LA OBEDIENCIA

Hebreos 13:17

 

El espíritu de obediencia es el gran secreto de toda piedad. El origen del mal, desde el principio, ha sido la independencia de voluntad. La obediencia es el único estado legítimo de la criatura, de otro modo Dios cesaría de ser supremo, cesaría de ser Dios. Donde hay independencia, hay pecado. Si tuviésemos memoria de esta norma, nos sería de gran utilidad como guía en nuestra conducta.

No hay excepción en la cual debamos hacer nuestra propia voluntad, ya que así no tenemos la capacidad ni de juzgar rectamente nuestra conducta, ni de presentársela a Dios. Puede que se me requiera actuar independientemente de la autoridad más elevada del mundo, pero nunca ha de ser sobre el principio de que estoy haciendo mi propia voluntad, la cual es el principio de la muerte eterna.

La libertad del santo no equivale a licencia para hacer su propia voluntad. Si algo hubiese podido quitarle la libertad al Señor Jesús, esto hubiese sido impedirle Su obediencia continua a la voluntad de Dios. Todo lo que se mueve en la esfera de la voluntad humana es pecado. El cristianismo pronuncia la declaración de que el ejercicio de la voluntad del hombre es el principio del pecado. Somos santificados para obedecer (1 P. 1:2): la esencia de la santificación es no tener voluntad propia. Si yo fuese tan sabio (por así decirlo) como Lucifer, y administrase todo ese saber a mi propia voluntad, toda mi sabiduría se convertiría en necedad. La verdadera esclavitud consiste en ser esclavizados por nuestra propia voluntad; la verdadera libertad consiste en dejar nuestra voluntad completamente de lado. Cuando uno hace su propia voluntad, él mismo llega a ser su propio centro.

El Señor Jesús tomó forma de siervo, y: “estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:7-8). Cuando el hombre llegó a ser pecador, dejó de ser siervo, aunque es, en pecado y rebelión, esclavo de un rebelde mucho mayor que él. En el momento en que somos santificados, se nos coloca en el lugar de siervos, al igual que en el de hijos. El espíritu de hijos se manifiesta en el Señor Jesús, quien vino para hacer la voluntad del Padre. Satanás intentaba que Él cambiase a una obediencia incompleta a Dios, pero el Señor Jesús nunca haría, desde el principio hasta el fin de Su vida, sino la voluntad del Padre.

En este capítulo el espíritu de obediencia se nos impone para con los que gobiernan en la iglesia: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos” (v. 17). Nos es provechoso buscar en todo este espíritu. “Ellos velan por vuestras almas”, dice el apóstol: “como quienes han de dar cuenta”. El Señor hace responsables a aquellos a quienes pone en el servicio. Este es el secreto de todo verdadero servicio: obediencia, ya sea en los que gobiernan como en los que obedecen. Todos son siervos, y ésta es su responsabilidad. Ay de ellos si no guían, si no ponen ejemplo siempre, si no andan delante dirigiendo al rebaño, si no dirigen, enseñan y reprenden, pues si no lo hacen, el Señor les pedirá cuentas de ello. Su lugar es EN el rebaño, como una de las ovejas, no SOBRE el rebaño como señores, ni separado del rebaño ministrando en otros lugares. Si el Señor les ha hecho pastores, deben quedarse con el rebaño. Si no quieren estar con el rebaño y en medio del rebaño, no deben ya presumir más de ser pastores. Si no, serán pastores desobedientes a los cuales nadie debe seguir. Los hubo en Israel, y los hay en la iglesia. Por otro lado, los que reciben la enseñanza bíblica y el sano consejo espiritual son total y directamente responsables de obediencia delante del Señor. Deben discernir la Palabra de Dios y obedecerla1.

El gran principio guardián de toda conducta en la iglesia de Dios es la responsabilidad personal para con el Señor.

La guía y dirección de otro jamás puede interponerse entre la conciencia de un individuo y Dios. En el papado se elimina esta responsabilidad personal frente a Dios. Aquellos de quienes se está hablando en este capítulo, los pastores que gobiernan en la iglesia, tienen que “dar cuenta” de su propia conducta, y no de las almas que se les han encomendado. No existe tal cosa como el dar cuenta de las almas de otras personas: “cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Ro. 14:12). La responsabilidad personal asegura el mantenimiento de la autoridad de Dios. Si los que velaban por sus almas habían sido fieles en su servicio, no tendrían que dar cuenta “quejándose”, en lo que a ellos se refería; pero aún así podría no resultarles provechoso a los demás si habían actuado con desobediencia.

Siempre que el principio de la obediencia salga de nuestro corazón, todo lo demás está mal; no hay más que pecado en cualquier otra opción. El principio  que condiciona nuestra conducta no debe ser: “tengo que hacer lo que considero correcto”, sino: “me es necesario obedecer a Dios” (Hch. 5:29).

J. N. Darby

adaptado

 

1. Nota:  Por supuesto que obedecer a Dios viene antes de obedecer a los hombres, como bien dijeron los apóstoles en Hechos 4:19. Cada uno tiene que discernir si obedecer a los hombres es obedecer a Dios. Los que dicen y hacen cosas que Dios no dice ni hace, e insisten en ser seguidos y obedecidos,  probablemente son los que abusan de la autoridad. Antes los tales hay que tener coraje y decir “no”. El que anda diciendo "obedéceme que soy el anciano" es precisamente uno de los más sospechosos. Las personas espirituales disciernen la Palabra del Señor y Sus preceptos en la vida de otro, y siguen porque están siguiendo al Señor. Él que les hace dudar de esto debería preguntarse ¿por qué? antes de  reprender a los "desobedientes". Deber preguntarse si los demás creyentes no tienen la responsabilidad de obedecer a Dios antes que a los hombres, pues es así. ¡Nos es necesario obedecer a DIOS!"

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