Recibido el 26 de agosto de 2009

Made in Japan
Por Pepe Domenech

Tópicos sobre Japón:

Los japoneses son muy serviciales: Horroroso. Cuando entras en un bar todos los camareros (siempre son muchos) gritan buenos días a la vez, te dan las gracias a la vez cuando pagas, se despiden a la vez. Multiplica esto por los muchos clientes que entran en los bares e imaginad el continuo guirigay.

Hay muchísimo servicio y trabajos no productivos; gente con una señal indicando una pijada inútil, con un tío que le mira que es el supervisor, mucha gente detrás de la barra, etc. Pero cuando necesitas alguien para algo te pasa como en el Corte Inglés, que no aparece ni Rita.

Si sacas un mapa por la calle, es muy normal que se te acerque alguien y te intente ayudar. Un jodío ayudante, no contento con su explicación se auto-nombró guía y se pego un cuarto de hora delante nuestro hasta que nos dejo en la mismísima puta puerta de dónde íbamos que además estaba en dirección contraria a la suya. (Me alegro por plomo)

Son muy ordenados: Acaban con la paciencia de Job. Son menos flexibles que los contestadores automáticos que nos invaden. Funcionan como autómatas:
Para canjear el rail pass, la japonesa rellena un impreso con nuestros datos que copia del bono expedido en España. Repasa tres veces, letra a letra, cada palabra y una vez conforme lo subraya con un rotulador amarillo, después expide el pase al que le pone los sellos de fecha y caducidad, para cada paso te hace revisar su trabajo y aprobarlo. Pues en mi pase, para ella, el sello no le había quedado suficientemente claro (se leía de puta madre) por lo que, saltándose el manual y en un momento de inspiración se animó a ponerlo de nuevo sobre el otro. El resultado tampoco le satisfizo (ni el mismísimo Nacho Vidal le dejaría satisfecha) , por lo que tuvo que anular el pase y empezar desde cero.
Para cambiar en el banco, tras el punteo por triplicado, la conformidad de cada paso, el impreso especial en el que pone la cantidad de billetes de cada (en mi caso 5 de 100 y 10 de 50) y después de hacer la suma con la calculadora ¡2 veces¡ nos da un número para que nos sentemos hasta que nos llame, lo que ocurre a los 10 segundos porque éramos los únicos clientes?

Para hacerte un Café latte en el Starbuks, participan 3 personas; una hace el café y lo sirve en el vaso de cartón, otro te pone la leche y un tercero le añade la espuma. Cada vaso de leche y de espuma tiene un termómetro para servirlo a la temperatura que dicta el manual. Así todo.

La cocina japonesa es de las mejores del mundo; Me duelen los huevos de reconocerlo, pero estos cabrones comen de cine. Desde los restaurantes más puestos (Tokio es la ciudad con más estrellas Michelin del mundo), a los baretos con 6 taburetes o los pinchos callejeros, todo está del copón, bien servido y con una profesionalidad que es la envidia de cualquier país del mundo. Además comen de todo, pescados y mariscos, verduras, todo tipo de carnes y casquería (¡menudos callos!), dulces, frutas? desgraciadamente lo que más se ha exportado son los judíos maquis y la cocina fría. Pero también guisan y ¡como guisan! Y los precios son increíbles. Miho, una amiga nuestra que vivió en Marruecos me decía que el verano pasado se quedo escandalizada de los precios en Madrid. En Tokio por 6 euros comes fenomenal. Y en restaurantes muy chulos a los que nos han llevado, aún no hemos pagado más de 25 euros. Por supuesto que si quieres gastar puedes poner las pilas a tu pasta y pagar autenticas locuras, pero en general sorprende lo barato que es.

