Recibido el 02 de mayo de 2006

Brisbane y Sydney.
Por Pepe Domenech

El programador de velocidad de nuestro Ford, consiguió que llegáramos a Brisbane sin ser multados por la poli australiana, tras 1800 km conduciendo por Queensland.

Nos habían dicho que Brisbane no tenía ningún interés. Quizás por eso nos sorprendió tan positivamente. La tercera mayor ciudad de Australia, esta cruzada por un serpenteante río con preciosos puentes, bonitos parques, una cuidadísima rivera y un centro con elegantes rascacielos y un montón de terra zas llenas hasta la bola. He de decir que un medinense ve una terraza con jaleo y se siente en casa. Quizás porque nos hemos criado comiendo piñones de Poli, en la del Conti o la del Mónaco, o porque en ellas, hemos forjado nuestro existencialismo medinense (Macicismo) en largas conversaciones, con bastante más miga que las tertulias radiofónicas.

Brisbane es una bonita y acogedora ciudad con todos los ingredientes para sentirse a gusto. Por debajo del trópico de Capricornio, su clima es agradable sin la pesadez tropical, esta limpia y se muestra moderna y activa. Junto al río han hecho unas playa/piscina preciosas que tienen mucha vida, rodeadas de bares de comida rápida y mesas de libre disposición, donde la gente para a medio día para avituallarse y refrescarse antes de volver al andamio.

Dejamos el Falcon en el aeropuerto y nos embarcamos hacia Sydney. Un precioso día azul nos permitió despedirnos de Brisbane a vista de pájaro, salpicada de pequeñas nubes que hacían de gracioso estampado sobre la ciudad.
En Sydney hacía bueno, 27º y pronto llegó el transporte del hotel que nos llevo hasta King Cross. El conductor, que resulto ser recepcionista y gerente del hotel, nos llevo a uno diferente del que habíamos reservado por Internet. El lugar tenía más mierda que la calle Carreras después de un encierro. Pero la fortuna nos puso, justo enfrente, un hotelito que tenía una doble disponible, por lo que hicimos el cambio y si te he visto no me acuerdo. King Cross resultó ser una de las zonas de lío de Sydney, pero un poco peculiar para la mentalidad medinense. Había una calle llena de Sex-shops, top-less y stripteasse ; en fin, de puticlubs como se llaman en mi pueblo y regada de profesionales. Pero en medio había locales normales con gente tomando copas (Local Normal: Lugar donde la gente va a ver si folla, pero sin pagar), entre un montón de hotelitos y casas victorianas. Así entendimos la fauna que se movía por el primer hotel.
King Cross se encuentra al este de la ciudad, que es donde está el centro y el jaleo. Además, teníamos una parada de City Rail, que es como llaman aquí al Metro, justo al lado del Hotel. El metro no está mal. Tiene unos trenes de dos pisos, de dos tipos, viejos y nuevos. Como todos habéis visto barriosésamo no os explico la diferencia.

Estoy cogiendo aire para empezar a explicaros como es Sydney. Es una vergüenza. No se puede aguantar que en este mundo con tanta mierda, hambre e injusticias, se encuentre un lugar tan insultante como este. Es, sin ninguna duda, la ciudad más increíble y bella que jamás he visto. Aunque la edad me ha hecho más amigo de las pequeñas ciudades, he de reconocer que esta es un alucine. Me lo habían avisado, e iba con el cuchillo entre los dientes dispuesto a sacar defectos. Pero no puedo. Como un enamorado, solo veo virtudes. Pero vayamos por partes. Cubby, una australiana amiga de Mehr, que había conocido en Salamanca, nos había preparado una lista de lo Very Best de Sydney que nosotros estábamos dispuestos a seguir a pies juntillas. Paseamos por la City y nos acercamos a Circular Quay. Allí nos sentamos en una terraza, a tomar una cerveza, con las siguientes vistas: A la derecha, el embarcadero, con una veintena de ferry entrando y saliendo. Por encima, la city con rascacielos de 60 pisos. Por delante de ellos, los viaductos con trenes y coches a la altura del quinto piso. De frente, el Opera House, edificio que hizo famoso a Foster (al arquitecto, no al de las cervezas), con sus tejados como velas, y la bahía. A la izquierda el imponente Harbour Bridge. Todo ello aderezado por veleros y yates surcando sus impolutas aguas, en un atardecer memorable. Al día siguiente cogimos uno de esos ferry, para ir a Manly, disfrutando de la travesía, de un agradable paseo por Manly beach y una rica comida consistente en un gruesos filete de Emperador (que los anglosajones llaman marlin) a la parrilla y casi en su punto.

