la película?. Efectivamente, estábamos junto al famoso puente sobre el río Kwai. Os parecerá una pijada, pero sentí una emoción especial. Quizás por la sorpresa de lo inesperado o porque los que sufrimos una infancia con la primera y el UHF, solo pudimos ver pelis como esa, La diligencia, Solo ante el peligro, Objetivo Birmania… y no las maravillas que ponen, ahora, en tele 5, antena 3…
Luego, dos horas más de furgo para llegar al famoso templo donde, tras pagar 7$, puedes ver a un monje miope y un grupo de jovencitos que se dedican a agarrar a los turistas de la mano para colocarlos junto a los tigres y hacerse una foto. Begoña protestó diciéndome que eso era como los osos anillados por la nariz que hay en la India, que sirven de grotesco espectáculo para turistas insensibles y que estos monjes eran unos cabrones sacaperras. Ante un ataque de dignidad como ese cualquiera se hacía la foto, así que solo tengo las de otros turistas con los felinos.
Por la mañana cogimos el tren hacia Ayuttaya, dos horas al norte de Bangkok. Alquilamos una moto y nos dedicamos a recorrer las ruinas que invaden gran parte de la ciudad. La verdad es que son muy bonitas y originales; del más noble de los materiales, el ladrillo, que ha dado las mayores monumentos de la historia: el Castillo de la Mota y la Colegiata de la plaza Mayor de la Hispanidad (vale Eduardo, y la Iglesia de Rodilana), las ruinas se encuentran en grandes parques, con esa frondosa vegetación tropical y su estado de conservación es, en muchos casos, muy bueno. No había demasiados turistas y además hay tantas que te puedes perder con la moto y chocarte de cara con unas preciosas en las que no hay ni dios (perdón, ni buda).
Por la noche nos montamos en el tren, en un compartimiento de literas que no estaba mal y nos dirigimos a Chiang Mai, a unas 12 horas al norte. La noche fue peor de lo que esperaba, porque el tren Daewoo se comportó bastante mal, pegando unos latigazos que te aplastaban contra la barandilla primero y el lateral después, además de hacer un ruido infernal.
Por la mañana llegamos a Chiang Mai, segunda mayor
ciudad de Tailandia, donde nos esperaba un ejército de taxistas y conductores
de Tuk-Tuk ofreciendo sus carísimos servicios. Tras la negociación
a cuchillo, llegamos a nuestro hotel, un cuatro estrellas de 24 plantas, en
el centro de la ciudad, por el que nos cascaban 29$ diarios. Luego, para no
discutir más con los taxistas, alquilamos una moto; un scooter automático
nuevo que nos costó 4 $. Recorrimos la ciudad, vimos los jodios budas,
los jodios templos, y los maravillosos bares con cervecita fresca. Por la noche,
junto al hotel, montan un mercadillo gigantesco en el que venden lo de siempre.
Siguiendo la política de nuestro viaje, no compramos nada y nos fuimos
a cenar. Pasamos junto a un restaurante con terraza donde los guiris hacían
larga cola. Se trataba de la Germanhaus “casa Antonio”. Con este
curioso nombre y un menú que mezclaba las salchichas alemanas con la
tortilla de patata y el codillo con choucroute con la paella mixta, el tal Antonio
se debe estar forrando.
Por la mañana nos pasó a buscar la furgoneta que nos llevaría
a visitar un pueblo en la montaña, a montar en elefante y a hacer un
rafting con balsa de bambú. Para lo del pueblo había que subir
por el monte durante 45 minutos. El resto de la furgoneta, con 15 años
menos que Begoña (100 menos que yo) iban equipados con sus botas de montaña
y mochila, mientras nosotros, en bañador y sandalias no parecíamos
capaces de enfrentarnos a la caminata. Pero la maciza me convenció y
nos pusimos en marcha. Cuando llegó el grueso del pelotón, nosotros
ya habíamos visitado el pueblo, fotografiado a los paisanos e ingerido
una botella de agua. Volvimos al coche con 20 años menos y una sonrisa
de las que no te quitan ni a hostias.
Luego nos montaron en la silla de tortura de un elefante acatarrado, en la que luchabas por mantener el equilibrio mientras el animal te rociaba con sus paquidérmicas babas.
Lo mejor del día fue lo de la balsa. Pensaba que iba
a ser un paseíto por el Manzanares, pero el río resultó
ser algo más valiente y el descenso fue muy entretenido. Como los tailandeses
son unos cachondos, han montado unos observatorios para ver las andanzas de
los turistas mientras se chupan unas cervezas. Incluso, algunos, se permiten
la juerga de salpicar al guiri. Pero una sola mirada de la maciza sirvió
para desbaratar sus planes.
El vuelo de Chiang Mai a Bangkok cuesta 35 euros y poco más de una hora.
Esta vez cogimos un taxi en la puerta que nos dejo en el hotel por 220 baht
(580 menos que la primera vez). Habíamos decidido cambiarnos a un hotel
en la zona de Khao San, que es donde están todos los mochileros y, por
tanto, la de más lío de la ciudad. El hotel estaba muy bien, con
una preciosa terraza de madera con fuentes y un desayuno de “aquí
te espero” (30$). En Khao San hay muchísima gente, bares, tiendas,
guiris… Es un sitio ideal para visitar Bangkok. Además puedes encontrar
agencias de viajes muy baratas, lavanderías, restaurantes. Y tienes una
estación de ferry muy cerca, que te permite mover por toda la ciudad
sin esfuerzos (y te alejas de las excursiones de la tercera edad que llenan
los hoteles internacionales).
Los dos últimos días en Bangkok fueron tranquilos.
Sin la necesidad de ver nada, nos paseamos por China Town, recorrimos el río
en los ferry y el centro en Skytrain, con la soltura del que controla la situación.
Como esta escala en Tailandia era un añadido al billete de vuelta al
mundo, tuvimos que volver a Singapur para coger el avión a Delhi.
Volvimos a ver a Karina y Eugenio y, esta vez si, comimos
con Quini, que presenta un aspecto estupendo y parece muy contento en la ciudad-estado.
La verdad es que yo también lo estaría; Acostumbrado a tanta mierda
(aunque realmente creo que la mierda engancha), un lugar como Singapur se convierte
en un destino de lujo para cualquier expatriado.
Bangkok (Recibido el 20 de mayo de 2006)
Moverse por Bangkok es muy fácil. El río sirve de arteria y sus
ferry se convierten en un rápido medio de transporte. Además hay
metro y skytrain, más una completa línea de autobuses. Los taxis
son muy nuevos y baratos, pero debes asegurarte que el taxista conecte el taxímetro.
La comida Tailandesa es una de las más famosas de Asia. Comen exquisitas sopas con todo tipo de ingredientes que se remojan antes de añadirles el caldo, pero cuya base son los noodles. Es la única comida en la que utilizan los palillos, con los que depositan los ingredientes en la cuchara, antes de llenarla de caldo. Para el resto de las comidas usan cuchara y tenedor. Pero solo se introducen en la boca la cuchara (al parecer comer con el tenedor es de mala educación) y usan el tenedor para empujar o cortar los alimentos. Sin ninguna duda, lo más interesante de Bangkok es menear el bigote.
Hay miles de puestos con exquisitos alimentos por doquier, muy limpios y baratos. Aunque comer en la calle es incómodo y no te permite el descanso de un restaurante. Pero en Bangkok hay una solución intermedia: Los centros comerciales. Hay muchos con la misma comida que en la calle pero en la planta de un Mall, climatizada y con cómodas mesas y sillas. Sé que no resulta muy ortodoxo recomendar un sitio así para comer, pero es la mejor manera de no renunciar a la fantástica comida callejera tailandesa, verdadero origen de la famosa cocina del país, y donde se puede encontrar cosas no disponibles en los restaurantes convencionales. Pero también hay restaurantes cojonudos, muy bonitos y con un servicio muy bueno, en los que puedes cenar por unos 10 euros.
Otras de las actividades más famosas en Bangkok, son las compras. Hay mercadillos por todas partes donde puedes adquirir todo tipo de falsificaciones e imitaciones a precios de risa. Pero a mi me sigue gustando más Derb Ghalef.
Ah, se me olvidaba el asunto del folleteo. Porque una parte importante de los turistas que visitan el país lo hacen con la intención de confraternizar con los nativos. Y así ves un montón de tíos, más viejos que yo, con jovencitas esmirriadas, o con jovencitos perdedores de aceite. O con unos especimenes característicos del país, que no son ni carne ni pescado, más raritos que Bowie en los ’70.
Pero yendo al tema que realmente os interesa, el de las piedras, he de deciros que hay una plaga de budas que aburrirían hasta al Dalai Lama. Y un montón de monjes vestidos de naranja, que andan descalzos por todas partes. Supongo que como en la España de la posguerra, meter a los chavales en un convento es descargarse de un gasto y asegurarles un futuro.
Debo volver a los turistas. Porque hay a patadas. Y son un poco diferentes a los de otros países asiáticos. Podría decir que Tailandia es un lugar de iniciación. Se ve a la gente con esa cara de haba que se le pone al guiri sorprendido, sin soltar la digital para inmortalizar unas pijadas del copón, cuando no filmado algo para atormentar a los amigos a la vuelta. Como los pájaros de Hitchkok, se lanzan en manada sobre cualquier objetivo, carentes de lógica. Y lo peor de todo es que una parte importante de estos individuos, para mayor vergüenza, llevan pasaporte español. Menos mal que los de Medina no tenemos nada que ver con los españoles. (¡Estatuto ya!)
Bangkok es una interesantísima ciudad, que ofrece más cosas
que ninguna otra asiática de las que conozco. Quizás mejor para
vivir que para hacer turismo, pero no la descartaría en un viajecito
por Asia.
Timalandia (Recibido el 20 de mayo de 2006)
El viaje desde Saigon a Bangkok, vía Singapur, fue largo y cansado y
solo pudimos llegar a la capital de Timalandia a las 10 de la noche.
1- Para no tener que pegarnos con el taxista, decidimos comprar un ticket de taxi prepago, por el que nos cobraron 800 Baht (18 euros). Luego aprendimos, que el taxímetro no habría indicado más de 200 o 300 Baht. Pero está bien para ir calentando motores.
El hotel Menam Riverside es un cuatro estrellas, muy grande, situado junto
al río, con ferry gratis que te deja en la estación del Skytrain.
Con desayuno americano incluido, la habitación nos costaba 40 euros.
Bangkok es una ciudad más moderna y organizada de lo que estamos acostumbrados
en Asia. Junto a los innumerables edificios históricos, se levantan modernas
zonas de rascacielos y centros comerciales. Tiene autopistas interiores, con
muchos viaductos, que sumados a las torres que sustentan el Skytrain afean un
poco el centro de la ciudad.
Provistos de un plano en el que habíamos marcado todo lo que hay que ver, nos dirigimos, en ferry, a Ko Ratanakosin, antiguo distrito real lleno de templos y Budas.
2-Intentamos entrar en el palacio real, pero un simpático viandante nos comentó, que con pantalón corto no nos iban a permitir la visita y que lo dejáramos para otro día. En la vida, como en los toros, los mansos entran peor al engaño. Y yo entre como un Miura mientras el tío me recibía a puertagayolas.
Moviendo el capote con destreza, nos trazo, en el mapa, los puntos de interés que podíamos ver ese día. Nos recomendó que lo hiciéramos en Tuk tuk, (carrimoto). “Casualmente”, uno de los muchos que pasaban por la calle se detuvo y el maestro nos negoció un precio de 40 baht por todo el itinerario (algo menos de un Euro).
El conductor era un tío encantador, con una sonrisa interminable, nos fue llevando a los destinos marcados, con al amabilidad de un conductor de limusinas. Nos citaba, preguntándonos cada vez por el próximo destino y nosotros entrábamos al caballo con fijeza, sin soltar peto por mucho que apretara la puya. En una de estas le señalamos uno de los puntos marcados en el mapa, que a la postre resultó ser una joyería.
Con el cambio de tercio, nuestro comportamiento con las banderillas fue menos bravo y esquivamos el par con habilidad. El diestro, lejos de mostrar sorpresa, nos pregunto por el próximo destino: La montaña de Oro. Nos explico que se trataba de un monumento de chiquicientos mil escalones que nos llevaría un par de horas. Como ya era hora de comer, le informamos de nuestras intenciones. El pregunto dónde y nosotros le contestamos “ni idea”.
Y volvimos a entrar al trapo. Nos dejó en un mercado-restaurante de pescado, donde elegías el pescado y luego te lo preparaban como quisieras. Aquí el camarero, que resulto ser “el matador”, empezó con una serie al natural (berberechos), rematada con un pase de pechuga (de pollo). Luego se adorno con unas Chicuelinas (calamares) antes de preparar el estoque de matar. La estocada limpia, hasta la bola, en el hoyo de agujas (unos 50 euros en un país en el que se come por 5).
Pero como el toro, incluso después de recibir el acero mortal no te das cuenta del juego. Montamos en el Tuk Tuk, convertido ahora en tiro de mulillas, y nos dejamos arrastrar por la plaza para regocijo del público. Le premiaron con dos orejas (suerte que conserve el rabo). Un rato más tarde, cuando tuve conciencia total del engaño, no pude por menos que dar una larga ovación al diestro y su cuadrilla.
Pero el día no estuvo mal y el timillo resulto una diversión
para contar a otros turistas.
3- Como habíamos decidido viajar a Chiang Mai, en el norte, huyendo de
playas, nos acercamos a la estación de tren para enterarnos de los horarios
y comprar unos billetes. El suelo de la estación suplía la falta
de asientos y se veía plagado de turistas y mochilas.
Las ventanillas remataban largas colas de viajeros en busca de billete. Unos simpáticos chavales uniformados, con su tarjeta de identificación colgada del cuello, te colocaban en la cola cuando les decías tu destino. El de nuestra cola, amablemente, me preguntó cómo pensaba pagar. Al decirle que con Visa, me informó que no me la iban a aceptar y que sería mejor sacar dinero de un cajero. Pero antes me pidio que esperara, que iba a hacer una consulta. Tras dos minutos volvió y nos dijo que le acompañáramos a una oficina donde podríamos pagar con tarjeta. La oficina resultó ser una agencia de viajes dentro de la estación. La chica, simpatiquísima, nos hizo las gestiones para nuestros billetes y nos propuso varias excursiones.
