Orad Sin Cesar

Texto:  1 Tesalonicenses 5:17

    Este versículo es corto pero está llenísimo de sentido, porque el pensamiento que expresa es muy grande. El apóstol Pablo tenía experiencia en hacer lo que aquí escribe, porque él entró en el ministerio orando y desde entonces  la oración caracterizaba su vida y servicio para Cristo. Él oraba sin cesar porque le hacía falta, y si a Pablo le hacía falta, ¡cuánto más a nosotros!

    Sabemos que la oración es importante, pero siempre es un desafío para cada uno encontrar tiempo para ella. Cada día debemos comenzar encomendando el día al Señor en oración. En mi propia vida, muchas veces me levanto antes de salir el sol, y estoy orando al Señor cuando los pájaros comienzan a piar. Digo que ellos también se levantan alabando a Dios. David dijo: “de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Sal. 5:3). Esta es la forma buena de comenzar el día, porque lo comenzamos haciendo algo que debemos hacer todo el día: orar. En el Salmo 118:24 leemos: “Éste es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él”. Podemos nosotros también empezar el día con palabras similares.

    Y es bueno después de hacer esto, pasar un tiempo leyendo y meditando una porción de la Palabra, porque por ella Dios nos habla, y ella nos alimenta. Muchas veces me acuerdo de Josué 1:8, de la instrucción que fue dada a Josué: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”. Así como debemos orar sin cesar, también debemos meditar en la Palabra de Dios día y noche, “porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”. Es el camino de la bendición.

    En Salmo 145:1-2 el salmista dice: “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre”. Exaltar, alabar y bendecir al Señor es otra cosa que debemos hacer sin cesar, esto es, todos los días. El versículo 3 nos dice por qué: porque Él es grande; tiene poder y sabiduría para salvarnos y ayudarnos.

    Muchos tienen fuerza para correr, practicar deporte y hacer otras cosas, pero para ponerse de rodillas y orar aparentemente no tienen fuerzas. Pero la Palabra de Dios nos aconseja y exhorta  a hacer precisamente esto. Orar sin cesar, meditar en la Palabra día y noche, y siempre alabar y exaltar a Dios.

    Hermanos, necesitamos cada día esta clase de oración, no sólo en el culto o al comenzar el día, sino también durante el día, sobre la marcha, en cualquier momento, oremos sin cesar. Cuando surgen oportunidades, oremos. Cuando surgen problemas y necesidades, oremos. Cuando hay que tomar decisiones, oremos. Cuando vienen bendiciones, oremos.

    El Señor nos animó a orar siempre, cuando dijo tres veces a Sus discípulos palabras como éstas: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré” (Jn. 14:13; 15:16; 16:23). Está claro: si oramos, lo recibiremos. Cada día tenemos necesidades, y oportunidades de orar. Pero a lo mejor no tenemos ganas. Esto puede ser por desánimo, pereza, malas prioridades, despiste, olvido, etc., pero sea cual sea la razón, no está bien. Nadie se arrepiente de orar demasiado, pero muchos sí de no orar o de orar poco.

    Consideremos este hermoso texto en Apocalipsis 8:1 donde dice que hay silencio en el cielo por el espacio de media hora. El cielo es un lugar de mucha actividad, pues es la central del universo. Pero todo para por media hora por algún motivo. ¿Sabéis cuál es? Si seguimos leyendo en los versículos más abajo encontramos la respuesta, porque tiene que ver con la presentación de las oraciones de los santos. Mirad, hermanos, que nuestras oraciones tienen importancia, porque todo el cielo se calla para recibirlas. A veces aquí en el mundo se organiza un minuto de silencio, o 5 minutos de silencio, con motivo de recordar a los que murieron en una tragedia, o para hacer énfasis en una campaña política o social, para apoyar una causa. Pero cuando recientemente hicieron esto aquí, todo seguía su ritmo normal en el ayuntamiento. En la calle los que se manifestaban guardaban silencio, pero en el ayuntamiento y las oficinas del gobierno todo seguía normal. No es así en el cielo. Cuando los santos oran, en el cielo escuchan. En Daniel 10:12 el ángel informa a Daniel que cuando él comenzó a orar, el cielo se puso en marcha para responder.

    Por esto tiene importancia el culto de oración. ¡Qué importante es reunirnos para orar y presentar juntos nuestras peticiones al Señor! Algunos no lo ven importante, y por cualquier razón no asisten. Unos dicen  que se aburren. Otros dicen que es demasiado difícil desplazarse a esta hora para ir al culto, pero si supieron que la solución de sus problemas está en la reunión de oración, ¡que rápido acudirían! Otros dicen que no se animan a ir porque las mujeres no oran en el culto. Pero se equivocan. Las mujeres creyentes sí oran, en silencio, pero esto también es oración, y añaden su “amén” a las oraciones de otros. Es incorrecto decir que las mujeres no oran. Lo que quieren decir es que no tienen protagonismo o liderazgo, que no figuran públicamente, y es verdad porque Dios así lo manda, pero todos los santos oramos, cada uno como debe, como Dios manda. En la reunión de oración no debe haber espectadores. Unos participan en voz alta y todos los demás les acompañan y participan en silencio. Otros se encuentran mal, o con desgana. Pero si estamos mal, pasando pruebas o dificultades, y desanimados, necesitamos ir más, porque el Señor es quien puede ayudarnos. Cuando estamos enfermos vamos al médico para que nos ayude, y el Señor es el médico del alma. En 1 Reyes 8 es interesante leer cómo Salomón oró para dedicar el templo, y lo consagró en los versículos 28-30 como casa de oración, pidiendo al Señor a continuación que Su oído estuviera atento a las oraciones que se hacían desde allí. El templo era el lugar para ir y orar ante toda circunstancia mala y problemática (vv. 31-53). Recordemos esto para animarnos a acudir al Señor en oración siempre, tanto en privado así como en la congregación.

Y para orar bien, ¿qué hay que hacer? ¡Hay que orar! Aunque suene raro, es verdad, que para orar hay que orar. No se puede aprender a orar guardando silencio u orando poco. Hay que practicar la oración para coger soltura en oración. Por esto me alegro cuando escucho a algún hermano joven orando y soltándose en las reuniones. Esto es bueno, y es así que uno aprende y crece. Algunos hermanos se disculpan diciendo que no saben expresarse, pero si empiezan a orar en voz alta en su casa, en su vida particular, aprenderán. Y tampoco hay que pararse mucho pensando en cómo suena a los demás, porque a fin de cuentas oramos a Dios,  no a los hombres.

    En Ezequiel 22:30 el Señor dice que buscó intercesores, gente que iba a orar y así ponerse en la brecha a favor del pueblo. Buscó a los que iban a clamar, implorar y rogar. Pero qué triste, que no halló ninguno. ¿Es muy diferente hoy en día? Dios todavía busca y desea intercesores, porque nos dice en el Nuevo Testamento que oremos sin cesar. Hagamos caso a las palabras de Pablo, que son del Espíritu de Dios, y demos prioridad a la oración. “Orad sin cesar”.

notas de un estudio dado por el hermano Lucas Batalla, el 21 de febrero, 2007