CUESTIONES INNEGOCIABLES:

 UNA BASE DOCTRINAL PARA DESARROLLAR EL DISCERNIMIENTO

Dan Dumas

    Habiendo examinado la necesidad del discernimiento bíblico — y habiéndolo aplicado a varias cuestiones prácticas - este capítulo pone las bases para indicar cómo un cristiano puede desarrollar el discernimiento en su propia vida. En vez de depender siempre de las opiniones de otros, cada cristiano debería desarrollar la capacidad de pensar correctamente sobre temas espirituales. Tal como los de Berea en Hechos 17, los creyentes deberían ser conocidos como personas que viven “escudriñando...las Escrituras” para comprobar lo que es verdadero y lo que es falso. Así que ¿cuáles son las cuestiones esenciales que el cristiano debería tomar en cuenta al escoger una iglesia, comprar un libro o sintonizar un programa de radio cristiano? Este capítulo aborda estas cuestiones - enfocándose en las cosas innegociables que cada creyente debería de tener en consideración al evaluar un ministerio, una filosofía o un programa cristiano.

    El día 1 de julio del año 1750, después de veintitrés años de ministerio pastoral, el teólogo más destacado de Norte América dimitió de su iglesia. Sin embargo, a diferencia de lo que quizá esperaríamos hoy en día, no fue por ningún asunto moral en su propia vida. Tampoco fue por un ministerio deficiente ni por una personalidad desagradable. Ni siquiera tenía que ver con asuntos de dinero o un proyecto de construcción.

    No, sino sus motivos fueron doctrinales. A los cuarenta y siete años, con ocho hijos en casa, Jonatán Edwards sabía que dejar el trabajo de toda su vida no sería fácil. Pero también sabía que la alternativa, el subscribir activamente a una falsa doctrina, era inaceptable. Sus convicciones no le permitían otra opción.

    Las semillas de la controversia se habían sembrado en realidad hacía unos setenta años. En 1677, Solomon Stoddard (el abuelo de Edwards) presentó el Pacto del Término Medio a su congregación en Northampton, Massachusetts. Según este pacto, los asistentes a la iglesia que tuvieran un buen comportamiento podían participar de la Mesa del Señor aún siendo que nunca hubiesen hecho una profesión abierta de fe. En otras palabras, podían disfrutar de la Comunión aunque no se hubiesen convertido.

    En 1727, Edwards aceptó compartir el pastoreo de la iglesia de Northampton con su abuelo. Se convirtió en el único pastor dos años más tarde, cuando Stoddard murió. A medida que pasaban los años, la preocupación de Edwards acerca del Pacto de Punto Medio aumentaba, sobre todo cuando el número de los asistentes inconversos empezaba a superar el número de los verdaderos creyentes.

    A alturas del 1748, Edwards sabía que no podía seguir permitiendo que los asistentes inconversos continuasen participando de algo que la Escritura reserva claramente a los creyentes. Así que a principios del 1750 decidió celebrar unas charlas abiertas entre semana para discutir el tema de la Mesa del Señor. Como cabía esperar, las repercusiones de estas charlas no tardaron en hacerse ver.

    El día 2 de junio del 1750, el consejo de la iglesia decidió poner fin al pastoreo de Edwards en la congregación de Northampton. La decisión del consejo fue confirmado por el voto de la congregación, que aprobó el despido de Edwards con un voto de 230 contra 23. Después de casi un cuarto de siglo de servicio, este fiel ministro fue despedido oficialmente el día 22 de junio de 1750. Dio su “Sermón de Despedida” el primer día de julio.

    Pero ¿por qué Edwards le dio tanta importancia al asunto del Pacto de Punto Medio? ¿No hubiera sido más lógico dejarlo y así haber disfrutado de muchos años más en su querida iglesia? Pero esto no hubiera sido más que una transigencia. Edwards vio que el evangelio estaba en juego y que peligraba la eternidad de su gente. No podía seguir confundiendo a los incrédulos, haciendo que se sintieran cómodos y seguros aunque jamás  hubiesen abrazado personalmente a Cristo. Sabía que necesitaban arrepentirse, y por eso tomó la postura que tomó. Lo vio como una causa innegociable.