Los hoteles son muy caros; Gran mentira. Son mucho más baratos que en Marruecos o que en España. Hemos dormido en el Shibuya Excel Tokiu Hotel, en el Mark city, un edificio famosísimo, junto al cruce de Shibuya, el que habéis visto miles de veces en la tele, por 110 euros la noche. En Akita el hotel Daiwa Roynet, completamente nuevo y perfecto cuesta 90 euros, el Washington Yamamoto, 59 y el Ryokan de Kyoto, una casa tradicional japonesa tipo turismo rural, con Onsen (baños de aguas termales), cuesta 80. Y estamos en temporada alta.

Todo está muy limpio, y es verdad, pese a no haber ni una jodia papelera en toda la ciudad (las quitaron todas tras los atentados de 88 con gas sarín), no hay ni un papelito en la calle, exceptuando los smoking point que están llenos de colillas. La gente se lleva la basura a casa.

Son muy cívicos, Anna, una becaría que conocimos en Casablanca y que ahora está en Tokio, nos contaba como encontró el móvil que perdió en el Fuji Rock en objetos perdidos, una semana después del festival. La gente no contempla la posibilidad de que les roben (por eso les va así en España, que está entre los destinos high risk para los nipones).

De vuelta al hotel a las 3 de la madrugada en un taxi, este se equivocó y paro en un hotel anterior al nuestro. Cuando llegamos al hotel el taxímetro marcaba 2150 yenes, pero el tío saco un papel y escribió 1000 Y. Es decir, por su pequeño error él se autosancionó con 1150 yenes. Se lo conté a Miho y me dijo que eso era lo normal, que el que se equivoca lo paga y pensé, coño como en el gobierno

El transporte es supermoderno; No es para tanto. El metro de Tokio tiene unos trenes antiguos pero bien conservados y las estaciones no son nada especial. Da la impresión de país atascado, viviendo de las rentas, en el que no cambia nada desde hace tiempo. Supongo que hace 15 años todo parecería de ciencia ficción, pero el mundo ha evolucionado muchísimo en estos años (sobre todo sus vecinos y acérrimos enemigos, los chinos y los coreanos) y Japón debe seguir parecido. Ahora voy en un tren hacia el norte que cubrirá los 700 km en 4 horas. En esto sí que nos dan mil vueltas; Tienen un extraordinario transporte ferroviario que llega a todas partes en trenes muy rápidos. Además también tienen superbolidos tipo AVE, pero la mayoría son estos otros, tipo Talgo, que sacan medias de 200 Km/h. y con los que te puedes mover por todo el país con el Rail Pass, que cuesta 330 euros para 14 días, sin ningún otro límite.

Las japonesas son canijas y feas, ¡y una mierda!, hay de todo como en botica, pero van muy maqueadas, con minifaldas vertiginosas, y la que es guapa está bastante bien. No se puede decir que estén macizas, en el medinense sentido de la palabra, pero están bastante ricas. Incluso con algunos arreglos silicónicos podrían alcanzar la categoría.
Es el paraíso freaky, que antes se llamaba hortera y anteriormente tontoloscojones. Pues sí, no se puede negar que todos los gilipollas del mundo disfrutarían aquí donde se pueden vestir de personaje de Manga o de la guerra de las galaxias pasando desapercibido. Bueno que cojones de desapercibido, si fuera así no se disfrazarían, dejémoslo en ?sin ser increpados?. Además los japoneses de pueblo que visitan Tokio y los extranjeros de capital, les hacen montones de fotos con lo que se sienten protagonistas y famosos, como decía Bowie, just for one day.

Los WC son muy modernos y con muchos botones. Es cierto que todos loa wáteres west style tienen bidé incorporado, calentador y, solo algunos, secador de culos. Pero al lado puedes encontrarte la típica taza turca en la que cagar a pulso. Y no es de extrañar porque son muy escrupulosos, tienen auténtico terror de contagiarse o contagiar (el motivo principal de las mascarillas que usan es para evitar contagiar a otros cuando están acatarrados) y no me extraña que muchos prefieran ponerse en cuclillas antes de aposentar su amarillo culo en donde lo acaba de poner otro.

