Recibido el 12 de junio de 2006
Gracias.
Por Pepe Domenech
Cuando planeamos este viaje pensábamos que era una oportunidad única para realizar un sueño que poca gente puede llevar a cabo. Porque algo así exige tiempo, dinero y salud. Y casi siempre nos falla alguno de estos requisitos cuando no varios.
Pensábamos que seria bonito pero que exigiría un esfuerzo; que habría momentos duros, de aburrimiento, pero que la experiencia merecería la pena.
Estábamos equivocados en gran parte del planteamiento: No ha habido ni un solo momento duro, ni ningún problema, ni un solo momento de aburrimiento.
Por el contrario el viaje ha sido mucho más divertido y fácil de lo que esperábamos. Me explico:
Creíamos que encontraríamos sitios decentes para dormir pero que, de vez en cuando meteríamos la pata y nos instalaríamos en un cuchitril de pena. Nada de nada; los hoteles han estado de cine. Unos en el sentido que todos entendéis, de hotel normal, con su piscina, sus habitaciones chachis, sus botones y camareros... Otros por estar situados en sitios fantásticos, con mucha gente viajera, y en los que compartir una taza de café o un poco de conversación, resulta más fácil. Todos ellos muy limpios y con todos los servicios que necesitas para que tu estancia sea placentera.
Suponíamos que sería entretenido callejear, ver monumentos y gente, pero no pensábamos que, además, fuéramos a realizar tantas actividades entretenidas, muchas de ellas de las que no crees que vayas a hacer nunca.
Pensábamos que los viajes, algunos de ellos de más de 11 horas, se iban a hacer pesados, con las esperas de los aeropuertos, los retrasos, y las puñeteras plazas incómodas a las que solo les falta una comida “de avión” para jorobarte el día. Pero los aviones de Air New Zealand y de Singapore Airlines son cojonudos. Además hemos hecho todos los vuelos en salida de emergencia y la comida ha estado mucho mejor de los esperado. No hemos sufrido retrasos y hemos aprendido a disfrutar en los aeropuertos. En los viajes tradicionales, el tiempo en el aeropuerto se convierte en “robado a las vacaciones”. Sufres ansiedad y parece que el avión no va a salir nunca. Pero para nosotros el aeropuerto se ha convertido en otra curiosidad de la ciudad y hemos visitado sus tiendas y cafeterías, observado a la gente, conectado a Internet y visto la tele local como si de otra atracción turística se tratara.
Es, quizás, esa no preocupación por el tiempo la que da calidad al viaje. Unido a la no obligación de verlo todo. Cuando haces un viaje tocatainas, en el que te haces esclavo de la Loney Planet o la Routard, o simplemente sigues los dictámenes de un guía, pasas por encima del país, lo sobrevuelas, pero no tocas tierra firme. He aprendido que tomar una bia hoi en un taburetillo de plástico en plena calle de Hanoi me resulta mucho más reconfortante que ver diez templos y cuarenta budas. Y que los monumentos son más bellos cuando te chocas con ellos que cuando los buscas.
No me he vuelto Sánchez Drago diciendo que me he convertido en
Viajero. Soy el mismo turista pero aprendiendo.
Sabíamos que nos defenderíamos bien en el viaje, porque ya teníamos
experiencia viajera. Pero todo ha sido facilísimo. Hemos conocido a gente
majísima, algunos espontáneamente otros, como Jose y Mehr, por
referencias y todo el mundo nos ha tratado muy bien. Por eso quiero dar las
gracias a todos los que nos han ayudado y acogido, a los que podrán leer
esto y a los que no porque nunca llegamos a saber ni su nombre. Y a todos vosotros
por haberos dejado copiar en mis historietas sin protestar. La sensación
de poder contar lo que sientes a alguien que te escucha ha dado un aliciente
extra a este viaje. Y cada email que he recibido dándome ánimos,
me ha servido de estímulo. Ya me conocéis, me pasa como a Mario
Cabré, que disfruto más de contarlo que de hacerlo.
El otro problema que podía presentar el viaje es la convivencia. Porque aunque lleves muchos años con tu mujer, nunca te has expuesto a una convivencia tan estrecha y prolongada. Tres meses, día y noche juntos, con todas las vicisitudes de un viaje, no parecía, a priori, fácil de llevar. Pero yo tengo una suerte increíble. He disfrutado de la mejor compañía que nadie pueda tener para un viaje como este. Siempre ahí, abierta a nuevos planes, animándome para cualquier actividad, probando nuevas comidas… por que el de las comidas puede ser otro problema. Alguien problemático con el papeo puede llegar a sufrir bastante en un largo viaje como este. O al menos perder una parte importantísima del disfrute de viajar. No creo que uno de esos viajeros de McDonald o Pizza Hut pueda entender nada del país que visita. Ni tampoco comiendo en tres estrellas Michelin. Alguien que come en el Bulli no puede decir como se come en España. El estar abierto a probar la comida callejera, o de menú del día, eso que comen los locales a cualquier hora, a parte de un enriquecimiento cultural, supone una experiencia sensorial inolvidable. El propio Ferran Adriá, que viaja todos los años por países exóticos, reconoce disfrutar más y encontrar más ideas en la calle que en los grandes restaurantes. Estos se han convertido en algo tan ajeno al país como las cadenas de comida rápida.
Nada me haría más feliz que saber que todos vosotros disfrutáis de una experiencia como esta. Si mis historias os han servido para reavivar vuestro interés viajero me doy por satisfecho. He aprendido, con algunos de vosotros, a viajar, a disfrutar y a reírme y sé que habéis disfrutado y reído conmigo en este viaje.
Alguien dijo que el que no viaja es como el que solo lee una página
de un libro. La putada es que el libro es demasiado gordo para terminárselo.
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