    SABER LO QUE ES INNEGOCIABLE

    Al reflexionar sobre lo que hizo Edwards, creo que al menos tres doctrinas básicas le motivaron a mantenerse firme en sus convicciones. La primera era su aprecio por la doctrina de la Biblia. Dicho sencillamente, Edwards tenía un alto concepto de la Palabra de Dios. Sabía que las Escrituras enseñan que la Comunión es solamente para los creyentes (concretamente, en 1 Co. 11). El no hacer nada, el seguir permitiendo el Pacto de Punto Medio, hubiera sido para él una violación clara del patrón escrito de Dios.

    Segundo, Edwards tenía un alto concepto de la Persona de Dios. En su opinión, obedecer a Dios era mucho más importante que obedecer al hombre (cf. Hch. 5:29). Comprendió que su lealtad al Soberano del universo tenía prioridad sobre su estatus en el ministerio de Northampton. Como resultado, su elección de obedecer a Dios — aunque desagradara a sus vecinos — en realidad no fue tan difícil de hacer.

    Tercero, Edwards tenía un alto concepto de la salvación de Dios y del evangelio. Al apaciguar las conciencias de los asistentes inconversos en su congregación, se hacía cargo de que estaba oscureciendo su entendimiento del evangelio. Se dio cuenta de lo inadmisible que era pasar por alto su falta de fe y arrepentimiento, escogiendo antes elogiarles por su buen comportamiento exterior. En última instancia, amaba más la pureza del evangelio que su posición en la iglesia.

    Son estos tres elementos — un alto concepto de la Palabra de Dios, un alto concepto de Dios mismo, y un alto concepto del evangelio — que, creo yo, constituyen la base bíblica para determinar qué cuestiones son innegociables para un cristiano. Ya que estas tres categorías teológicas son de importancia fundamental, los creyentes deberían de poner cuidado en evaluar cada ministerio y cada mensaje que  encuentran de acuerdo a este criterio doctrinal. A qué iglesia asistir, qué libros comprar, cómo reaccionar ante las predicaciones que escuchas, y con quién relacionarte y servir — cada una de estas cosas debería ser evaluado ante todo en base a estas doctrinas. Con esto en mente, vamos a considerar cada una de las categorías teológicas mencionadas.

    UN ALTO CONCEPTO DE LA PALABRA DE DIOS

    Si queremos desarrollar discernimiento bíblico, hemos de empezar con un alto concepto de las Escrituras. Al fin y al cabo, ellas constituyen la única revelación escrita de Dios al hombre. Sin ellas, no sabríamos nada acerca de los deseos específicos de Dios para nosotros, ni sobre Su plan de salvación. Seríamos incapaces de agradarle, conocerle o seguirle — siendo destinados en lugar de eso a la ignorancia espiritual, la decadencia y la muerte. Dios, sin embargo, en Su misericordia, se ha revelado a nosotros en este libro que llamamos la Biblia.

    Por esta razón, para el cristiano la Palabra de Dios debería ser como pan al hambriento (cf. Mt. 4:4) o como agua al ciervo sediento (cf. Sal. 42:1). Guardando sus mandamientos, nos mantenemos puros (cf. Sal. 119:9). Siguiendo su guía, tenemos luz para nuestros caminos (cf. Sal. 119:105). Meditando en ella, encontramos bendición y gozo (cf. Sal. 1:1-2). Y bregando con ella, nos encontramos con que nuestras propias vidas son transformadas y santificadas (cf. He. 4:12). Es nuestra guía perfecta y nuestra autoridad final (cf. Sal. 19:7-11) — porque es la mismísima Palabra de Dios. Mira cómo describe cierto autor este magnífico libro:

        Este libro contiene: la mente de Dios, el estado del hombre, el camino de salvación, la condenación de los pecadores, y la felicidad de los creyentes.

        Su doctrina es santa, sus preceptos constriñen, sus historias son verídicas, y sus decisiones inmutables.  Léelo para ser sabio, créelo para ser salvo, y practícalo para ser santo.

    Contiene luz para dirigirte, comida para sustentarte, y consuelo para animarte. Es el mapa del viajero, el bordón del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado, y el estatuto del cristiano. En él se abre el cielo, y en él se desvelan las puertas del infierno.

        Cristo es su gran tema, nuestro bien es su propósito, y la gloria de Dios su fin. Debería ocupar nuestra memoria, regirnos el corazón y guiarnos los pies.

        Léelo despacio, con frecuencia y con oración. Es una mina de riquezas, salud para el alma, y un río de placer. Se te ha dado aquí, en esta vida, se abrirá en el juicio, y está establecido para siempre.