De nuevo, como los pringaos de las películas de Tony Leblanc o Manolo Morán, volvimos a caer. Lo supimos al día siguiente cuando, en la excursión del mercado flotante, comprobamos que éramos los únicos primos que habíamos pagado 1500 baht, en lugar de los 600 que pagaron los demás. Por la mañana, hasta los cojones de tanta tomadura de pelo, nos plantamos en la estación, una hora antes de lo necesario, y nos atrincheramos en la agencia de viajes. Primero echamos a todos los que negociaban su viaje en ese momento, explicándoles que habíamos pagado un 150% más del precio normal por una excursión. Tras la estampida, la guerrillera de Iscar se fue a las colas para no dejar que ni un turista más cayera en el timo.
Cuando comprobaron que el tema iba en serio y que no iban a vender ni hostias ese día, probaron con amenazas, mientras toda la cuadrilla de timadores uniformados se retiraba de las colas ante el acoso de la maciza. Tras un golpe en la mesa que me costó la aguja del segundero de mi reloj, llamaron al jefe que, después de una breve negociación, nos devolvió la diferencia de la primera excursión y el importe de la que haríamos en Chiang Mai. Salimos con nuestro dinero en el bolso más contentos que si hubiésemos desmantelado la mafia Siciliana.
Total, por cuatro perras, como se pone este Pepe. Lo que jode de los timos no es el importe (que también), si no la cara de gilipollas que se te queda cuando te das cuenta que te la han cascado. Y os aseguro que en Timalandia no se salva ni el apuntador. Nosotros, al menos, nos dimos cuenta del engaño.
Luego os cuento como es Tailandia.
Saigon Town. Recibido el 11 de mayo de 2006
Quizás tengáis algún amigo que ha subido al Everest; O
alguno que ha recorrido el Orinoco en piragua. O alguno, realmente intrépido,
que se ha tirado por las cataratas del Niagara dentro de un barril de Tío
Pepe. ¡Mariconadas!, Ahora podéis decir que tenéis uno que
ha conducido una motocicleta en Saigón.
Habíamos reservado un céntrico hotel, muy grande y occidental,
al que nos llevó un taxi prepago por solo 5$ desde el aeropuerto. Tuvimos
tiempo para dar una vuelta de inspección, tomar unas cervezas en el Cafe
Latin, un sitio superfashion, poblado de expatriados y por el que nos cobraron
40000 VND por 4 cervezas (2 euros). Nos sirvieron unas chavalas muy guapas,
que parecían el doble de la china de los Angeles de Charly. Y digo guapas,
y no macizas, porque en estos lares no se encuentran macizas macizas, como las
que describen los manuales de macicismo medinenses, universalmente reconocidos.
Cuando, al día siguiente, intentamos alargar nuestra estancia en el hotel, nos duplicaron la tarifa. Enseguida encontré, por Internet, uno que resultó ser perfecto, con unas preciosas y acogedoras habitaciones con madera de teca y un baño completísimo y nuevo (30$). Como Saigón tiene 8 millones de fucking VietCom por sus calles, las dimensiones de la ciudad obligan a motorizarse para poder ver algo. Está la opción de los taxis, que son baratísimos (raramente la carrera llega al euro), pero en algunas zonas del centro, solo dejan acceder a las motos. Por eso decidimos alquilar un scooter por dos días y ponernos en marcha. Lo bueno de viajar es que cuando te crees que has visto lo peor llegas a otro sitio y te demuestran que no has visto nada. A la norma del más fuerte, de la que os hablé desde la India, se suma la de “llegué primero”. Y esta, ante la escasez de vehículos de cuatro ruedas, es la que se impone. Ahora imaginad un cruce de dos avenidas con 500 motos pasando la mismo tiempo (tu una de ellas), dando paso solo al que ha metido rueda en el cruce antes que tu. Begoña, convertida en reportera de guerra, se atrevió a grabarlo en video, mientras yo conducía por la famosa ciudad.
Aunque oficialmente se llama Ho Chi Minh, en honor al héroe de la independencia del dominio francés y fundador del partido comunista de Vietnam, todo el mundo sigue llamándole Saigón. Y no pude olvidar la canción que mi amigo Oscar “Rock & Roll” de López, le dedicara a la ciudad de los cabaretes y las putas, en la que la joven Margueritte se tiraba a “El Amante” chino, 15 años mayor que ella, y en la que Robert de Niro veía morir a su mejor amigo jugando a la ruleta rusa. Pero el Saigón actual poco tiene que ver con todo eso, y si bien sigue teniendo algunos edificios con encanto y puedes zamparte una sopa de cebolla gratinada y un magret de pato bastante bueno, por lo demás muestra menos interés que Hanoi. Y creo que vimos todo lo que hay que ver y lo que no, porque en eso la moto da una facilidad de acceso que no se tiene de otra manera.
Y así pasamos dos días, recorriendo sus calles, sus mercados, sus plazas, sus bares y restaurantes, sus monumentos y museos. No puedo dejar de hablar del museo de la guerra, en el que junto carros de combate, aviones y helicópteros americanos, se pueden ver un montón de fotos de cadáveres, de esas que valdrían para los dos bandos, porque los muertos no tienen bando. Un panfletito en forma de museo, con cámara de los terrores incluida (unos muñecos que mostraban lo mal que se portaron los franceses con ellos…). Tampoco del precioso mercado de Cholon (China Town) con el edificio de un mercado más bonito que he visto (excepción hecha de la fabulosa Plaza de abastos de MDC).
Los vietnamitas son bastante simpáticos; no te persiguen para venderte, por el contrarío, te ven como un estorbo y no tratan de engañarte en cada momento. Los taxistas ponen el taxímetro y te llevan, sin dar vueltas, a tu destino.
Posiblemente Vietnam tenga muchos lugares preciosos que no hemos visto y resulta curioso moverte, libremente, por una ciudad llena de hoces y martillos, banderas rojas, preciosos carteles de propaganda del partido, todo ello mezclado con tiendas de diseñadores italianos, McDonalds, y KFC (lo de los Kentucky debe ser por el parecido entre Ho Chi Minh y el rey del pollo frito). Pero a pesar de todo ello, he de reconocer que me ha decepcionado un poquito.
Good morning VietNam. Recibido el 11 de mayo
de 2006
Un poco de geografía: Vietnam es un país de 320.000 Km2 con forma
de “S” cabezuda.
Al este tiene el mar del Sur de China (Pacífico), al norte China, y al
oeste Laos y Camboya. Hanoi, que es la capital, está al norte y Ho Chi
Ming (antigua Saigón) al sur. El centro es tan estrecho que hay que hacer
equilibrios para no meter el pie en Laos. Tiene una pobl ación de 80
millones de almas, 80% budistas y 10 % cristianos.
Pero esto si que os va a sorprender, tuvieron una guerra contra los americanos
desde el 63 hasta el 75 ¡y les ganaron! No se como a los yanquis no se
les ha ocurrido hacer alguna película sobre el tema.
El aeropuerto de Hanoi está mejor de lo que esperaba, sobretodo después
de haber sufrido el de Delhi. En cuanto nos vieron nos pasaron a la cola de
diplomáticos (está claro que lo de embajadores de Medina se nos
ve en la cara…de pueblo).
Nos alojamos en el hotel Pacific, un tres estrellas muy correcto, por el que pagamos 21 Euros diarios. Eso si, con desayuno incluido e Internet gratis. (O se es rico o no se es).
La capital de Vietnam, tiene cuatro millones de habitantes con una moto pegada al culo. No exagero, nos dijeron que hay unos tres millones matriculadas. El gobierno comunista, en lugar de promover el transporte público, como sería de esperar, ha decidido fomentar la libertad capitalista con el más libre de los transportes. Y esa libertad se hace notar. Los que hemos conducido motocicletas, sabemos que las señales de prohibición, los semáforos y los pasos de peatones, no son más que adornos urbanos. Y así lo entiende la marabunta de motoristas vietnamita. Cruzar la calle se convierte en una cuestión de fe. Pones tu vida en sus manos y vas cruzando, sin mirar, muy despacio, hasta que tocas acera de nuevo, como si hubieses cruzado, a nado, en un rió infestado de cocodrilos.
La ciudad está menos sucia que otras del entorno y se puede pasear por sus aceras, con el único problema, ya mencionado, de cruzar la calle. Hay bares en plan occidental, y otros con pequeñas terrazas con sillas de plástico liliputienses, en los que sirven Pho Bo, que es una sopa de ternera, noodles y hierbas frescas, muy rica, y Bia Hoi, una cerveza fresca que sirven desde unos depósitos de acero inoxidable en unos vasos de vidrio reciclado muy curiosos. La cerveza esta buenísima, es muy refrescante y se bebe como agua. El precio es de 2000 VND para los locales y 4000 para los guiris. Fucking VietCom! (1 euro = 20000 VND, es decir, 5 birras = un euro).
Vimos todo lo que dicen que hay que ver, incluido el mausoleo de Ho Chi Minh, en el que tras una cola de miedo, pudimos ver, durante tres segundos, al elemento disecado, con una cara más amarilla que el sobaco de un canario. Pero lo bueno de Hanoi es pasear por la ciudad antigua, ver el tráfico desde una terraza chupando Bia Hoi, y a los locales fumando opio en el descansillo de la puerta o comiendo en cuclillas delante de uno de los miles de puestos que sirven comida. Porque comer aquí es muy fácil y barato. Y la comida vietnamita está muy buena. Pero los remilgados pueden encontrar pizzas, hamburguesas, bocadillos de pan francés, quiches, y comida francesa más refinada. Porque en algo se tiene que notar que fueron colonia francesa, bueno, y en el numero de turistas franceses que vagan por sus calles.
El tema de la comunicación no está tan mal como dicen las guías. Te puedes entender en inglés con bastante gente. No tanto en francés, aunque también encuentras alguno que lo chapurrea. Además, utilizan alfabeto latino, por lo que puedes leer el nombre de las cosas, y eso es una diferencia del copón para moverte por ahí.
Tras dos días en la capi, nos apuntamos a una excursión a Halong Bay. A 160 km de Hanoi, la bahía es un sitio alucinante. Se trata de unos fiordos en un mar de un verde intenso, surcado por barcos de madera y pequeñas barcas de bambú de pescadores. Nuestro barco no estaba mal, nos embarcaron con otros 16 turistas y disfrutamos de una comida navegando entre los verdes islotes que invaden la bahía. La niebla creaba una visión fantasmagórica increíble. Solo esta excursión justificaría, por si sola, el viaje a Vietnam. Pudimos pasear por la playa de una de las islas, remar un kayak entre los penachos, pasando bajo los túneles que te permitían entrar en lagunas interiores… Y descansar durante algo más de un día disfrutando la calma de un lugar idílico. (los dos días de excursión, todo incluido 39$)
Queríamos haber ido hacia el sur en tren, en unos coches-cama que
dicen que están muy bien. Pero el día 30 resultó ser el
día de la victoria y el 1 el del trabajo. Total, un puente de 4 días
que moviliza a medio país. Así que de billetes nada. Al final
pillamos unos de avión para Da Nang y desde allí, en taxi, nos
acercamos a Hoi An, un bonito pueblo, lleno de turistas, junto un río
que crece todos los años un metro y a 4 km del mar. Con una playa interminable
llena de resorts para guiris. Nosotros que no somos guiris (aquí nadie
se ha dado cuenta que somos extranjeros) dormimos en un 3 estrellas de mucho
lujo por 25$ (unos 20 euros). Alquilamos unas bicis y nos arreamos día
y medio de pedalear, beber cerveza y llenar la panza. Incluso fuimos a la playa
en bici (para que luego digáis que no somos deportistas). Después
del ajetreo de Hanoi, Hoi An fue un verdadero descanso, antes de entrar en el
ajetreo de Saigon.
Recibido el 2 de mayo de 2006
Singapur
En siete horas el 747 cruzo Australia al bies, y la línea que separa
el Pacífico del Índico para posarse suavemente en el aeropuerto
de Singapur. El vuelo fue perfecto y pudimos descansar en los cómodos
asientos de salida de emergencia, que una eficiente australiana nos había
reservado en Brisbane para el resto de los vuelos.
En el aeropuerto, Karina y Eugenio nos ofrecieron el recibimiento que nos merecíamos. Luego traslado al hotel que Bataman nos había reservado. El Fullerton es fantástico. Está situado en un meandro del río, en el punto donde dos pequeños y bonitos puentes lo cruzan, en uno de los enclaves más bonitos de la ciudad. Su diseño neoclásico con fachada de granito y gruesas columnas, da un toque clásico al centro financiero de la ciudad. Además, los bares y terrazas de lío están a un paso en el mismo margen del río. Por dentro muestra la sobriedad de los hoteles elegantes, rara avis en el mundo hortera en que nos ha tocado vivir.
Después de refrescarnos en la fantástica habitación, nos fuimos a celebrar el cumpleaños de la maciza. Los anfitriones eligieron uno de carne. Saludaron a Eugenio con la confianza del habitual y, por indicación de este, nos trajeron una botella de Shiraz francés del copón. Luego nos recomendó una ternera Australiana de nombre irreproducible, que crían con cerveza y que masajean a diario para que no se estrese. Por el precio de cada filetito, los masajes se los debe dar Elle Macferson con las tetas. La carne era brutal, en su punto. Por una nueva norma que debe ser moda en Singapur, los invitados pagaron la abultada cuenta con la impunidad del que juega en casa. Después subimos a la planta 70 del hotel Swisse para tomar unas copas con las bellas vistas de la ciudad.
Por la mañana paseamos por la ciudad con la tranquilidad que da andar por lo conocido. Tan solo el pesado clima tropical (Singapur está a sesenta kilómetros del ecuador) zancadilleaba el día de relax. Comimos con la pareja alicantina, en un chino de tres yemas, unos exquisitos Dim Sum envueltos en fideos crujientes y otras delicias de las que le gustan al Niño de Elche. Por la tarde de tiendas que es, con diferencia, lo que más hay en Singapur. Voy a deshacer varios mitos. Todo lo que ves en Singapur lo puedes encontrar en Europa, pero fui incapaz de encontrar algunos aparatitos fácilmente adquiribles en España. No es tan barato, algunas cosas, después de fuerte regateo, te las dejan a precio de España. Está limpia, pero no os creáis que es Austria o Suiza. Y se pude comer chicle, cruzar la calle con el semáforo en rojo y otras actuaciones criminales más, de ese calibre.
