Recibido el 27 de marzo de 2006

Las misiones y Los Ángeles.
Por Pepe Domench

Tranquis, que no me ha dado por la teología ni me he hecho del Opus.

Solo que, como anticipaba Ramón, hemos llegado a la costa sur y, con ello, a las misiones que los españoles se dedicaron a montar por esta zona. Y no fueron pocas, toda la costa sur esta plagada de nombres de santos y santas, aunque no he encontrado a San Antolín.

Hay algo contrad ictorio, si los españoles estaban liados exterminando indios, ¿Para quién cojones eran las misiones? Porque no hay ni una mención positiva a los ibéricos por ningún lado. Solo alguna cifra con los indios enterrados en tal misión. Pero coño, si yo creí que nos los comíamos. Si los misioneros hubieran sido italianos o franceses, la historia se habría escrito de otra manera…

Los pueblos son bonitos, tranquilos, con todo el equipamiento de serie, sin macizas y con muchos hoteles y moteles. Dormimos en Buelton, al lado de un pueblo construido por los Daneses que se llama Solvang y que es el sueño de los nórdico. Un pueblo de Dinamarca pero con el clima del sur de California y con el nombre de Christian Andersen por todos los lados. Cenita con vino californiano, muy rico, y un solomillo que ganas tuve de subirme a la mesa y darle una ovación a la vaca.

Por la mañana, fuimos a Malibú y comimos en un famoso bar de carretera, el Neptuno’s Net, tipo Romerijo pero en malo, y parada obligada para los amantes de las Harlley. La playa de Malibú es un cagao con casas apoyadas en la carretera y apuntaladas en la, escasísima, arena de la playa. Lo único que la hace famosa son los chavales embutidos en neopreno, cabalgando las olas. Y doy fe de que lo hacen.

Luego a Santa Mónica, a la playa de las vigilantas. Y aquí si que si…que tampoco. No es que pensara ver a Pamela Anderson con su bañador rojo, pero una macicilla en Santa Mónica. Al final va a resultar que hay más macizas en Benidorm en Noviembre que en California. (Menos mal que al menos pude fotografiar a Vigilanta de Iscar) La playa está muy bien, con un paseo tremendo, las casetas de los vigilantes, los patinadores, mucho césped, y hoteles caros. Serán cabronazos que te clavan un pastón por dormir y te cobran la conexión a internet. Lo se porque estaba aparcado al lado de uno, me conecté para hacer una reserva en un Motel en Los Ángeles y me sale un mensaje diciéndome que tengo que pagar 10$ para conectarme. Menos mal que me dijo que lo podía cargar a la habitación, la 314, y claro, dije que si. Me pidio el nombre, puse John Smith, y pude hacer mis trámites. No me digáis que no es cojonudo poder sacar el ordenador en el coche, hacer la reserva en tu próximo destino a un precio de puta madre y luego meterle el nombre del hotel al GPS y que te lleve sin tener que volverte loco. Porque lo del GPS, algo totalmente nuevo para mi, es un invento del copón. Los que lo tenéis ya sabéis lo que os digo, los que no, pues nada, poner una dirección y seguir las instrucciones de Marta. Es verdad que te da algún susto, si no estas seguro de poner la dirección correcta, pero cuando le coges el truco va de cine. Espero que los mapas que he “adquirido” en Internet de Australia, vayan tan bien como los de California (de la misma tienda…).

Luego a Los Ángeles a un Motel Super 8 situado es Sunset Bvd, Si, si, la calle donde viven los ricos pero en el nº 1300. Los ricos viven a partir del 12000, es decir, a 20 km.

Ya os contaré lo de Hollywood, y como Jose, un amigo guitarrista de Paty, nos arreglo la estancia en la mayor urbe de California.

Recibido el 31 de marzo de 2006

Esto es Hollywood.

Los Angeles, LA como lo llaman los yankies, es diferente al resto de California. Es una ciudad tremenda, con más gente, más tráfico y más lío de lo habitual en este país, aunque menos de lo que esperaba. En el aeropuerto anunciaban que el 50% de la población habla español. Pero hay gente de todas partes.

Lo primero fue dar una vuelta por nuestra calle, Sunset Bvd, que duró como una hora en coche, y eso que nos rajamos a la mitad. Cena en pizzería pija y a la piltra.

Al día siguiente, a Hollywood. Como el famoso letrerito se ve desde kms, pues apuntamos el morro del Monte Carlo hacia arriba y en marcha. Tuvimos que dar la vuelta un par de veces subiendo las colinas de Hollywood antes de encontrar un camino acertado. Y tanto que lo fue. Por unas empinadas calles llenas de casas del copón, por fin llegamos a un descampado desde el cual el letrero quedaba a tiro de piedra. ¿Tanto lío para una puta foto? Pues si, pero ¿Quién va a la meca del cine y no se hace la jodia foto?