        Involucra la más alta responsabilidad,  recompensará la más grande labor, y condenará a todo aquel que juega con su contenido. 

    No es de extrañar que los de Berea fueron elogiados cuando compararon lo que enseñaba Pablo con lo que decían las Escrituras (Hch. 17:11).

    Las iglesias, las predicaciones, los libros y los artículos, todos pueden alegar ser cristianos. Pero si minan o contradicen la Palabra de Dios en cualquier aspecto, puedes estar seguro de que no cuentan con la aprobación de Dios. A veces lo que hacen estos errores es restar de lo que ha enseñado Dios (como el Seminario de Jesús, que niega la autenticidad histórica de grandes porciones de los Evangelios). Otras veces procuran añadir a lo que Dios ha enseñado (como, por ejemplo, las sectas que ponen las enseñanzas de sus líderes al mismo nivel que la Biblia). Pero en cualquiera de los casos, la Escritura misma responde con una fuerte condenación. Considera la advertencia final de Cristo en el libro del Apocalipsis (el libro que completó el canon del Nuevo Testamento):

    “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (22:18-19).

    Sin lugar a duda, el mantener un concepto alto de la Escritura debería ser algo innegociable para todo cristiano. Si se mina la Palabra de Dios, de manera que a Dios mismo ya no se le da la última palabra, la puerta se abre entonces a toda clase de error. Un concepto alto de la Escritura es absolutamente indispensable para el cristiano que discierne, y este concepto alto debería mantener al menos tres cosas esenciales.

    La autenticidad de la Escritura. Primeramente, un concepto correcto de la Escritura es necesario un pleno entendimiento y reconocimiento de la autenticidad de la Biblia— concretamente, que la Biblia es, en efecto, la Palabra inspirada de Dios. La Escritura, por supuesto, asevera esto mismo en numerosos lugares (cf. 1 Ts. 2:13, 2 P. 1:20-21, 1 Jn. 5:10). De hecho, tan solamente en el Antiguo Testamento el texto afirma representar las mismísimas palabras de Dios más de 3.800 veces. No es de extrañar que, al llegar al Nuevo Testamento, el apóstol Pablo dice lleno de confianza: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16-17).

    Aún así, pese a las claras afirmaciones de la propia Escritura, el cristianismo contemporáneo está cargado de ataques a la inspiración y la autenticidad de la Biblia. Algunos aseveran que sólo ciertas partes de la Biblia son inspiradas. Otros sugieren que la “inspiración” no se refiere concretamente a la autoría divina, sino a logros del intelecto humano (como la “inspiración” emocional que subraya una apasionada canción de amor). Pero éstas en realidad no son más que intentos vanos de negar que Dios mismo está tras cada palabra de ambos el Antiguo y el Nuevo Testamento (cf. Mt. 5:18, 24:35). Y es en este punto fundamental que muchos llamados cristianos se condenan a una vida de confusión perpetua — destinados a revolcarse en el fango de los pensamientos humanos, simplemente porque han rechazado la verdadera fuente de sabiduría divina. La verdadera sabiduría empieza con la Palabra del Señor: “Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia” (Pr. 2:6). Así que, a menos que reconozcamos que la Biblia es, en efecto, Su Palabra, perderemos toda posibilidad de aprender el discernimiento.

    La fidelidad de la Escritura. En segundo lugar, para tener un concepto alto de la Escritura hay que aceptar la fidelidad e infalibilidad de la Biblia. Al fin y al cabo, si la Biblia es la Palabra inspirada de Dios en cada detalle (lo que significa que Él es el autor), significa que es también verídica en cada detalle (incluyendo los textos acerca de ciencia e historia) porque Dios es un Dios de verdad (cf. Tit. 1:2, He. 6:17-18). Así que las Escrituras merecen completa confianza,  porque vienen de un Dios que merece completa confianza.

    Esto significa que el Génesis ha de ser creído cuando declara que el mundo fue creado en siete días. Significa que Adán ha de ser aceptado como un ser humano real, que el Diluvio fue un evento global, que Sodoma y Gomorra fueron literalmente destruidas por fuego del cielo, y que Jonás en efecto estuvo en el vientre de un pez por tres días. Incluso Cristo y los apóstoles reflejan esta misma actitud hacia el Antiguo Testamento cuando hacen referencia a Adán (Ro. 5:14), Noé (Mt. 24:37-38), los habitantes de Sodoma y Gomorra (Mt. 10:15) y Jonás (Mt. 12:40) como personajes históricos. No es suficiente aceptar las Escrituras como veraces en asuntos de fe y práctica,  negando su veracidad en asuntos de historia y ciencia. Si el Dios de verdad ha hablado (no importa de qué cuestión), ha hablado con verdad.

