La obra de arte no se descubre nunca al primer golpe.
Cada vez que se la mira se descubren nuevos aspectos y solo se revela
a costa de una interrogación paciente Tampoco es estática, el juego de
líneas y colores hace de ella un todo animado. Mediante la composición
se regula el movimiento interior del cuadro por cuya superficie se animan
a nuestros ojos las líneas y los colores manteniéndose
juntos, constituyendo una unidad, gracias a la tensión que produce
en el espectador una forma de actividad que se llama: atención.
La tensión “activa el ojo” y “sensibiliza” la
obra. No se trata ya de percibir un grupo de objetos dispuestos en una
superficie, sino de conseguir que esta se “anime” por la
atención que se solicita y se le preste. Por ello es tan
difícil de hablar de pintura. Es que las formas no tienen nunca
una realidad objetiva, estando siempre de por medio la conciencia
del espectador.
La tensión provoca, pues, en nosotros una mirada activa. El artista
la obtiene por cierto tratamiento de la superficie que nos lleva a tomar
conciencia de las formas, no ya con relación a los objetos que
figuran, sino en relación con las condiciones plásticas
que constituyen su existencia en el cuadro.
La lectura de un cuadro corresponde a una danza regulada por el
artista, a favor de la cual se realiza una revelación en nosotros
y simultáneamente nos llena de un sentimiento que, agregado a
la misma realización de esa danza, es la cumbre del placer estético.
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