Por la tarde visitamos Darling Harbour, otra bahía llena de restaurantes y atracciones, donde un artista de Casablanca nos sirvió unas cervezas, sin ninguna morriña de su tierra.

Después, en China Town, pudimos gozar de los aromas de un montón de puestos callejeros que ofrecían unas comidas con un aspecto delicioso. Los restaurantes del barrio chino tienen una pinta mil veces mejor que los del de San Francisco. Junto al Chino, se encuentra el Spanish Quarter, con un montón de bares españoles con tapas y paella. Espero que no se lo contéis a nadie, pero no pudimos resistir la tentación de cenar en uno de ellos. Una simpática albaceteña, que decía vivir en el paraíso, nos sirvió un chorizo a la sidra, una ensalada de lechuga y tomate y unos calamares en su tinta. Al menos sirvió para descansar de las Caesar salad y el pescado y marisco rebozado. (Joserra, aquí si que tendrías tu corte. Si la Casa de Asturias estaba hasta la bola con esta comida, como se pondrían los australianos con tu fabada y tu arroz con almejas…) Pero solo un letrero hacía mención a la ciudad más grande de la península ibérica. Por más que busque la de Madrid, Barcelona, Valencia… nada. (Mirad la foto)
Al día siguiente, nos acercamos a Bondi Beach, la playa más famosa de Sydney. Nos regalamos unos huevos con bacón, de desayuno, en la terraza de Hugo, la mejor situada, donde pudimos disfrutar de la vista de las tremendas y brillantes olas esmeralda, surcadas por un montón de yonkies que en vez de chuta usan una tabla con la que se meten en la vena la más dura de las drogas: el surf. Al menos dos centenares de nerviosos surferos, esperaban ola en el agua mientras, los más rezagados, cruzaban precipitadamente la carretera en busca de su dosis.

También paseamos por el jardín botánico, donde unos gigantescos ficus, como esos que tenéis en un tiesto, pero con un tronco de varios metros de perímetro y unas ramas kilométricas, te daban la bienvenida desde la puerta de Opera house. Por cierto, este edificio fue, sin dudas, lo que más nos defraudó de Sydney. No sé si es porque se han hecho tantos parecidos, o porque ante el esplendor de la ciudad su fachada queda sosa, pero no cumple las expectativas. También fue un gusto pasear por el mercadillo de The Rocks, navegar por el otro lado de Harbour bridge, andar por la calle Victoria, llena de encantadoras casas victorianas y sacar todo el jugo al Daytripper, un bono diario de 12 AUD que te permite viajar por toda la ciudad, con todos los transportes, menos con el monorraíl, que es privado. Claro que de eso me enteré cuando un individuo vino hacia mí como un loco tras meter mi tarjeta en el lector, en una de esas veces que das gracias al cielo por tener un inglés tan precario.

Australia, y Sydney especialmente, tiene un pulso joven. Sus calles están abarrotadas de chicos y chicas, llegados de todo el mundo para disfrutar del país. En todos los escaparates, en la puerta de los bares y hoteles, hay letreros ofreciendo trabajo. La gente trabaja y estudia, o trabaja y viaja o, simplemente, trabaja y ahorra, en un lugar que parece ofrecer oportunidades al que tenga ganas de tomarlas. Ello le da el aspecto más cosmopolita que jamás he visto. Porque, si bien es cierto que en todo el país, ves todos los genotipos, suelen estar agrupados. Ves un montón de chinos o un grupo de blancos o unos cuantos aborígenes. Pero en Sydney los grupos se mezclan, ves muchas parejas mixtas y todo el mundo parece aceptar mejor a los otros. Esto es lo que yo entiendo por cosmopolita. Una ciudad llena de gentes diversas, pero aisladas por el delito de no hablar catalán, está muy lejos del cosmopolitismo.

El domingo, un Boeing 747 de Singapore Airlines nos esperaba en el aeropuerto para sacarnos, casi con tenazas, de Sydney. El país quiso despedirse de nosotros y nos ofreció un cielo azul que surcamos sobre la maravillosa ciudad. Desde arriba, Sydney aparece tan bella como desde dentro. El mar, envidioso, entra hasta sus entrañas y adorna a la ciudad con playas blancas, acantilados de vértigo y barcos de colores. Begoña tenía la misma cara de morriña prematura que yo. Porque algo quiso poner esa maravilla en el lado contrario del mundo.

Amigos de la Alubia

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