Recibido el 26 de abril de 2006

De Withsunday a Brisbane.
Por Pepe Domenech

Withsunday es una zona de islas que se encuentran frente a Airlie beach, lugar donde nos alojamos. Pero la tarea no fue fácil; en viernes santo estaba todo hasta la bandera.

Tras solucionar el tema del alojamiento nos dedicamos a buscar “que hacer”. Desde aquí, parten todos los cruceros a vela que recorren las islas. Los hay para todos los gustos pero suelen durar dos o tres días. Nosotros no queríamos estar más de una noche embarcados, por lo que desistimos de la idea y nos apuntamos a otra excursión como la de Cairns, pero esta vez en un barco de competición. El Ragamuffin, construido en los 80, había sido uno se los barcos más rápidos de la época y seguía siendo el barco a batir en la bahía. Tan pronto como salimos de puerto el patrón mandó estirar trapo y el barco comenzó a navegar despacio, rumbo a la barrera de arrecife. Tras algo más de dos horas, llegamos a una isla donde nos desembarcaron para que pudiéramos bucear un poco. Y así lo hicimos junto a miles de peces que podías tocar con los dedos. Por la tarde, de vuelta a Airlie beach, el patrón puso rumbo hacia el sur, impulsado por los motores, para poder coger viento a favor. Después de una hora, viró el barco hacia el este poniéndose en dirección a la costa y saco todo el trapo para que el barco empezara a volar. Con un viento de 25 nudos, la embarcación dio muestras de su carácter competitivo. Pronto se hizo cargo de la caña una maciza que, virando levemente a babor, hizo que el barco se escorara tanto que pensé que íbamos a salir disparados por la borda. Todo el lateral del barco se mantenía un palmo bajo el agua, mientras el pasaje estaba sentado a babor a una altura considerable del agua. Fue como un sueño, tanta veces había visto la imagen en la tele… pero nunca pensé poder disfrutar en vivo de la sensación; y menos en una excursión para turistas. Ahora entiendo porque hay gente que lo abandona todo para dedicarse solo a esto.

En Aerlie beach hay un jaleo de la hostia. Los dos hostales de mochileros más famosos, tienen unas superterrazas llenas de gente joven soplando y comiendo como si se fuera a acabar el mundo. Aunque he de decir que el viernes santo, por una norma que no llegué a comprender, era imposible tomar una cerveza si no iba acompañada de comida. Chavales, yo soy igual de listo que vosotros y se me ocurrió lo de los cacahuetes. Pero no valía. Debía ser una cena como dios manada. Pero al día siguiente, fin de la norma y a beber sin complejos. Si alguien lo entiende que me lo explique.

El domingo nos movimos a Rockhampton, a unas 4 horas al sur. Antes, paramos en unas cuevas que nos habían recomendado. Una pijada como la del museo interactivo. Pero al menos nos sirvió para ver la única pareja de canguros vivos del viaje (despanzurrados en la carretera hemos visto centenares). Pernoctamos en una cabaña que había sido alojamiento de los atletas de las olimpiadas del 2000. La ciudad estaba muerta y solo pudimos disfrutar de su precioso jardín botánico, y de su carne, la más famosa de Australia. El restaurante era hotel y recinto de rodeos. Nos deleitaron con videos de los rodeos locales mientras nos servían un solomillo de 400 gr. de tan solo dos cm y medio de grosor. A los amantes de pesos y mediadas no les explico el tamaño del animal. La carne a la parrilla, estaba en su punto y era muy sabrosa, pero muy lejos de la maravillosa carne argentina. ¿Qué cojones hacen estos cabrones argentinos para que la carne sea tan rica? El festín, con sopas, cervezas y ensalada, costó 50 AUD (30 euros).
Antes habíamos embasado unas birras en un bar muy auténtico, lleno de elementos locales, de esos con barba y sombrero a lo ZZ Top, que solo bebían, sin hablar el uno con el otro y que nos trataron de invitar amablemente (ventajas de ser de Medina).

Al día siguiente a Harvey Bay, una pequeña ciudad costera situada en frente de Frazer Island, que era lo que realmente nos interesaba. Pasamos dos noches en una bonita cabaña de los YHA de los que ya os he hablado. El circular por la isla, carente de carreteras, se presentaba como una tarea difícil y nos recomendaron que no apuntáramos a una excursión organizada. La conductora del autocar 4X4, que también hacía las veces de guía con un micrófono tipo Madonna, era una teutona vestida de exploradora, con un pantalón muy corto y uno de esos sombreros australianos.

No explicó que en la isla hay seis de las diez especies de serpientes más venenosas de planeta. Pero no vimos ni una. Yo confiaba que una mordiera en la pantorrilla a alguna japonesa y que la teutona le rajara la pierna con el machete y succionara el veneno… ya se que a vosotras la historia no os esta haciendo gracia, pero mirad la bragueta de vuestros maridos. Lo que si que vimos fue el alucinante lago Mckenzie con templadas aguas cristalinas y blanquísima arena en su playa, un montón de selva con miles de pájaros de todos los colores y unos murciélagos gigantescos, que acojonarían al mismísimo Batman. (También vimos un koala, pero debía estar disecado porque no movió ni un pelo) La teutona nos llevo por la famosa playa de las siete millas (que habréis visto en algún documental) por la que circulan un montón de todo terrenos, de todos los tamaños, a toda hostia. Pero la más salvaje era nuestra conductora que les metía una pasada con el autobús que, parafraseando a Ángel Nieto, les arrancaba las pegatinas. Una experiencia la de ir a 100 por una playa, pisando olas. La vuelta en el ferry, con un magnífico atardecer viendo el majestuoso vuelo de los pelícanos, a escasos centímetros del agua, es de las que no se olvidan.

Amigos de la Alubia

 

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