    Con demasiada frecuencia los cristianos aceptan enseñanzas falsas porque se fían más de las últimas teorías científicas o literarias que de la misma Palabra de Dios. Al hacer esto, los creyentes renuncian a su habilidad de discernir entre la verdad y el error. ¿Por qué? La razón es sencilla: porque han dejado la verdad, sin la cual carecen de patrón para separar lo malo de lo bueno.

    La autoridad de la Escritura. Un concepto alto de la Escritura también demanda sumisión a su absoluta autoridad. Siendo que la Biblia viene de Dios mismo, y siendo que refleja Su perfecta verdad, tiene también Su autoridad como la última palabra en cuanto a nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros hechos. Al someternos a Él, nos sometemos a Su Palabra, mediante el poder de Su Espíritu (Jn. 14:15).

    Sin lugar a duda, Dios debería ser nuestra autoridad definitiva para discernir la verdad del error. Por esto nos dio Su Palabra - para que pudiéramos saber Sus pensamientos sobre cualquier tema, y así conocer la verdad (cf. Jn. 17:17). 2 Pedro 1:2-3 nos indica que el conocimiento que nos ha dado en la Escritura incluye todo lo que necesitamos para la vida y la piedad. Esto significa que no hemos de complementar la Biblia con filosofía humana (como hace el psicólogo cristiano). Tampoco necesitamos métodos comerciales para aprender a cómo tener éxito en el crecimiento eclesial (como les gustaría que creyéramos los ministerios impulsados por el márketing). Dios nos ha dado Su palabra autoritativa sobre cada uno de esos asuntos — y viene completa con todo lo que necesitamos para vivir la vida cristiana con éxito.

    Así que ¿qué significa todo esto para los que desean el discernimiento? Significa que los cristianos deberían dejar de respaldar o recibir cualquier enseñanza que mina, redefina o rechaza la enseñanza clara de la Escritura. También significa que la Biblia es el primer lugar a donde debes recurrir si quieres recibir un corazón sabio (Pr. 1:1-7).

    UN ALTO CONCEPTO DE DIOS

    Otro elemento esencial para desarrollar una base para el discernimiento bíblico es un concepto alto de Dios mismo. Para que este concepto sea correcto ha de nacer, por supuesto, de la revelación que Él nos ha dado de Sí mismo. Hemos de depender de Su Palabra para educar nuestro entendimiento sobre quién es Él.

    A través de la historia de la iglesia, la doctrina acerca de Dios (junto a las doctrinas acerca de Cristo y del Espíritu Santo) ha recibido muchos ataques. Dudas sobre la Trinidad, los atributos divinos, la deidad de Cristo, y la persona del Espíritu Santo han sido tema cada una para al menos un concilio eclesial. Más recientemente, las dudas sobre la soberanía de Dios y los dones del Espíritu Santo han sido motivo de controversias. Pero en cada uno de estos áreas, sólo un concepto bíblicamente formado de Dios les permitirá a los creyentes pensar correctamente al trazar su camino a través del laberinto de retórica teológica.

    Un concepto bíblico del Soberano. La grandeza de Dios emerge rápidamente de las páginas de la Escritura como una de Sus características primordiales. Se manifiesta en el primer versículo de la Biblia - Su poder creativo y Su eterna preexistencia. Continua en Génesis 3 con Su juicio sobre la raza humana, un juicio que culmina en Génesis 6-8 con el Diluvio. En el Sinaí el monte tiembla porque Dios está allí. Incluso Moisés, tras su petición de ver al Señor, recibe sólo una mirada protegida — y apenas sobrevive a la experiencia.

    En Salmo 115:3 se nos dice que “nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho.” En Isaías 40:18 el Señor hace una pregunta retórica: “¿A qué, pues, haréis semejante a Dios?” Pero la respuesta de esta pregunta deja a Job mudo de asombro (Job 40:4-5), y el pensamiento de la trascendencia de Dios lleva a Nabucodonosor a decretar:

    “Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste” (Dn. 3:28-29).