Por la noche El Privao, nos llevo a un japonés. He de decir que
he cogido algo de tirria a los japoneses; por supuesto, no os libráis
de la explicación. Yo, que soy más esnobista que la hostia, siempre
he presumido de ser amante del Sushi y de otros manjares japoneses, como el
resto de esnobistas gastronómicos que pueblan el planeta. De hecho, como
cualquier medinense viajao, he tenido la oportunidad de comer en japoneses en
innumerables ocasiones. Pero he de reconoce que cada vez mi interés por
este tipo de comida ha ido decayendo. Sobre todo en Oceanía, donde se
ha convertido en comida rápida que puedes comprar más fácilmente
que un perrito caliente. En el aeropuerto de Brisbane, me senté junto
dos asiáticas que se estaban comiendo dos rollos enteros de maki, forrado
con papel film a forma de condón, que empuñaban como una puta
una polla, pegándole unos bocados intimidadores, a la vez que enrollaban
el símil de condón, contra natura, para pegar otra dentellada.
Esa fue la gota que colmó mi animadversión contra las golosinas
japonesas. Además, seamos claros, un filetito de atún crudo está
bueno, pero cuando le pegas un golpe de plancha, a lo gaditano, el túnido
gana mucho. Y esa manía de preparar un arroz pegajoso, si queréis
la receta hablad con Paco y su variedad “hasta los clavos”, (Paco
es broma, que a gusto me comía ahora una de tus paellas) y meterle dentro
una tira de pepino junto al pescado. ¡Pero si eso es lo que todo el mundo
aparta de la ensalada!
Pero como conozco al hipersibarita de Eugenio estaba dispuesto a darle otra
oportunidad a los nipones. Tras el mostrador, de una madera clara impoluta,
se hallaba el Maestro de Sushi con dos ayudantes. Por fuera tres bellas camareras
ataviadas como geishas. Todo ellos para los 7 clientes que ocupábamos
el mostrador. Un cesto de arroz, un cuenco con wasabi, las piezas perfectas
de pescado y uno de esos míticos cuchillos japoneses eran todo lo que
había en el mostrador. Ni un fuego, ni una plancha. Nada. El recital
fue bestial. Tras una sopa fría con cangrejo y huevo, un plato con varios
lonchas de pescado crudo (entre ellos el famoso “toro”). Después
unos trocitos de ternera japonesa, con un setenta por ciento de grasa entreverada,
de esa que también masajean los nipones y cuyo precio es un escándalo,
para el que nos trajeron una piedra. Luego el cocinero fue elaborando pequeñas
porciones de pescado que cortaba con maestría con su herramienta quirúrgica,
colocando sobre un dedo meñique de arroz mezclado con wasabi y presentándolo
en tu plato con esa ceremonia de la que hacen gala los habitantes del país
del sol naciente. Chavales, un alucine. Eugenio, tras otro juego de manos, (creo
que estudió con Tamariz) se encargó de pagar la cuenta sin oportunidad
para la discusión.
Tras hacer la ola al cocinero, nos movimos a un acogedor bar español, donde disfrutamos de unos güisquis en la terraza, en una noche aliviada del calor por la lluvia caída esa tarde.
Al día siguiente, más paseos y tiendas, una cerveza en la preciosa pérgola del Raffles, otra en River Quay y cenita en casa de los anfitriones. Las magistrales manos de Eugenio (con el abrelatas) son obsequiaron con ventresca, mejillones y anchoas cantábricas, lomo y jamón (los que conocéis al artista sabéis que todo con mas jotas que unas fiestas del Pilar), unos espárragos Cojonudos. Hasta el delicioso gazpacho que había preparado Karina, estaba hecho con tomatitos japoneses. Y todo ello regado por Verdejo y Ribera, de los que no te atreves a pedir en España, por miedo a que te embarguen el piso. Hasta el güisqui tenía más años que Joserra.
Por la mañana tuvimos que correr, porque nos dormimos y el chofer
de Uge (como podéis ver tiene más motes que Zapatero), nos llevo
al aeropuerto para poder embarcar hacía Hanoi.
Aprovechando que van a estar en Bangkok unos días, hemos ampliado el
viaje una semanita para poder estar con ellos en un país que promete
ser fascinante.
Chavales, viajar a Singapur es más barato que estar en casa. Y se come mejor, así que os recomiendo que vengáis a ver al rey de la “hospitalidad pasada de rosca”.
Eugenio, te quiero.
Chicas, no hace falta que se lo preguntéis a Begoña, Eugenio sigue
estando muy bueno, sigue usando todo de marca hiperchachi, y sigue mostrando
su encantadora sonrisa cada vez que se tercia; pero a mi me sigue gustando más
su señora…
Recibido el 02 de mayo de 2006
Brisbane y Sydney.
El programador de velocidad de nuestro Ford, consiguió que llegáramos
a Brisbane sin ser multados por la poli australiana, tras 1800 km conduciendo
por Queensland.
Nos habían dicho que Brisbane no tenía ningún interés. Quizás por eso nos sorprendió tan positivamente. La tercera mayor ciudad de Australia, esta cruzada por un serpenteante río con preciosos puentes, bonitos parques, una cuidadísima rivera y un centro con elegantes rascacielos y un montón de terra zas llenas hasta la bola. He de decir que un medinense ve una terraza con jaleo y se siente en casa. Quizás porque nos hemos criado comiendo piñones de Poli, en la del Conti o la del Mónaco, o porque en ellas, hemos forjado nuestro existencialismo medinense (Macicismo) en largas conversaciones, con bastante más miga que las tertulias radiofónicas.
Brisbane es una bonita y acogedora ciudad con todos los ingredientes para sentirse a gusto. Por debajo del trópico de Capricornio, su clima es agradable sin la pesadez tropical, esta limpia y se muestra moderna y activa. Junto al río han hecho unas playa/piscina preciosas que tienen mucha vida, rodeadas de bares de comida rápida y mesas de libre disposición, donde la gente para a medio día para avituallarse y refrescarse antes de volver al andamio.
Dejamos el Falcon en el aeropuerto y nos embarcamos hacia Sydney. Un precioso
día azul nos permitió despedirnos de Brisbane a vista de pájaro,
salpicada de pequeñas nubes que hacían de gracioso estampado sobre
la ciudad.
En Sydney hacía bueno, 27º y pronto llegó el transporte del
hotel que nos llevo hasta King Cross. El conductor, que resulto ser recepcionista
y gerente del hotel, nos llevo a uno diferente del que habíamos reservado
por Internet. El lugar tenía más mierda que la calle Carreras
después de un encierro. Pero la fortuna nos puso, justo enfrente, un
hotelito que tenía una doble disponible, por lo que hicimos el cambio
y si te he visto no me acuerdo. King Cross resultó ser una de las zonas
de lío de Sydney, pero un poco peculiar para la mentalidad medinense.
Había una calle llena de Sex-shops, top-less y stripteasse ; en fin,
de puticlubs como se llaman en mi pueblo y regada de profesionales. Pero en
medio había locales normales con gente tomando copas (Local Normal: Lugar
donde la gente va a ver si folla, pero sin pagar), entre un montón de
hotelitos y casas victorianas. Así entendimos la fauna que se movía
por el primer hotel.
King Cross se encuentra al este de la ciudad, que es donde está el centro
y el jaleo. Además, teníamos una parada de City Rail, que es como
llaman aquí al Metro, justo al lado del Hotel. El metro no está
mal. Tiene unos trenes de dos pisos, de dos tipos, viejos y nuevos. Como todos
habéis visto barriosésamo no os explico la diferencia.
Estoy cogiendo aire para empezar a explicaros como es Sydney. Es una vergüenza. No se puede aguantar que en este mundo con tanta mierda, hambre e injusticias, se encuentre un lugar tan insultante como este. Es, sin ninguna duda, la ciudad más increíble y bella que jamás he visto. Aunque la edad me ha hecho más amigo de las pequeñas ciudades, he de reconocer que esta es un alucine. Me lo habían avisado, e iba con el cuchillo entre los dientes dispuesto a sacar defectos. Pero no puedo. Como un enamorado, solo veo virtudes. Pero vayamos por partes. Cubby, una australiana amiga de Mehr, que había conocido en Salamanca, nos había preparado una lista de lo Very Best de Sydney que nosotros estábamos dispuestos a seguir a pies juntillas. Paseamos por la City y nos acercamos a Circular Quay. Allí nos sentamos en una terraza, a tomar una cerveza, con las siguientes vistas: A la derecha, el embarcadero, con una veintena de ferry entrando y saliendo. Por encima, la city con rascacielos de 60 pisos. Por delante de ellos, los viaductos con trenes y coches a la altura del quinto piso. De frente, el Opera House, edificio que hizo famoso a Foster (al arquitecto, no al de las cervezas), con sus tejados como velas, y la bahía. A la izquierda el imponente Harbour Bridge. Todo ello aderezado por veleros y yates surcando sus impolutas aguas, en un atardecer memorable. Al día siguiente cogimos uno de esos ferry, para ir a Manly, disfrutando de la travesía, de un agradable paseo por Manly beach y una rica comida consistente en un gruesos filete de Emperador (que los anglosajones llaman marlin) a la parrilla y casi en su punto.
Por la tarde visitamos Darling Harbour, otra bahía llena de restaurantes y atracciones, donde un artista de Casablanca nos sirvió unas cervezas, sin ninguna morriña de su tierra.
Después, en China Town, pudimos gozar de los aromas de un montón
de puestos callejeros que ofrecían unas comidas con un aspecto delicioso.
Los restaurantes del barrio chino tienen una pinta mil veces mejor que los del
de San Francisco. Junto al Chino, se encuentra el Spanish Quarter, con un montón
de bares españoles con tapas y paella. Espero que no se lo contéis
a nadie, pero no pudimos resistir la tentación de cenar en uno de ellos.
Una simpática albaceteña, que decía vivir en el paraíso,
nos sirvió un chorizo a la sidra, una ensalada de lechuga y tomate y
unos calamares en su tinta. Al menos sirvió para descansar de las Caesar
salad y el pescado y marisco rebozado. (Joserra, aquí si que tendrías
tu corte. Si la Casa de Asturias estaba hasta la bola con esta comida, como
se pondrían los australianos con tu fabada y tu arroz con almejas…)
Pero solo un letrero hacía mención a la ciudad más grande
de la península ibérica. Por más que busque la de Madrid,
Barcelona, Valencia… nada. (Mirad la foto)
Al día siguiente, nos acercamos a Bondi Beach, la playa más famosa
de Sydney. Nos regalamos unos huevos con bacón, de desayuno, en la terraza
de Hugo, la mejor situada, donde pudimos disfrutar de la vista de las tremendas
y brillantes olas esmeralda, surcadas por un montón de yonkies que en
vez de chuta usan una tabla con la que se meten en la vena la más dura
de las drogas: el surf. Al menos dos centenares de nerviosos surferos, esperaban
ola en el agua mientras, los más rezagados, cruzaban precipitadamente
la carretera en busca de su dosis.
También paseamos por el jardín botánico, donde unos gigantescos ficus, como esos que tenéis en un tiesto, pero con un tronco de varios metros de perímetro y unas ramas kilométricas, te daban la bienvenida desde la puerta de Opera house. Por cierto, este edificio fue, sin dudas, lo que más nos defraudó de Sydney. No sé si es porque se han hecho tantos parecidos, o porque ante el esplendor de la ciudad su fachada queda sosa, pero no cumple las expectativas. También fue un gusto pasear por el mercadillo de The Rocks, navegar por el otro lado de Harbour bridge, andar por la calle Victoria, llena de encantadoras casas victorianas y sacar todo el jugo al Daytripper, un bono diario de 12 AUD que te permite viajar por toda la ciudad, con todos los transportes, menos con el monorraíl, que es privado. Claro que de eso me enteré cuando un individuo vino hacia mí como un loco tras meter mi tarjeta en el lector, en una de esas veces que das gracias al cielo por tener un inglés tan precario.
Australia, y Sydney especialmente, tiene un pulso joven. Sus calles están abarrotadas de chicos y chicas, llegados de todo el mundo para disfrutar del país. En todos los escaparates, en la puerta de los bares y hoteles, hay letreros ofreciendo trabajo. La gente trabaja y estudia, o trabaja y viaja o, simplemente, trabaja y ahorra, en un lugar que parece ofrecer oportunidades al que tenga ganas de tomarlas. Ello le da el aspecto más cosmopolita que jamás he visto. Porque, si bien es cierto que en todo el país, ves todos los genotipos, suelen estar agrupados. Ves un montón de chinos o un grupo de blancos o unos cuantos aborígenes. Pero en Sydney los grupos se mezclan, ves muchas parejas mixtas y todo el mundo parece aceptar mejor a los otros. Esto es lo que yo entiendo por cosmopolita. Una ciudad llena de gentes diversas, pero aisladas por el delito de no hablar catalán, está muy lejos del cosmopolitismo.
El domingo, un Boeing 747 de Singapore Airlines nos esperaba en el aeropuerto
para sacarnos, casi con tenazas, de Sydney. El país quiso despedirse
de nosotros y nos ofreció un cielo azul que surcamos sobre la maravillosa
ciudad. Desde arriba, Sydney aparece tan bella como desde dentro. El mar, envidioso,
entra hasta sus entrañas y adorna a la ciudad con playas blancas, acantilados
de vértigo y barcos de colores. Begoña tenía la misma cara
de morriña prematura que yo. Porque algo quiso poner esa maravilla en
el lado contrario del mundo.
Nota para los Chispis: queridos amigos, variad el orden de destinos y poned
este como primero. No creo que en ninguna otra parte del mundo se pueda ser
más felices.
Recibido el 26 de abril de 2006
De Withsunday a Brisbane
Withsunday es una zona de islas que se encuentran frente a Airlie beach, lugar
donde nos alojamos. Pero la tarea no fue fácil; en viernes santo estaba
todo hasta la bandera.
Tras solucionar el tema del alojamiento nos dedicamos a buscar “que hacer”.
Desde aquí, parten todos los cruceros a vela que recorren las islas.