Puedes encontrar el ?no va más? en electrónica. Ni de coña, raro encontrar algo que no tengan en almacenes La Valenciana de mi pueblo. Y hay cosas de las que ni han oído hablar (no saben lo que en un lector de ebooks, teléfonos con Windows mobile?) además muchos aparatos tienen el menú solo en japonés, al igual que los ordenadores, y la garantía de muchos cachivaches solo cubre el país del sol naciente. Por otro lado los precios son como los de España para casi todo.
Seguiremos informando.

Recibido el 3 de septiembre de 2009

Tokio Blues
Por Pepe Domenech

Aterrizamos en Narita 16 horas después de salir de Casablanca y exactamente cuando el reloj indicaba la misma hora que cuando emprendíamos viaje en Marruecos, las 8:00.
El aeropuerto de Tokio no es nada especial en su apariencia, aunque he de reconocer que en solo unos minutos habíamos pasado los trámites aduaneros con la sonrisa perenne del funcionario mientras nos fotografiaba y nos registraba las huellas de los índices y que nada más salir a la cinta de equipajes, nuestra maleta ya estaba circulando con alegría (para nosotros y para nuestra amiga Miho, pues el contenido de la misma era, en gran parte, un engorroso encargo que nos había hecho, Harissa, limones confitados y un tagine de 25cm; Como conocéis la cazuela marroquí, no he de explicar la putadita del encargo). Consultada la sonriente japonesa de Información sobre el mejor método para llegar a nuestro hotel, nos recomendó, tomar la Limousine que nos llevaría hasta la puerta. No penséis en los kilométricos coches americanos del mismo nombre, aquí y en muchos otros países llaman así a los minibuses. Hora y pico después y aligerados de 6000 yenes, llegamos al Hotel Excel Shibuya Tokiu, tras recorrer un interminable scalectric que discurre a la altura de un noveno piso (los conté) atravesando Tokio.

Lo había reservado por Internet por 110 euros la noche, sin muchas esperanzas de su localización y de su calidad, teniendo en cuenta el precio en una de las ciudades, supuestamente, más caras del mundo. El hotel cojonudo y la situación inmejorable, con una estación de metro y de JR (tren) justo a los pies del mismo. Como no se podía hacer el check-in hasta las 15:30, tras el obligatorio deslegañamiento nos lanzamos a la calle a ver la zona. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de las ventajas del enclave. Shibuya es el puto centro de Tokio, con tiendas, restaurantes, bares de copas? Comimos en un garito, de los miles que hay en Japón por todas partes, con taburetes en la barra y unos camareros/cocineros perfectamente uniformados en el que solo había menú en japonés. Así que mirando lo que comían los artistas de la construcción que nos rodeaban, fuimos apuntando con el dedo lo que queríamos. De puta madre y el precio de risa. En Japón te ponen un vaso de agua con hielo nada más sentarte por lo que, si no quieres beber vino o cerveza, la cuenta cae drásticamente. Las cervezas cuestan entre 400 y 600 yenes (3,00-4,50 euros), bastante menos que en Marruecos.

Al día siguiente, conociendo ya el funcionamiento del trasporte y tras canjear el Rail Pass que, además de los trenes por todo el país, te permite usar los trenes JR internos (no son del malo de Dallas) fuimos recorriendo calles y más calles, estaciones y subterráneos ( de los que la ciudad está plagada) hasta que por la noche nos reunimos con nuestra muy japonesa amiga en un restaurante muy chulo y en el que, además de con nosotros, había quedado con otras 2 parejas de españoles, amigos de amiga común, un franco/japonés y una becaria española que conocíamos de Casablanca y una amiga nipona que hablaba español. La comida perfecta (como siempre) y la gente maja, aunque como eran bastante más jóvenes que nosotros a mi me resultó un poco difícil entender las gracias y me resultó un alivio hablar con Miho y su amiga, un poco más en nuestra onda. Es curioso que a veces la edad cree una diferencia mayor que las nacionales o culturales. Luego copas en bares chulos y a las tantas de vuelta en taxi al hotel, con la anécdota que ya os conté.

