#ESPIRITISMO
"El nacimiento no es un comienzo; la muerte no es un final." CHUANG TZU
PEQUEÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE
 
 
Por LEO TALAMONTI,  de su libro "UNIVERSOS PROHIBIDOS"
 
En los ojos de un animal, vemos, a menudo, los reflejos de un
mundo escondido y secreto. Ellos nos ponen en comunicación,
como a través de una puerta, con un Universo distinto del nuestro.
G. H. SCHUBERT.
 
Los perros de grandes recursos
La aventura que vamos a narrar es modesta en apariencia y tiene como protagonista a un perro como tantos otros -el terrier Héctor-, a quien las circunstancias han separado de su amo, y que trata de reunirse con él. Un suceso casi trivial, si no fuera por las dotes excepcionales, y en gran parte enigmáticas, que el perro se ha visto obligado a desplegar para conseguir su objetivo. Héctor pertenecía al oficial de la Marina mercante W. H. Mante, segundo de a bordo del Simaloer, un barco de carga holandés. Tras una escala en el puerto de Vancouver (Columbia británica), el terrier se encuentra solo y perdido errando de un muelle a otro, porque las circunstancias han determinado que "su" barco haya partido sin él.
 
El Simaloer ha partido de improviso directamente hacia el Japón, y esto el perro no lo sabe o, cuando menos, "no debería de saberlo". Pero tal vez nosotros juzguemos a los perros con criterios anticuados y no de acuerdo con la realidad; creemos conocerlos bien y, por el contrario, los hechos se encargan de vez en cuando de demostrarnos que se trata de un conocimiento aproximativo y plagado de prejuicios. Otros cinco barcos se habían quedado anclados junto al muelle en el que había atracado el Simaloer, y uno de ellos -el vapor Hanley- estaba completando su carga antes de zarpar hacia Yokohama.
 
En la mañana del 20 de abril de 1922, el segundo de a bordo del Hanley, el señor Harold Kildall, advirtió que un perro terrier nunca visto con anterioridad subía a los distintos barcos anclados y los "inspeccionaba" cuidadosamente, como si estuviera buscando algo. En un momento dado, lo perdió de vista.
 
Aquel perro era Héctor. Cuando el Hanley hubo levado anclas, fue encontrado tumbado ante la cabina del comandante, como un pasajero clandestino que, una vez seguro de no poder ser desembarcado, se pone, de pronto, bajo la protección de la máxima autoridad de a bordo. Pese a que era un extraño para todos, fue bien acogido, incluso festejado, pero él no correspondió a esas expansiones, tal vez porque tenía otra cosa muy distinta en la cabeza. A1 fin y al cabo, era el perro de un segundo oficial, y, por tanto, estaba acostumbrado a ser considerado con respeto. En cuanto a protección, sólo aceptó la de Harold Kildall, como si supiera que ostentaba el mismo grado que su amo.
 
Al poco, demostró ser un verdadero lobo de mar. A la hora del rancho, se presentaba regularmente al cocinero, que le reservaba exquisitos bocados. De vez en cuando, subía al puente más alto, apoyaba las patas en el habitáculo de la brújula, y echaba una ojeada experta, como si estuviera controlando la derrota. Al cabo de dieciocho días de navegación por el Pacífico septentrional, Héctor husmeó el viento de tierra y, desde entonces, se dedicó a prestar gran atención: había sido avistada la costa japonesa. El barco se dirigió a Yokohama, arribó al puerto y atracó en el muelle de la aduana. Y ahí se verificó el golpe de teatro: Kildall, que no había perdido de vista ni por un momento a Héctor, lo vio ponerse cada vez más inquieto. De improviso, el perro se puso a ladrar de manera frenética, mientras saltaba acá y allá en un paroxismo de excitación, y todo esto mientras, a breve distancia, pasaba una embarcación procedente de un barco holandés no lejano.
El buque en cuestión era el Simaloer. En la embarcación iban dos hombres, y uno de ellos -y es una casualidad digna de ser señalada- era el señor Mante, el amo de Héctor.
 
