Recibido el 09 de abril de 2006

Los Glaciares y Queenstown.
Por Pepe Domenech

Dormimos bien en nuestra habitación con baño y tres pares de literas, que el propietario del hostal nos había dejado, solo para nosotros, en Westport. (No veas lo que se puede hacer en seis camas, sobre todo la segunda vuelta que ya les has cogido el tranquillo).

Tuvimos que desandar un centenar de km hasta Greymouth , y luego continuar por la carretera que recorre la costa occidental de la isla de camino a los glaciares. Se trata de dos conocidos glaciares que se encuentran a pocos km de la costa: el Franz Josef (en honor al marido de Sisí) y el Fox (no se si en honor a ella).

La carretera traza una delgada línea que separa las montañas, los Alpes del sur, del Pacífico, con tanta vegetación que a veces crees estar en la selva y otras en un tremendo bosque californiano. Cuando se separa del mar, transcurre por el margen de innumerables lagos de esos que son preciosos en vivo y muy horteras en foto. Yo pensaba que los californianos tenían lagos, pero si lo comparas con estos… tienen tantos que aburren. Y todos iguales de idílicos, con sus bosques rodeándolos y con sus azules aguas de cuento.

A medio día ya estábamos en Franz Josef, el pueblo que se ha creado en las cercanías del glaciar y que vive exclusivamente de los ingresos que reporta el abundante turismo.

Nos alojamos en el YHA, un hostal de los premiados con cinco estrellas de calidad por un departamento que se encarga de calificar los negocios turísticos y que sirve de gran utilidad al viajero. Aquí, como en toda Nueva Zelanda, se pueden hacer un montón de actividades relacionadas con la naturaleza, pero no debe faltar una excursión por uno de los glaciares. Hay tres opciones: La mariconada, un paseo de medio día que te pone en el final de la lengua del glaciar, la de machotes, 8 horas de caminata para adentrarse un par de km en el glaciar, y la medinense, te montas en un helicóptero, te llevan a mitad del glaciar (inaccesible andando), te metes por las cuevas de hielo, te haces las fotos correspondientes y te vuelves tan campante. El vuelo sobre el Fox fue una gozada y el andar, con crampones, por una superficie de 150m de grosor de hielo azul, es una experiencia inolvidable. (Tranquilo Mariano, esto es una zapatilla rusa comparado con el Perito Moreno).

Tras las, casi, cuatro horas de paseo a lo “Al filo de lo imposible”, nos pusimos en marcha hacia Queenstown, la capital del sur. ¿La ruta?, más bosques, más lagos, mas ovejas, mas vacas, más ciervos. ¿Cuántos jodios animales domésticos pastan por estas tierras? Ves, a tu derecha, un rebaño de ovejas como los de la mejor época de la mesta, y a tu izquierda, otro de ciervos que ya le gustaría a Juanito el bobo, perdón, Juan Carlos I, para ir de cacería, y justo después, un montón de vacas… Ah, se me olvidaban los viñedos que, en esta época justo antes de la vendimia, los tienen cubiertos con redes para que los pajaritos no se coman las uvas. ¿Cómo no se las van a comer si hay millones y de todas las marcas? (Cómo se lo pasaría aquí Carlitos Sánchez con su máquina de retratar). Hay tanta fauna, que la carretera esta estampada con cientos de animalitos atropellados. Sobre todo Kiwis, que son unos pájaros del tamaño de un pollo, que no vuelan, tienen un pico bastante largo y, además, son el símbolo del país.

Bueno, pues llegamos a Queenstown. Si me hubieran dicho antes de ver semejante ciudad, que diseñara una ideal, no se me habría ocurrido algo tan acojonante. Rodeada de montañas que, en invierno, son estaciones de esquí, esta junto a un gran lago alucinante. Tiene un monte con un mirador restaurante, al que se accede con un telesilla que utilizan los locos del parapente para lanzarse a todas horas. Porque, aún no lo he dicho, Queenstown es, según sus habitantes, la capital mundial de los deportes de aventura. En otras palabras, la Meca de lo pirados. Se puede hacer todo lo que te imagines y más. Ahí ve la lista de actividades que puedes contratar: Parapente, ala delta y paracaidismo en tandem, Rafting, Kayak, descenso de barrancos, Hidrospeed, Jetboat (una lancha motora que te lleva a toda hostia por un cañón), Vela en un barco de la copa América, pesca en barco, pesca con mosca, crucero a los fiordos, esquí acuático, Bumping (puenting), excursiones a caballo, 4X4, Quad... Todo ello aderezado con la posibilidad de realizar estas actividades con helicóptero (Solo hay que pone Heli delante), es decir, de llegar a sitios imposibles. Con esta oferta, no era fácil elegir.

El primer día nos dedicamos a conocer la preciosa ciudad, pasear por su jardín botánico, por sus calles repletas de tiendas y bares, por el embarcadero. El siguiente, un rafting (regulín regulón). Por último nos fuimos a pescar con mosca seca. Os lo cuento: Un tío nos pasó a buscar a las siete de la mañana, nos montó en una lancha y nos subió por un río increíble, a toda pipa. Luego nos equipó a tope y nos dio unas clases de cómo menear la caña. Y pescamos. El tío puso todo el interés para que sacáramos truchas y lo consiguió. Eso si, como se puede ver en la foto, unas con más fortuna que otros… Nos devolvió a la civilización a las seis de la tarde con pescado fresco para cenar y una sonrisa en mi rostro que aun no se me ha quitado. Las truchas (tres que dejamos para cenar, las demás las devolvimos al río) estaban riquísimas. Se me había olvidado lo deliciosa que es una trucha de verdad.

Nos despedimos un domingo por la mañana de este lugar, con lágrimas en el alma y un deseo increíble de volver.

Amigos de la Alubia

 

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