Recibido el 22 de agosto de 2011-08-26

Medellín
Por Pepe Domenech

Tenemos prejuicios. Hagamos un ejercicio sobre qué pensamos de Colombia: Juan Valdez con su burrito, los guerrilleros haciendo bajar a los pasajeros de una guagua, tiroteo entre narcos y polis en Medellín...

Desde que sales de Cartagena sobrevuelas un país verde, verde, verde. La ruta del aeropuerto a Medellín es una bonita carretera de montaña. Las casas, bares y talleres que hay en la carretera tienen buena pinta. Y mejor aun la ciudad cuando entras en ella y circulas por sus limpias calles con buenas aceras, tráfico ordenado, y modernos edificios. Desde luego nada parecido a lo que esperaba de esta urbe de 3M de almas, la segunda mayor del país.

No hay duda, el mejor clima del mundo es el de Canarias. Hasta el año pasado cuando anduvimos por Kenia, pensaba que el clima primaveral se correspondía a una formula de isla cercana al trópico o ciudad costera en esa latitud. En Kenia aprendí que la húmeda y calurosa zona tropical cambia drásticamente gracias a la altura. A más de 1000 mts el clima se vuelve fantástico. Medellín está a más de 1500 mts. Sus máximas no superan los 27º en agosto ni bajan del los 24º en diciembre. Sus mínimas se sitúan entre los 17º y los 14º. Como Canarias pero sin humedad. Le llaman la ciudad de la eterna primavera.

Estábamos alojados en el hotel Plaza rosa (al que se ría le doy dos hostias), en la zona rosa del Poblado. En Colombia se llama zona rosa al barrio donde están los restaurantes, bares... El Poblado es la zona chachi-pija de Medellín, con centros comerciales, macizas con aspecto europeo, zonas residenciales. La sensación era como la de andar por una ciudad chula europea. Solo un detalle delata que no estás en Europa; todo el mundo es blanco, blanco, sin piercing ni tatuajes.

Los paisas (que es como llaman a los naturales de Antioquia) son tranquilos, educados y poco ruidosos. En su moderno metro apenas se les oye y hablan entre ellos muy bajito. Están siempre dispuestos a ayudarte y no parecen peligrosos, en absoluto. De hecho les tiene bastante cabreados la imagen que la prensa ha dado de la ciudad y sus ciudadanos. Aunque algún hijoputa si que hemos conocido. Se trata de un taxista que se emperro en darnos una vuelta por una carretera hasta que se me hincharon los mismísimos y le obligue a dar la vuelta antes de que llegáramos a Venezuela...

Nos metió un sablazo de 22000 pesos (9 euros) que es 4 veces más del precio normal por la carrera. Menos mal que no nos va a sacar de pobres...

Cuando montas en el metro y te alejas del centro el paisaje empieza a oscurecerse. Me refiero al rostro de los pasajeros. Y se vuelve más complicado entender lo que dicen. Pero sigues sin sensación de peligro y la amabilidad es acojonante. Veremos cómo es Bogotá.