Recibido el 10 de septiembre de 2010

Nairobi, Tsavo, Mombasa
Por Pepe Domenech

Como tenemos que volver a Nairobi para coger el vuelo de vuelta, si veo algo interesante os lo cuento en la próxima.

El viaje de Nairobi a Voi, puerta del Tsavo east, de unos 350km y unas 5 horas fue una experiencia en lo que avistamientos de accidentes se refiere. No sé cuántos camiones volcados, furgonetas, vehículos de todo tipo averiados por la carretera. Estos tíos se la pegan con una facilidad que acojona. Y no es de extrañar; si a los adelantamientos suicidas se suma la absoluta falta de colaboración y un más que parco amor a la vida, el resultado no puede ser otro que el que os he descrito. Otro tema es el del repostaje. El Misu que chupa más que el coche de Hamilton, y la práctica ausencia de gasolineras durante muchísimos kilómetros hacen que cualquier despiste se convierta en un problemita gordo. Yo llegué a una gasolinera por los pelos.

El Aruba Lodge está en medio del parque y son unas cabañas de piedra con una decoración bastante triste. También aquí éramos los raros del vehículo propio. El resto, en su mayoría italianos a los que descargaban como ovejas, les daban una vuelta para ver unos bichos, cena y mañana autocar y a otro destino. Me estreso solo de contarlo.

El parque no es tan famoso como el Masai Mara, pero si más grande (11000km2 contra 1500 del Mara). Tiene el tema mejor señalizado, por lo que nos decidimos a recorrerlo por nuestra cuenta (unos 400km en dos días) con buenos resultados en cuanto a bichos y fantásticos en cuanto a sensación de libertad.

Solo 150 km de carretera debíamos recorrer desde Voi hasta Mombasa, segunda ciudad de Kenia y, a priori, bastante más interesante. Y lo hicimos en poco más de dos horas y media. El hotel Royal Court, el mejor de Mombasa, es como el Idu Anfa de Casablanca, es decir, una mierda para el que busque un hotel de lujo, pero suficiente para nosotros. Seguimos los consejos de Curro y comimos en el Mooring, al norte de Mombasa. No creo haber visto un sitio más bonito. Un restaurante flotante situado en el último meandro de un rio con vegetación imponente, antes de desembocar en el Índico. La comida correcta, pero el sitio como para echarla larga. La noche siguiente cenamos en una playa de sur. La playa, una de esas paradisiacas, con un mar azul turquesa, una arena blanca como teta de novicia, y unas palmeritas de foto. Pero, como dice Mohammed Murffy, cuando algo es perfecto ya verás cómo llega un capullo y lo jode. El nuestro vendía pulseras, y se pego a nosotros en nuestro romántico paseo playero, desoyendo mis invitaciones a dejarnos en paz. Hasta que descubrió sus intenciones: tan pronto como le soltáramos unos chelines se iría con el coñazo a otra parte. ¿Chelines=Hostias? Con todo el dolor de mi corazón solté el hombro de mi amada esposa y me fui a cruzar unas palabritas con el caracabrón, en varios idiomas para que no quedara ninguna duda de mi mensaje, que en resumen se refería a la cantidad de nuevas pulseras que iba a poder hacer con cada uno de sus putos dientes si no desaparecía en ese instante. Que bien se entienden esos mensajes en cualquier lugar del globo y que pena que hasta que no te cabreas, no te toman en serio. Nos pusieron unas ostras con el bicho como un berberecho, recocidas y con una picada de ajo por encima. Me senté en el suelo en postura flor de loto, junte mis pulgares con los índices mientras gemía un Ommmmm tratando de tranquilizarme para no meterle cada una de las 12 ostras por el culo al, iba a decir “cocinero”, al asesino de los moluscos. Menos mal que solo nos quedaban 30 km de vuelta al hotel, conduciendo de noche por Kenia. Pero eso lo dejaré para la próxima.