Fue un encuentro memorable. La documentación acerca de este caso ha sido recogida por el capitán Kenneth Dodson, que interrogó en persona a los oficiales de los dos barcos. Valía la pena que se realizara esa encuesta, porque la aventura referida es una de esas que parecen a propósito para estimular las mentes inclinadas a aceptar las explicaciones simplistas. Cuando un perro se reúne con su amo que se encuentra a centenares o a millares de kilómetros de distancia, se dice que "se orienta", y se atribuye su mérito al "instinto". Pero, al menos en este caso, creemos que es difícil hablar de orientación en el sentido usual, desde el momento que el perro, entre los cinco barcos anclados, eligió justamente el que precisaba.
 
Análogos problemas nos plantea el extraordinario curriculum vitae de Lampo, el famoso "perro viajero" del ferroviario Elvio Barlettani, quien ha descrito la gesta del can en un libro que invita a muchas reflexiones. Lampo era, por vocación adquirida, un vagabundo, pero no a la manera tradicional de los perros. Habiendo adquirido la invencible afición de viajar en tren, se dedicaba continuamente a esta su diversión preferida, y lo hacía con toda la inteligencia, la astucia y la tenacidad de un perro de grandes recursos (pero, ¿existen perros desprovistos de recursos?).
 
Lampo montaba en los trenes en la estación de Campiglia Marittima, donde radicaba su "base de operaciones", y se ofrecía largos e interesantes itinerarios, cambiando siempre de tren en el momento justo y eludiendo hábilmente la vigilancia de los revisores, los cuales, como es sabido, no son nada amables con los perros "no acompañados". Después, regresaba con toda tranquilidad a la base, a expensas de los Ferrocarriles del Estado. Habríase dicho que conocía de memoria el horario de los trenes, las paradas y las coincidencias. E1 hecho es que conseguía regresar a Campiglia Marittima en el momento justo, cuando tenía que acompañar a la escuela a la niña de Barlettani.
 
La orientación "telepsíquica"
 
Lo menos que podía pasarle a un perro hábil e independiente como Lampo era hacerse célebre. De él se ocuparon, en efecto, los periódicos. Luego - como si fuera un estupendo jugador de Primera División-, fue presentado al gran público televidente. Por desdicha, es el destino de ciertos hechos interesantes y significativos no ser tomados en consideración sino en la medida que sirven para suscitar el estupor y la fugaz curiosidad del público. Incluso desde ese punto de vista de su utilidad es indudable, desde luego, porque, al menos, contribuyen a desterrar algún viejo prejuicio.
 
Se va abriendo camino, por ejemplo, la convicción de que la inteligencia de los animales en general, y en particular la de algunas especies, ha sido infravalorada hasta ahora.
 
Pero, ¿basta la simple inteligencia para explicar el comportamiento de Héctor y de Lampo? Cuando se afirma con toda seriedad que Lampo "conocía de memoria el horario de los trenes" acaso no se dé cuenta cabal de todo cuanto implica semejante afirmación. En efecto, de nada sirve conocer los horarios si no se tiene la posibilidad de consultar los relojes y de regularse el tiempo en consecuencia. Pero no creemos de veras que Lampo tuviera necesidad de nuestro sistema horario para realizar sus empresas ya famosas. Escribe Olivier Quéant: "Creo que el gran error que cometemos al afrontar con pensamientos y palabras cierto ámbito misterioso sea "juzgar como hombres y hablar como hombres", quiero decir, recurrir a nociones humanas, utilizar palabras humanas. ¿Cómo podríamos dejar de hacerlo, puesto que somos hombres? Pero, al menos, deberemos tener la certeza de que nuestras palabras son falsas, que no se aplican a lo que no es material ni físico."
 
Son muchos, en el ámbito animal, los fenómenos misteriosos que la ciencia no tiene la posibilidad de explicar, o para los que no da explicaciones bastante persuasivas. Para estos fenómenos son precisas hipótesis nuevas, explicaciones más simples y más audaces. La audacia radica en apartarse de los caminos habituales, de los razonamientos de tipo cartesiano que reflejan, es cierto, las exigencias de nuestra psicología consciente, pero no respetan las características profundas de la realidad. Hay aspectos del psiquismo humano subconsciente que resultan inconmensurables con nuestro común raciocinio. ¿Quién podría explicar, por ejemplo, el misterioso mecanismo en virtud del cual una clarividente puede mirar desde lejos en el interior de los cuerpos ajenos y descubrir sus enfermedades? Pues bien, el psiquismo animal se desarrolla esencialmente a nivel subconsciente, y toma sus recursos de ese universo secreto del que tan poco sabemos.
 
