Recibido el 2 de mayo de 2006
Singapur.
Por Pepe Domenech
En siete horas el 747 cruzo Australia al bies, y la línea que separa
el Pacífico del Índico para posarse suavemente en el aeropuerto
de Singapur. El vuelo fue perfecto y pudimos descansar en los cómodos
asientos de salida de emergencia, que una eficiente australiana nos había
reservado en Brisbane para el resto de los vuelos.
En el aeropuerto, Karina y Eugenio nos ofrecieron el recibimiento que nos merecíamos. Luego traslado al hotel que Bataman nos había reservado. El Fullerton es fantástico. Está situado en un meandro del río, en el punto donde dos pequeños y bonitos puentes lo cruzan, en uno de los enclaves más bonitos de la ciudad. Su diseño neoclásico con fachada de granito y gruesas columnas, da un toque clásico al centro financiero de la ciudad. Además, los bares y terrazas de lío están a un paso en el mismo margen del río. Por dentro muestra la sobriedad de los hoteles elegantes, rara avis en el mundo hortera en que nos ha tocado vivir.
Después de refrescarnos en la fantástica habitación, nos fuimos a celebrar el cumpleaños de la maciza. Los anfitriones eligieron uno de carne. Saludaron a Eugenio con la confianza del habitual y, por indicación de este, nos trajeron una botella de Shiraz francés del copón. Luego nos recomendó una ternera Australiana de nombre irreproducible, que crían con cerveza y que masajean a diario para que no se estrese. Por el precio de cada filetito, los masajes se los debe dar Elle Macferson con las tetas. La carne era brutal, en su punto. Por una nueva norma que debe ser moda en Singapur, los invitados pagaron la abultada cuenta con la impunidad del que juega en casa. Después subimos a la planta 70 del hotel Swisse para tomar unas copas con las bellas vistas de la ciudad.
Por la mañana paseamos por la ciudad con la tranquilidad que da andar por lo conocido. Tan solo el pesado clima tropical (Singapur está a sesenta kilómetros del ecuador) zancadilleaba el día de relax. Comimos con la pareja alicantina, en un chino de tres yemas, unos exquisitos Dim Sum envueltos en fideos crujientes y otras delicias de las que le gustan al Niño de Elche. Por la tarde de tiendas que es, con diferencia, lo que más hay en Singapur. Voy a deshacer varios mitos. Todo lo que ves en Singapur lo puedes encontrar en Europa, pero fui incapaz de encontrar algunos aparatitos fácilmente adquiribles en España. No es tan barato, algunas cosas, después de fuerte regateo, te las dejan a precio de España. Está limpia, pero no os creáis que es Austria o Suiza. Y se pude comer chicle, cruzar la calle con el semáforo en rojo y otras actuaciones criminales más, de ese calibre.
Por la noche El Privao, nos llevo a un japonés. He de decir que
he cogido algo de tirria a los japoneses; por supuesto, no os libráis
de la explicación. Yo, que soy más esnobista que la hostia, siempre
he presumido de ser amante del Sushi y de otros manjares japoneses, como el
resto de esnobistas gastronómicos que pueblan el planeta. De hecho, como
cualquier medinense viajao, he tenido la oportunidad de comer en japoneses en
innumerables ocasiones. Pero he de reconoce que cada vez mi interés por
este tipo de comida ha ido decayendo. Sobre todo en Oceanía, donde se
ha convertido en comida rápida que puedes comprar más fácilmente
que un perrito caliente. En el aeropuerto de Brisbane, me senté junto
dos asiáticas que se estaban comiendo dos rollos enteros de maki, forrado
con papel film a forma de condón, que empuñaban como una puta
una polla, pegándole unos bocados intimidadores, a la vez que enrollaban
el símil de condón, contra natura, para pegar otra dentellada.
Esa fue la gota que colmó mi animadversión contra las golosinas
japonesas. Además, seamos claros, un filetito de atún crudo está
bueno, pero cuando le pegas un golpe de plancha, a lo gaditano, el túnido
gana mucho. Y esa manía de preparar un arroz pegajoso, si queréis
la receta hablad con Paco y su variedad “hasta los clavos”, (Paco
es broma, que a gusto me comía ahora una de tus paellas) y meterle dentro
una tira de pepino junto al pescado. ¡Pero si eso es lo que todo el mundo
aparta de la ensalada!
Pero como conozco al hipersibarita de Eugenio estaba dispuesto a darle otra
oportunidad a los nipones. Tras el mostrador, de una madera clara impoluta,
se hallaba el Maestro de Sushi con dos ayudantes. Por fuera tres bellas camareras
ataviadas como geishas. Todo ellos para los 7 clientes que ocupábamos
el mostrador. Un cesto de arroz, un cuenco con wasabi, las piezas perfectas
de pescado y uno de esos míticos cuchillos japoneses eran todo lo que
había en el mostrador. Ni un fuego, ni una plancha. Nada. El recital
fue bestial. Tras una sopa fría con cangrejo y huevo, un plato con varios
lonchas de pescado crudo (entre ellos el famoso “toro”). Después
unos trocitos de ternera japonesa, con un setenta por ciento de grasa entreverada,
de esa que también masajean los nipones y cuyo precio es un escándalo,
para el que nos trajeron una piedra. Luego el cocinero fue elaborando pequeñas
porciones de pescado que cortaba con maestría con su herramienta quirúrgica,
colocando sobre un dedo meñique de arroz mezclado con wasabi y presentándolo
en tu plato con esa ceremonia de la que hacen gala los habitantes del país
del sol naciente. Chavales, un alucine. Eugenio, tras otro juego de manos, (creo
que estudió con Tamariz) se encargó de pagar la cuenta sin oportunidad
para la discusión.
Tras hacer la ola al cocinero, nos movimos a un acogedor bar español, donde disfrutamos de unos güisquis en la terraza, en una noche aliviada del calor por la lluvia caída esa tarde.
Al día siguiente, más paseos y tiendas, una cerveza en la preciosa pérgola del Raffles, otra en River Quay y cenita en casa de los anfitriones. Las magistrales manos de Eugenio (con el abrelatas) son obsequiaron con ventresca, mejillones y anchoas cantábricas, lomo y jamón (los que conocéis al artista sabéis que todo con mas jotas que unas fiestas del Pilar), unos espárragos Cojonudos. Hasta el delicioso gazpacho que había preparado Karina, estaba hecho con tomatitos japoneses. Y todo ello regado por Verdejo y Ribera, de los que no te atreves a pedir en España, por miedo a que te embarguen el piso. Hasta el güisqui tenía más años que Joserra.
Por la mañana tuvimos que correr, porque nos dormimos y el chofer
de Uge (como podéis ver tiene más motes que Zapatero), nos llevo
al aeropuerto para poder embarcar hacía Hanoi.
Aprovechando que van a estar en Bangkok unos días, hemos ampliado el
viaje una semanita para poder estar con ellos en un país que promete
ser fascinante.
Chavales, viajar a Singapur es más barato que estar en casa. Y se come mejor, así que os recomiendo que vengáis a ver al rey de la “hospitalidad pasada de rosca”.
Eugenio, te quiero.
Chicas, no hace falta que se lo preguntéis a Begoña, Eugenio sigue
estando muy bueno, sigue usando todo de marca hiperchachi, y sigue mostrando
su encantadora sonrisa cada vez que se tercia; pero a mi me sigue gustando más
su señora…
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