Pero ahí no acaba la horterada, luego al paseo de la fama, lleno de estrellitas en el suelo con el nombre de todos los artistas que en el mundo han sido y muchos de los que no. Da pena ver el nombre de los grandes clásicos acompañados por el de gente que no conoce ni su padre o, aún peor, de los que conoces y no sacarías ni en un programa de Sardá. También vimos el teatro chino con todas esas manos inmortalizadas en el cemento y en el que, tres años antes de su nacimiento, el nombre del más famoso artista medinense ya había sido escrito (mirar foto). Y el Kodak, sin alfombra roja, pero con la placa de todas las ganadoras del Oscar a la mejor película. Aunque debe haber algún error, porque por más que miré no encontré ninguna de la saga Torrente.

Como os comenté, Paty (chispi pequeña), me dio el teléfono de un amigo suyo de Salamanca, que vive en LA. Y le llamé. El chaval se llama Jose y es uno de esos virtuosos de la guitarra eléctrica, que se fue a LA a completar los estudios del diabólico instrumento. Está casado con una bella y simpática iraní que, casualmente, había sido su profe de inglés en Salamanca. Luego, ya se sabe, quedar, cenita, borrachera y la chispa del amor. Y boda en Las Vegas en la capilla de Elvis, con guitarra en bandolera (o se es rockero o no se es). Jose es músico profesional y toca en varios grupos, pero tiene uno propio de Heavy Metal, de eso que pones el disco y todos los vecinos llaman a la poli. Pues él y su encantadora esposa tomaron las riendas de nuestra visita a LA y nos enseñaron todo. Vimos Muholand drive, (recordaréis la película de David Linch. Si alguien la entendió que me lo cuente) una carretera que se desliza por las colinas de los Angeles que parten en dos la superurbe. Y por la noche es un espectáculo memorable. Luego cenamos en el Rainbow, un bar mítico de Sunset Bvd, lleno de tíos superockeros y requeteheavies, muchos de ellos que superaban con creces mi edad, e incluso la de Paco Ruedas, con unas pintas que alucinas en colores, con sus pelos, sus pinchos y hasta algún leopardo. Vamos, más nostálgico que un grupo del Barca viendo la vitrina de LA copa de Europa. La comida estuvo bastante bien, con una ensalada china de pollo que es lo mejor que he comido en el país de los Beach Boys. Pero jamás he visto a gente gritar más. Un bar español parece una procesión de semana santa en Pucela si lo comparas con los dB que había en el establecimiento. Jose me explicó que el motivo, al tratarse de músicos, es que están como tapias de escuchar su propia música en los monitores a todo volumen.
El domingo, la pareja nos pasó a buscar por el hotel y nos llevaron por Hollywood, a ver Rodeo drive y el hotel de Pretty Woman, y Beverlly Hills y casas y casas de ricos.

Luego a Venice Beach, una playa que tiene un montón de chalets entre canales y que habéis visto mil veces en pelis (es la que tiene gimnasio en la calle). La ganadería asistente era digna de un capítulo del National Geografic. (Ojo a la foto de “Jesús ayúdame a conocer a Jodie Foster”)

Luego estuvimos en el precioso y fantasmagórico down town de Los Angeles. Fué abandonado de su cometido comercial y financiero hace varias décadas, cuando decidieron aprovecharse del auge de Hollywood. Ahora es un barrio latino donde las bandas se ganan su posición a tiros. Pero las inmobiliarias están dispuestas a cambiar la situación y han comenzado a rehabilitar los preciosos bloques Art Decó para convertirlos en loft de lujo. Allí, Mehr y Jose, han comprado un apartamento en un fantástico edificio en fase de arreglo. Mehr aprovechó su condición de agente inmobiliaria para encontrar la joya.

Terminamos, por la noche, en un bar de mejicanos, con camareras semiputas y que resultó ser de un español (supongo que Carlos Rochas) tomándonos un montón de cervezas de despedida.

Por la mañana, aspirina y a Long beach, para seguir viendo como viven los ricos. Me gusto mucho la urbanización con muelle y yate a la puerta de cada chalet. También vimos el Queen Mary, convertido en hotel y amarrado junto a un submarino ruso, de unos desertores, que tienen como trofeo (si, el de la película de Sean Connery)

Y así terminó nuestra aventura californiana, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, esperando el avión que, en algo más de 11 horas, nos pondría en el paraíso…

Pido disculpas por los posibles errores en los nombres, pero nos vamos dejando por el camino todos los mapas y guías para no parecer una mudanza. Y también por no saber explicar que es una semiputa o una semivirgen, pero haberlas haylas.

Amigos de la Alubia

 

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