Recibido el 20 de mayo de 2006
Timalandia.
Por Pepe Domenech
El viaje desde Saigon a Bangkok, vía Singapur, fue largo y cansado y
solo pudimos llegar a la capital de Timalandia a las 10 de la noche.
1- Para no tener que pegarnos con el taxista, decidimos comprar un ticket de taxi prepago, por el que nos cobraron 800 Baht (18 euros). Luego aprendimos, que el taxímetro no habría indicado más de 200 o 300 Baht. Pero está bien para ir calentando motores.
El hotel Menam Riverside es un cuatro estrellas, muy grande, situado junto
al río, con ferry gratis que te deja en la estación del Skytrain.
Con desayuno americano incluido, la habitación nos costaba 40 euros.
Bangkok es una ciudad más moderna y organizada de lo que estamos acostumbrados
en Asia. Junto a los innumerables edificios históricos, se levantan modernas
zonas de rascacielos y centros comerciales. Tiene autopistas interiores, con
muchos viaductos, que sumados a las torres que sustentan el Skytrain afean un
poco el centro de la ciudad.
Provistos de un plano en el que habíamos marcado todo lo que hay que ver, nos dirigimos, en ferry, a Ko Ratanakosin, antiguo distrito real lleno de templos y Budas.
2-Intentamos entrar en el palacio real, pero un simpático viandante nos comentó, que con pantalón corto no nos iban a permitir la visita y que lo dejáramos para otro día. En la vida, como en los toros, los mansos entran peor al engaño. Y yo entre como un Miura mientras el tío me recibía a puertagayolas.
Moviendo el capote con destreza, nos trazo, en el mapa, los puntos de interés que podíamos ver ese día. Nos recomendó que lo hiciéramos en Tuk tuk, (carrimoto). “Casualmente”, uno de los muchos que pasaban por la calle se detuvo y el maestro nos negoció un precio de 40 baht por todo el itinerario (algo menos de un Euro).
El conductor era un tío encantador, con una sonrisa interminable, nos fue llevando a los destinos marcados, con al amabilidad de un conductor de limusinas. Nos citaba, preguntándonos cada vez por el próximo destino y nosotros entrábamos al caballo con fijeza, sin soltar peto por mucho que apretara la puya. En una de estas le señalamos uno de los puntos marcados en el mapa, que a la postre resultó ser una joyería.
Con el cambio de tercio, nuestro comportamiento con las banderillas fue menos bravo y esquivamos el par con habilidad. El diestro, lejos de mostrar sorpresa, nos pregunto por el próximo destino: La montaña de Oro. Nos explico que se trataba de un monumento de chiquicientos mil escalones que nos llevaría un par de horas. Como ya era hora de comer, le informamos de nuestras intenciones. El pregunto dónde y nosotros le contestamos “ni idea”.
Y volvimos a entrar al trapo. Nos dejó en un mercado-restaurante de pescado, donde elegías el pescado y luego te lo preparaban como quisieras. Aquí el camarero, que resulto ser “el matador”, empezó con una serie al natural (berberechos), rematada con un pase de pechuga (de pollo). Luego se adorno con unas Chicuelinas (calamares) antes de preparar el estoque de matar. La estocada limpia, hasta la bola, en el hoyo de agujas (unos 50 euros en un país en el que se come por 5).
Pero como el toro, incluso después de recibir el acero mortal no te das cuenta del juego. Montamos en el Tuk Tuk, convertido ahora en tiro de mulillas, y nos dejamos arrastrar por la plaza para regocijo del público. Le premiaron con dos orejas (suerte que conserve el rabo). Un rato más tarde, cuando tuve conciencia total del engaño, no pude por menos que dar una larga ovación al diestro y su cuadrilla.
Pero el día no estuvo mal y el timillo resulto una diversión
para contar a otros turistas.
3- Como habíamos decidido viajar a Chiang Mai, en el norte, huyendo de
playas, nos acercamos a la estación de tren para enterarnos de los horarios
y comprar unos billetes. El suelo de la estación suplía la falta
de asientos y se veía plagado de turistas y mochilas.
