Recibido el 11 de mayo de 2006

Saigon Town.
Por Pepe Domenech

Quizás tengáis algún amigo que ha subido al Everest; O alguno que ha recorrido el Orinoco en piragua. O alguno, realmente intrépido, que se ha tirado por las cataratas del Niagara dentro de un barril de Tío Pepe. ¡Mariconadas!, Ahora podéis decir que tenéis uno que ha conducido una motocicleta en Saigón.

Habíamos reservado un céntrico hotel, muy grande y occidental, al que nos llevó un taxi prepago por solo 5$ desde el aeropuerto. Tuvimos tiempo para dar una vuelta de inspección, tomar unas cervezas en el Cafe Latin, un sitio superfashion, poblado de expatriados y por el que nos cobraron 40000 VND por 4 cervezas (2 euros). Nos sirvieron unas chavalas muy guapas, que parecían el doble de la china de los Angeles de Charly. Y digo guapas, y no macizas, porque en estos lares no se encuentran macizas macizas, como las que describen los manuales de macicismo medinenses, universalmente reconocidos.

Cuando, al día siguiente, intentamos alargar nuestra estancia en el hotel, nos duplicaron la tarifa. Enseguida encontré, por Internet, uno que resultó ser perfecto, con unas preciosas y acogedoras habitaciones con madera de teca y un baño completísimo y nuevo (30$). Como Saigón tiene 8 millones de fucking VietCom por sus calles, las dimensiones de la ciudad obligan a motorizarse para poder ver algo. Está la opción de los taxis, que son baratísimos (raramente la carrera llega al euro), pero en algunas zonas del centro, solo dejan acceder a las motos. Por eso decidimos alquilar un scooter por dos días y ponernos en marcha. Lo bueno de viajar es que cuando te crees que has visto lo peor llegas a otro sitio y te demuestran que no has visto nada. A la norma del más fuerte, de la que os hablé desde la India, se suma la de “llegué primero”. Y esta, ante la escasez de vehículos de cuatro ruedas, es la que se impone. Ahora imaginad un cruce de dos avenidas con 500 motos pasando la mismo tiempo (tu una de ellas), dando paso solo al que ha metido rueda en el cruce antes que tu. Begoña, convertida en reportera de guerra, se atrevió a grabarlo en video, mientras yo conducía por la famosa ciudad.

Aunque oficialmente se llama Ho Chi Minh, en honor al héroe de la independencia del dominio francés y fundador del partido comunista de Vietnam, todo el mundo sigue llamándole Saigón. Y no pude olvidar la canción que mi amigo Oscar “Rock & Roll” de López, le dedicara a la ciudad de los cabaretes y las putas, en la que la joven Margueritte se tiraba a “El Amante” chino, 15 años mayor que ella, y en la que Robert de Niro veía morir a su mejor amigo jugando a la ruleta rusa. Pero el Saigón actual poco tiene que ver con todo eso, y si bien sigue teniendo algunos edificios con encanto y puedes zamparte una sopa de cebolla gratinada y un magret de pato bastante bueno, por lo demás muestra menos interés que Hanoi. Y creo que vimos todo lo que hay que ver y lo que no, porque en eso la moto da una facilidad de acceso que no se tiene de otra manera.

Y así pasamos dos días, recorriendo sus calles, sus mercados, sus plazas, sus bares y restaurantes, sus monumentos y museos. No puedo dejar de hablar del museo de la guerra, en el que junto carros de combate, aviones y helicópteros americanos, se pueden ver un montón de fotos de cadáveres, de esas que valdrían para los dos bandos, porque los muertos no tienen bando. Un panfletito en forma de museo, con cámara de los terrores incluida (unos muñecos que mostraban lo mal que se portaron los franceses con ellos…). Tampoco del precioso mercado de Cholon (China Town) con el edificio de un mercado más bonito que he visto (excepción hecha de la fabulosa Plaza de abastos de MDC).

Los vietnamitas son bastante simpáticos; no te persiguen para venderte, por el contrarío, te ven como un estorbo y no tratan de engañarte en cada momento. Los taxistas ponen el taxímetro y te llevan, sin dar vueltas, a tu destino.

Posiblemente Vietnam tenga muchos lugares preciosos que no hemos visto y resulta curioso moverte, libremente, por una ciudad llena de hoces y martillos, banderas rojas, preciosos carteles de propaganda del partido, todo ello mezclado con tiendas de diseñadores italianos, McDonalds, y KFC (lo de los Kentucky debe ser por el parecido entre Ho Chi Minh y el rey del pollo frito). Pero a pesar de todo ello, he de reconocer que me ha decepcionado un poquito.

Amigos de la Alubia

 

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