Apenas comenzamos ahora a entrever la existencia de un "factor PSI" que pone en misteriosa comunicación entre sí a los seres vivientes, que puede encerrar otras muchas posibilidades independientes de los acostumbrados mecanismos psicofisiológicos y sensoriales, y que obtiene su fuerza de las oscuras profundidades del ser. Se trata de saber si este factor actúa también en el campo animal y hasta qué punto, y si el considerarlo, al menos como hipótesis, responsable de ciertos hechos enigmáticos y oscuros, ayuda o no a simplificar su interpretación. Si aceptamos entrar en este orden de ideas, la posibilidad de que un perro pueda reunirse con su amo desde enormes distancias, superando las dificultades que resisten a toda otra tentativa de explicación racional, no nos parecerá más asombroso que tantos otros fenómenos que hemos ido examinando.
 
Y, ahora, vayamos en busca de algún otro hecho que pueda corroborar estos nuestros puntos de vista. Cierto día de 1940, un funcionario del condado de Summersville, en Virginia occidental, le regaló a su hijito -un muchacho de doce años- un palomo herido que había encontrado en el patio de su casa. El ave fue alimentada y cuidada con tanto cariño, que muy pronto se hizo inseparable del muchacho. Al llegar el invierno, aquél tuvo que ser internado en el hospital de Philippi para ser sometido a una intervención quirúrgica. Philippi se encuentra a unos cien kilómetros de Summersville. Una semana después del ingreso, en el peor momento de una noche de tormenta de nieve, el muchacho enfermo oyó un ligero repiqueteo procedente de la ventana: era su palomo, que había acudido de improviso a reunirse con él.
 
Algunos días después, cuando los padres fueron a visitar a su hijo, quedaron muy sorprendidos al encontrar al ave en su habitación. Un examen cuidadoso de las circunstancias permitió de-terminar que el palomo estaba en Summersville los días inmediatamente posteriores a la partida del chico, de manera que no había podido seguir la ambulancia. En apariencia, nada hay de extraño en este caso, pues se sabe que algunas especies de palomas saben orientarse muy bien, pero una cosa es orientarse hacia las zonas climáticas apropiadas y otra, que un palomo pueda encontrar a un muchacho que se halla en un lugar no precisado a cien kilómetros de distancia, y nunca visto con anterioridad. El problema radica en cómo se las arregló aquel palomo para saber que su amo estaba allí.
 
Los sagacísimos gatos de Estambul
 
El problema de la orientación de los animales no se presenta sólo a propósito de palomas viajeras o de perros; constituye un enigma aún por resolver con el que el biólogo se enfrenta sin cesar también en lo relativo a otros volátiles, insectos o a simples larvas profundamente introducidas en el tronco de un árbol, los cuales, de forma invariable, consiguen agujerear la madera utilizando el camino más corto que puede conducirles al exterior. Las hembras de ciertas mariposas son capaces de atraer a los machos desde distancias enormes, e incluso con viento en contra. La tentación de explicar tales fenómenos en los términos de la Fisiología normal o de la Física es muy acentuada. El ruso Vasíliev, por ejemplo, habla de dichos fenómenos como de "radiocomunicaciones biológicas".
 
Pero el antropólogo Lidio Cipriani, que en esta materia ha realizado las observaciones más sistemáticas, es de opinión muy distinta. Describe, por ejemplo, el desconcertante fenómeno de los buitres, que desde los límites extremos del horizonte, y fuera de toda posibilidad visual, convergen de improviso y simultáneamente hacia los restos de un animal, en cuanto éstos han sido localizados por un solo individuo de la especie. Está claro que este último advierte a los otros, pero, ¿de qué modo? A este propósito, escribe Cipriani: "Desearía poder atribuir a la vista o al olfato la causa de todo esto, pero después de haber asistido en varias partes del mundo... a idénticos hechos, no me atrevo. Como máximo, el primer buitre podría descubrir con la vista, pero no los que se añadieron en la casi oscuridad de la noche otoñal y procedentes de direcciones cubiertas de vegetación".
 