    Sin embargo, a pesar del majestuoso autorretrato de Dios, muchos cristianos hoy en día intentan minimizar Su grandeza y Su gloria. En algunos círculos, se niega Su poder soberano (como en la Teología Abierta ). En otros círculos da la impresión de que se teme más a Satanás y a los demonios que a Dios mismo (como en algunos contextos carismáticos). Pero el Señor a quién servimos no es como nosotros. Él hizo el sol, la luna y las estrellas (Sal. 8:3). No tenemos la libertad de moldearle a nuestra imagen.

    Al discernir la verdad del error hemos de preguntarnos, “¿Esta enseñanza particular representa fielmente al Dios de la Biblia? ¿Representa correctamente Su carácter, esencia y ser?” Rehúsa aceptar cualquier enseñanza donde la respuesta sea otra que “sí”.

    Un concepto bíblico del Salvador. La grandeza y la gloria de Dios se ven no sólo en Su poder soberano, sino en Su misericordia y gracia. De hecho, fue por el amor tan grande del Padre hacia nosotros que envió a Su Hijo para morir por nuestros pecados (cf. Jn. 3:16).

    Como Dios en carne humana (cf. Jn. 1:1 y 14, Tit. 2:13, He. 1:8, 1 Jn. 5:20), Jesucristo vivió una vida perfecta antes de sacrificarse en la cruz. Como el cordero inmaculado (1 P. 1:19) y el sacrificio de una vez por todas (He. 10:12), no sólo pagó el precio por nuestros pecados sino que también nos viste de Su justicia (2 Co. 5:21). Como el Señor resucitado (1 Co. 15:1-8), está entronizado a la diestra de Dios Padre (Hch. 7:56), esperando el día en que volverá a la tierra para establecer Su reino (2 Ts. 1:7-10, Ap. 20:1-6). Mientras tanto, todos los que confían en Él como su Salvador y escogen seguirle como Señor serán salvos (Ro. 10:9-10).

    Pese a la evidencia bíblica, los falsos maestros continuamente levantan confusión acerca de quién es en realidad Jesucristo. Muchos rechazan descaradamente Su deidad (como los Testigos de Jehová que rechazan totalmente la Trinidad). Otros son más sutiles, afirmando que los cristianos han de aceptar a Jesús como Salvador pero no necesariamente como Señor. Otros incluso sugieren que la resurrección fue espúrea o que el verdadero Cristo ha sido mal representado por la iglesia. Pero cuando se comparan con el claro testimonio de la Escritura, toda acusación de esta índole fracasa. Por esto un concepto bíblico del Salvador es tan importante para aquellos que buscan el discernimiento.

    Un concepto bíblico del Espíritu. Un concepto apropiado de Dios el Padre y Dios el Hijo no sería completo si faltara un concepto correcto de Dios el Espíritu Santo. Antes de irse, Jesús prometió que enviaría un Ayudador, el Espíritu Santo, para guiar a los cristianos a través de la edad de la iglesia (Jn. 14:26) — una promesa que se cumplió el día de Pentecostés (Hch. 2:2-8).

    La Biblia distingue claramente al Espíritu como una Persona distinta (Jn. 14:26, Ro. 8:11, 16 y 26, 1 Jn. 5:7) que es igual con el Padre y el Hijo (Mt. 28:19, 2 Co. 3:16-18 y 13:14, Ef. 4:4-6). Su ministerio es uno de enseñanza (Jn. 14:26, Lc. 12:12), de intercesión (Ro. 8:26), de liderazgo (Mt. 4:1), de dar vida (Jn. 6:63), de llenar (Ef. 5:18) y de santificación (Gá. 5:16-22). El Espíritu nos ayuda a los creyentes en el proceso de estudiar la Palabra de Dios (Jn. 14:26 y 16:13, 1 Co. 2:14). De hecho, Efesios 6:17 nos dice que “la espada del Espíritu”, el arma que Él usa para ayudarnos a repeler el engaño, es la Palabra de Dios. No es de extrañar, entonces, que ser lleno del Espíritu (Ef. 5:18) es paralelo a que “la palabra de Cristo more en abundancia en vosotros” (Col. 3:16).