Los hay para todos los gustos pero suelen durar dos o tres días. Nosotros
no queríamos estar más de una noche embarcados, por lo que desistimos
de la idea y nos apuntamos a otra excursión como la de Cairns, pero esta
vez en un barco de competición. El Ragamuffin, construido en los 80,
había sido uno se los barcos más rápidos de la época
y seguía siendo el barco a batir en la bahía. Tan pronto como
salimos de puerto el patrón mandó estirar trapo y el barco comenzó
a navegar despacio, rumbo a la barrera de arrecife. Tras algo más de
dos horas, llegamos a una isla donde nos desembarcaron para que pudiéramos
bucear un poco. Y así lo hicimos junto a miles de peces que podías
tocar con los dedos. Por la tarde, de vuelta a Airlie beach, el patrón
puso rumbo hacia el sur, impulsado por los motores, para poder coger viento
a favor. Después de una hora, viró el barco hacia el este poniéndose
en dirección a la costa y saco todo el trapo para que el barco empezara
a volar. Con un viento de 25 nudos, la embarcación dio muestras de su
carácter competitivo. Pronto se hizo cargo de la caña una maciza
que, virando levemente a babor, hizo que el barco se escorara tanto que pensé
que íbamos a salir disparados por la borda. Todo el lateral del barco
se mantenía un palmo bajo el agua, mientras el pasaje estaba sentado
a babor a una altura considerable del agua. Fue como un sueño, tanta
veces había visto la imagen en la tele… pero nunca pensé
poder disfrutar en vivo de la sensación; y menos en una excursión
para turistas. Ahora entiendo porque hay gente que lo abandona todo para dedicarse
solo a esto.
En Aerlie beach hay un jaleo de la hostia. Los dos hostales de mochileros más famosos, tienen unas superterrazas llenas de gente joven soplando y comiendo como si se fuera a acabar el mundo. Aunque he de decir que el viernes santo, por una norma que no llegué a comprender, era imposible tomar una cerveza si no iba acompañada de comida. Chavales, yo soy igual de listo que vosotros y se me ocurrió lo de los cacahuetes. Pero no valía. Debía ser una cena como dios manada. Pero al día siguiente, fin de la norma y a beber sin complejos. Si alguien lo entiende que me lo explique.
El domingo nos movimos a Rockhampton, a unas 4 horas al sur. Antes, paramos
en unas cuevas que nos habían recomendado. Una pijada como la del museo
interactivo. Pero al menos nos sirvió para ver la única pareja
de canguros vivos del viaje (despanzurrados en la carretera hemos visto centenares).
Pernoctamos en una cabaña que había sido alojamiento de los atletas
de las olimpiadas del 2000. La ciudad estaba muerta y solo pudimos disfrutar
de su precioso jardín botánico, y de su carne, la más famosa
de Australia. El restaurante era hotel y recinto de rodeos. Nos deleitaron con
videos de los rodeos locales mientras nos servían un solomillo de 400
gr. de tan solo dos cm y medio de grosor. A los amantes de pesos y mediadas
no les explico el tamaño del animal. La carne a la parrilla, estaba en
su punto y era muy sabrosa, pero muy lejos de la maravillosa carne argentina.
¿Qué cojones hacen estos cabrones argentinos para que la carne
sea tan rica? El festín, con sopas, cervezas y ensalada, costó
50 AUD (30 euros).
Antes habíamos embasado unas birras en un bar muy auténtico, lleno
de elementos locales, de esos con barba y sombrero a lo ZZ Top, que solo bebían,
sin hablar el uno con el otro y que nos trataron de invitar amablemente (ventajas
de ser de Medina).
Al día siguiente a Harvey Bay, una pequeña ciudad costera situada en frente de Frazer Island, que era lo que realmente nos interesaba. Pasamos dos noches en una bonita cabaña de los YHA de los que ya os he hablado. El circular por la isla, carente de carreteras, se presentaba como una tarea difícil y nos recomendaron que no apuntáramos a una excursión organizada. La conductora del autocar 4X4, que también hacía las veces de guía con un micrófono tipo Madonna, era una teutona vestida de exploradora, con un pantalón muy corto y uno de esos sombreros australianos.
No explicó que en la isla hay seis de las diez especies de serpientes
más venenosas de planeta. Pero no vimos ni una. Yo confiaba que una mordiera
en la pantorrilla a alguna japonesa y que la teutona le rajara la pierna con
el machete y succionara el veneno… ya se que a vosotras la historia no
os esta haciendo gracia, pero mirad la bragueta de vuestros maridos. Lo que
si que vimos fue el alucinante lago Mckenzie con templadas aguas cristalinas
y blanquísima arena en su playa, un montón de selva con miles
de pájaros de todos los colores y unos murciélagos gigantescos,
que acojonarían al mismísimo Batman. (También vimos un
koala, pero debía estar disecado porque no movió ni un pelo) La
teutona nos llevo por la famosa playa de las siete millas (que habréis
visto en algún documental) por la que circulan un montón de todo
terrenos, de todos los tamaños, a toda hostia. Pero la más salvaje
era nuestra conductora que les metía una pasada con el autobús
que, parafraseando a Ángel Nieto, les arrancaba las pegatinas. Una experiencia
la de ir a 100 por una playa, pisando olas. La vuelta en el ferry, con un magnífico
atardecer viendo el majestuoso vuelo de los pelícanos, a escasos centímetros
del agua, es de las que no se olvidan.
Recibido el 25 de abril de 2006
Adiós Kiwis, hola OZ’s
En cuatro horas nos plantamos en Melbourne. Ya había reservado por Internet
uno de esos hostales mochileros a los que tanta afición estamos cogiendo.
En el aeropuerto hay unos pequeños autobuses con remolque para el equipaje,
que te llevan a los hoteles y hostales. A nosotros nos dejo a la puerta del
Base Backpackers, lo más Top fashion que he visto hasta el momento. Situado
en St Kilda Beach, que es la zona de lío, al lado de la playa, de los
bares, restaurantes y lejos de los museos interactivos.
Melbourne es una ciudad, más al estilo al que estamos acostumbrados.
Tiene grandes avenidas, rascacielos en el centro, zonas comerciales (como la
calle Padilla), Y mucha gente por todas partes. El domingo compramos un bono,
por 2,5 AUD (250 pelas) que sirve para moverte por toda la ciudad utilizando
tranvías, trenes y buses. Pateamos el centro, que estaba hasta la bandera
porque aquí, como en el resto los países que hemos visitado, los
domingos abren todas las tiendas. Pero hay que recordar que unos cuantos siglos
antes de que estos países existieran, eso ya lo hacíamos en Medina.
¡Qué copiones! Y esto da una alegría al domingo que los
de la capital del mundo bien sabemos.
La verdad es que está mejor de lo que esperaba. Tiene cerca de 4 millones
de habitantes, pocos menos que Sydney, que viven en casitas unifamiliares en
extensísimos suburbios. A primera vista, los OZ’s parecen vivir
muy bien. La mezcla es bestial, con una población asiática que
tan solo había visto en Vancouver. Solo decir que el alcalde de Melbourne
es chino. Aunque la mayoría sigue siendo de rubios anglosajones de los
cojones (me he hecho poeta) que hablan como buhoneros de feria y hacen deporte,
o al menos compran cosas para hacerlo, porque no he visto en mi vida ni la cantidad
ni el tamaño de tiendas de deportes que gastan estos tíos. (la
de Nike para tías es como un Zara, no os cuento la de tíos). Lo
que si que hay es más vagabundos que en NZ. Aunque en estos tiempos que
vivimos la identificación del vagabundo se ha vuelto bastante difícil.
Pero tengo un sistema: Si un tipo se encuentra hablando solo en un banco, puede
ser uno de ellos. Si calza unas deportivas blancas, en buen estado, sin nada
plateado o dorado, las posibilidades aumentan. Si lleva unos vaqueros que no
dejan ver el calzoncillo, de color uniforme, sin manchas de grasa ni agujeros
en la rodilla, las probabilidades son altísimas. Si, además, lleva
una camisa por dentro del pantalón con menos de tres botones desabrochados…
ahí lo tenéis, un vagabundo.
Como llegamos una semana después que Fernando Alonso ganara el gran premio de Australia, pues entramos en una tienda de camisetas y gorras dedicada al evento. Miré las del equipo Renault, pero ese azul marica ilusión con detalles en amarillo nuclear no se lo puede poner una persona normal (ni yo tampoco, Jesús) así que nos decidimos por las genéricas del gran premio, algo menos feas.
El primer gran dilema es ¿Qué cojones vamos a ver en este país? Australia tiene una extensión similar a toda la unión europea (la de 25). Por ejemplo: de Perth (Oeste), al Cairns (noreste) hay 6800 Km. Una posibilidad era coger un montón de aviones para tocar un montón de tainas, pagando un montón de dinero. La otra elegir una zona y dedicarnos a ella los 18 ó 20 días que íbamos a estar aquí. Nos decidimos por la costa este, que tiene las otras dos ciudades importantes de país, Sydney y Brisbane, y Queensland y su famosa barrera de arrecifes.
Compramos unos billetes para Cairns por 300AUD (180 euros) cada uno y,
tras cuatro horas de vuelo, aterrizamos en la ciudad más famosa de la
región. Por 70 AUD encontramos un Hotel, el Koala. Una habitación
con su salón con cocina, su baño y su dormitorio. ¡Y en
todo el centro! (un chollito de vez en cuando no está mal)
Lo primero fue organizar actividades. Esto es fácil, porque todos los
hoteles, tanto aquí como en Nueva Zelanda, hacen de agencia de viajes
y te hacen todas las reservas. Al día siguiente cogimos (que no Mariano,
que no lo jodimos, solo lo tomamos) un catamarán de vela de 25 metros
de eslora, que nos llevaba al arrecife para bucear un poco. La sensación
de ser impulsado por el viento a una velocidad considerable en un barco de ese
tamaño mientras su doble casco rompía olas que calaban a la gente,
es DE PUTA MADRE, lo malo es que solo duró 15 minutos, el resto a motor.
Luego en el arrecife te daban un curso de buceo de 5 minutos, te ponían
las botellas y ¡a bucear! Y luego hablan del tercer mundo. En la República
Dominicana, como en el resto del mundo, no te dejan meterte en el mar sin haber
pasado, primero, por la piscina y haber aguantado unas cuantas horas de rollazo.
Ese es el motivo por el que nunca nos habíamos animado. Como habéis
visto todos los documentales de la 2, pues ya sabéis lo que hay, pero
he de reconocer que la sensación de ingravidez, de moverte en tres dimensiones
nadando con bancos enormes de peces de colores, de ver conchas como pilas bautismales,
pero con bicho dentro, y todo esos corales de colores…¿Pero por
qué cojones me gustará todo? ¡Y a la maciza también!
Al día siguiente, nos pasaron a buscar a las 4:15 de la mañana para acabar con una de las frustraciones de Nueva Zelanda: Montar en Globo. El día era criminal, estaba lloviendo y la cosa no estaba nada clara. Pero tras hora y media de minibús hacia el interior, había dejado de llover y pudimos volar. Es tan suave, tan suave que apenas te das cuenta y ya estas a mil metros. El silencio total, solo turbado por los quemadores de propano, y la visión panorámica de un campo verde, produce una sensación de paz que hace que la hora escasa de vuelo se pase en un suspiro. Muy recomendable.
Después, la idea era alquilar una autocaravana y bajar hasta Brisbane (2000 km) o Sydney (3000). Pero no habíamos tenido en cuenta que era semana santa y que aquí la celebran (solo me faltaba oírles cantar saetas), por lo que la disponibilidad del vehículo favorito en estas latitudes, era nula.
Finalmente encontramos un Ford Falcon, un coche enorme de 3.5 l, completamente nuevo que nos dejaron, después de llorar un rato, en 750AUD por 8 días. Y con él nos dirigimos a Townsville, una ciudad mayor que Cairns (150000 australianos), pero que resultó más aburrida y con menos encanto. Tras mucho buscar, encontramos una habitación sin baño en un hostal. La verdad es que no estuvo mal. El coñazo es si tienes que expulsar las cervezas a media noche. Pero en peores nos hemos visto.
Por la mañana, de camino a Withsunday, el paraíso de la
vela.
Recibido el 25 de abril de 2006
La Isla norte.
De vuelta hacia Christchurch, ciudad de donde habíamos partido, paramos
en el lago Tekapo (tranquilos, sigo entero). Regresábamos a Christchurch
con la idea de volar en globo por encima de la ciudad. Pero no pudo ser. No
había plazas y además es como que te toque el cupón de
la Once. Si no hace aire, no se puede volar, pero si hace mucho, tampoco se
puede y si llueve o amenaza lluvia tampoco. Nos encaminamos hacia el norte para
cruzar en ferry a la otra isla. El ferry salió de Picton a las siete
de la tarde y tardó tres horas y media en llegar a Wellington. Se trata
de unos de esos Ferry como los que usaba Hernán Cortes para llenar de
banderines Nueva España.
Wellington es la capital financiera del país. Pero se trata de una pequeña ciudad (como todas aquí) con un centro muy manejable. Como no hay mucho que hacer, visitamos un museo (para que luego digáis que los de Medina somos rústicos) que anunciaban a bombo y platillo, el “Te papa”. Se trata de un museo interactivo. Voy a aclararlo: en un museo normal los objetos a mostrar están iluminados; en este están a oscuras y cuando aprietas un botoncito se iluminan. I-n-t-e-r-a-c-t-i-v-o. Dedicamos un par de horas a esta gilipollez y nos fuimos a envasar unas birras, que eso si que es interactivo.
Por la mañana, nos pasamos por uno de los centros de información que nos están arreglando el cuerpo y dejamos solucionado el alojamiento en Taupo y Auckland, y el alquiler de un vehículo para el viaje (esta vez un flamante Suzuki Swift). Habíamos decidido hacer el viaje a Auckland en dos etapas, haciendo una parada en el lago Taupo para no pegarnos una soba de 650 km de un tirón por estas carreteras. La primera etapa nos costó cuatro horas y 200 NZD en multas, por ir a 118 y 112 km/h respectivamente, más 40 puntos del carné neocelandés, que es lo que más duele. Vamos, que perdí más puntos en un día que el Bilbao en toda la liga. Está claro que esta isla es otra cosa. Tiene mucha más población y más picoletos. Eso si, te ponen la multa con tanta amabilidad que te quedas con ganas de darles un abrazo. El norte también es bonito y se merecería por si solo el viaje a este país, pero se nota más la mano del hombre, lo que le quita el encanto salvaje del sur.
