EL BAUTISMO
El Señor Jesús instituyó tan sólo dos actos ceremoniales a realizar por los cristianos neotestamentarios: el Bautismo y la Cena del Señor. Si el Señor los consideró suficientemente importantes como para referirse a ellos, cada creyente debiera considerarlos de tanta importancia como para practicarlos. Vamos, pues, a referirnos al bautismo de los creyentes.
Hay al menos dos errores que existen en relación con el bautismo:
(1) Hay quienes enseñan que no es posible alcanzar la salvación sin él.
(2) Otros afirman que no es tan importante y, por lo tanto, no insisten en practicarlo.
Algunos dicen: “lo importante es vivir la vida del bautizado”, pero ¿cómo puede hacerse esto si uno no se bautiza primero como el Señor manda?
El libro de los Hechos habla de convertidos que fueron bautizados, tales como:
- Los tres mil que creyeron el día de Pentecostés, en Hch. 2:41
- El eunuco en Hch. 8:38
- Pablo, antes Saulo de Tarso, en Hch. 9:18
- Cornelio y su familia en Hch. 10:47-48
- Lidia, la vendedora de púrpura, y los de su casa, en Hch. 16:15
- El carcelero de Filipos, y los suyos, en Hch. 16:33
- Crispo, el presidente de la sinagoga en Hch. 18:8
¿QUÉ SIGNIFICA EL BAUTISMO?
El bautismo cristiano es una manifestación pública que el creyente hace de su identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. La inmersión del creyente en el agua es una representación de su inmersión en la muerte de Cristo.
Pablo lo explica de la siguiente manera: “He sido crucificado con Cristo; sin embargo vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mi” (Gá. 2:20 V.M.). El apóstol hace constar que esta identificación con Cristo en Su muerte tiene lugar mediante la conversión (“He sido crucificado”). Pero tiene lugar también el mandamiento de manifestar este hecho públicamente por medio del bautismo. Se deduce, pues, que el bautismo debería tener lugar poco tiempo después de la conversión, tal como sucedía en los tiempos del Nuevo Testamento (Hch. 8:37-38).
Así como Cristo murió una sola vez por el pecado, el creyente muere al pecado y es hecho vivo para Dios. Léanse 2 Corintios 5:14-15 y Colosenses 3:1.
De la manera que Cristo resucitó de entre los muertos, así el creyente ha resucitado con El a novedad de vida, para vivir en el poder de Su resurrección. En el bautismo, entonces, uno hace profesión de que ha sido transformado por el poder de Dios; ha muerto al pecado; ahora pertenece a Cristo y de aquí en adelante su empeño será vivir para Cristo. Ambos aspectos de la verdad del bautismo se presentan con detalle en Romanos capítulo 6. El asunto se introduce tratando de recordar a los creyentes que cualquier idea de continuar en el pecado es imposible porque “han muerto al pecado” (v. 6) y han dado testimonio de ello con su bautismo. Por esto mismo, el pecado no puede ser ya lo predominante en sus vidas, sino más bien una excepción.
Los cristianos del Nuevo Testamento entendían que al bautizarse se identificaban públicamente con Cristo ante el mundo. Pablo recordaba a los gálatas “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gá. 3:27). De esta manera, aquello que tuvo lugar mediante la conversión por el poder del espíritu, se hace manifiesto ahora a través de la obediencia en el bautismo.
En los tiempos apostólicos, e incluso hoy día en algunos lugares del mundo, cuando un creyente se bautiza sufre persecución de amigos y parientes. A veces, hasta se ve obligado a abandonar el hogar y los seres queridos. Aún se le puede tolerar mientras tan sólo confiesa a Cristo con sus palabras (Ro. 10:9). Pero cuando públicamente con el bautismo hace profesión de su fe en Cristo, los enemigos de la Cruz entablan batalla contra él.
¿CÓMO SE DEBE BAUTIZAR?
El bautismo cristiano no es un simple rociamiento, sino una completa inmersión en agua. Y ello debido, precisamente, a su significado: muerte y sepultura con Cristo.
La palabra griega para “bautizar” quiere decir “sumergir” o “inmersión”. La aspersión no sugiere el hecho de ser sepultado, mientras que la inmersión lo hace muy adecuadamente.
Al relatar el bautismo del eunuco por Felipe se afirma con claridad; “...y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua”... (Hch. 8:38-39).
En relación con el bautismo de Cristo, leemos; “y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua” (Mt. 3:16).
También en Juan 3:23, refiriéndose a Juan el Bautista, se nos explica que bautizaba en Enón, junto a Salim porque “había allí muchas aguas”. Todas las Escrituras mencionadas nos llevan a pensar que el bautismo consiste en una inmersión total; nunca en “rociar” ni en una aspersión de agua.
El que bautiza no necesita ocupar cargo eclesiástico alguno. Cualquier creyente puede bautizar a otro. Pablo, escribiendo a la asamblea de Corinto, dice: “Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y Gayo” (1 Co. 1:14). En modo alguno el Apóstol buscaba una posición prominente entre los santos, ni quería llegar a ser uno de sus héroes. Pablo está recordando a sus lectores que el bautismo ocupa un segundo lugar, tras la predicación del evangelio; sin embargo, lo considera parte muy importante de la divina Comisión y así lo ha practicado.
Hay quien enseña que el bautismo del Nuevo Testamento ha venido a reemplazar la circuncisión del Antiguo Testamento. Partiendo de ahí, se llega a la conclusión de que si los niños eran circuncidados en el Antiguo Testamento, han de ser bautizados en el Nuevo. El pasaje de la Escritura que se utiliza para sustentar este punto de vista es Colosenses 2:11-12.
