Recibido el 2 de diciembre de 2009
Lisboa.
Por Pepe Domenech
Siempre me ha gustado Portugal y teníamos Lisboa en la recamara para algún puente. Así que aprovechando la fiesta del cordero o “día del exterminio ovino universal” decidimos huir de Marruecos.
Sabéis que estoy en contra de estereotipos, tópicos y otras mierdas y me encanta cargármelos en cuanto tengo oportunidad. Esta vez no siempre ha sido posible.
Exceptuando en el tercer mundo, no había visto un ambiente más pardillo en ningún aeropuerto, incluyendo el de Barajas, que ya es mucho decir. Por otro lado el aeropuerto lisboeta es bastante joven de edad, pero viejo de mantenimiento. Viejo y oscuro. Parece que, como en mi país de residencia, el mantenimiento es bastante malo. Luego pude comprobar que no es un problema exclusivo del aeropuerto. Pero también tiene sus cosas buenas; al estar casi en la ciudad (cuando aterrizas parece que lo vas a hacer en una calle) el transporte es baratísimo, 1.40 euros hasta Rossio en la línea de autobuses y en algo menos de 30 minutos.
Allí teníamos el hotel Gat Rossio, que pillamos por internet y por el que nos decidimos por su edad, apenas unos meses, y por su localización, en el mismísimo centro de Lisboa. El hotel intenta ser de diseño y se queda en seudofashion. Porque han confundido el motivo principal del diseño, la funcionalidad, y lo han sustituido por las mariconadas. Me explico: Tras el vuelo, el autobús y sobrevivir al mareo que produce el pasar por recepción, con un papel pintado de figuras geométricas que se te queda el cerebro como al presi del barca, mi vejiga se fue cargando hasta estar a punto de reventar. Así que, en cuanto entré en al la habitación, empujé con el pie la puerta del baño mientras con las manos sacaba la minga para poder orinar urgentemente. Y así lo hice, pero al instante me di cuenta de que el baño tiene un balcón acristalado por el que pude ver, a pocos metros, como las vecinas miraban a un medinense meando como si tal cosa. Pero ahí no acaba el tema; el lavabo está puesto delante del balcón y el baño no tiene ni un puto espejo. Como yo me afeito con eléctrica y mi señora tiene una belleza natural que no precisa de aditamentos, la falta de espejos no nos supuso un problema muy grave, pero los amigos de la Gillette, o del Patrico, o a las de Max Factor ¿cómo cojones lo harán? Para terminar, la ducha no tiene colgador de la alcachofa, bueno en este caso nabo, que es la forma superchachi que tenía, sobre todo para los que decidan hacerse limpiezas “a fondo”. Tampoco tiene una balda para poner el gel, que hay que dejar en el suelo y para terminar de fastidiarte, la temperatura del agua es incontrolable, por lo que debes estar regulando el grifo continuamente. La foto: un mano en el nabo… de la ducha, la otra en el grifo y el gel en el suelo… (que tendrías que coger con el otro nabo). Por lo demás el hotel es chulo, el desayuno está bien y las recepcionistas están macizas, que también ayuda.
Lisboa es preciosa. Quizás sea la ciudad más bella de la península. Y tiene un sabor que ya es difícil encontrar en España. Algunas veces demasiado. Parece que el escaparatismo no es la especialidad portuguesa y hay tiendas y escaparates que no se ven en España desde que la madre María me tiraba de las orejas en el parvulario.
Toda la ciudad esta adoquinada con unas preciosas piedras de corte irregular en blanco, con algunos dibujos en negro. Muy bonito pero jodido para las macizas que pretendan llevar tacones y peligroso para cualquiera cuando llueve. Tanta afición tienen a su pavimento que lo han puesto hasta en el Metro. Milagro que no lo hayan colocado dentro de los trenes.