Tardé unos días en darme cuenta de la auténtica dimensión de Tokio. La ciudad es enorme y cuando tienes un poco de perspectiva, da la impresión de ciudad moderna y sofisticada. En el cuerpo a cuerpo muestra su verdadero estado: Nada nuevo pero bien mantenido. Parece como si los japoneses se hubieran tirado de cabeza a mantener lo que tienen, conscientes de no correr buenos tiempos para nuevas inversiones (y llevan así 10 años). Y desde mi mirada paleta de país nuevo rico en el que todo es nuevo y en gran parte, construido o rehabilitado en esos años de parón japonés, Tokio no resulta tan sorprendente en su modernidad como cabría esperar. Pero si lo es en otros muchos aspectos; en sus gentes paradójicas, donde encuentras en el mismo garito unos chavales de 20 con kimono, unas chicas vestidas de muñecas manga y un tío con los pelos de punta. Y todos con la continua sonrisa mientras conversan, y esa actitud de entrenada cortesía en la que demuestran un total interés por su interlocutor.

Otra cuestión evidente es la falta de espacio y las soluciones al problema. Además de los tremendos scalectric de varios pisos, la utilización sin contemplaciones de subsuelo para transporte, comercio y servicios, y de las terrazas, en las que puedes ver desde jardines a campos de fulbito o de otros deportes, y la miniaturización de los bares, tiendas y restaurantes, encontrándote algunos con capacidad para ¡4 personas! A cambio, la cantidad de estos es enorme, tanto que, según dicen, tienen más restaurantes italianos que ninguna ciudad del mundo, incluidas las italianas. Me sorprendió el gran número de restaurantes españoles; luego me confirmaron que en los últimos años se habían puesto de moda pasando de 10 a 180. Son fáciles de divisar, porque todos tienen una bandera española en la puerta. Algunas calles parecen la sede de la Eurocopa, con banderas francesas, italianas, españolas? Junto al hotel teníamos un CATALAN, según rezaba en la puerta; especialidad en tapas, paellas y jamón ibérico. Es decir, las tapas no son invento andaluz, la paella no lo es valenciano y ha habido una mutación genética en los cerdos de Guissona.

El domingo estuvimos en una feria gastronómica callejera, con cientos de casetas y más gente que ?el conti? un domingo a mediodía, muchos monísimos ataviados con el traje regional, en el que nos pusimos como el quico con cosas riquísimas y, algunas de ellas, identificables.

Hemos reservado los dos últimos días para rematar la faena en esta fascinante ciudad.

Recibido el 4 de septiembre de 2009

Lost in translation.
Por Pepe Domenech

Creo haber descubierto para qué sirve el cuarto botón de los wáteres; es donde preguntan si lo vas a hacer natural o con epidural. Porque el tapón que te prepara el arroz blanco y el pescado crudo no sale como si tal cosa (creo que ha habido hasta cesáreas?).

El lunes nos montamos en un tren con dirección a Akita, al norte de la isla central, a 700km de Tokio. El tren perfecto nos dejo con puntualidad nipona en la estación de destino. La ciudad estaba tranquilísima, cuando llegamos por la tarde. Si no es fácil entenderse en Tokio, es casi imposible hacerlo en una ciudad como esta, ni un cartel con letras, ni un japonés angloparlante. Pero eso no les impide ayudar en lo que pueden y conseguimos, al fin llegar al hotel. Este perfecto, como siempre, recepcionista que nada más vernos entrar por la puerta sacó nuestra reserva (debió pensar: ahí están los guiris) y tras los obligatorios cabezazos (tengo que mirar cuantos mueren desnucados), entrega de tarjeta con dos manos (mucho Samurái pero son unos jijas, ¿es que no pueden ni con una tarjetita?), más cabezazos, dejamos las cosas y nos fuimos a ver ciudad. Poco que ver; todo más cerrado que un vasco de caserío, un parque con castillo y una calle llena de restaurantes, bares y putis. Y a los de medina lo que más nos gusta son las, esto los restaurantes. En varios no nos quisieron ni ver, negando con la cabeza cuando hacíamos el amago de entrar. Por fin entramos en uno en el que tras arduas interpretaciones, que ni Marcel Marceau, conseguimos cenar, bastante bien como es habitual.