Taupo es el mayor lago del país. Aprovechando la parada, al día siguiente decidimos probar suerte con la caña. El guía era un gilipollas de los de Yehaa, uhay, y otras americanadas, todo el tiempo. Nos puso al día en el tema de la técnica, pero no sacamos ni un jodio pececillo.
Tras las pesca nos encaminamos a Auckland, otras cuatro horas. Esta si que es una ciudad, con un centro, centro. Tiene 1,5 millones de habitantes (la población de NZ es de 4 millones) y, dicen aquí, que en un radio de 100 km vive el 60% de la población del país. También dicen que es la ciudad del mundo con más yates per capita. Y lo creo. Jamás he visto tanto veleros amarrados en ningún lugar, ni tantos navegando al mismo tiempo como en la imponente bahía de Auckland. Gastamos 2 días callejeando, a pie y en coche, descubriendo rincones y mirando con envidia, como viven estos cabrones. Un lujazo.
Y subimos al Skycity, la torre más alta del hemisferio sur y, pudimos disfrutar de la impresionante vista de la ciudad, su bahía, sus yates (eso que parece un ferry en la foto, es un barco de recreo,¡ te cagas!) y de los gilipollas haciendo Puenting desde la torre a 200 m, mientras nos tomábamos una cervecita.
Y cenamos en uno de los muchos puertos de yates (el más céntrico), rodeados de los cruceros que habían corrido la Copa América y de un montón de bares y terrazas de lío. Disfrutamos de un atún y unos langostinos a la piedra que, por fin, pudimos comernos sin achicharrar.
Finalmente, el sábado por la tarde nos montamos en el avión que nos sacaba de tan fantástico país para llevarnos a otro que promete ser no menos fascinante: Australia.
Voy a hacer un pequeño resumen:
Nueva Zelanda esta muy limpia y cuidada y cuenta con buenos servicios.
Los neozelandeses están orgullosos de serlo, llevan los símbolos
del país por todas partes y son al Inglés lo que Butragueño
al español.
Su religión mayoritaria es el All Blacks, que es como llaman a
su equipo nacional de rugby.
Tienen restaurantes japoneses, italianos, japoneses, chinos, japoneses, coreanos…y
japoneses.
En la mayoría de los restaurantes, debes ir a la barra, pedir, pagar
y coger un número que pones en la mesa. Luego vienen y te sirven.
Producen y consumen un vino que no está nada mal.
El mayor acontecimiento histórico fue el rodaje de “El señor
de los anillos”. Hay monográficos en los museos, excursiones a
los lugares donde se rodó y puedes hacerte fotos con orejas de Delfo
en estos parajes.
Debería llamarse Extremo Zelandia, por el amor que tienen sus habitantes
a tirarse por cualquier sitio y pagar por ello.
Esta totalmente prohibido fumar en locales públicos (incluyendo Bares,
restaurantes, hoteles…)
Hay más helicópteros que coches.
No se ve ni un pobre.
Tienes absoluta indefensión contra los radares. Te cruzas con un coche
de la poli y se le encienden todas las luces. A los pocos segundos le tienes
pegado a tu maletero diciendo que te pares.
No necesitas GPS, el mapa de carreteras es como el libro de instrucciones del
papel higiénico. Y sus ciudades raramente superan las 5 calles.
Una birra (media pinta) cuesta entre 5 y 7 NZD (2,5 y 3 euros)
Hay más tiendas de mochilas y botas de montaña que supermercados.
No puede haber aguas más limpias y transparentes; en sus ríos,
en sus playas. Pedir agua mineral aquí es como pedir zumo de arándano
en mi pueblo.
Es parada obligada para todos los que dan la vuelta al mundo. Por cierto, vosotros debéis ser los únicos del planeta que no la estáis dando…
Es un lugar realmente maravilloso, donde me iría a vivir ahora
mismo (Bueno, cuando acabemos el viaje…).
Recibido el 09 de abril de 2006
Los Glaciares y Queenstown
Dormimos bien en nuestra habitación con baño y tres pares de literas,
que el propietario del hostal nos había dejado, solo para nosotros, en
Westport. (No veas lo que se puede hacer en seis camas, sobre todo la segunda
vuelta que ya les has cogido el tranquillo).
Tuvimos que desandar un centenar de km hasta Greymouth , y luego continuar por la carretera que recorre la costa occidental de la isla de camino a los glaciares. Se trata de dos conocidos glaciares que se encuentran a pocos km de la costa: el Franz Josef (en honor al marido de Sisí) y el Fox (no se si en honor a ella).
La carretera traza una delgada línea que separa las montañas, los Alpes del sur, del Pacífico, con tanta vegetación que a veces crees estar en la selva y otras en un tremendo bosque californiano. Cuando se separa del mar, transcurre por el margen de innumerables lagos de esos que son preciosos en vivo y muy horteras en foto. Yo pensaba que los californianos tenían lagos, pero si lo comparas con estos… tienen tantos que aburren. Y todos iguales de idílicos, con sus bosques rodeándolos y con sus azules aguas de cuento.
A medio día ya estábamos en Franz Josef, el pueblo que se ha creado en las cercanías del glaciar y que vive exclusivamente de los ingresos que reporta el abundante turismo.
Nos alojamos en el YHA, un hostal de los premiados con cinco estrellas de calidad por un departamento que se encarga de calificar los negocios turísticos y que sirve de gran utilidad al viajero. Aquí, como en toda Nueva Zelanda, se pueden hacer un montón de actividades relacionadas con la naturaleza, pero no debe faltar una excursión por uno de los glaciares. Hay tres opciones: La mariconada, un paseo de medio día que te pone en el final de la lengua del glaciar, la de machotes, 8 horas de caminata para adentrarse un par de km en el glaciar, y la medinense, te montas en un helicóptero, te llevan a mitad del glaciar (inaccesible andando), te metes por las cuevas de hielo, te haces las fotos correspondientes y te vuelves tan campante. El vuelo sobre el Fox fue una gozada y el andar, con crampones, por una superficie de 150m de grosor de hielo azul, es una experiencia inolvidable. (Tranquilo Mariano, esto es una zapatilla rusa comparado con el Perito Moreno).
Tras las, casi, cuatro horas de paseo a lo “Al filo de lo imposible”, nos pusimos en marcha hacia Queenstown, la capital del sur. ¿La ruta?, más bosques, más lagos, mas ovejas, mas vacas, más ciervos. ¿Cuántos jodios animales domésticos pastan por estas tierras? Ves, a tu derecha, un rebaño de ovejas como los de la mejor época de la mesta, y a tu izquierda, otro de ciervos que ya le gustaría a Juanito el bobo, perdón, Juan Carlos I, para ir de cacería, y justo después, un montón de vacas… Ah, se me olvidaban los viñedos que, en esta época justo antes de la vendimia, los tienen cubiertos con redes para que los pajaritos no se coman las uvas. ¿Cómo no se las van a comer si hay millones y de todas las marcas? (Cómo se lo pasaría aquí Carlitos Sánchez con su máquina de retratar). Hay tanta fauna, que la carretera esta estampada con cientos de animalitos atropellados. Sobre todo Kiwis, que son unos pájaros del tamaño de un pollo, que no vuelan, tienen un pico bastante largo y, además, son el símbolo del país.
Bueno, pues llegamos a Queenstown. Si me hubieran dicho antes de ver semejante ciudad, que diseñara una ideal, no se me habría ocurrido algo tan acojonante. Rodeada de montañas que, en invierno, son estaciones de esquí, esta junto a un gran lago alucinante. Tiene un monte con un mirador restaurante, al que se accede con un telesilla que utilizan los locos del parapente para lanzarse a todas horas. Porque, aún no lo he dicho, Queenstown es, según sus habitantes, la capital mundial de los deportes de aventura. En otras palabras, la Meca de lo pirados. Se puede hacer todo lo que te imagines y más. Ahí ve la lista de actividades que puedes contratar: Parapente, ala delta y paracaidismo en tandem, Rafting, Kayak, descenso de barrancos, Hidrospeed, Jetboat (una lancha motora que te lleva a toda hostia por un cañón), Vela en un barco de la copa América, pesca en barco, pesca con mosca, crucero a los fiordos, esquí acuático, Bumping (puenting), excursiones a caballo, 4X4, Quad... Todo ello aderezado con la posibilidad de realizar estas actividades con helicóptero (Solo hay que pone Heli delante), es decir, de llegar a sitios imposibles. Con esta oferta, no era fácil elegir.
El primer día nos dedicamos a conocer la preciosa ciudad, pasear por su jardín botánico, por sus calles repletas de tiendas y bares, por el embarcadero. El siguiente, un rafting (regulín regulón). Por último nos fuimos a pescar con mosca seca. Os lo cuento: Un tío nos pasó a buscar a las siete de la mañana, nos montó en una lancha y nos subió por un río increíble, a toda pipa. Luego nos equipó a tope y nos dio unas clases de cómo menear la caña. Y pescamos. El tío puso todo el interés para que sacáramos truchas y lo consiguió. Eso si, como se puede ver en la foto, unas con más fortuna que otros… Nos devolvió a la civilización a las seis de la tarde con pescado fresco para cenar y una sonrisa en mi rostro que aun no se me ha quitado. Las truchas (tres que dejamos para cenar, las demás las devolvimos al río) estaban riquísimas. Se me había olvidado lo deliciosa que es una trucha de verdad.
Nos despedimos un domingo por la mañana de este lugar, con lágrimas
en el alma y un deseo increíble de volver.
Recibido el 09 de abril de 2006
De Christchurch a Westport
El avión salio de Fitji con la puntualidad que está siendo habitual
en este viaje, no sin que antes nos aligeraran de los últimos dólares
por unos tristes cafés. Yo, como santa Teresa, me sacudí los zapatos
en el finger.
Hicimos escala en el extraño aeropuerto de Auckland con unas pequeñas salas de embarque a pie de finger, y con una inclinación que te obligaba a estar ladeado, como polla de legionario, cuan do te sientas en la butaca.
En el aeropuerto de Christchurch nos esperaba una oficina de información, con miles de folletos, guías, listados de hoteles, empresas de alquiler de coches…, que son muy habituales en este país y que sirvió para que Begoña se enganchara a la droga panfletista y se dedicara, desde entonces, a acarrear con toneladas de jodios papelitos.
Nos alojamos en un Hostal para mochileros que, previamente, habíamos reservado por Internet. Debo hacer un inciso sobre el tema de los hostales de Backpackers, como los llaman aquí. Se trata de hoteles multiopción, es decir, puedes tener una habitación doble con baño completo, sin baño, o dormitorio común (normalmente de seis u ocho camas).
Algunos tienen piscina, sauna y otros lujillos, pero todos tienen lavandería, cocina y zona de ordenadores con Internet. Están impecables y tienen mucho ambiente y hay muchos más que hoteles convencionales. En cuanto a la ganadería alojada, hay de todo, lo mismo ves un viajante, que un grupo de chavales, que un matrimonio chino de 60, que una solterona con pinta de monja o un par de gilipollas de Medina, aunque la mayoría son gente joven.
Este, en cuestión, estaba situado en el centro de la ciudad, lo que nos
permitió lanzarnos al paseo urbano al poco de llegar. La ciudad esta
bastante bien, con un aspecto bastante británico, muy pulcra y ordenada.
Luego, a estudiar los folletos de Begoña porque, he de reconocer, nos
habíamos plantado en Nueva Zelanda, sin más información
que su situación geográfica aproximada (Oceanía), que son
los campeones del mundo de rugby, y que allí se rodó El Señor
de los Anillos. Tras una visita a la, muy eficaz, Oficina de Información
y tras explicarle al elemento que pensábamos estar en su país
un par de semanas, este nos trazo un plan de ruta que nos pareció bien.
Al día siguiente, alquilamos un viejo Toyota Corolla por 50NZD diarios (25 euros) con todos los seguros, y nos lanzamos, mapa en mano, a seguir la ruta que el artista nos había propuesto.
Desde Christchurch, que esta en la isla sur, el centro de la costa este, nos dirigimos a Westport que, como su nombre indica, esta en la costa contraria y un poco mas al norte. Es decir, unos 400 Km. atravesando la isla al bies. A los pocos Km. la circulación desaparece y te encuentras, prácticamente solo, circulando por una carretera sin arcén a través de bosques interminables y verdes praderas llenas de ovejas que se deben cuidar solas, porque no se veía ni una granja ni un granjero para tal cometido. Tienes la sensación, más que de circular por otro continente, de circular por otro tiempo. Supongo que Europa sería así en tiempos de los romanos. Y parece que los ciudadanos que pueblan las islas desde hace unos pocos siglos y que hoy apenas suman cuatro millones, no han tenido tiempo ni energía suficiente para poder a la naturaleza.
Si dijera que este país es bonito os mentiría. Bonito es un Ferrari, esto es maravilloso.
Ya en la costa paramos en Punakaiki para ver unos increíbles acantilados, que aquí llaman pancake porque están estratificados. Si hubiesen probado el hojaldre de Burgeño les habrían puesto un nombre que hiciese más justicia a su espectacular belleza.
Luego, por una carretera costera que me devolvió la afición
al volante, llegamos a Westport, que es como un pueblo del oeste, de esos con
una calle central por la que pasa la carretera, y un par de calles más
por cada lado (hay que joderse el ambiente que da una plaza). Cenita con vino
del país y a dormir, que al día siguiente teníamos un largo
viaje a los glaciares.
Recibido el 31 de marzo de 2006
El puñetero paraíso.
Eran las tres de la madrugada cuando llegamos al aeropuerto de Nadi, en Fitji.
Yo había hecho la reserva de dos noches en el Horizont Beach Backpackers
resort, un hostal de mochileros, como su nombre indica. (Como dice Carlitos,
en la vida hay que probarlo todo menos el incesto y los bailes regionales).
Y allí estaba la furgoneta del hostal esperando para llevarnos al establecimiento.