Las ventanillas remataban largas colas de viajeros en busca de billete. Unos simpáticos chavales uniformados, con su tarjeta de identificación colgada del cuello, te colocaban en la cola cuando les decías tu destino. El de nuestra cola, amablemente, me preguntó cómo pensaba pagar. Al decirle que con Visa, me informó que no me la iban a aceptar y que sería mejor sacar dinero de un cajero. Pero antes me pidio que esperara, que iba a hacer una consulta. Tras dos minutos volvió y nos dijo que le acompañáramos a una oficina donde podríamos pagar con tarjeta. La oficina resultó ser una agencia de viajes dentro de la estación. La chica, simpatiquísima, nos hizo las gestiones para nuestros billetes y nos propuso varias excursiones.
De nuevo, como los pringaos de las películas de Tony Leblanc o Manolo Morán, volvimos a caer. Lo supimos al día siguiente cuando, en la excursión del mercado flotante, comprobamos que éramos los únicos primos que habíamos pagado 1500 baht, en lugar de los 600 que pagaron los demás. Por la mañana, hasta los cojones de tanta tomadura de pelo, nos plantamos en la estación, una hora antes de lo necesario, y nos atrincheramos en la agencia de viajes. Primero echamos a todos los que negociaban su viaje en ese momento, explicándoles que habíamos pagado un 150% más del precio normal por una excursión. Tras la estampida, la guerrillera de Iscar se fue a las colas para no dejar que ni un turista más cayera en el timo.
Cuando comprobaron que el tema iba en serio y que no iban a vender ni hostias ese día, probaron con amenazas, mientras toda la cuadrilla de timadores uniformados se retiraba de las colas ante el acoso de la maciza. Tras un golpe en la mesa que me costó la aguja del segundero de mi reloj, llamaron al jefe que, después de una breve negociación, nos devolvió la diferencia de la primera excursión y el importe de la que haríamos en Chiang Mai. Salimos con nuestro dinero en el bolso más contentos que si hubiésemos desmantelado la mafia Siciliana.
Total, por cuatro perras, como se pone este Pepe. Lo que jode de los timos no es el importe (que también), si no la cara de gilipollas que se te queda cuando te das cuenta que te la han cascado. Y os aseguro que en Timalandia no se salva ni el apuntador. Nosotros, al menos, nos dimos cuenta del engaño.
Luego os cuento como es Tailandia.
Bangkok (Recibido el 20 de mayo de 2006)
Moverse por Bangkok es muy fácil. El río sirve de arteria y sus
ferry se convierten en un rápido medio de transporte. Además hay
metro y skytrain, más una completa línea de autobuses. Los taxis
son muy nuevos y baratos, pero debes asegurarte que el taxista conecte el taxímetro.
La comida Tailandesa es una de las más famosas de Asia. Comen exquisitas sopas con todo tipo de ingredientes que se remojan antes de añadirles el caldo, pero cuya base son los noodles. Es la única comida en la que utilizan los palillos, con los que depositan los ingredientes en la cuchara, antes de llenarla de caldo. Para el resto de las comidas usan cuchara y tenedor. Pero solo se introducen en la boca la cuchara (al parecer comer con el tenedor es de mala educación) y usan el tenedor para empujar o cortar los alimentos. Sin ninguna duda, lo más interesante de Bangkok es menear el bigote.
Hay miles de puestos con exquisitos alimentos por doquier, muy limpios y baratos. Aunque comer en la calle es incómodo y no te permite el descanso de un restaurante. Pero en Bangkok hay una solución intermedia: Los centros comerciales. Hay muchos con la misma comida que en la calle pero en la planta de un Mall, climatizada y con cómodas mesas y sillas. Sé que no resulta muy ortodoxo recomendar un sitio así para comer, pero es la mejor manera de no renunciar a la fantástica comida callejera tailandesa, verdadero origen de la famosa cocina del país, y donde se puede encontrar cosas no disponibles en los restaurantes convencionales. Pero también hay restaurantes cojonudos, muy bonitos y con un servicio muy bueno, en los que puedes cenar por unos 10 euros.
Otras de las actividades más famosas en Bangkok, son las compras. Hay mercadillos por todas partes donde puedes adquirir todo tipo de falsificaciones e imitaciones a precios de risa. Pero a mi me sigue gustando más Derb Ghalef.
Ah, se me olvidaba el asunto del folleteo. Porque una parte importante de los turistas que visitan el país lo hacen con la intención de confraternizar con los nativos. Y así ves un montón de tíos, más viejos que yo, con jovencitas esmirriadas, o con jovencitos perdedores de aceite. O con unos especimenes característicos del país, que no son ni carne ni pescado, más raritos que Bowie en los ’70.