Más adelante, añade: "Aquí actúa algo así como un "telepsiquismo", o sea, una infinita e inmaterial extensión superorgánica y superindividual." Se trata, en suma, de la hipótesis PSI, pero con la novedad de que el autor la considera como apoyo "normal y directo" de todas las relaciones entre los organismos animales, lo que es bastante razonable, si se piensa que estos últimos no tienen otra manera de comunicarse entre sí. En efecto, explica Cipriani: "Por cuanto se desprende de mis experiencias acerca de los pájaros y de fenómenos como la migración de las especies, las nociones, sin tener en cuenta las barreras materiales, pasan de un inconsciente a otro o del ambiente al inconsciente individual, informando a la totalidad de los interesados sobre situaciones de carácter biológico y cósmico. A1 nivel del inconsciente, nada obstaculiza, evidentemente, la reciprocidad de conocimientos, en cuya virtud todo organismo se convierte, en este sentido, en un libro abierto para los otros organismos."
 
Con semejantes premisas, que presuponen incluso una clarividencia animal, resultan aceptables otros varios hechos que, de otro modo, aparecerían como inverosímiles, como, por ejemplo, el siguiente. Un mercante de Marsella, en el curso de una de las muchas escalas que hacía de vez en cuando en el puerto de Estambul, embarcó una docena de gatos. No sabemos cómo se los procuraron los marineros, pero, en todo caso, resulta que los animalitos fueron tratados muy bien y alimentados con abundancia. Cuando el barco regresó a Estambul, el capitán ordenó que todos aquellos gatos fueran desembarcados y devueltos a sus propietarios, tras lo cual el buque zarpó de nuevo y transcurrió más de un año antes de que regresara.
 
Cuando volvió a Estambul (e insistimos en el hecho de que se trataba de viajes esporádicos, realizados en períodos irregulares) acaeció algo extraño. Desde la víspera de su arribada, los
gatos en cuestión habían abandonado a la vez sus casas y habían acudido a esperar el barco en el muelle, reuniéndose en el punto preciso donde debía atracar. He aquí un hecho difícil de explicar, según las ideas corrientes. Cuando un animal hace algo extraordinario, nuestro estupor se calma, por lo general, ante una palabra: el "instinto"; pero es una etiqueta que esconde el vacío, y el vacío no puede ser una explicación. Escribe Maeterlinck: "Hemos llamado instinto a lo que no comprendíamos, aplazando para más tarde la interpretación de esta palabra que se acostumbra a referir a los más insolubles enigmas de la vida".
 
En realidad, un hecho de este tipo implica telepatía, clarividencia y precognición, todo a la vez. Presupone, de hecho, un intercambio de informaciones a nivel subconsciente entre los gatos y entre éstos y la tripulación, según lo que podemos llamar la "hipótesis Cipriani". Es uno de tantos acontecimientos que abren un pequeño, pero interesante, resquicio sobre los ignotos panoramas de un dinamismo psíquico que tiene leyes y comportamientos demasiado distintos de los de la psique consciente como para poder describirse en los términos claros propios de esta última. Se dirá que el misterio no se aclara por haber sustituido la etiqueta del instinto por la del factor PSI, pero, al menos, se sabe que este último implica la intervención de leyes que el universo físico no puede explicar, y que van adquiriendo ya un perfil discernible.
 
La idea de que los animales -o, al menos, algunos animales - pueden presentir de alguna manera la proximidad de sucesos futuros es inaceptable para el sentido común, pero es más que aceptable si se admite la intervención de esas fuerzas reales si bien desconocidas. En un libro de Bozzano, se encuentra la narración, tomada de otra fuente, de una curiosa "huelga" que los perros de San Bernardo declararon en febrero de 1939, cuando, por primera y única vez, se negaron a seguir a los monjes, que querían llevarlos al acostumbrado paseo de la mañana. Fueron acariciados y amenazados, pero inútilmente, y, por aquella vez, se renunció a hacerlos salir. Una hora más tarde, se desencadenó la tempestad, y un gran alud se abatió sobre el camino que monjes y perros hubieran debido seguir. Remitiéndonos a los poderes que acostumbran a atribuirse al instinto, los perros pueden haber presentido la tempestad, pero los de San Bernardo no 1a temen. La amenaza temible era la del alud, que no podía ser prevista.
 
