Recibido el 16 de agosto de 2011
Panamá.
Por Pepe Domenech
Tras 9 horas de nubes y olas, por fin divisamos unas islitas como anuncio de la llegada al continente. Aunque en cuanto cruzamos la costa caribeña, en unos minutos ya nos habíamos salido por el otro lado. Este país es más estrecho que el cerebro de Leire Pajín. Yo esperaba ver ese pedazo de canal de Panamá desde el cielo como un hachazo cortando el país por el medio. Pero desde el airbus no se veía nada.
El conductor de la furgo que nos llevo al hotel tenía un acento de lo más neutro. Cuando se lo comenté me escupió “ coño soy de Barcelona”. Pero en los 56 años que llevaba en Panamá no se le había pegado ni hostias de acento. Lo mismo le pasaba al dueño del hotel, un gallego de Orense que tenía un acento que ya les gustaría a los nacionalistas del bloque. Aunque claro, solo llevaba 39 años... El que nos alquiló el coche era de Vigo. Y el dueño de la empresa de Orense. Ahora entiendo por qué a los españoles nos llaman gallegos...
Podría ahorraros lectura haciendo uso del lenguaje técnico que los de Medina utilizamos con tanta precisión para estos temas diciendo que las panameñas son feas. Pero eso no es hacer justicia. Cuando Botero pinta, no crea. Simplemente cierra los ojos y se imagina a una panameña. Yo pensaba que el gran negocio del país era su canal. Pero eso solo supone ciento cincuenta mil millones de dólares al año. La venta de polvos de talco tiene que duplicar esa cifra. Porque si no es imposible que las mozas del país se embutan en unos pantalones y camisetas tan pequeños convirtiéndose en morcones multicolor. Cristina Almeida parecería recién salida del desfile de Victoria secret comparado con lo que se ve por allí.
Fuimos a ver el canal. Si le pones un poco de agua al Zapardiel, le da
mil vueltas (y encima con vistas del castillo de la Mota...). Por le tamaño
de la exclusa lo deberían llamar canalillo. De hecho algunos más
importantes he visto yo en alguna cena en Casablanca...