El martes, en vista de la falta de interés de Akita, nos trasladamos a Kakunodate, a media hora de tren, a ver las casa samuráis (Pisuvis, cómo me acorde de ti). Y luego a Tazawako, bien metido en las montañas. Encontramos un ryokan muy sobrio junto al lago. La habitación consistía en un tatami con una pequeña mesa baja en el centro y cuatro minúsculos cojines. En un armario con puertas correderas había una colección de edredones enfundados y? nada más. Puse mi medinense culo en el tatami y comprobé que la noche iba a ser dura. Sacamos todos los putos edredones del armario, amontonándolos como mejor nos pareció intentando con ello amortiguar lo que se presentaba, a todas luces, como una noche criminal y nos fuimos a dar una vuelta al lago en bicicleta. Todo muy idílico, cervecita anocheciendo con reflejos escarlatas en el lago, miradas romanticas? y a cenar al ryokan. La noche no fue tan mala como pensaba, fue peor. Me levanté con un dolor de cuerpo que me demostró que los 46 no están solo en el DNI.

Para intentar aliviarnos, pillamos un autobús que nos llevo hasta el onsen Ganiba en el que te puedes pegar un baño termal al aire libre, en plena naturaleza y además es mixto, porque la mayoría son para mujeres o para hombres. Llegamos los primeros, nos pusimos el bañador y nos metimos en las abrasadoras aguas sulfurosas. Poco después, empezaron a aparecer japoneses y japonesas que, para sorpresa nuestra, se despelotaban completamente metiendo en el agua sus huevecillos y sus felpudillos sin ningún rubor. Con mucho disimulo, hice una operación subacuática de desprendimiento de bañador y, como vi que ellos se ponían una toallita doblada en la cabeza, decidí utilizar este para el mismo fin. Lamento no haber llevado la máquina de fotos para dejar registrado el momento: en pelotas, rodeado de nipones y con el bañador en la cabeza...

De vuelta por la preciosa carretera de montaña, pasamos junto una estación de esquí (según me he informado, Japón tiene más de 600, además de la mayor del mundo y según dicen, la mejor nieve virgen del planeta, todo a mitad de precio que Europa o las Rocosas? quizá haya que probar el Shusiesquí) y, por fin en la estación de tren, nos encaminamos a Yokohama, segunda mayor ciudad del país y en la que habíamos reservado hotel CON CAMA. No me canso de decirlo pero lo de los hoteles en bestial; el Isezakicho Washington Hotel, en medio de la ciudad, perfecto, nuevo, piso 16 con vistas espectaculares y ¡ 59 euros ! La ciudad grande pero cómoda, con una concurrida bahía llena de atracciones; subimos al piso 69 de uno de los edificios más altos de Japón, en el ascensor más rápido del mundo, junto a la noria más grande del mundo, (si tuviesen el castillo de la Mota no necesitaban tanta pijada), nos dimos un largo paseo y terminamos cenando en el concurridísimo barrio chino. Y luego, más muertos que vivos, A LA CAMA

