La Base del Señorío de Cristo

1. La Deidad absoluta de Cristo - 2. Su gloriosa Exaltación
El testimonio irrefutable de las Sagradas Escrituras en cuanto al Señorío de Cristo se fundamenta en estas dos verdades indiscutibles o irrevocables:
1º Cristo es Dios Todopoderoso, el Señor del cielo y de la tierra, el Creador y Sustentador del universo, eterno, infinito, inmutable. Léase Juan 1: 1-3. Col. 1: 17, lª Juan 5:20.
2º Él es el Cristo exaltado, por cuanto fue obediente a la voluntad de su Padre “hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla... y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor...” Filipenses 2:8-9. Dios el Padre quedó tan satisfecho con la obra redentora de su Hijo que determinó que ante El se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. Esto no significa, desde luego, que todos vayan a ser salvos, sino que los incrédulos que no doblan su rodilla voluntariamente durante su vida tendrán que hacerlo obligadamente en su Presencia en el día del Juicio, confesando que sí, Jesucristo es el Señor, reconociendo con ello lo justo de la sentencia emitida y dando gloria a Dios.
V. Títulos relacionados con el Señorío de Cristo
A continuación mencionaremos algunos de los títulos más destacados en las Escrituras que presentan el Señorío de Cristo. La mayoría de estos títulos tienen un carácter doble, pero todos están asociados con su Señorío:
1 . Es el Señor y el Maestro - Juan 13:14, a Quién debemos obedecer e imitar- A los apóstoles en el aposento alto el Señor les dijo: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor, y decís bien porque lo soy” y luego invierte el orden de las palabras al decirles: “el Señor y el Maestro...” Es decir, Cristo primero es Señor, y luego como resultado, Maestro. Léase también Juan 13:15, 1ª Pedro 2:21.
2. Es el Señor mío y Dios mío - Juan 20:28, a Quién debemos amar y adorar. Tomás el incrédulo, hace esta gran confesión, impactado al ver al Cristo resucitado. Había puesto sus condiciones para creer, pero tan convencido quedó que seguramente no le fue necesario ni siquiera tocar al Señor. Cayó a sus pies en actitud de adoración, reconociendo que estaba en la presencia de su Señor y su Dios.
3. Es el Señor y Cristo - Hechos 2:36. Al despreciado y rechazado Jesús de Nazaret, a Quién los judíos crucificaron, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Tal como lo vimos anteriormente, es el título completo del Señor proclamado después de su resurrección, título que los apóstoles se complacieron en proclamar por doquier.
4. Es el Señor y Salvador - 2ª Pedro 1: 11, el que se entregó a Sí mismo por nuestros pecados, en todo el valor excelso e infinito de su gloriosa persona. Con justa razón el apóstol Pablo pudo exclamar con gratitud: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí...” Gálatas 2:20.
5. Es el Señor y Juez justo - 2ª Timoteo 4:8. El Padre, satisfecho y complacido con la obra redentora consumada por su amado Hijo en la cruz, le ha dado autoridad de hacer juicio - Juan 5:27. En esto también, lamentablemente, muchos se equivocan, piensan que el Juez de la humanidad será Dios el Padre, en circunstancias que el testimonio de las Escrituras en este sentido es contundente. “Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó...” Hechos 17:31. Mientras que para el salvado es consolador saber que tendrá que presentarse delante de su amado Señor y Salvador para dar cuenta por sus obras y testimonio como creyente, para el incrédulo será aterrador presentarse delante del Señor ya no como amante Salvador, sino cual justo Juez.
6. Es el Señor y Ayudador - Hebreos 13:6. La promesa del Señor es fiel - “no te dejaré, ni te desampararé”. ¡Cuán grande el amor y el poder del Salvador! Al salvar a cada uno de los suyos, no sólo los da vida eterna, sino que los pone en su mano todopoderosa, con la seguridad de que nada ni nadie los podrá arrebatar - Juan 10:27-29. Más aún el creyente tiene la promesa de la presencia permanente del Señor a su lado, de manera que podemos decir confiadamente: “El Señor es mi Ayudador...” El creyente está tan seguro y protegido en las manos de su Señor y ayudador que puede cantar las primeras estrofas del Salmo 46: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio..” - Salmo 46:1-3. En este salmo se inspiró Martín Lutero para producir el himno: “Castillo fuerte es nuestro Dios”.
Es tan imposible que el Señor abandone o desampare a los suyos que su presencia está garantizada incluso hasta el mismo momento de su muerte. ¿Y qué hay más allá de la muerte para el creyente? El gozo inefable de partir para estar con Cristo, “lo cual es muchísimo mejor” - Filipenses 1:23. Morir para el creyente significa estar ausente del cuerpo, y presente con el Señor (ver 2ª Corintios 5:8).