Mi amigo Antonio Ribera, de Barcelona, me ha remitido una documentación concerniente a un episodio acaecido en Oviedo, el 17 de mayo de 1968, cuando un caballo que tiraba de un carro
interrumpió el tránsito ante la boca de un túnel, en la carretera que conduce de Ciano a La Nueva. El animal se negó en redondo a continuar, ni siquiera cuando el carretero, dominado por la legítima impaciencia de los restantes usuarios de la vía pública -entre los que se encontraban los pasajeros de un autocar--, empezó a darle de latigazos. Mientras tales cosas sucedían, la bóveda del túnel cedió de improviso y el túnel quedó obstruido por un enorme desprendimiento. Sin esta providencial obstinación equina, muchas personas hubieran seguramente perdido la vida en el hundimiento.
 
Melancólica historia del perro de Andersen
 
Incluso entre los estudiosos de lo desconocido hay quien tiende a incluirlo todo en el ámbito de la Fisiología ordinaria y, por tanto, sostiene que los perros (u otros animales) perciben por vía sensorial - y aunque sea con alguna anticipación- los signos precursores de sucesos peligrosos como terremotos, incendias y aludes, pero es preciso reconocer que el mecanismo de tales  presuntas percepciones sensoriales es problemático y oscuro, al menos, tanto como las hipotéticas "radiocomunicaciones biológicas" de Vasíliev. La convicción más difundida es que la percepción extrasensorial (y, en general, el fenómeno paranormal) debe representar la excepción y no la regla.
 
En efecto, se acostumbra a considerar como "hipótesis más económica" la basada en la Fisiología ordinaria, por más que la explicación correspondiente, en muchos casos, aparezca oscura, forzada y problemática.
 
Hay, en cambio, algunos motivos serios para sospechar que este antropocéntrico concepto de "economía" no refleje en absoluto la sustancia de las cosas, desde el momento que existe una fuerza natural (el factor PSI) que implica, para muchos fenómenos, una explicación más simple e inmediata de las acostumbradas y fantasiosas, ni tampoco puede suponerse que la Naturaleza, disponiendo de tal fuerza, tenga alguna dificultad para hacerla actuar innumerables veces e incluso siempre, más bien que en casos excepcionales. Quien eche un vistazo a los trabajos de los psicobiólogos, advertirá, en efecto, la existencia de un vasto designio natural en el que la fuerza citada asume un papel importante y fundamental, sobre todo, en el ámbito del mundo animal. Se entiende que hasta que el hombre no se decida a reconciliarse con la realidad, las teorías de los psicobiólogos nunca merecerán atención, y, en la práctica, continuará conformándose con la ambigua actitud de quien conoce los hechos, pero los hace a un lado o pasa sobre ellos porque no puede explicárselos, o, todo lo más, se vale de ellos para suscitar un momentánea estupor, en lugar de utilizarlos para construir encima una representación más estable de la realidad.
 
En Cervinia hay un bajorrelieve de cerámica que representa un perro mirando una montaña. Es la efigie de Bleck, un bastardo que acompañaba a los guías y a los escaladores, y que se hizo famoso por la habilidad con que, según escribe Enzo Grazzini, "sentía curiosamente a tiempo todo cuanto maduraba en el misterioso mundo de la montaña". También Bleck "adivinaba" los aludes y daba a los demás el ejemplo de lo que debe hacerse para estar a seguro, y aquel don suyo era precioso para los fieles de la montaña. Pero Bleck "sentía" también otros acontecimientos de especie distinta.
 
Una vez -continúa narrando Grazzini -, un capitán de alpinos perdió la vida en un accidente en el curso de la primera competición por el "Trofeo Mezzalama". En aquel momento, el perro se encontraba en BreuiI. Se volvió a mirar a la montaña y aulló siniestramente largo rato. También en otra ocasión se comportó de la misma manera: una noche, se levantó de su yacija y se puso a ladrar hasta altas horas. Fue en el verano de 1933, cuando se precipitaron del Linceul dos estudiantes del valle de Aosta, y, con ellos, también el guía que los acompañaba.
 