Recibido el 5 de septiembre de 2005

El tratado de Kioto
Por Pepe Domenech

¡Dios santo! dijo Begoña cuando bajamos del tren en la estación de Kioto. Y no es para menos porque la estación es realmente espectacular. Con su cubierta enorme de reja de acero, sus escaleras mecánicas que parecen terminar en el cielo, su mármol oscuro. Nunca antes había visto algo igual. Las estaciones de tren japonesas siempre son algo más que una simple estación. Restaurantes, cafeterías, zonas comerciales, metro? Pero la de Kioto es impresionante y se merece una visita por ella misma. El ryokan de Kioto, que habíamos reservado antes de conocer el del lago, estaba cerca de la estación. Las explicaciones no dejaban lugar a dudas y fue fácil encontrarlo. Más que un ryokan era un hostal de backpackers, pero con baño en la habitación y COLCHONES. Colchones normales. En el suelo pero colchones que pasaron el test con aprobado. En Kioto Begoña tenía el objetivo de ver sus templos, sus calles con casitas de madera, su mercado? Yo además, quería comprar cuchillos. Hacía años que había dicho que si algún día visitaba Japón, compraría uno de esos cuchillos de shashimi japoneses. Pensaba comprarlo en Tokio, pero miré por internet una noche en el hotel y descubrí que los mejores eran los de Kioto. Enseguida encontré la dirección del más famoso, Aritsugu.

Pero mirando y mirando blogs y foros (sobre todo americanos), descubrí que varios profesionales desaconsejaban esa tienda por careros, por no aceptar tarjetas, y por no fabricar sus propios cuchillos y recomendaban otras dos, cuyo nombre y dirección anoté minuciosamente y marqué su localización en el mapa para que no hubiera dudas.
Kioto es una preciosa ciudad con 17 patrimonios reconocidos por la Unesco, donde puedes pasar horas recorriendo tranquilas y encantadoras calles y callejas, descansar en algunos de sus imponentes templos, o rodearte de turistas en sus calles más conocidas (es decir, donde diga la Lonely Planet ) Hablando de turistas, increíble la cantidad de españoles que visitan Japón. Están por todas partes y eso se nota. Begoña y yo jugamos a adivinar quienes son españoles y he de decir que no fallamos ni una. Recuerdo en mi juventud haber tenido acaloradas discusiones defendiendo lo difícil que era diferenciar a un español de un francés, un italiano o un portugués. ¡Lo que es la ignorancia! No es que sea fácil, está chupao. Se nos ve a medio kilómetro. Y el problema es que no sé por qué, pero prometo hacer un estudio.

Mentalidad japonesa: En cuanto llegué a Japón, me di cuenta que el adaptador eléctrico no valía para el cable del ordenador. Saqué la letherman y le metí un tajo arrancando el enchufe y dejando los cables pelados y enchufados a pelo, al más puro estilo marroquí. Pero prometiendo comprar una clavija japonesa (igual a las americanas) en cuanto pudiera. Y no fue hasta Kioto, en una tiendecita justo al lado del ryokan donde una viejecita me vendió una, tratando de explicarme algo en japonés que, como podéis imaginar, no fui capaz de entender. Cuál fue mi sorpresa cuando por la noche llego al ryokan y veo una foto en la puerta de la clavija que había comprado, con un mensaje en inglés advirtiendo ?al que ha comprado el enchufe que este no cambia el voltaje y que si enchufa algo con el quizá el aparato se estropee?. Semejante atención al cliente solo se da en La valenciana y en Kioto.

Al día siguiente vamos a ver el mercado de Nishiki, limpísimo, sin olores, todo perfectamente envuelto, tanto que algunos puestos parecían joyerías. Merece la pena. Yo desde que entré sentí un hormigueo en la espalda, conocedor de estar cerca de una de esas tiendas de cuchillos legendarios. La tienda era la no recomendada, pero el aspecto era impecable; con todos los cuchillos colocados por tipos en vitrinas y expositores, cada uno de ellos con la firma del maestro en el filo y el precio en el mango (del cuchillo, que si fuese el del artista sería más barato). Una pasada. Desde allí nos encaminamos a una de las recomendadas que encontramos 15 minutos más tarde. Y como decían en el foro, la tienda fantástica, familia cuchillera desde mil doscientos y pico? Me sacó los cuchillos como si fueran diamantes, con más mimo que una madre primeriza. El artista que me explicó, como buenamente pudo, la utilidad de cada uno, la medida adecuada, la conservación? Y salí de allí más contento que unas pascuas y con la visa echando un humo que se jodió el plan de emisiones de CO2 para este año.