Recibido el 19 de agosto de 2011
Cartagena.
Por Pepe Domenech
Con la que está cayendo resulta difícil mantener el más mínimo orgullo patrio.
Y entre Stoner, Vettel, Djokovic y los italianos, ya ni los eventos deportivos
nos dan una pequeña satisfacción.
Pero tras un paseo por la ciudad vieja de Cartagena, se te pasa toda la frustración
y te sientes realmente orgulloso de lo que unos cuantos españoles fueron
capaces de crear tan lejos de su pueblo. Hay muchos sitios bellos. El hombre
lleva toda su historia creando edificios fantásticos en lugares maravillosos.
Pero nunca he visto un mayor ejercicio de buen gusto que el que hicieron esos
hombres en la ciudad caribeña. No se liaron a hacer palacios recargados
ni catedrales hasta el cielo. Pero si una ciudad vivible, sin la cursilería
de la “monísimas” ciudades centroeuropeas. Si pudiera construir
una ciudad junto al mar, copiaría Cartagena.
Vamos a lo importante; aunque algún morcón andante se ve por la calle, el indice de macicismo sube un millón de puntos con respecto a Panamá. Las cartageneras están bastante bien, lo saben y te lo enseñan. Y ello me sugiere la “paradoja del coronel Tapioca”. Porque mientras el Tapioca se lía a vender ropita ligera de algodón, con amplios pantalones y blusas y livianos pareos, los expertos en la zona, es decir sus pobladoras, se pegan unos vaqueros tan hiperajustados que no hay ni un garito de depilaciones. Ya se encargan las 14 onzas de denim de llevarse hasta el último pelo, cuando no la piel. Y unas camisetas de lycra que te sudan hasta los huevos solo de verlas. Así que, una de dos, o el coronel cambia de muestrario o con la prepotencia colonialista que nos caracteriza a los europeos, monta unas academias en el caribe explicando a los nativos como deberían vestirse para que su epidermis tenga alguna posibilidad de sobrevivir.
Se papea razonablemente bien y barato. Aunque beber vino es solo para Amancio Ortega y los de la SGAE, las birritas están buenas y cuestan entre 1 y 2 euros. Y beber, bebes. Porque según te entran por la boca te salen por los poros de la piel. Pero claro, si el clima fuera perfecto esto sería el puto paraíso. Siguiendo con el papeo hemos gozado de dos experiencias fantásticas.
La primera en el “Oh la-la”, que como su nombre indica es franchute. El gabacho hace el mejor paté que he probado en mi vida, una tarta Tatin de tomates acojonante, e incluso unas Andouillettes mejores que algunas de las que te dan en Lyon. La segunda fue en La Mulata, con un menú del día de 4 euros que alucinas en colores.
Por cierto, parece que se ha empezado la reconquista porque la mayoría
de los negocios que visitamos resultan ser de españoles. Esperemos no
joderlo entre todos...