“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él...de los muertos”.
“La circuncisión de Cristo” se refiere aquí a la muerte de Cristo, con la cual todo creyente es vinculado. Por lo tanto, en Cristo nosotros somos circuncidados con la circuncisión no hecha con manos. Lo que equivale a decir que hemos muerto al pecado, rompiendo con todo cuanto antes éramos en la carne.
De esta identificación con Cristo en su muerte se hace manifestación a través del bautismo. Así, pues, si la circuncisión se trataba de una cortadura en la carne, el bautismo representa el establecimiento de un final con la carne para un nueva vida en Cristo.
La enseñanza de este pasaje tiene que ver con aquellos que por la fe han confiado en el Salvador y se identifican con El en Su circuncisión; es decir: su muerte en la Cruz.
Deberíamos enfatizar que no existe un solo versículo en el Nuevo Testamento que permita suponer algo como el bautismo de niños o por aspersión. Tan sólo son bautizados aquellos creyentes que profesan serlo. Quienes sostienen el bautismo de niños se apoyan en Marcos 10:13-16, donde dice: “Y le presentaban niños para que los tocase...Y tomandolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía”.
Fue Spurgeon, el gran príncipe de los predicadores, quien afirmó: “mira de leer la Palabra tal como está escrita, y si haces esto, no encontrarás en ella agua, sino sólo a Jesús”. Si el bautismo salvara a un niño, ¿que de los pobres indefensos cuyos padres no les han bautizado antes de que mueran?
¿QUIÉN DEBE SER BAUTIZADO?
El bautismo fue ordenado en la Gran Comisión de Mateo 28:18-20 y continuará “hasta el fin del mundo”; es decir, hasta el final de la era de la iglesia. El Señor resucitado dijo: “id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
El mandato: “haced discípulos a todas las naciones” quiere decir darles el mensaje de vida para que, renunciando al pecado, confíen en el Salvador. Y “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” es algo que naturalmente sigue su conversión.
Las Escrituras no hablan de ningún caso de bautismo sin una manifestación previa de salvación. Lo único que puede preceder al bautismo es la salvación; todo lo demás viene después.
De tal manera, los primeros seguidores del Señor Jesucristo, tras recibir Su Palabra, eran bautizados. Las citas que siguen pueden apoyar esta afirmación:
“Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hch. 2:41).
“Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios...se bautizaban” (Hch. 8:12).
“Muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hch. 18:8).
Antes de ser bautizado, la única cosa que se le exige a una persona es que sea creyente. En Hechos 16:15 y 1 Corintios 1:16 se mencionan los bautismos de todos los de una casa. Con todo no se sugiere allí la inclusión en la ordenanza de niños que todavía no podían haber confiado en el Salvador. Los únicos sujetos de bautismo en el Nuevo Testamento son personas capaces de creer. Por esa razón, precisamente, nosotros a menudo hablamos del “bautismo de creyentes”.
Al mismo tiempo, hemos de aceptar la existencia de un fuerte énfasis familiar en las escrituras. Dios reconoce la unidad familiar y cuando uno de sus miembros es creyente, los demás aparecen situados en una posición de circunstancias privilegiadas. El versículo a continuación, de 1 Corintios 7:14, apoya esta manera de pensar:
“Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido”. Se trata ahora de un esposo o esposa que han llegado a creer después de haberse casado.
Este versículo no viene a decirnos que Dios garantiza la salvación de no creyentes cuando forman parte de una familia en la que hay cristianos. Cada hombre y cada mujer tiene la responsabilidad de recibir al Salvador personalmente. Lo que Pablo está diciendo es que la presencia de creyentes en una familia produce efectos santificadores sobre los demás miembros, y es más probable que estas personas inconversas se salven que si no se hallaran en un ámbito con influencias cristianas.
Presentamos ahora nuestro tema señalando las opiniones de dos grupos de cristianos:
1. Los que dicen que no se puede ser salvo aparte del bautismo. Esto es absolutamente equivocado. La salvación no consiste en una serie de pasos, sino simplemente en “cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hch. 16:30-31). El bautismo ha de venir a continuación, pero no es parte del plan de salvación de Dios. En Marcos 16:16 leemos: el que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado”. Esto es que el bautismo viene después de haber creído; en otras palabras, TODOS los creyentes tienen que ser bautizados. Pero no se salvan porque se bautizan, como lo demuestra la segunda parte del versículo, sino que son salvos porque han creído.
2. Otros dicen: ¿Por qué bautizarse si es un asunto de poca importancia? Pues vamos a fijarnos: se trata de algo de tanta importancia que Dios se ocupó de:
- Ordenarlo, en los Evangelios
- Practicarlo, en los Hechos
- Enseñarlo, en las Epístolas.
Un creyente es bautizado porque:
1. Dios lo manda y, por lo tanto, constituye una señal de amor a El. “Si me amáis guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15). “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Jn. 13:17).
2. Es la respuesta de una buena conciencia delante de Dios (1 P. 3:19-22).
Que la gran enseñanza espiritual acerca del bautismo, nos lleve a un continuado reconocimiento del hacho de que hemos sido crucificados con Cristo y nuestras vidas están escondidas con Cristo en Dios. Y si tú, querido lector, todavía no has hecho pública manifestación de esta verdad en obediencia al Señor por el bautismo, yo confío en que muy pronto obedecerás Su palabra y serás bautizado.