Recibido el 19 de febrero de 2007
Esquí en L’Oukaimeden.
Por Pepe Domenech
La droga es la droga y el polvo blanco engancha más de lo que parece.
Hace años que caí rendido a sus placeres, y como cualquier yonki que se precie no he parado hasta no enganchar a mi esposa. Lo que no pensaba es que, en tan poco tiempo, ella iba a sufrir un mono tan gordo. Así que desde que llegamos a Marruecos no ha parado hasta conseguirlo.
La temporada de esquí en Marruecos es muy corta. Y hay que aprovechar las pocas semanas en las que hay nieve en L’Ouka, ya que el otro sitio donde se puede esquiar, es una percha en una cuesta a unos kilómetros de Ifran, bello pueblo alpino francés, situado en el Atlas marroquí. Pero L’Oukaimeden es una montaña de 3300 metros con una silla que te sube hasta lo más alto y desde donde se puede bajar hasta el pueblo, un desnivel de mil y pico metros. Aunque no hay máquinas para pisar la nieve, ni pistas balizadas, las huellas dejadas por otros esquiadores hacen de guía para no perderse.
El sábado por la mañana, cogimos nuestros bártulos esquiatorios y nos encaminamos hacia el pueblo del alto Atlas.
La carretera de Marrakech debería ser una autopista desde diciembre del pasado año. Pero por alguna razón que mi inteligencia medinense no alcanza a entender, las obras no han finalizado. Bueno, más bien no han empezado. Desde que mi amigo Luis Fernando, con Ferrovial, concluyera el tramo Casablanca-Settat, de 60 km, estos tíos solo han sido capaces de terminar la circunvalación de esta última. Vamos que faltan por abrir más de 160 km. Y la carretera es criminal, con un tráfico infernal de pijos Casablanqueses que conducen sus flamantes coches en los que han invertido, en muchas ocasiones, más de lo que tienen. ¡Pero el coche se ve, amigos!
Paramos a comer algo en Marrakech y nos lanzamos a recorrer los 70 km que nos separaban de L’Ouka. 90 minutos más tarde llegábamos al pueblo tras surcar una carretera muy bonita, con preciosos pueblos de adobe y pizarra marrón típica de la zona.
Nos alojamos en el Kenzi, el hotel más grande y mejor de la zona. Con el precio especial para la Cámara de Comercio, nos lo dejaron en 630 dirhams (57 euros) con desayuno.
Aunque el hotel lleva años construido y sin reformar, las habitaciones son cálidas y confortables. El hotel tiene forma de escalera con balcones frente a la preciosa montaña.
Cenamos en el Juju, un hotel supercutre pero con buena y abundante comida, y nos fuimos a la cama.
El día amaneció espléndido, lo que nos animó a levantarnos pronto, desayunar fuerte y presentarnos los primeros en el remonte. Pero la taquilla no abrió hasta las diez, es decir, con media hora de retraso. Los que esquiáis, ya sabéis lo que es ver la nieve y no poder hacer nada…
La nieve del Atlas puso a prueba mi técnica y mi forma física, pasando la primera con aprobado por los pelos y la segunda con MUY DEFICIENTE. Hacía años que no me cansaba tanto. Pero mereció la pena, eso a pesar de dejar mis nuevos Salomón con más cicatrices que Van Damme a media peli. Y la maciza también sufrió y disfruto lo suyo.
Salimos de vuelta a la una y media, con más hambre que once viejas. Paramos en un pueblo a comer un Tajine de pollo que estaba riquísimo, en una terraza con sillas de plástico y toldos de caña, muy limpia. Una rolliza jovencita nos sirvió una ensalada marroquí, tomate, cebolla y pepino, finamente picados, arreglados con aceite, limón, sal y una punta de comino y el mencionado guiso de pollo en la característica cazuela de barro con tapa cónica que le da nombre. De todos los que he comido, este ha sido el mejor ¿o quizás es el que me he comido con más ganas?.
Y luego a pegarnos con los carapijos de los Porche Cayenne y los Range Sport.