El problema es que yo, muy listo, había hecho reserva para el día
22. Y el día 22 llegamos, pero a las 3:30 de la mañana, y claro,
las habitaciones te las dan, en el mejor d e los casos, a las 12:00. Pues nada,
a esperar en recepción. Siesta en el sofá, paseo por la playa
y, a las 7:30 nos dieron la habitación. De cine, con su tele, su aire
acondicionado, su frigo, su baño completo, muy limpia y por 55$ de Jitji
(23 Euros) la noche. Con piscina y desayuno incluido. Cenamos una noche por
30$ (15 Euros) los dos, muy, muy bien. El sitio tiene mucha gracia, lleno de
gente joven de todo el mundo, con tirilla de calzoncillo de marca a la vista,
y de algunos carrozas, no me refiero a nosotros que estamos hechos unos chavales
(yo incluso enseño la marca falsa de los míos de Derbghalef),
si no a algunos de 60 que van de enrollados y se sientan a cenar con las macizas
a ver si pillan. No sé si tendrán éxito, pero si me entero
os lo cuento para que vayáis reservando pasajes. A vosotras no os digo
nada, que bastante tenéis con esos cuerpos alubieros que residen en vuestra
casa y con los que el destino os ha obsequiado.
A las 9:00 tras haber desayunado, duchados y equipados con nuestros bañadores
y crema solar, nos fuimos a la agencia turística del hostal y preguntamos:
¿Qué se puede hacer aquí? Nos miraron como a marcianos.
Pues nada, aquí la gente viene a no hacer nada. ¡Pues menudo coñazo!
Sería muy injusto deciros, sabiendo como sé que alguno de vosotros
no disfruta unas vacaciones como dios manda desde hace tiempo, que un lugar
con playas de blanca arena y calidas y cristalinas aguas, rodeado de palmeras
y vegetación, es un coñazo. Pero, desde luego no es lo que andamos
buscando. Así que alquilamos un coche, tras un regateo que me río
de la medina de Marrakech, y nos hicimos un tour por la isla. Hay dos opciones,
o Resort tipo caribe, con sus playas, sus bares, sus canoas… o playa virgen,
a la que debes ir preparado con todo el equipamiento de nevera, comida, esterilla…
¿Dónde está ese chiringuito?, ¿Y esos niños
jugando con las palas?. Nada de nada. Lo que os decía, un coñazo.
Cambio de playa y a un resort, donde nos colamos por el morro, nos fuimos a
la playa, con gente y bar, nos comimos unas cochinadas típicas, nos bebimos
unas birras y otro día de playa.
Por cierto, cuando te sales de la Highway (perdonad que me descojone), te metes
por unos caminos que hasta las cabras se lesionaban.
Al día siguiente, viendo que el asunto está muy malito, nos apuntamos a una excursión en velero, a una islita chachi, con canoas, gafas de buceo, barbacoa, cervezas, jodia música en vivo (cuatro jetas que cantaban como el novio de Karina) y curso de cómo abrir un coco… Pero bueno, no estuvo muy mal, por 47 euros por barba con barra libre.
No os llevéis a engaños, el país es caro, está poco desarrollado y tratan a los turistas como si fuésemos gilipollas. Viven de las lunas de miel y de las vacaciones familiares de neozelandeses, australianos y americanos. Vamos, es como la República dominicana, pero sin salsa, sin ron y más caro. Ahora me doy cuenta el chollo que son los “todo incluido” del caribe.
Al día siguiente, nueva excursión, esta vez truncada por
un aguacero que produjo un accidente múltiple (el peor parado, el 4X4
en el que nos llevaban) y vuelta a casa con dolor de cuello, Begoña;
y de pescuezo, yo.
Nueva intentona, un día más tarde, esta vez con un precioso día.
Bonito paseo por la selva, con baño en cascada y comida tradicional en
un poblado, que no estuvo mal y donde Adriá sacaría alguna idea
para la próxima temporada.
Hay que reconocer que el lugar cumple todos los estereotipos del paraíso,
las playas, el verde, las cascadas… de lo más fotogénico.
Cuanta peli de Polinesia nos hemos tragado, embobados, con sus paisajes y sus
chicas cariñosas con cocos como sujetador. Cosas de Holliwood. Aquí
ni cocos, ni top-less, y las chicas tienen una cara de brutas que Cristina Almeida
parece femenina.
Chavales, que bien estáis en el infierno… Menos mal que al fin
llegamos al paraíso, al de verdad: Nueva Zelanda. (Me va a dar para mucha
letra)
Recibido el 31 de marzo de 2006
Esto es Hollywood.
Los Angeles, LA como lo llaman los yankies, es diferente al resto de California.
Es una ciudad tremenda, con más gente, más tráfico y más
lío de lo habitual en este país, aunque menos de lo que esperaba.
En el aeropuerto anunciaban que el 50% de la población habla español.
Pero hay gente de todas partes.
Lo primero fue dar una vuelta por nuestra calle, Sunset Bvd, que duró como una hora en coche, y eso que nos rajamos a la mitad. Cena en pizzería pija y a la piltra.
Al día siguiente, a Hollywood. Como el famoso letrerito se ve desde kms, pues apuntamos el morro del Monte Carlo hacia arriba y en marcha. Tuvimos que dar la vuelta un par de veces subiendo las colinas de Hollywood antes de encontrar un camino acertado. Y tanto que lo fue. Por unas empinadas calles llenas de casas del copón, por fin llegamos a un descampado desde el cual el letrero quedaba a tiro de piedra. ¿Tanto lío para una puta foto? Pues si, pero ¿Quién va a la meca del cine y no se hace la jodia foto?
Pero ahí no acaba la horterada, luego al paseo de la fama, lleno de estrellitas en el suelo con el nombre de todos los artistas que en el mundo han sido y muchos de los que no. Da pena ver el nombre de los grandes clásicos acompañados por el de gente que no conoce ni su padre o, aún peor, de los que conoces y no sacarías ni en un programa de Sardá. También vimos el teatro chino con todas esas manos inmortalizadas en el cemento y en el que, tres años antes de su nacimiento, el nombre del más famoso artista medinense ya había sido escrito (mirar foto). Y el Kodak, sin alfombra roja, pero con la placa de todas las ganadoras del Oscar a la mejor película. Aunque debe haber algún error, porque por más que miré no encontré ninguna de la saga Torrente.
Como os comenté, Paty (chispi pequeña), me dio el teléfono
de un amigo suyo de Salamanca, que vive en LA. Y le llamé. El chaval
se llama Jose y es uno de esos virtuosos de la guitarra eléctrica, que
se fue a LA a completar los estudios del diabólico instrumento. Está
casado con una bella y simpática iraní que, casualmente, había
sido su profe de inglés en Salamanca. Luego, ya se sabe, quedar, cenita,
borrachera y la chispa del amor. Y boda en Las Vegas en la capilla de Elvis,
con guitarra en bandolera (o se es rockero o no se es). Jose es músico
profesional y toca en varios grupos, pero tiene uno propio de Heavy Metal, de
eso que pones el disco y todos los vecinos llaman a la poli. Pues él
y su encantadora esposa tomaron las riendas de nuestra visita a LA y nos enseñaron
todo. Vimos Muholand drive, (recordaréis la película de David
Linch. Si alguien la entendió que me lo cuente) una carretera que se
desliza por las colinas de los Angeles que parten en dos la superurbe. Y por
la noche es un espectáculo memorable. Luego cenamos en el Rainbow, un
bar mítico de Sunset Bvd, lleno de tíos superockeros y requeteheavies,
muchos de ellos que superaban con creces mi edad, e incluso la de Paco Ruedas,
con unas pintas que alucinas en colores, con sus pelos, sus pinchos y hasta
algún leopardo. Vamos, más nostálgico que un grupo del
Barca viendo la vitrina de LA copa de Europa. La comida estuvo bastante bien,
con una ensalada china de pollo que es lo mejor que he comido en el país
de los Beach Boys. Pero jamás he visto a gente gritar más. Un
bar español parece una procesión de semana santa en Pucela si
lo comparas con los dB que había en el establecimiento. Jose me explicó
que el motivo, al tratarse de músicos, es que están como tapias
de escuchar su propia música en los monitores a todo volumen.
El domingo, la pareja nos pasó a buscar por el hotel y nos llevaron por
Hollywood, a ver Rodeo drive y el hotel de Pretty Woman, y Beverlly Hills y
casas y casas de ricos.
Luego a Venice Beach, una playa que tiene un montón de chalets entre canales y que habéis visto mil veces en pelis (es la que tiene gimnasio en la calle). La ganadería asistente era digna de un capítulo del National Geografic. (Ojo a la foto de “Jesús ayúdame a conocer a Jodie Foster”)
Luego estuvimos en el precioso y fantasmagórico down town de Los Angeles. Fué abandonado de su cometido comercial y financiero hace varias décadas, cuando decidieron aprovecharse del auge de Hollywood. Ahora es un barrio latino donde las bandas se ganan su posición a tiros. Pero las inmobiliarias están dispuestas a cambiar la situación y han comenzado a rehabilitar los preciosos bloques Art Decó para convertirlos en loft de lujo. Allí, Mehr y Jose, han comprado un apartamento en un fantástico edificio en fase de arreglo. Mehr aprovechó su condición de agente inmobiliaria para encontrar la joya.
Terminamos, por la noche, en un bar de mejicanos, con camareras semiputas y que resultó ser de un español (supongo que Carlos Rochas) tomándonos un montón de cervezas de despedida.
Por la mañana, aspirina y a Long beach, para seguir viendo como viven los ricos. Me gusto mucho la urbanización con muelle y yate a la puerta de cada chalet. También vimos el Queen Mary, convertido en hotel y amarrado junto a un submarino ruso, de unos desertores, que tienen como trofeo (si, el de la película de Sean Connery)
Y así terminó nuestra aventura californiana, en el aeropuerto
internacional de Los Ángeles, esperando el avión que, en algo
más de 11 horas, nos pondría en el paraíso…
Pido disculpas por los posibles errores en los nombres, pero nos vamos dejando
por el camino todos los mapas y guías para no parecer una mudanza. Y
también por no saber explicar que es una semiputa o una semivirgen, pero
haberlas haylas.
Recibido el 27 de marzo de 2006
Las misiones y Los Ángeles
Tranquis, que no me ha dado por la teología ni me he hecho del Opus.
Solo qué, como anticipaba Ramón, hemos llegado a la costa sur y, con ello, a las misiones que los españoles se dedicaron a montar por esta zona. Y no fueron pocas, toda la costa sur esta plagada de nombres de santos y santas, aunque no he encontrado a San Antolín.
Hay algo contrad ictorio, si los españoles estaban liados exterminando indios, ¿Para quién cojones eran las misiones? Porque no hay ni una mención positiva a los ibéricos por ningún lado. Solo alguna cifra con los indios enterrados en tal misión. Pero coño, si yo creí que nos los comíamos. Si los misioneros hubieran sido italianos o franceses, la historia se habría escrito de otra manera…
Los pueblos son bonitos, tranquilos, con todo el equipamiento de serie, sin macizas y con muchos hoteles y moteles. Dormimos en Buelton, al lado de un pueblo construido por los Daneses que se llama Solvang y que es el sueño de los nórdico. Un pueblo de Dinamarca pero con el clima del sur de California y con el nombre de Christian Andersen por todos los lados. Cenita con vino californiano, muy rico, y un solomillo que ganas tuve de subirme a la mesa y darle una ovación a la vaca.
Por la mañana, fuimos a Malibú y comimos en un famoso bar de carretera, el Neptuno’s Net, tipo Romerijo pero en malo, y parada obligada para los amantes de las Harlley. La playa de Malibú es un cagao con casas apoyadas en la carretera y apuntaladas en la, escasísima, arena de la playa. Lo único que la hace famosa son los chavales embutidos en neopreno, cabalgando las olas. Y doy fe de que lo hacen.
Luego a Santa Mónica, a la playa de las vigilantas. Y aquí si que si…que tampoco. No es que pensara ver a Pamela Anderson con su bañador rojo, pero una macicilla en Santa Mónica. Al final va a resultar que hay más macizas en Benidorm en Noviembre que en California. (Menos mal que al menos pude fotografiar a Vigilanta de Iscar) La playa está muy bien, con un paseo tremendo, las casetas de los vigilantes, los patinadores, mucho césped, y hoteles caros. Serán cabronazos que te clavan un pastón por dormir y te cobran la conexión a internet. Lo se porque estaba aparcado al lado de uno, me conecté para hacer una reserva en un Motel en Los Ángeles y me sale un mensaje diciéndome que tengo que pagar 10$ para conectarme. Menos mal que me dijo que lo podía cargar a la habitación, la 314, y claro, dije que si. Me pidio el nombre, puse John Smith, y pude hacer mis trámites. No me digáis que no es cojonudo poder sacar el ordenador en el coche, hacer la reserva en tu próximo destino a un precio de puta madre y luego meterle el nombre del hotel al GPS y que te lleve sin tener que volverte loco. Porque lo del GPS, algo totalmente nuevo para mi, es un invento del copón. Los que lo tenéis ya sabéis lo que os digo, los que no, pues nada, poner una dirección y seguir las instrucciones de Marta. Es verdad que te da algún susto, si no estas seguro de poner la dirección correcta, pero cuando le coges el truco va de cine. Espero que los mapas que he “adquirido” en Internet de Australia, vayan tan bien como los de California (de la misma tienda…).
Luego a Los Ángeles a un Motel Super 8 situado es Sunset Bvd, Si, si, la calle donde viven los ricos pero en el nº 1300. Los ricos viven a partir del 12000, es decir, a 20 km.
Ya os contaré lo de Hollywood, y como Jose, un amigo guitarrista
de Paty, nos arreglo la estancia en la mayor urbe de California.
Recibido el 27 de marzo de 2006
Los americanos la tienen más grande.
En este país todo es enorme: Las Coca-Colas de ¾ litro, los 4X4
de 8 plazas, las limusinas, los cafés, las avenidas, las autopistas…
Por ello pensamos que no estaría mal ver el Parque Nacional de las Secuoyas
gigantes que hay cerca de Fresno, el nuevo (el viejo y genuino pertenece a la
comarca de Medina). Pero antes bajamos a Monterey, la ciudad que fuera capital
de California, la típica monada californiana, con sus barquitos de recreo,
los chalecitos, el puerto pesquero que huele a Eau d e Rochas, los deportivos,
¿las macizas?, pues va a ser que no. Deben estar todas retocándose
las siliconas antes de verano. Porque, seamos sinceros, a los de Medina nos
alegra más la vista un par de pechos turgentes, colgados de una maciza,
que una Iglesia románica o un cuadro de Tapies. Desgracias de ser de
pueblo. Aunque se que alguno que escribe novelas históricas le pasa tres
cuartos de lo mismo.
