Recibido el 12 de septiembre de 2010

Lamu
Por Pepe Domenech

Habíamos decidido hacer el vuelo a Lamu desde Malindi en vez de Mombasa y tener así la oportunidad de hacer algunos kilómetros más de costa. En el aeropuerto nos esperaba un tío que iba a recoger el Pajero. Me despedí de él con cierta nostalgia, como un padre que se despide del cabrón de su hijo que se va a estudiar al extranjero y en ese momento solo recuerda aquella vez que le sonrió. El aeropuerto de Malindi, más bien perece una estación de autobuses de pueblo pequeño. Además de no tener ni que identificarte para facturar, eres tú quien llevas las maletas, casi hasta el avión.

El turbohélice, tardo media hora en llegar a Lamu, con una azafata que parecía prima de Rihana, con unos ojos verdes que contrastaban sobre su oscura piel, y que es la excepción que confirma la regla de las kenianas. La visión aérea de Lamu es espectacular, a la vez que inquietante; una frondosa vegetación solo rota por los canales cuyos meandros dibujan los manglares de la isla y, nada más. Creí que estaba en la isla de los famosos y que iban a tirarnos del avión en marcha. Por fin divisamos unas casitas y allí, aun no sé dónde, aterrizamos. Esto no era un aeropuerto era la parada de burros de un pueblo de mierda. Ni siquiera había un sitio cerrado para esperar las maletas. Un elemento con un cartelito de “Banana House”, nos esperaba con dos porteadores que se echaron las maletas al hombro y se dirigieron por un camino hacia… el mar. Allí un fueraborda, nos esperaba y nos llevó, a través de un canal de un par de kilómetros de anchura a nuestra “Casa bananera”, muy bonita, acogedora, con amplias habitaciones y todas las ventajas e incomodidades de este tipo de sitios (los que conocéis los riad en Marruecos sabéis de lo que hablo).

Yo hace 3 semanas, no sabía que había un sitio en el globo que se llamara Lamu, y desde luego que no habría sabido situarlo ni en el continente correcto. Lo que más jode es que, una vez allí, llegas a pensar que eras el único español que desconocía la existencia de la isla. Ya alejado claramente del Homo sapiens sapiens, el español, homo culo inquietus, supone un porcentaje mayoritario del turismo de la isla africana. Con todo he de decir que el número de guiris en Lamu es bajísimo.

No sé cómo sería Menorca o Formentera en los 60, cuando los hippies con pasta tocaron tierra. Quizás fuera algo parecido a esto. Lamu es unos de esos escasísimos paraísos que quedan en el planeta. Jamás he tenido una sensación de paz y tranquilidad parecida en mi vida, incluso más que en Kerala. El único vehículo terrestre es el burro, que puedes ver a cientos por todas partes, trotando a su bola, o cargados como idem, o maltratados por algún niño o adulto. Aprovecho para invitar a la asociación anti taurina catalana que, ya que llevan un burrito pegado en el maletero (y otro al volante), se vengan a Lamu a insultar a los negros maltratadores de su amado animalito, si tienen cojones.

La única forma de moverse por la isla, además del coche de San Fernando, es en un fueraborda o en unos preciosos barcos de vela tradicionales, que son una autentica gozada y que puedes contratar para pasear plácidamente, pescar e ir a alguna playa inaccesible. Después de una de esas excursiones, un ciego francés acompañado de su hija discutía acaloradamente con el patrón de un barco porque no les había llevado a ver unas ruinas en Mandatoto, a lo que la maciza me comentó, “si quiere ver ruinas tendría que haber ido a Lourdes, ¿No?”. No digáis que somos malos, que el ciego gabacho nos había metido una soba, en una playa donde coincidimos, sobre la mierda que es Barajas, que si Iberia es la peor compañía del mundo, que si prefiere dar la vuelta al mundo antes de hacer escala en España. Y aunque tenga razón, lo que jode que te lo diga un francés ¿qué?

Si alguna vez buscáis algo realmente relajante, este es el sitio. Pero daros prisa que seguro que en unos años también lo habremos jodido.