    La confusión acerca de la doctrina sobre el Espíritu Santo es casi tan antigua como la iglesia misma. De hecho, en Hechos 8 un hombre llamado Simón supuso equivocadamente que podía comprar el poder del Espíritu Santo con dinero. A través de los siglos, varios grupos sectarios — como los Testigos de Jehová — sencillamente han rechazado la persona y la deidad del Espíritu, escogiendo en vez de eso verle como una fuerza impersonal. Y sobre todo durante los últimos cien años, ha proseguido el debate tempestuoso acerca de cómo deberían funcionar los dones espirituales en la iglesia. Ni qué decir que las prácticas no bíblicas de algunos grupos carismáticos (como matar en el Espíritu, reír en el Espíritu, ladrar en el Espíritu, y así sucesivamente) sólo han hecho  aumentar la confusión.

    Pero el cristiano que discierne no se ve afectado espiritualmente por modas heréticas como éstas. Es como un árbol, plantado firmemente (cf. Sal. 1:3) porque su concepto de Dios (incluyendo al Padre, al Hijo y al Espíritu) está fundado firmemente en las verdades de la Escritura. Al dejar que el autorretrato de Dios eduque su forma de pensar, el cristiano que discierne compara lo que oye con lo que sabe que es correcto. Dicho de otra manera, rehúsa cambiar un concepto alto de Dios (un concepto bíblicamente exacto) por ningún sustituto barato.

    UN ALTO CONCEPTO DEL EVANGELIO

    El discernimiento bíblico exige un tercer componente teológico — concretamente, una comprensión correcta del evangelio. Construyendo sobre las dos categorías anteriores, el evangelio nos responde a la pregunta: “¿Qué debo hacer uno para ser salvo?” Esta, de hecho, es la pregunta más importante que puede hacer un ser humano, porque su respuesta determina tanto nuestras elecciones presentes como nuestros destinos eternos.

    Tristemente, muchos cristianos restan importancia a aspectos claves del mensaje del evangelio (como el señorío de Cristo, comentado anteriormente). Como resultado, se han hecho corrientes las falsas profesiones de fe en la iglesia contemporánea, donde creer se redefine como un mero asentimiento, y el arrepentimiento brilla por su ausencia. Pero los cristianos que disciernen no se dejan impresionar con presentaciones diluidas del evangelio, y tampoco se dejan engañar por las falsas promesas de los predicadores de la prosperidad. En cambio, tienen una comprensión clara del evangelio, estando siempre preparados para presentar razones de la esperanza que tienen (1 P. 3:15).

    Un concepto correcto del pecado. Las buenas noticias de la Escritura empiezan, de hecho, con malas noticias — concretamente, que todos los hombres son pecadores ante un Dios santo (Ro. 3:23), incapaces de salvarse a sí mismos (Is. 64:6) y por tanto dignos de Su condenación (Ro. 6:23). Ya que Adán y Eva quebrantaron la ley de Dios (Gén. 3:6-7), y que todos sus descendientes (con la excepción de Jesucristo) también la han quebrantado (cf. Stg. 2:10), los seres humanos merecen ser castigados. Como Juez perfecto, el juicio que Dios pronuncia por el pecado es la muerte — tanto física (Gén. 3:3) como espiritual (Ro. 5:12-19). La Escritura enseña que los hombres y las mujeres son pecadores no sólo a través de sus hechos (1 Jn. 1:8 y 10), sino también porque han heredado una naturaleza pecaminosa de Adán y Eva (cf. Sal. 51:5, Ro. 5:12-19).

    A la luz del énfasis inequívoco que hace la Escritura en el pecado, resulta descorazonador ver como algunos cristianos de hoy intencionadamente quitan importancia al asunto.  En vez de dirigirse a la verdadera necesidad del hombre (el ser perdonado), demasiados evangelistas modernos se centran en las necesidades que siente su público. Al final, Dios se representa erróneamente, más como un abuelo cariñoso que un Juez santo, y los que escuchan reciben falsas expectativas sobre la maravillosa vida que Jesús ha planeado para ellos. Cualquier nuevo “convertido” pasa el resto de su vida cristiana intentando satisfacer sus propias necesidades emocionales, sin jamás tratar en realidad con el pecado en su vida — escogiendo antes ignorarlo o redefinirlo como “errores sinceros” o “heridas no sanadas”. En contraste, el cristiano que discierne es bien consciente de su propia pecaminosidad, habiendo clamado a Dios por misericordia, y batallando a diario con la carne (cf. Ro. 7:13-8:4).