De Monterey, nos encaminamos a Fresno, por una bonita carretera (a partir de ahora voy a obviar el tema porque todas las carreteras son preciosas) donde llegamos con tiempo suficiente para buscar hotel, cenar en un Dinner y dar una, poco fructífera vuelta por una ciudad que no es tal. Y creo que esto es bastante común en este país. Porque si por el centro de una ciudad pasan seis autopistas, es porque no es una ciudad como la entendemos nosotros. Es un grupo de zonas habitadas y comunicadas entre si, con un ayuntamiento, biblioteca y hospital/es en un centro (down town) en el que no vive nadie. Y si en California es normal pillar emisoras hispanas, en Fresno es un milagro escuchar una en inglés, por lo que terminas hasta el gorro de rancheras, hip-hop mejicano-reivindicativo y anuncios de supermercados en los que venden los auténticos productos de Méjico. Por cierto, las gasolineras y los moteles están regentados por Indios (de la India, no Apaches) Hablando de moteles, es el alojamiento que te salva la vida. Hay muchísimos y cuestan entre 40 y 90 dolares. Por 50 0 60 se puede dormir en los Super 8, los Days Inn, Confort Inn, etc, que están muy bien, con habitaciones muy grandes con una King size (2x2) o dos Queen (1.50X1.50) con baño completo, con internet wifi gratis y desayuno incluido en el precio. Algunos tienen piscina o incluso jacuzzi. Conviene hacer la reserva por internet para conseguir estos precios, si no suben entre 15 o 20 dólares. Pero es fácil, entras en recepción con el ordenador debajo del brazo, pides precio, entonces sacas el ordenador, que ya llevas encendido para no perder tiempo, y haces la reserva por internet delante de su morro. Y arreglado. Algunas veces, para no dar explicaciones, nos conectamos en el parking del hotel y así ya entras con la reserva hecha.
Por la mañana al Parque nacional de las Secuoyas, a unos noventa minutos. El problema es que estaba hasta la pipa de nieve y la carretera estaba cortada, por lo que no pudimos ver el famoso General Sherman, el ser vivo más anciano del mundo, más de 4000 años, y el mayor árbol del planeta. Tuvimos que conformarnos con el General Grant, un arbolito de ochenta y tantos metros de alto, de no sé cuantos de diámetro y el tercero mayor del mundo. Que ya sé que me conocéis y sabéis que no soy de Green Peace, pero el tema es increíble, sin apenas turistas (solo un grupito de franceses con la furgoneta forrada con la bandera tricolor) con medio metro de nieve y metido en un bosque de árboles gigantescos, sientes un estremecimiento… te cuesta dar media vuelta y montarte en el Chevrolette (he decidido afrancesar le marca ya que le han puesto de nombre de pila Monte Carlo) sabiendo que, quizás, nunca más volverás a ver algo así.
Y es que, hay que reconocer que lo americanos, la secuoya, la tienen más
grande.
Luego de camino a las playas del sur a través de frutales y viñedos
interminables, solo interrumpidos por algún cruce o algún paso
a nivel en busca, de nuevo, del Pacífico de las películas.
Recibido el 27 de marzo de 2006
Welcome home.
San Francisco es como volver a casa. Has visto, todo, tantas veces en la
pantalla que, cuando los ves en vivo, te parece conocerlo de siempre.
Todo el mundo habla bien de San Francisco y cuando te creas demasiadas expectativas los sitios suelen defraudar. No fue así. San Francisco es una pasada, nos lo hemos recorrido de cabo a rabo. Lo más sorprendente es que es una ciudad tranquila. Circ ular por ella está chupado y los recorridos no pasan de 15 minutos. Nuestro hotel estaba en South San Francisco, cerca del aeropuerto y nos plantábamos en el centro en un plis-plas.
La primera imagen emocionante es la del Golden Gate cerrando la gran bahía. Cuando lo atravesábamos, recordaba al navío pintado de rosa por Tony Curtis entrando en la bahía bajo el emblemático puente. Y es que el cine y San Francisco tienen una relación de amor. Quien no recuerda las persecuciones por sus empinadísimas calles, o las fugas de su legendaria Alcatraz. Pues todo es así, como en las pelis. Sin trampa ni cartón, pero más pequeño de lo que imaginaba, lo que aumenta el encanto. Sus barrios se entremezclan, del Down Town entras en China Town y luego en North Beach, el barrio italiano, sin darte cuenta, porque comienzas a ver restaurantes chinos antes de llegar a China town e Italianos junto a Japoneses en el barrio chino. Eso si, para que no haya dudas, los italianos han plagado de banderas su barrio, al igual que los mejicanos en Mision, y los gays en Castro donde una gigantesca bandera arco iris preside el barrio. Por cierto, es el único sitio donde vimos restaurantes españoles. Y nos la damos de machotes… Los japoneses también tienen su barrio, el Japan Center, al lado del centro financiero.
También visitamos el Muelle 31, otro Port Aventura desde el que se ve Alcatraz, el Golden Gate y un montón de focas de mar…y de las otras. Esta muy cerca de Levi’s Plaza, lugar que no pude dejar de visitar. Y también entramos en el Levi’s Store del Down town, el mayor del mundo según reza la publicidad, y donde adquirí por su precio íntegro, por primera vez y sin que sirva de precedente, unos Levi’s; para que luego digáis que no soy un romántico.
Cruzando el Golden Gate, se llega a Sausalito, una villa mediterránea en la bahía de San Francisco. El lugar no puede ser más bonito, ni tener más veleros aparcados, perdón Luis, amarrados. Entramos en un bar a tomar una caña y, un tío que estaba en la barra, nos dijo que estábamos en el Bar without no name, uno de los garitos de Jazz más mítico de California, a la vez que nos pago las cañas. Y es que los americanos son así: lo mismo se ponen como fieras por parar tres segundos en cualquier sitio, que se deshacen en explicaciones ante cualquier pregunta. Bueno Bush solo lo primero. Se me olvidaba decir que el tío dejo 20$ en la barra, antes de irse, por si queríamos tomar otra.
Lo que he echado de menos es la gente guapa. Porque en las pelis está todo el mundo cañón. ¿Y los maricones supermaqueados y requetecachas? Ni uno. Aunque los gimnasios del centro, en el último piso y con cristaleras para que los sufridores puedan ver a la gente de paseo, estaban siempre hasta la bola.
El papeo no ha estado mal. Un poco de chino (me refiero al estilo, no a lo que había dentro del rollito), un poco de italiano, Fish & Chips, alguna hamburguesa y mucha ensalada, que hay que mantener el tipo sin sudar la camiseta.
No debo olvidar contaros, la espectacular vista de toda la ciudad desde Twin Peaks, conocido como El pecho de la Chola (las tetas de la india, para que nos entendamos)
Dedicamos una mañana a visitar unas conocidas playas que hay al norte de la ciudad: Muir Beach y … hostias no me acuerdo del nombre. Se llega a ellas por una bonita y serpenteante carretera, preciosa para hacer en moto (se puede alquilar una Harley en cualquier sitio, la pena es que el tiempo no acompañaba pero habría sido chulo) Bueno, pues las playas no están mal, con una arena un poco renegrida y poco más. Lo curioso es que, a pesar de lo inhóspitas, tienen unos retretes perfectos, limpios, con papel… La verdad es que en América no hace falta andar escondido detrás de una mata y buscando una piedra bien pulida.
Ya, ya, todo muy bonito pero este tío no dice por qué. Tras leer esto, esa es la impresión que me queda. Pero ¿como voy a explicar por qué algo te conmueve, te emociona?. ¿A caso les habéis preguntado a vuestras señoras que vieron en vosotros para elegiros hasta que la muerte os separe? (a los de Medina no se lo pregunto que ya lo sé).
En fin, a pesar de mis pobres descripciones tenéis que creerme,
San Francisco es una de las mejores ciudades que este espécimen, de la
cuenca del Zapardiel, ha visitado.
Recibido el 18 de marzo de 2006
En América no hay nada.
Despedimos al equipo Ponferrada Extreme y alquilamos un mastodóntico Chevrolette Monte Carlo, un dos puertas de cinco metros, y nos encaminamos a San Francisco. La carretera recorre el estado de Utah, junto al tremendo lago Salado que da nombre a la capital del estado y que tiene una concentración salina tan alta, que llegamos a pensar que estaba nevado, hasta que paramos para comprobar que se trataba de sal. Los de Utah, más amables que en otros estados, te permiten circular por la autopista a 75 millas por hora (120 km/h). En otros solo 65 ó 55. A esas velocidades, con un tráfico nulo y cuatro carriles, te dedicas a hacer juegos malabares con la nariz y planchar una camisa en el salpicadero. Luego entras en Nevada. Te enteras, porque hay un gran cartel en el que pone “Casino”. Ya que los mormones tienen jodidos a los de Utah, sus vecinos se aprovechan para ponerles el vicio en la misma frontera. Luego más nada. Nada y nadie. En América no hay nada ni nadie, o eso parece, al menos, cuando circulas mil Km. por esas carreteras desiertas. Por fin llegamos a Reno, una especie de Las Vegas en pequeño, pero con las mismas horteradas: Neones de colores y carteles macarras. Tras alojarnos en un Motel bien situado, nos montamos en nuestro Monte Carlo y nos dimos un garbeo por la city. Paramos en un bar, que parecía normal, a tomar una Bud, pero la barra tenia empotradas máquinas tragaperras. La camarera sebosa nos trajo las birras mientras nos deleitaba con un escote en el que cabría Albarito Garrido con los brazos abiertos. Luego cena mejicana y a sobar.Al otro día, como dirían los hispanos que invaden estas tierras, nos encaminamos hacia Sacramento. Empezó a nevar en cuanto salimos de Reno. Cuando entras en California la cosa cambia. Viajamos por un inmenso bosque de abetos que es parte del parque natural de Tahoe, que tiene un lago del copón en todo el medio (porque será que estos tíos tienen más lagos que bares Medina), Pero el paisaje quedaba eclipsado por la nevada que nos caía. Hasta que nos pararon para obligarnos a poner cadenas. Pero esto es América. Nada de gasolinera cutre en la que te sablean por unas cadenas de mierda que tienes que buscar en el expositor. Llegó un tío al coche, perfectamente uniformado, miro las ruedas, nos trajo las cadenas, y nos las coloco en dos minutos. Todo ello por 70 dólares. Luego, tras 50 millas de sufrimiento, otro tío nos esperaba para quitarlas, colocarlas en una bolsita y metérnoslas en el maletero. Y todo sin bajarme del coche (no seáis cabrones que Begoña tampoco se bajó). En Sacramento hacía frío pero no nevaba. La ciudad vieja es como Port Aventura, lleno de tiendas y bares al más puro estilo del Oeste. No falta su barco de vapor convertido en Hotel. Fotos de rigor y caminito a San Francisco, pero eso bien se merece un capítulo…
Recibido el 18 de marzo de 2006
De Medina DC a SL City
El aeropuerto doméstico de Medina (Villanubla), me sorprendió
gratamente. Sus nuevas instalaciones hacen justicia a su creciente tráfico
y los bocatas de su cafetería, están muy por encima de los que
te cascan en la mayoría de los aeropuertos.
Cuando llegamos a Londres Stansted, Nemesio, un gallego taxista que Tambores me había recomendado, estaba esperándonos. Con un acento español demasiado neutro para ser hispano y demasiado perfecto para ser inglés, nos llevo hasta su furgoneta Volkswagen, totalmente equipada y se encaminó hacia Heathrow, no sin regalarnos con una agradable conversación. Los 130 km que separan ambos aeropuertos nos costaron algo más de hora y media y 75 libras (120 euros).
Pero el taxi es lo más barato que se puede encontrar en Londres. Los precios son una locura que yo no puedo comparar con ningún lugar que haya pisado hasta el momento.
El avión de Air New Zealand, un 747-400, estaba mucho mejor de lo que esperaba. Los neozelandeses solo le han sacado 390 plazas en lugar de las más de 500 que acostumbran otras compañías y sus asientos son realmente cómodos. David, un azafato de Burriana, que pierde más aceite que un Tata transportando mantequilla, nos explicó que los neozelandeses se han planteado hacer más agradables los viajes a sus compatriotas, ya que, raramente, sus vuelos duran menos de 10 horas.
Los Ángeles es el quinto mayor aeropuerto del mundo. Pero en solo media hora te plantas en otra terminal sin pegarte con nadie. Eso si, tienes que hacer el checking tú mismo en un cacharro electrónico porque si no te mueres de asco.
En Salt Lake City tuvimos que esperar que la poli dejara a mi hermano libre de cargos después de demostrarles que en España no hay millas y que el iba a menos de 100…
En 8 días pisamos 6 estaciones. No son inmensas. No son supermodernas. No están plagadas de macizas… Pero la nieve es increíble y son muy coquetonas con bellos fuera de pista entre árboles y nieve virgen (eso que los argentinos llaman champangne) como para olvidar que te has cascado 15 horas de avión para deslizar el cuerpo serrano por esas pistas.
Nuestra amiga Ana Martinez, pediatra de profesión y Jotera de vocación, compuso una jota que define a la perfección una semana de esquí:
Quisiera, quisiera, quisiera volverme Spider
Y bajar, y bajar, y bajar por las laderas,
Y beber, y beber, y beber mientras conduzco
Pa joder, pa joder, a los rangeres de Tejas.
Explicación: a parte de la actividad esquiatória el tiempo lo hemos gastado en busca de la oferta. Y alguna compra hemos hecho: el amigo Manolo se compro un disfraz de monitor marca Spider que parecía Alberto Tomba en sesión de entrenamientos.
Gonzalo fue detenido por posesión de lata de cerveza vacía.
Tras toda la actuación circense de tócate la nariz, anda sobre
la línea, ponte en equilibrio sobre la minga… paso todas las pruebas
con nota y se libro del corredor de la muerte, eso si, a cambio de 100 pavos.
Recibido el 28 de febrero de 2006
PASEITO
Queridos amigos del mundo mundial y de Medina,
La muy maciza Iscariense y un servidor, finalmente, nos vamos a dar un
paseíto de dos meses y medio.