Algo que no tiene discusión es que en Portugal y por tanto en Lisboa se come de cine… ¿o sí que la tiene?:
Los portugueses usan cilantro, una yerba muy utilizada en los países del tercer mundo, al parecer, por sus efectos antisépticos. Y así lo sufrimos tanto en Marruecos, como en la India, y en tantos otros países subdesarrollados. Y digo “sufrir” porque la puta yerba es un mata sabores que aniquila todo lo que toca. Primera cena: caldereta de langosta, con cilantro y bacalao a la portuguesa (lo del bacalao lo dejo para luego). Primera comida, arroz de marisco, con cilantro, y dorada rebozada. Segunda cena, tostada de queso de cabra, revuelto de chorizo y cordero guisado…, con cilantro, Segunda comida: Sopa de pescado, con cilantro, y bacalao a la brasa. Tercera cena, Almejas a la marinera, con cilantro, y buey de mar. Y ahora llega el momento de cagarme en su puta madre. ¿Pero no hay alguien que les traiga un poco de perejil del otro lado de la frontera?
No hay nadie más amante del bacalao que el que suscribe. Y Portugal es el paraíso del pescado seco. En esto no me han sorprendido, porque lo opinaba desde mis primero viajes portugueses: de sus 300 recetas de bacalao ni una se acerca, ni por asomo, a un pilpil, una vizcaína, un ajo arriero... No digo que no me guste el bacalao en Portugal, pero ese mito bacaladista… En España habrá menos recetas pero sacamos música del pez desalao.
La segunda cena, en la Taberna Ideal, merece un comentario especial. Nos la recomendaron como fenomenal y, tras la obligatoria reserva, nos presentamos en el localito del bario de Santos. Un sitio que solo puede dar cenas porque no aguantaría la prueba de la luz natural. Nos recibió un callo con peinado moderno tapándose la cara (desgraciadamente no lo suficiente) que nos dio nombre y apellidos propios y ajenos (de toda la plantilla) y unas explicaciones como si fuésemos a realizar un viaje espacial: “esta es una taberna puramente potugueisa con artículos 100% portugueisos menos, desgraciadamente, la coca-cola por la que hemos tenido que claudicar”. Ante tal alegato nacionalista me entraron unas ganas de pedir una botella del almibarado refresco gaseoso, de la hostia, pero me decidí por una botella de vino. “¿qué vino quiere? -Una botella de Ribera de Duero-. Me miró horrorizada y, con la mejor de mis sonrisas le dije que era broma y que me trajera el vino que le saliera de su, seguramente, poco depilado chirri. El vino y la cena fueron estupendos pese al cilantro del cordero y al continuo sobeteo de cursillo de “sé cercana a tus clientes” que el callo y su socia habían recibido.
En la, al parecer, famosa marisquería Pinoquio, nos atizaron unas estupendas almejas a la marinera, que me comí apartando el cilantro como buenamente pude, y un buey de mar cojonudo, aunque se les ocurrió la idea de mezclar todo el interior del cuerpo con mayonesa DE BOTE. Las almejas, el buey y una botella de Cabernet corriente rondaron los 100 euracos, que no se corresponde con el “baratísimo” del que habla la gente cuando se refiere a comer en el país vecino.
Espera, espera, que ya me imagino el rollo ese de “este gilipollas de Pepe dónde cojones se habrá metido; si hubiera ido al tal o al cual no diría esas cosas”. En Lisboa me molesté más de lo que acostumbro en informarme de dónde ir a comer. En un sitio se come bien por el promedio de sus bares y restaurantes. Hay un restaurante supercojonudo en todas las ciudades y ese no representa a la gastronomía local.
Por cierto, el festival de aperitivos que te ponen en la mesa cuando llegas es para “ver si picas”, porque plato que tocas plato que te cobran.
Desde que volví de nipolandia ando jodidillo con unos espolones calcáreos que no me permiten grandes caminatas. Por eso accedí a la idea de Begoña (más amiga que yo de los deportes de riesgo) de montarme en unos de esos autobuses descapotados llenos de guiris con cámara en mano y gorro del Coronel Tapioca. Si tenéis que elegir entre el autobús o que os amputen las dos piernas, elegid la silla de ruedas. La madre que los pario; te montas en el cacharro, en el que no hay sitio para sentarse, y cuando estás hasta los mismísimos te bajas, total, como puedes montarte en el próximo que pase. Así que ahí estás tú con tu bono-putobus, esperando a que aparezca otro cacharro para huir de allí. Lo que no te dicen es que tardará más de una hora…
Releyendo lo escrito creo que me he pasado de negativo. Lisboa es fantástica, los portugueses son simpáticos y educados y está tan cerca que es una pena no hacer una visita de vez en cuando. Y se come bien… pese al cilantro.
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