7. Es el Señor de David - Mateo 22:41-46. El capítulo 22 de Mateo es conocido como el capítulo de las preguntas: vs. 15 al 22 - la pregunta de los fariseos respecto al tributo a César, vv. 23 al 33 - la pregunta de los saduceos acerca de la resurrección de los muertos, y vv. 34 al 40 - la pregunta del intérprete de la ley respecto al más gran mandamiento de la ley de Dios. Las respuestas del Señor en cada caso fueron sorprendentes, dejando maravillados y admirados a sus oyentes. Finalmente el Señor somete a prueba a los fariseos con las siguientes preguntas: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” (v. 42). Hemos de tener presente que el título “Cristo” en Griego, corresponde al título “Mesías” en Hebreo. La mayoría de los fariseos a estas alturas en el ministerio del Señor no creían en Él. Por ello no les preguntó “¿Qué pensáis de Mí?” (aunque, por cierto, esto estaba implicado en su pregunta). Los fariseos no tuvieron problemas para responder muy acertadamente que el Cristo sería “Hijo de David”, es decir, descendiente del gran rey de Israel y, por lo tanto, con derecho a reinar sobre la nación. Pero el Señor los hace ver que en el Salmo 110, David mismo en el Espíritu le llama “Señor” diciendo: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mí diestra...” y lanza luego la retadora pregunta: “Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” Los fariseos no supieron cómo responder al Señor y desde aquel día nadie osó preguntarle nada más.
Los fariseos y también los escribas (ver Marcos 12:35) sabían muy bien por las Escrituras que el Mesías sería Hijo de David. Pero no entendían que a la vez el Mesías sería el Señor de David. No habían comprendido que el Mesías había de ser el mismo Dios Todopoderoso manifestado en carne; es decir, el Dios y Hombre verdadero. Como Dios, Él es el Señor de David, su creador y originador, como Hombre, Él es el Hijo de David, de su descendencia o linaje según la carne. Los fariseos, gobernantes en Israel, no tuvieron la disposición de aprender como Pedro, quien declaró: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!” - Mateo 16:16.
8. Es el Señor de gloria - 1ª Corintios 2:8: “si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. Otras versiones, en lugar de “al Señor de gloria” traducen “al Señor de gloria”. Se destaca aquí que la Persona de Cristo puede, ser llamado indistintamente como el “Señor de gloria”, en relación con su Persona, o el “Señor de gloria” en relación con el cielo. Compárese con el Salmo 24, donde al Señor Jesús se le llama: “El Rey de gloria” y “el Rey de la gloria” - vv. 7 al 10.
La expresión el Señor de gloria se refiere a su Persona gloriosa, a la gloria intrínseca, inherente a su Persona, la gloria de su Deidad. Cuando Él vino a este mundo nunca dejó su gloria, pues Él nunca dejó de ser Dios, por la sencilla razón de que es imposible que Dios deje de ser Dios, ni siquiera por un solo momento. En Filipenses 2:7 dice que Él: “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo”. Según la llamada Kenosis, la frase “se despojó a Sí mismo” puede traducirse literalmente como “Se vació a Sí mismo”.
De inmediato surge la pregunta: ¿De qué se despojó o se vació el Señor? Para responder adecuadamente, hay que tener mucho cuidado, pues no faltan los que, intentando explicar este vaciamiento, han terminado cometiendo el grave pecado de privar a Cristo de Sus atributos Divinos. Dicen que voluntariamente dejó de lado los atributos de la Deidad al tomar forma humana. ¡Algunos incluso han llegado a decir que estuvo sujeto a las limitaciones de todos los hombres, y con la posibilidad do cometer errores y ceder a la tentación! Las Escrituras rechazan tales suposiciones en forma absoluta. El Señor Jesús al tomar forma humana jamás dejó de lado su Deidad, ni los atributos correspondientes. Jamás estuvo en peligro de cometer ni un solo pecado, ni ceder en lo más mínimo a la tentación. En su tránsito por este mundo: “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” - Hebreos 4:15, y en todo se mantuvo puro, impecable. Siguió siendo en su perfecta humanidad el Dios Omnisciente, el Dios Omnipotente y el Dios Omnipresente - una sola Persona y dos naturalezas, verdadero Dios y verdadero Hombre. Lo que hizo en su encarnación fue velar la gloria de Su Deidad en un cuerpo humano y renunciar voluntariamente al ejercicio de algunas de sus prerrogativas Divinas, en conformidad con la voluntad de su Padre. Cuando la ocasión así lo demandaba, Él ejercía sus atributos Divinos, pero siempre para ayudar y socorrer a la humanidad, nunca para beneficio propio.
Podernos decir que El veló Su gloria, pero no que El dejó su gloria. La gloria de su Deidad siempre estuvo presente en su Persona, aunque cubierta o escondida de la vista de la mayoría de los hombres, pues Juan dio testimonio: “Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre” - Juan 1:14. De hecho en algunas ocasiones manifestó su gloria como en el Monte de la Transfiguración - Mateo 17:1-8. No hubo ni un momento durante Su vida en la tierra en que se despojara ni de su Gloria, ni de su Deidad, ni de sus atributos Divinos.
(continuará D.M.) L.P.R.
de la revista "CONGREGADOS EN MI NOMBRE", Año 2003, Nro. 1
Una publicación de ministerio de la Palabra de Dios para el pueblo de Dios
Propósitos de la revista:
1) ENFOCAR el contenido de los artículos en la Persona del Señor Jesucristo y Su lugar de preeminencia.
2) EXHORTAR a los creyentes a que anden en la senda de obediencia a la Palabra de Dios.
3) ESTIMULAR a los santos a llevar, en el temor del Señor, vidas piadosas y dedicadas a Él.
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