Recibido el 25 de abril de 2006

Adiós Kiwis, hola OZ’s.
Por Pepe Domenech

En cuatro horas nos plantamos en Melbourne. Ya había reservado por Internet uno de esos hostales mochileros a los que tanta afición estamos cogiendo. En el aeropuerto hay unos pequeños autobuses con remolque para el equipaje, que te llevan a los hoteles y hostales. A nosotros nos dejo a la puerta del Base Backpackers, lo más Top fashion que he visto hasta el momento. Situado en St Kilda Beach, que es la zona de lío, al lado de la playa, de los bares, restaurantes y lejos de los museos interactivos.

Melbourne es una ciudad, más al estilo al que estamos acostumbrados. Tiene grandes avenidas, rascacielos en el centro, zonas comerciales (como la calle Padilla), Y mucha gente por todas partes. El domingo compramos un bono, por 2,5 AUD (250 pelas) que sirve para moverte por toda la ciudad utilizando tranvías, trenes y buses. Pateamos el centro, que estaba hasta la bandera porque aquí, como en el resto los países que hemos visitado, los domingos abren todas las tiendas. Pero hay que recordar que unos cuantos siglos antes de que estos países existieran, eso ya lo hacíamos en Medina. ¡Qué copiones! Y esto da una alegría al domingo que los de la capital del mundo bien sabemos.
La verdad es que está mejor de lo que esperaba. Tiene cerca de 4 millones de habitantes, pocos menos que Sydney, que viven en casitas unifamiliares en extensísimos suburbios. A primera vista, los OZ’s parecen vivir muy bien. La mezcla es bestial, con una población asiática que tan solo había visto en Vancouver. Solo decir que el alcalde de Melbourne es chino. Aunque la mayoría sigue siendo de rubios anglosajones de los cojones (me he hecho poeta) que hablan como buhoneros de feria y hacen deporte, o al menos compran cosas para hacerlo, porque no he visto en mi vida ni la cantidad ni el tamaño de tiendas de deportes que gastan estos tíos. (la de Nike para tías es como un Zara, no os cuento la de tíos). Lo que si que hay es más vagabundos que en NZ. Aunque en estos tiempos que vivimos la identificación del vagabundo se ha vuelto bastante difícil. Pero tengo un sistema: Si un tipo se encuentra hablando solo en un banco, puede ser uno de ellos. Si calza unas deportivas blancas, en buen estado, sin nada plateado o dorado, las posibilidades aumentan. Si lleva unos vaqueros que no dejan ver el calzoncillo, de color uniforme, sin manchas de grasa ni agujeros en la rodilla, las probabilidades son altísimas. Si, además, lleva una camisa por dentro del pantalón con menos de tres botones desabrochados… ahí lo tenéis, un vagabundo.

Como llegamos una semana después que Fernando Alonso ganara el gran premio de Australia, pues entramos en una tienda de camisetas y gorras dedicada al evento. Miré las del equipo Renault, pero ese azul marica ilusión con detalles en amarillo nuclear no se lo puede poner una persona normal (ni yo tampoco, Jesús) así que nos decidimos por las genéricas del gran premio, algo menos feas.

El primer gran dilema es ¿Qué cojones vamos a ver en este país? Australia tiene una extensión similar a toda la unión europea (la de 25). Por ejemplo: de Perth (Oeste), al Cairns (noreste) hay 6800 Km. Una posibilidad era coger un montón de aviones para tocar un montón de tainas, pagando un montón de dinero. La otra elegir una zona y dedicarnos a ella los 18 ó 20 días que íbamos a estar aquí. Nos decidimos por la costa este, que tiene las otras dos ciudades importantes de país, Sydney y Brisbane, y Queensland y su famosa barrera de arrecifes.

Compramos unos billetes para Cairns por 300AUD (180 euros) cada uno y, tras cuatro horas de vuelo, aterrizamos en la ciudad más famosa de la región. Por 70 AUD encontramos un Hotel, el Koala. Una habitación con su salón con cocina, su baño y su dormitorio. ¡Y en todo el centro! (un chollito de vez en cuando no está mal)
Lo primero fue organizar actividades. Esto es fácil, porque todos los hoteles, tanto aquí como en Nueva Zelanda, hacen de agencia de viajes y te hacen todas las reservas. Al día siguiente cogimos (que no Mariano, que no lo jodimos, solo lo tomamos) un catamarán de vela de 25 metros de eslora, que nos llevaba al arrecife para bucear un poco. La sensación de ser impulsado por el viento a una velocidad considerable en un barco de ese tamaño mientras su doble casco rompía olas que calaban a la gente, es DE PUTA MADRE, lo malo es que solo duró 15 minutos, el resto a motor. Luego en el arrecife te daban un curso de buceo de 5 minutos, te ponían las botellas y ¡a bucear! Y luego hablan del tercer mundo. En la República Dominicana, como en el resto del mundo, no te dejan meterte en el mar sin haber pasado, primero, por la piscina y haber aguantado unas cuantas horas de rollazo. Ese es el motivo por el que nunca nos habíamos animado. Como habéis visto todos los documentales de la 2, pues ya sabéis lo que hay, pero he de reconocer que la sensación de ingravidez, de moverte en tres dimensiones nadando con bancos enormes de peces de colores, de ver conchas como pilas bautismales, pero con bicho dentro, y todo esos corales de colores…¿Pero por qué cojones me gustará todo? ¡Y a la maciza también!

Al día siguiente, nos pasaron a buscar a las 4:15 de la mañana para acabar con una de las frustraciones de Nueva Zelanda: Montar en Globo. El día era criminal, estaba lloviendo y la cosa no estaba nada clara. Pero tras hora y media de minibús hacia el interior, había dejado de llover y pudimos volar. Es tan suave, tan suave que apenas te das cuenta y ya estas a mil metros. El silencio total, solo turbado por los quemadores de propano, y la visión panorámica de un campo verde, produce una sensación de paz que hace que la hora escasa de vuelo se pase en un suspiro. Muy recomendable.

Después, la idea era alquilar una autocaravana y bajar hasta Brisbane (2000 km) o Sydney (3000). Pero no habíamos tenido en cuenta que era semana santa y que aquí la celebran (solo me faltaba oírles cantar saetas), por lo que la disponibilidad del vehículo favorito en estas latitudes, era nula.

Finalmente encontramos un Ford Falcon, un coche enorme de 3.5 l, completamente nuevo que nos dejaron, después de llorar un rato, en 750AUD por 8 días. Y con él nos dirigimos a Townsville, una ciudad mayor que Cairns (150000 australianos), pero que resultó más aburrida y con menos encanto. Tras mucho buscar, encontramos una habitación sin baño en un hostal. La verdad es que no estuvo mal. El coñazo es si tienes que expulsar las cervezas a media noche. Pero en peores nos hemos visto.

Por la mañana, de camino a Withsunday, el paraíso de la vela.

 

Amigos de la Alubia

 

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