Todo esto no puede sorprender a quien conozca a los perros y, en general, a los animales. Jack London, con la feliz intuición de los grandes escritores, afirma que los hombres "son los dioses de los perros". Según Ringger, entre animales domésticos y amos existiría un vínculo semejante al que se establece entre los niños y sus padres, o sea, un estado de interdependencia psíquica, algo que hace pensar en el "cordón telepático" que, al decir de Ehrenwald, une a la madre con su hijo en los primeros años de vida de éste. Algo de verdad debe de haber, porque son demasiados los hechos que demuestran hasta qué punto cuenta para un perro la vida de su amo.
 
Estos aspectos de la realidad son conocidos desde los tiempos legendarios de Argos. En cambio, es menos conocido el hecho de que la vida del hombre y la del perro permanecen ligadas de manera invisible por un hilo misterioso, incluso cuando se separan, fruto evidente de esa "simbiosis psíquica" que ha ido madurando en los milenios de común aventura terrestre y que ha hecho del perro una "prolongación", un apéndice necesario del hombre. Y hasta aquí, nos hemos mantenido en el ámbito de las generalidades, pero puede entrarse en el de los hechos circunstanciados y precisos. El cuentista danés Hans Christian Andersen había recibido en custodia -con el encargo de albergarlo por un largo período- el perro de un amigo que marchaba a Italia por razones de salud. No sabemos de qué raza era el can, pero sí conocemos su nombre: Amour.
 
En los meses que siguieron a la partida de su amo, el humor del animalito sufrió altibajos que, al principio, resultaron incomprensibles: a veces, en efecto, el perro parecía sombrío y deprimido, y en otras ocasiones, normal o incluso vivaz. Se comprendió el motivo cuando pudo determinarse -basándose en las informaciones que, de tanto en tanto, llegaban de Italia- que las crisis depresivas de Amour coincidían regularmente con los períodos más críticos de la salud de su dueño, quien estaba enfermo de gravedad del pecho. Una noche, Andersen, que apenas se había dormido, fue despertado por el perro, que le lamía una mano. Inmediatamente después, el animalito comenzó a aullar de forma lastimera y, luego, se tiró al suelo adoptando una postura insólita, con las cuatro patas extendidas y poseído de un evidentísimo desasosiego.
 
 
La clara impresión de Andersen -expresada a otras personas en seguida - fue que, en aquel preciso momento - o sea, a las once y media de la noche- Amour había "sentido" la muerte de su amo. Las noticias que llegaron a continuación confirmaron plenamente tal suposición. Todo esto puede llamarse telepatía o visión a distancia, pero, una vez más, no son las denominaciones lo que cuenta. Cuenta más saber que el "factor PSI" opera con mayor potencia en los animales, acaso en razón de la reducidísima incidencia del intelecto consciente sobre su psiquismo, y que se mueve muy a menudo al compás de la emoción más fuerte que un perro pueda experimentar: el amor.
 
Wamar, galgo clarividente
 
Si se tratara de hechos aislados, cualquier inducción resultaría arbitraria, pero, por lo general, el pasado y el presente se encuentran en los mismos caminos, que son los de la Naturaleza. He aquí una aventura extraordinariamente análoga, pero mucho más reciente, puesto que se remonta a 1936. Dado que está circunstanciada y precisada -aparte de ser controlable con facilidad-, no podemos considerarla una de tantas leyendas creadas por el sentimentalismo humano, que nunca se cansa de proyectar sus propias ilusiones sobre los objetos externos. Es la melancólica historia de un galgo de raza -Wamar- que fue víctima de su clarividencia.
 
Wamar pertenecía al capitán Maris Galli, de Turín. Desde que el amo había partido para la guerra de Abisinia, el perro había caído víctima de una sombría desgana, como si presagiara acontecimientos muy tristes. Pasaron meses. Un día - el 27 de junio -, Wamar dio súbitas señales de gran inquietud: se paseaba por la casa aullando de modo lastimero, mientras que su mirada consternada parecía contemplar acontecimientos dolorosos e invisibles. Continuó comportándose así durante todo el día, y, luego, cambió bruscamente de actitud y fue a tumbarse a la habitación de su amo, a los pies de su cama vacía, y allí permaneció con los ojos cerrados, emitiendo, de vez en cuando, algunos débiles gañidos. Le llevaron alimento, pero lo rehusó. A veces, se levantaba para ir a frotarse contra un armario en el que estaban guardados los vestidos del amo, y, luego, volvía a echarse, sacudido de tanto en tanto por temblores. Se mostraba indiferente a las llamadas, a las caricias, a todo.
 