    Un concepto correcto de uno mismo. Si tienes un concepto bíblico de tu pecado, naturalmente tendrás un concepto correcto de ti mismo. Como Isaías que clamó: “¡Ay de mí!” (Is. 6:4) o el publicano que suplicó: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13), los que reconocen su pecaminosidad ante un Dios santo se dan cuenta inmediatamente de lo realmente miserables y sin importancia que son. Con esto en mente, el apóstol Pablo mandó a sus lectores que no tuvieran más alto concepto de sí mismos que el que deberían tener (Ro. 12:3). En lugar de eso, siguiendo el ejemplo de Cristo, deberían estimar a otros con “humildad”, anteponiendo los deseos de su prójimo a los suyos propios (Fil. 2:3-4). Los éxitos y logros del pasado son tenidos como despreciables comparados con conocer y servir al Salvador (Fil. 3:7-8).

    Para el cristiano, la abnegación toma el lugar del amor propio. Al fin y al cabo, con Cristo estamos “juntamente crucificados”, lo que significa que ya no vivimos nosotros, antes bien vive Cristo en nosotros (Gá. 2:20). El Señor mismo nos instruye en esto, diciendo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo aquel que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mr. 8:34-35). Claramente, entonces, este espíritu de abnegación está estrechamente vinculado al evangelio, ya que no podemos hacer nada, en o por nosotros mismos, para ganar la salvación (Ef. 2:8-9). Al acogernos a la obra de Cristo a nuestro favor, abandonamos cualquier forma de autosuficiencia, escogiendo en vez de eso dar gracias a Dios por habernos elegido a nosotros — los débiles, los necios, y los menospreciables (1 Co. 1:26-29).

    En una era donde prevalecen el amor propio y la auto-promoción, no es sorprendente encontrar a muchos en la iglesia que han abrazado su propia valía personal. Este problema sólo se agrava por el hecho de que se le resta importancia al pecado, lo que lleva a muchos ocupa-bancos a sobreestimar su propia bondad intrínseca. La santidad de Dios, por supuesto, se pasa por alto, cosa que produce cristianos que tienen un alto concepto de sí mismos y un bajo concepto de su Creador. Los mensajes que escuchan y los libros que leen son evaluados, por tanto, por sus propios estándares humanos — en relación a necesidades emocionales y programas innovadoras. Debido a su reverencia disminuida hacia Dios, no buscan Su aprobación. Y como resultado, no logran cultivar un verdadero discernimiento en sus vidas.

    Un concepto correcto de la salvación. Habiendo subestimado el pecado y habiéndose sobreestimado a sí mismos, estos mismos cristianos tampoco logran comprender de manera correcta la salvación. En algunos casos comienzan viendo la salvación como poco más que un seguro de fuego celestial (como una especie de “vale” que dice: “Evita el Infierno Gratis”)— como si Dios se viera obligado a salvarles sin ningún arrepentimiento por su parte. Otros malinterpretan la gracia, lo que incluye sectas como el catolicismo romano, donde la justificación por obras se añade al regalo gratuito de Dios. Conceptos claves como la justificación y la imputación (Cristo toma sobre sí nuestro pecado, y nosotros tomamos Su justicia) son a veces malinterpretados o redefinidos (como la Nueva Perspectiva Sobre Pablo). Hasta los hay, como los Adventistas del Séptimo Día, que afirman que la obra expiatoria de Cristo sobre la cruz no fue Su obra final de expiación — a pesar de versículos como Hebreos 7:27 y 1 Pedro 3:18.

    De modo que ¿cuál es el plan bíblico de salvación del pecado? El apóstol Pablo contesta concisamente a esta pregunta en Romanos 10:9-10 cuando dice: “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Y en 1 Corintios 15:1-4 reitera estas verdades:

    “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.

    Así que, la llamada de la salvación es una llamada a creer en el sacrificio de Jesucristo hecho una vez para siempre en la cruz, y a someterse públicamente (“confesarle”) a Él como Señor (arrepintiéndose así del pecado). Por supuesto, esto es un regalo de gracia y no un resultado del esfuerzo o el mérito humano (Ef. 2:8-10). También involucra otras verdades teológicas — como la regeneración (Jn. 3:3-7, Tit. 3:5), elección (Ro. 8:28-30, Ef. 1:4-11, 2 Ts. 2:13), santificación (Hch. 20:32, 1 Co. 1:2 y 30, 6:11, He. 10:10 y 14), y seguridad eterna (Jn. 5:24 y 6:37-40, Ro. 5:9-10 y 8:31-39). Pero el meollo del evangelio es este: Al morir en la cruz, Jesús sufrió el castigo para todos los que creen en Él. Y al confiar en Él, el creyente es considerado justo (o justificado) ante los ojos de Dios.