Para poneros los dientes largos aquí tenéis el itinerario:
Mañana Valladolid_-Londres
Pasado: Londres- Los Angeles
Los Angeles- Salt lake city (semaníta de esquí)
Salt lake city-Las vegas- San Francisco- Los Angeles (En coche)
Los Angeles- Fitji
Fitji- Christchurch
Christchurch- Auckland (En coche)
Auckland- Melbourne
Melbourne- Sidney (Coche)
Sydney- Gran barrera de Coral
Sydney- Singapore
Singapore- Hanoi
Hanoi- Singapore
Singapore- Delhi
Delhi- Rajastan (en tren)
Delhi- Londres
Confiamos llegar a España a mediados de mayo, si la salud y las
pasta nos acompañan.
Por supuesto, no os habéis librado de nosotros y seguiremos mandando
crónicas para que no nos olvidéis.
Sabemos que os puede más el afecto que la envidia y que estáis muy contentos de nuestra aventura. Nosotros también os queremos.
Besos a todos desde la capital del mundo:
Begoña y Pepe
Agradeceríamos consejos, contactos, etc que nos puedan ayudar en el viaje.
Recibido el 23 de febrero de 2006 (último)
En tren a Shimla
Tuvimos el honor de ser visitados por tres macizas amigas de Begoña,
en un viaje que duro tres semanas (eso es viajar y lo demás pijadas).
Begoña les acompaño en todo su periplo Indio. Yo tuve que quedarme
a ganar algunas rúpias con que mantener el hogar familiar. Pero pudimos
compartir un fin de semana para viajar a Shimla.
Shimla se encuentra justo al norte de Delhi, a unos 400 Km. y es una de las más conocidas ciudades de los Pre-Himalayas. El viaje en coche dura unas diez horas, por lo que decidimos ir en tren, aumentando su duración a doce, pero permitiendote viajar por la noche en coche-cama. Las cuatro macizas se encargaron de la logística y adquirieron los billetes de literas 2ª clase ya que, les dijeron, apenas hay diferencia con primera.
El viernes noche nos dirigimos a la estación de Old Delhi, desde donde salía nuestro tren. La primera sorpresa para las macizas es que cuando cruzas la Puerta de Delhi, que separa la antigua ciudad de la vieja, lo que parecía caos ahora es orden germánico si lo comparas con lo que te encuentras; el desconcierto es tal que no puedes creer que la gente no muera atropellada a miles en cada momento. Las bicis rick-shaw se entrecruzan con los autobuses abarrotados de los que salta gente en marcha justo al lado de una moto que los esquiva con habilidad...¡una locura!.
Por fin llegamos a la estación y por un circense “más
difícil todavía” el caos se multiplica. Miles de personas
se concentran ocupando cada centímetro del edificio y de la calle, durmiendo,
comiendo, mendigando... y todo ello con la música cuadrofónica
de acompañamiento de “esto es increíble”, “están
todos locos”. Como ya os he hablado de los olores de este país
no voy a extenderme pero, os lo podéis imaginar.
No sin dificultades, llegamos al anden desde el que saldría nuestro tren.
Mientras ves a la gente cruzando entre andenes, sin el menor respeto por el
tren que se acerca, espantando las numerosísimas ratas que pululan libremente
por la vías, abarrotadas de buen alimento.
Por fin, tras una hora en el andén, llegó nuestro tren. En los billetes figuraba el número de tren, vagón, compartimiento y asiento...y el precio. El billete para cinco pasajeros costaba 800 Rs ida y vuelta. Y me temí lo peor. Cuando encontramos el vagón Paqui grito ¡Imposible!, ¡este no puede ser!. Pero era.
El compartimiento, de 6 literas tenia una alfombra de deshechos que no permitía ver el color del pavimento. No tenía ninguna separación con el pasillo en donde, en otras literas, dormían unos tíos con más mierda que el bar Alegría en San Antolín.
Pero al rato se te olvida lo que te rodea (instinto que se desarrolla
en este país a gran velocidad) y te pones a lo tuyo. En este caso la
elaboración de unos bocadillos con jamoncito de Guijuelo y tomate, acompañados
de una botella de Viña Cobranza que, aquí, sabe a Vega Sicilia.
Tras el festín a dormir hasta llegar a Kalka donde hay que hacer trasbordo.
El tren de Kalka a Shimla recorre los 90 Km. en ¡5 horas!. Pero la experiencia
merece la pena. El tren es precioso con unos asientos tapizados de flores, como
el tresillo de la abuela de Paco Porras, pero muy limpio y con vagones de 14
pasajeros en los que te dan de desayunar y comer. Discurre por una preciosa
ruta montañosa, llena de túneles, que te hace el viaje de lo más
ameno. Una vez en Shimla, lo primero fue cambiar los billetes por otros de primera.
¿Por qué primera? me dijo el taquillero. Puede cambiarlos por
3ª con Aire, o segunda con Aire...lo que significaba que nuestros compartimiento
de 2ª SIN AIRE era la cuarta categoría del tren. Para asegurar cogí
primera (1000 Rs por cabeza, solo ida).Luego a buscar hotel y paseíto
por la villa. El lugar es muy bonito, lleno de casas colgantes, como las de
Cuenca, pero en cantidad muy superior. Después excursiones por la zona,
comidita picante, más excursiones, compras... ya sabéis: Turismo.
El lugar es tan bello que solo rezas para que los turistas no lo arrasen. Y
ellos tampoco parecen hacerles demasiado caso, lo que te permite moverte libremente
sin agobios. No voy a hacer una lista de monumentos o miradores, ya que Shimla
merece la pena como conjunto, como lugar de paz y sosiego tras la ajetreada
vida de Delhi.
En uno de estos parajes, nos encontramos con el equipo de realización de un video musical, con un artista hipermacarra bailando con dos macizas en un decorado que te pones a llorar. Para remate, Begoña y Virginia, se aprendieron el baile y se meneaban a la vez que las artistas. Luego el gilipollas, tras maquearse con un kilo de laca, y colocarse el paquete de manera más visible, se hizo unas fotos con las macizas españolas, con una pose que ni Ramoncín de chaval.
El domingo por la tarde, viaje de vuelta: Mismo tren hasta Kalka pero, esta vez, con un grupo de chicos y chicas jóvenes que se pegaron todo el viaje bailando y cantando. Yo les enseñé el porompompero y, el borriquito como tú. No conseguí que cantasen “Los Novillos vienen” pero algo es algo.
Luego en Kalca nos montamos en nuestro compartimiento de primera que,
esta vez si, estaba de cine. Con limpias sábanas, lavabo, y amplias camas.
Dormí de un tirón hasta las 6:30 en que llegamos a Delhi y...
a currar...
Recibido el 13 de febrero de 2006
Apenas nos quedan unos días en la India y se me han quedado un monton
de vivencias en el tintero.
Y no me veo capaz de contarlas una vez que salga de aquí. Hace falta
un poco de tufo indio para poder explicar como es esto.
Para cuando tegáis un rato...
Jaipur
La carretera desde Gurgaon a Jaipur es la NH8 , unas de las National Highways que hay en la India. El viaje de 220 Km. nos costó tres horas y media. Eso a pesar de tratarse de una autopista de peaje. Pero se entiende mejor cuando se ve el letrero que se encuentra en el peaje con el dibujo de una bicicleta, un carro tirado por camello, una moto y un elefante, no para indicar que esos medios de transporte tienen vedado el derecho de circular por la autopista sino, por el contrario, que su uso es gratuito para los tripulantes de semejantes bólidos. Así la autopista se convierte en una especie de romería con más animalitos que en un capitulo del Hombre y la Tierra.
De este modo, esquivando camellos, elefantes y burros, nos lanzamos a la aventura del Rajastan, posiblemente la zona del subcontinente mas visitada por los turistas, en su ciudad mas conocida: Jaipur. Pero antes de llegar a Jaipur hay que hacer una obligada visita al Amber Fort. Este fuerte se encuentra a unos 10 km de Jaipur por la carretera en la que vamos. Aparcamos el coche y cruzamos un dique que une la carretera con la muralla del fuerte Amber. En el lago un grupo de elefantes se refrescan nadando tranquilamente sin más compañía que las carpas a las que los indios dan de comer pan bimbo y masa de harina en barras que los vendedores ambulantes ofrecen para este cometido.
Es curioso ver como en un país en el que hay gente que se muere de hambre, los ciudadanos disfrutan dando de comer a todo bicho viviente, menos a sus congéneres… Una vez en la muralla, un enturbantado conductor de elefantes nos ofrece sus servicios por 450 rupias, 50 más de los establecido. Por fin nos montamos sobre el animalito, en una especie de sofá con barandilla y nos dirigimos a la parte alta del fuerte. Allí se encuentra una plaza llena de guiris y vendedores que te ofrecen todo sus productos de artesanía a precios de locura. Una vez apeado del elefante, anotamos el número para poder volver y nos dirigimos al palacio , tras el pago de entrada (180 rupias para los guiris, 30 para los indios, más 50 rupias por la cámara) subiendo unas escaleras que te llevan a las, muy bien conservadas, estancias llenas de mosaicos, espejos y filigranas en unos muros de mármol labrado de alucinar.
De vuelta hacia el coche, montados en nuestro elefante, sufrimos el asedio de
vendedores de tallas de madera, de esas que no pondría encima del televisor
ni la madre de Tamara, marionetas y otras gaitas. Ahora los precios han sufrido
una rebaja del 80% y el vendedor sigue gritando, en español, que ahora,
por el mismo precio, te da dos, que digo dos, tres o cuatro. Por fin te bajas
del orejudo, no sin discutir con el conductor que pretende sacarte 50 rupias
más por no se que motivo, y te montas en el coche para salir zumbando
hacia Jaipur, porque ya se sabe que cuando se va de turista no se puede perder
tiempo.
Por fin en Jaipur (capital de Rajastan con una población de unos 2 millones y medio) comprobamos que la ciudad es del mismo color, entre rosa y teja, que Marrakech. Y esta no es la única similitud entre ambas ciudades. La ciudad esta dividida en dos zonas perfectamente diferenciadas: la exterior a la muralla un ensanche del silo XIX con grandes bulevares y bonitas estatuas , palacios y monumentos, y la de muralla para dentro, que es una especie de medina pero mas abierta, con muchos bazares en los que se vende de todo, sobre todo artesanía local que es la mas famosa de la India. Para los que tenéis la suerte de conocer Marrakech no hace falta que os explique la similitudes. Para los que no, ya es hora de que os acerquéis a un lugar tan cercano y fantástico. Os garantizo que por mucho que atraveséis el mundo no encontrareis nada mas exótico y emocionante que la ciudad marroquí. Pero volvamos a la India; pues Jaipur es verdaderamente impresionante. Tiene todos los alicientes para no dejar indiferente a nadie.
Una vez atravesada la muralla nos acercamos al hotel LMB (Perdonad la macarrada anglófona de las siglas, pero el nombre completo es totalmente impronunciable e intranscribible). Es el paraíso de la comida vegetariana de Jaipur. El comedor estaba hasta la bola y nos sirvieron con rapidez y eficacia una comanda consistente en: Malai Kofta, que es una especie de masa de harina frita (como la masa de las gambas con gabardina del Mónaco) y guisada en salsa con especias. Muy rico y no muy picante. Shaai panner, queso fresco guisado en una salsa parecida a la anterior. Dal Makhini, dal es como se llama a las lentejas y otras legumbres pequñas en hindi. El makhini es una alubia roja y negra muy pequeña (poco mas que un grano de arroz) con un sabor muy contundente. Dejo para el final el Navratan Korma, auténtica delicia elaborada con 5 frutos secos, uvas y flor de cardamomo, cocido durante muchas horas con leche. La pasta resultante se guisa con tomate y guisantes. La pena es que, como en todos los vegetarianos, no venden alcohol por lo que te toca tragarte todo esto con la ayuda de agüita fresca…Por el banquete pagamos 600 rupias incluyendo el 10% de propina habitual.
Después buscamos hotel, labor no muy fácil por tratarse de un día de fiesta nacional, el cumpleaños de Krisnha. Tras unas cuantas llamadas a la lista de los recomendados por los expatriados, compañeros de fatigas, encontramos habitación en un Haveli: el Mandawa Haveli. Los havelis son casas, del siglo pasado, de comerciantes acaudalados, de dos plantas, con uno o más jardines, ahora convertidas en hoteles. Sería la versión India de los Riads marroquíes pero más lujoso, ya que las habitaciones son autenticas suites con salón, aire ac. tele, baño completo. Además tienen piscina a todo trapo y restaurante de comida local. Los precios varían entre las 1500 y 5500 rupias la noche por habitación doble. El nuestro nos costo 2100 con desayuno y estaba muy bien. También se puede dormir en palacios convertidos en hotel. En este caso los precios son más altos, siempre a partir de 6000 rupias hasta lo que quieras. Por ejemplo en el Rambagh Palace las habitaciones cuestan entre 14000 u 120000 rupias. Pero, si no quieres romper tu economía durmiendo aquí, al menos es recomendable visitarlo, tomar una cerveza o comer allí. Sitios así no se ven todos los días. Otro muy conocido, a unos kilómetros del centro, es el Chokhi Thani. Por lo que me han dicho esta formado por una serie de cabañas muy típicas pero con interiores muy lujosos. También lo recomiendan para menear el bigote por la noche.
En la ciudad es de obligada visita el City Palace, palacio convertido en museo, el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido en 1728 y que es un lugar curiosísimo, lleno de preciosos y gigantescos instrumentos, que no se puede dejar de visitar. Y por supuesto, Hawa Mahal (Palacio de los vientos) uno de los edificios más famosos de la India.
Claro que hay que lidiar con toda la panda de vendedores callejeros y
después discutir con el conductor del Rickshaw para que no te lleve a
una puñetera fábrica de artesanía. Pero te puedes dar por
jodido porque no conseguirás evitarlo.
La vuelta la hicimos en el Shatabi Express, un tren “rápido”
que hace le viaje hasta Delhi en “solo” cuatro horas y en el que,
si pagas primera, se va cómodamente. Además te sirven una comida
incluida en el precio del billete, que está mucho mejor que la mayoría
de la que te dan los cabronazos de los catering de los aviones.