De nada sirvieron las atenciones de los familiares del capitán Galli, y ni siquiera los cuidados del veterinario. Wamar continuó rehusando todo alimento hasta su muerte, que sobrevino al cabo de unos días. "Ha muerto de inanición", sentenció el veterinario; y, técnicamente, era verdad. Pero hubiera sido más justo decir que murió de pena, por efecto de una noticia que le llegó a través de las misteriosas vías de ese océano que a todos nos pone en comunicación por debajo del nivel consciente, desde los seres más pequeños a los más grandes. La misma noticia llegó por conducto oficial a los familiares de Galli, mediante un telegrama que anunciaba su muerte. El oficial se había extinguido la noche del 27 de junio, a raíz de graves heridas sufridas algunas horas antes en combate. Desde millares de kilómetros de distancia, su galgo había "asistido", pues, al desarrollo de tales acontecimientos.
 
No se trata, repetimos, de observaciones aisladas. En el amplio repertorio de casos recogidos por Bozzano se refieren varios episodios de este tipo, algunos de los cuales sugieren la idea precisa de un conocimiento anticipado -por parte del perro- del suceso trágico a punto de consumarse, y del que el animal participa manifestando de manera inequívoca su propio dolor. El doctor Gustavo Geley - que no era un observador desprevenido - escribe: "Nadie que en la inminencia de trágicas circunstancias haya oído -como lo he oído yo mismo - los aullidos con que los perros preanuncian la muerte de una persona conseguirá olvidarlos. He quedado profundamente impresionado".
 
Olvidemos ahora el entristecedor contenido de estos episodios y detengámonos por un momento a considerar el elemento común a los varios casos aquí referidos. Ese elemento parece ser la gran capacidad de identificación (o sea, de amor) que demuestran estos humildes animalillos, una capacidad tan grande que es capaz de movilizar las fuerzas más profundas de su psiquismo. Desde el punto de vista etimológico originario, psique y alma equivalen entre sí, pero son palabras que no pueden ser usadas porque a algunos les producen fastidio. Descartes, por ejemplo, no quería ni oír hablar de alma a propósito de los animales, y se dice que, una vez, empeñado en demostrar su tesis negativa, agarró un gato y lo precipitó por la ventana.
 
Tal vez la violencia enfática de ese gesto iba dirigida, más que nada, contra una voz interna que aconsejaba a Descartes no fiarse demasiado de ciertas distinciones y especulaciones suyas clarísimas, pero discutibles (así aparecen hoy) desde más de un punto de vista. En todo caso, es cierto que las tesis cartesianas tuvieron seguidores entre todos cuantos desde entonces consideraron a los animales como autómatas, y que, en consecuencia, no tuvieron ningún inconveniente en comportarse cruelmente con ellos, puesto que los lamentos de una bestia "no difieren del crujido de una rueda o de un muelle que se rompen". Hoy, los tiempos han cambiado, por supuesto, pero algo del antiguo prejuicio subsiste en ciertas ostentaciones de superioridad que el hombre no descuida nunca hacer respecto de sus pequeños compañeros de viaje.
 
A los herederos del prejuicio cartesiano los encontramos hoy entre los defensores del sentido común (y no hay, en verdad, un caso en que haya sido el propio Descartes quien lo haya elogiado). Es del todo cierto que el animal está en posición de inferioridad clarísima por lo que se refiere a las dotes del intelecto consciente y raciocinante, pero nosotros no sabemos qué profundidad alcanza, por debajo del nivel consciente, el psiquismo animal, del que tan sólo logramos captar alguna manifestación externa de tipo antropomórfico. Tampoco podemos excluir que dicho psiquismo tenga libre acceso -mucho más que el nuestro- a regiones desconocidas de las que el sentido común apenas sospecha la existencia.
 
Tal vez tenga razón Boris Noyer cuando escribe: "La búsqueda tenaz de toda forma de psiquismo parece mucho más urgente, para el hombre, que construir y pilotar naves espaciales, con la esperanza de alcanzar nuevos mundos poblados por eventuales superhombres."
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
S.O.S. GALGOS
visita a galgos sin fronteras