Pero yendo al tema que realmente os interesa, el de las piedras, he de deciros que hay una plaga de budas que aburrirían hasta al Dalai Lama. Y un montón de monjes vestidos de naranja, que andan descalzos por todas partes. Supongo que como en la España de la posguerra, meter a los chavales en un convento es descargarse de un gasto y asegurarles un futuro.
Debo volver a los turistas. Porque hay a patadas. Y son un poco diferentes a los de otros países asiáticos. Podría decir que Tailandia es un lugar de iniciación. Se ve a la gente con esa cara de haba que se le pone al guiri sorprendido, sin soltar la digital para inmortalizar unas pijadas del copón, cuando no filmado algo para atormentar a los amigos a la vuelta. Como los pájaros de Hitchkok, se lanzan en manada sobre cualquier objetivo, carentes de lógica. Y lo peor de todo es que una parte importante de estos individuos, para mayor vergüenza, llevan pasaporte español. Menos mal que los de Medina no tenemos nada que ver con los españoles. (¡Estatuto ya!)
Bangkok es una interesantísima ciudad, que ofrece más cosas que ninguna otra asiática de las que conozco. Quizás mejor para vivir que para hacer turismo, pero no la descartaría en un viajecito por Asia.
El puente sobre el río Kwai
(Recibido el 25 de mayo de 2006)
La excursión más típica desde Bangkok es la del mercado
flotante. Como los canales de la ciudad fueron desecados hace tiempo, hay que
irse a 80 km para poder ver el trajín de barcas cargadas de género,
que abarrotan los canales. Pero, el número de turistas es mayor que el
de nativos con lo que el supuesto exotismo del lugar se disipa y parece que
estas en Port Aventura. El atasco de canoas es tan grande que necesitas más
de una hora para cubrir 200 metros de canal. Pero el lugar es tan famoso que
vimos tres equipos de televisión filmándolo con unos presentadores
disfrazados en plan gilipollas. Así que los lugareños se lo pasan
pipa. Se dedican a ver a los guiris sudando en la barca, a sus compatriotas
timando al guiri, a los cámaras…los espectadores convertidos en
espectáculo.
Luego, de camino hacia el templo de los tigres, la furgoneta paró en un pueblo. El tío nos dijo que había un puente que les gustaba mucho a los turistas y un museo de la guerra. Nos fuimos a ver el puente y la historiadora iscariense se dio cuenta enseguida. Pepe, ¿ese no es el puente de la película?. Efectivamente, estábamos junto al famoso puente sobre el río Kwai. Os parecerá una pijada, pero sentí una emoción especial. Quizás por la sorpresa de lo inesperado o porque los que sufrimos una infancia con la primera y el UHF, solo pudimos ver pelis como esa, La diligencia, Solo ante el peligro, Objetivo Birmania… y no las maravillas que ponen, ahora, en tele 5, antena 3…
Luego, dos horas más de furgo para llegar al famoso templo donde, tras pagar 7$, puedes ver a un monje miope y un grupo de jovencitos que se dedican a agarrar a los turistas de la mano para colocarlos junto a los tigres y hacerse una foto. Begoña protestó diciéndome que eso era como los osos anillados por la nariz que hay en la India, que sirven de grotesco espectáculo para turistas insensibles y que estos monjes eran unos cabrones sacaperras. Ante un ataque de dignidad como ese cualquiera se hacía la foto, así que solo tengo las de otros turistas con los felinos.
Por la mañana cogimos el tren hacia Ayuttaya, dos horas al norte de Bangkok. Alquilamos una moto y nos dedicamos a recorrer las ruinas que invaden gran parte de la ciudad. La verdad es que son muy bonitas y originales; del más noble de los materiales, el ladrillo, que ha dado las mayores monumentos de la historia: el Castillo de la Mota y la Colegiata de la plaza Mayor de la Hispanidad (vale Eduardo, y la Iglesia de Rodilana), las ruinas se encuentran en grandes parques, con esa frondosa vegetación tropical y su estado de conservación es, en muchos casos, muy bueno. No había demasiados turistas y además hay tantas que te puedes perder con la moto y chocarte de cara con unas preciosas en las que no hay ni dios (perdón, ni buda).
Por la noche nos montamos en el tren, en un compartimiento de literas que no estaba mal y nos dirigimos a Chiang Mai, a unas 12 horas al norte. La noche fue peor de lo que esperaba, porque el tren Daewoo se comportó bastante mal, pegando unos latigazos que te aplastaban contra la barandilla primero y el lateral después, además de hacer un ruido infernal.