    Pensar de manera correcta acerca del evangelio es algo que Dios toma muy en serio. De hecho, a los que predican otro evangelio la Escritura condena severamente como falsos maestros (Gá. 1:8). Los cristianos harían bien, entonces, en armarse del verdadero evangelio — el que mantiene un concepto bíblico del pecado, del yo y de la salvación. Sólo entonces seremos capaces de cumplir la Gran Comisión que se nos ha dado (Mt. 28:18-20); y sólo entonces seremos capaces de discernir entre el mensaje de vida y las falsificaciones. Los evangelios falsos no se pueden tolerar porque lo que está en juego es la eternidad.

    MONTAÑAS Y GRANOS DE ARENA

    ¿Hay otras causas innegociables para un cristiano? Posiblemente; todo depende de las circunstancias y las personas involucradas. Las cuestiones sobre los últimos tiempos, sobre la iglesia, y sobre otros áreas de teología tienen desde luego su importancia. Así que ¿por qué nos hemos centrado en la Biblia, Dios y el evangelio? La respuesta es sencilla: el Nuevo Testamento da a entender que una comprensión acertada de estas tres doctrinas es absolutamente esencial.

    Por ejemplo, Pedro comenta las tres en los primeros dos versículos de su segunda epístola — una epístola que se ocupa mayormente de rebatir la falsa enseñanza. Empieza con un concepto correcto de la salvación (fe por la justicia de Jesucristo). Sigue rápidamente con un concepto correcto de Jesucristo (como “nuestro Dios y Salvador” y “nuestro Señor”). Y menciona un concepto correcto de las Escrituras (“el conocimiento de Dios”), tema que desarrolla en el resto del capítulo 1. Otros escritores Nuevo Testamentarios están de acuerdo, respondiendo a evangelios falsos (Gá. 1:6-7, 2 Co. 11:4), cristos falsos (1 Jn. 2:22, 2 Jn. 7), y Escrituras mal manejadas (2 P. 3:16) con las más ásperas de las críticas (Mt. 24:24, 2 P. 2:1-22, Jud. 4-19). Ya que Cristo y los apóstoles tomaron una postura firme en estos asuntos, nosotros deberíamos poner cuidado en hacer lo mismo.

    También deberíamos tomar nota de aquellas cuestiones que la Escritura no califica como causas innegociables. Por ejemplo, las cuestiones de preferencias, como la duración de una predicación, el estilo de música usado en la adoración colectiva, el programa de construcción eclesial, y otras quejas predilectas no son cuestiones con las que nos deberíamos mostrar intransigentes. Aunque vivimos días en los que cada cual exige sus derechos, opiniones y preferencias personales, nuestro testimonio como cristianos debería ser diferente, buscando dar un trato preferente a nuestros hermanos y hermanas en Cristo (Fil. 2:1-4).

    CONCLUSIÓN

    Cuando hablamos de desarrollar discernimiento, no podemos exagerar la importancia del examen teológico por el que debería pasar cada mensaje. Sin sana doctrina, no podrás proteger tu propio corazón de los muchos errores doctrinales que existen hoy. Pero mirando a la Escritura (como tu máxima autoridad) para un concepto correcto de Dios y un concepto correcto del evangelio, podrás proteger tu mente, “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:5).

    Jonatán Edwards nos sirve de ejemplo excelente de cómo la buena teología nos permite discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Debido a que conocía la clara enseñanza de la Escritura, reverenciaba la santidad de su Maestro, y temía apoyar a un falso evangelio, tomó una postura firme por la verdad. Sí, le costó su ministerio, su nómina y probablemente algunos amigos. Pero en última estancia estaba convencido de que la fidelidad a Dios era más importante. Lo mismo es verdad para nosotros hoy al permitir que sea la verdad de Dios la que dicte las cuestiones por las que luchamos y las causas que mantenemos como innegociables.

traducido del libro Fool´s Gold (“Oro de Necios”), por John MacArthur