Mejoremos Nuestra Adoración
“Este pueblo he creado para mí. Mis alabanzas publicará” (Is. 43:21). No participar en un culto de adoración y alabanza es señal de que algo anda mal. El Señor espera nuestra alabanza y nuestra adoración. El Señor Jesús lo afirmó diciendo esto: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”. ¿Somos verdaderos adoradores? ¿Publicamos las alabanzas del Señor? ¿Le adoramos en espíritu y en verdad, como el ejemplo que se nos da en el cielo?
La alabanza es la respuesta debida del corazón al Señor. Primero porque Él nos creó. Así podemos unir nuestras voces a las de los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos en Apocalipsis 4:11, “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”. Los cuatro seres vivientes “dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono” (Ap. 4:9). No hablan a los veinticuatro ancianos, sino directamente al Señor, y si imitamos su ejemplo mejoraremos en la adoración. No hablaremos a los hermanos sino directamente al Señor expresando adoración. Esto también motivará a los demás a adorar.
Además, el Señor es digno de nuestra alabanza y adoración porque Él nos redimió. En Apocalipsis 5 tenemos esta expresión: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza”. Además de merecer la adoración como nuestro Creador, el Señor es digno porque fue inmolado, porque nos ha redimido con Su sangre. “Al que está sentado en el trono, y el Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13). Observemos cómo en el cielo, cuando adoran, se dirigen directamente al Señor. No se dan predicaciones, pensamientos y exhortaciones unos a otros delante del Señor, sino que adoran. Podríamos decir: “Le hablan expresando admiración”.
Queridos hermanos, nosotros también podemos y debemos adorar así. Primero, debemos adorar en nuestra vida cotidiana, porque si no, ¿cómo podremos hacerlo en la congregación, si la adoración no es nuestra costumbre? Especialmente pensemos en la Cena del Señor, cuando nos dedicamos a traer a la memoria al Señor Jesucristo y Su muerte en la cruz por nosotros. Hemos adquirido algunas costumbres que realmente no cuadran muy bien con el patrón celestial ni son lo que el Padre busca. Predicamos sermoncitos y damos palabras de exhortación y pequeños estudios o pensamientos bíblicos los unos a los otros en la Cena del Señor. Delante de los símbolos se levantan hermanos para exponer una porción o dar un pensamiento para edificación o consuelo. Amados, estas cosas son buenas en sí, pero no son adoración, sino ministerio a los hermanos. Hay otros momentos cuando es bueno tener una palabra de ministerio, de edificación, exhortación o consuelo, pero no confundamos esto con adoración y alabanza. En la Cena del Señor algunos dan una palabra de testimonio personal, expresan motivos de oración o respuestas recibidas, piden sus canciones favoritas, leen un texto de un libro o calendario de taco, y casi cualquier otra cosa menos adorar al Señor. No dudo en absoluto de nuestra sinceridad y bondad, ni tampoco deseo criticar destructivamente ni desanimar a nadie. Aunque nuestra adoración es imperfecta, el Dios de toda gracia la acepta, ¡gloria a Él! No obstante, cuando hacemos cosas así se ve que no tenemos muy claro el concepto de cómo adorar. Si prestamos más atención a los ejemplos bíblicos, podríamos mejor.
La adoración es ocuparse con el Señor, Sus atributos y obras, especialmente la obra de redención porque sin ella no le conoceríamos ni tendríamos derecho a acercarnos a Él. En el cielo, cuando adoran en espíritu y en verdad, no hablan a los santos, sino que se dirigen al Señor. Él es el centro de toda la atención. Es bueno tener un ejemplo que seguir cuando queremos aprender algo, y en Apocalipsis 4 y 5 lo tenemos.
En el cielo, unos dan gloria, honra y acción de gracias a Dios. Otros declaran Su santidad, poder y justicia. Otros se postran y echan sus coronas delante del trono. En voz alta declaran Su dignidad y recuerdan Su muerte. Otros adoran postrados, en silencio, o bien diciendo “amén” a las alabanzas de otros. Aunque no nos postremos en la reunión de la asamblea, sí que en espíritu nos postramos, y muchas veces nuestra postura es de cabeza inclinada en reverencia. No nos estamos mirando los unos a los otros, porque la congregación debe estar ocupada con su amado Señor Jesucristo. ¡El es digno! Los himnos que cantamos y los textos bíblicos que leemos deben ser escogidos porque dan honra, gloria y acción de gracias al Señor, no otra cosa.
Si leemos textos como Apocalipsis 4 y 5, etc., donde adoran en el cielo, y también los Salmos que alaban y adoran, observando y meditando en los ejemplos que se nos dan, veremos cómo adorar. Adorar no es volverse elocuente ni hablar largo tiempo. Es tributar honra, gloria y acción de gracias al Señor. El creyente más sencillo puede hacer esto, y bueno sería que los hermanos de muchos años y experiencia pusieren ejemplo de adorar de manera más sencilla. Si damos buen ejemplo claro y sencillo, los demás hermanos podrán apreciar qué es la adoración y seguir el ejemplo. El Padre busca a tales adoradores. ¿Los halla en nosotros? Crezcamos en la alabanza y la adoración, tanto en privado como en la congregación, ¡porque será nuestra ocupación en la gloria!
Carlos Tomás Knott
Asamblea Bíblica “Betel"
Apartado 1313
41080 Sevilla, España