Por la mañana llegamos a Chiang Mai, segunda mayor
ciudad de Tailandia, donde nos esperaba un ejército de taxistas y conductores
de Tuk-Tuk ofreciendo sus carísimos servicios. Tras la negociación
a cuchillo, llegamos a nuestro hotel, un cuatro estrellas de 24 plantas, en
el centro de la ciudad, por el que nos cascaban 29$ diarios. Luego, para no
discutir más con los taxistas, alquilamos una moto; un scooter automático
nuevo que nos costó 4 $. Recorrimos la ciudad, vimos los jodios budas,
los jodios templos, y los maravillosos bares con cervecita fresca. Por la noche,
junto al hotel, montan un mercadillo gigantesco en el que venden lo de siempre.
Siguiendo la política de nuestro viaje, no compramos nada y nos fuimos
a cenar. Pasamos junto a un restaurante con terraza donde los guiris hacían
larga cola. Se trataba de la Germanhaus “casa Antonio”. Con este
curioso nombre y un menú que mezclaba las salchichas alemanas con la
tortilla de patata y el codillo con choucroute con la paella mixta, el tal Antonio
se debe estar forrando.
Por la mañana nos pasó a buscar la furgoneta que nos llevaría
a visitar un pueblo en la montaña, a montar en elefante y a hacer un
rafting con balsa de bambú. Para lo del pueblo había que subir
por el monte durante 45 minutos. El resto de la furgoneta, con 15 años
menos que Begoña (100 menos que yo) iban equipados con sus botas de montaña
y mochila, mientras nosotros, en bañador y sandalias no parecíamos
capaces de enfrentarnos a la caminata. Pero la maciza me convenció y
nos pusimos en marcha. Cuando llegó el grueso del pelotón, nosotros
ya habíamos visitado el pueblo, fotografiado a los paisanos e ingerido
una botella de agua. Volvimos al coche con 20 años menos y una sonrisa
de las que no te quitan ni a hostias.
Luego nos montaron en la silla de tortura de un elefante acatarrado, en la que luchabas por mantener el equilibrio mientras el animal te rociaba con sus paquidérmicas babas.
Lo mejor del día fue lo de la balsa. Pensaba que iba
a ser un paseíto por el Manzanares, pero el río resultó
ser algo más valiente y el descenso fue muy entretenido. Como los tailandeses
son unos cachondos, han montado unos observatorios para ver las andanzas de
los turistas mientras se chupan unas cervezas. Incluso, algunos, se permiten
la juerga de salpicar al guiri. Pero una sola mirada de la maciza sirvió
para desbaratar sus planes.
El vuelo de Chiang Mai a Bangkok cuesta 35 euros y poco más de una hora.
Esta vez cogimos un taxi en la puerta que nos dejo en el hotel por 220 baht
(580 menos que la primera vez). Habíamos decidido cambiarnos a un hotel
en la zona de Khao San, que es donde están todos los mochileros y, por
tanto, la de más lío de la ciudad. El hotel estaba muy bien, con
una preciosa terraza de madera con fuentes y un desayuno de “aquí
te espero” (30$). En Khao San hay muchísima gente, bares, tiendas,
guiris… Es un sitio ideal para visitar Bangkok. Además puedes encontrar
agencias de viajes muy baratas, lavanderías, restaurantes. Y tienes una
estación de ferry muy cerca, que te permite mover por toda la ciudad
sin esfuerzos (y te alejas de las excursiones de la tercera edad que llenan
los hoteles internacionales).
Los dos últimos días en Bangkok fueron tranquilos.
Sin la necesidad de ver nada, nos paseamos por China Town, recorrimos el río
en los ferry y el centro en Skytrain, con la soltura del que controla la situación.
Como esta escala en Tailandia era un añadido al billete de vuelta al
mundo, tuvimos que volver a Singapur para coger el avión a Delhi.
Volvimos a ver a Karina y Eugenio y, esta vez si, comimos
con Quini, que presenta un aspecto estupendo y parece muy contento en la ciudad-estado.
La verdad es que yo también lo estaría; Acostumbrado a tanta mierda
(aunque realmente creo que la mierda engancha), un lugar como Singapur se convierte
en un destino de lujo para cualquier expatriado.
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