MEDIUMNIDAD
Por Léon Denis de su libro "En lo Invisible".
Todas las manifestaciones de la Naturaleza y de la vida se resumen en
vibraciones más o menos rápidas y extensas, según las causas que las
producen. Todo vibra en el Universo: sonido, luz, calor, electricidad,
magnetismo, rayos químicos, rayos catódicos, ondas hertzianas, etc.,
no son más que los modos diversos de ondulación, de vibración de la
fuerza y de la sustancia universales, los grados sucesivos que
constituyen en su conjunto la escala ascendente de las manifestaciones
de la energía.
Estos grados están muy distantes los unos de los otros. El sonido
recorre 340 metros por segundo; la luz, en el mismo tiempo, recorre
300.000 kilómetros; la electricidad se propaga con una rapidez que nos
parece incalculable. Pero nuestros sentidos físicos no nos permiten
percibir todos los modos de vibración. Su impotencia para darnos una
impresión completa de las fuerzas de la Naturaleza, es un hecho
bastante conocido para que tengamos necesidad de insistir sobre este
punto. En el terreno de la óptica, solamente sabemos que las ondas
luminosas no impresionan nuestra retina más que en los límites de los
siete colores del prisma, del rojo al violado. Más allá o más acá de
estos colores, las radiaciones solares escapan a nuestra vista, por lo
cual se les da el nombre de rayos obscuros.
Entre el límite de los sonidos cuyas vibraciones son de 24.000 por
segundo, y la sensación del calor que se mide por trillones de
vibraciones, ya no percibimos nada. Lo mismo sucede entre la sensación
del calor y la de la luz, que corresponde, por término medio, a 500
trillones de vibraciones por segundo (1).
En esta ascensión prodigiosa, nuestros sentidos representan grados muy
distantes unos de otros, estaciones separadas por distancias
considerables en un camino sin término. Entre estos grados, por
ejemplo, entre los sonidos agudos y los fenómenos del calor y de la
luz, luego de éstos hasta las zonas vibratorias afectadas por los
rayos catódicos, hay abismos para nosotros. Pero estos abismos, vacíos
y obscuros en apariencia, ¿no estarán acaso colmados para seres
dotados de sentidos más sutiles o más numerosos que los nuestros?
Entre las impresiones recibidas por el oído y las que impresionan
nuestra vista, ¿no habría más que la nada en el dominio de las fuerzas
y de la vida universal?
Sería poco sensato creerlo, porque en la Naturaleza todo se sucede, se
encadena y se desenvuelve, de eslabón en eslabón, por transiciones
graduales. En ninguna parte hay salto brusco, vacío, ni hiato. Lo que
se desprende de estas consideraciones es simplemente la insuficiencia
de nuestro organismo, demasiado pobre para percibir todos los modos de
la energía.
Lo que decimos de las fuerzas en acción en el Universo, se aplica
igualmente al conjunto de los seres y de las cosas, bajo sus formas
diversas, a sus diferentes grados de compensación y rarefacción.
Nuestro conocimiento del Universo se deduce o se ensancha, según el
número y finura de nuestros sentidos. Nuestro organismo actual no nos
permite abarcar más que un círculo muy limitado del imperio de las
cosas. La mayor parte de las formas de la vida se nos escapan. Pero
que venga un nuevo sentido a añadirse a los que poseemos, e
inmediatamente lo invisible se revela; el vacío se puebla, y la triste
insensibilidad se anima.
Hasta podríamos poseer sentidos diferentes que cambiasen totalmente,
por su estructura anatómica, la naturaleza de nuestras sensaciones
actuales, de manera que nos hiciesen oír los colores y gustar los
sonidos. Para esto bastaría que en el lugar y sitio de la retina, un
haz de nervios pudiese unir el fondo del ojo a la oreja.
En este caso oiríamos lo que vemos. En lugar de contemplar el cielo
estrellado, percibiríamos la armonía de las esferas, y no por esto
serían menos exactos nuestros conocimientos astronómicos. Si nuestros
sentidos, en vez de estar separados los unos de los otros, estuviesen
reunidos, no poseeríamos más que un solo sentido general que
percibiría, al mismo tiempo, los diversos géneros de fenómenos.
Estas consideraciones, deducidas de las más rigurosas observaciones
científicas, nos demuestran la insuficiencia de las teorías
materialistas. Éstas quieren fundar el edificio de las leyes naturales
sobre la experiencia adquirida con el auxilió de nuestro organismo
actual, cuando con una organización más perfecta esta experiencia
sería muy distinta.
En efecto, por la sola modificación de nuestros órganos, el mundo, tal
como nosotros lo conocemos, podría transformarse y cambiar de aspecto
sin que la realidad total de las cosas sufriese alteración. Seres
constituidos de distinta manera podrían vivir en el mismo centro sin
verse, sin conocerse.
Y si a consecuencia del desarrollo orgánico de alguno de esos seres en
sus diversos centros apropiados, sus medios de percepción les
permitiesen entrar en relación con aquellos cuyo organismo fuese
diferente, no habría en ello nada de sobrenatural ni de milagroso,
sino sencillamente un conjunto de fenómenos naturales, ignorados
todavía por aquellos de dichos seres menos favorables en lo
concerniente al conocimiento.
Pues bien; esto es precisamente lo que sucede en nuestras relaciones
con los espíritus de los hombres fallecidos, en todos los casos en que
un médium puede servir de intermediario entre las dos humanidades: la
visible y la invisible. En tos fenómenos espiritistas, dos mundos,
cuya organización y leyes conocidas son diferentes; entran en
contacto, y en esta línea, en esta frontera que los separaba, el
pensador, de pie, ansioso, ve abrirse perspectivas infinitas. Ve
dibujarse los elementos de una ciencia del Universo mucho más vasta y
más completa que la del pasado, aun cuando sea en prolongación lógica;
y esta ciencia no viene a destruir la noción de las leyes actualmente
conocidas, sino que la ensancha en vastas proporciones, porque traza
al espíritu humano la senda segura que le conducirá a la conquista de
los conocimientos y de los poderes necesarios para asegurar su tarea
presente y su destino futuro.
Acabamos de hablar del oficio de los médiums. El médium es el agente
indispensable con cuyo auxilio se producen las manifestaciones del
mundo invisible.
Hemos hecho constar la importancia de nuestros sentidos tan luego como
se les aplica al estudio de los fenómenos de la vida. En las ciencias
experimentales, bien pronto ha sido preciso recurrir a instrumentos
que pudieran suplir esta debilidad del organismo humano y ensanchar
nuestro campo de observación. Así es como el telescopio y el
microscopio nos han revelado la existencia de lo infinitamente pequeño.
Pasado el estado gaseoso, la materia escapaba a nuestros sentidos. Los
tubos de Crookes, las placas sensibles, nos permiten proseguir
nuestros estudios en el dominio, largo tiempo inexplorado, de la
materia radiante.
Aquí se detienen, por el momento, los medios de investigación de la
ciencia. Sin embargo, se vislumbran, más allá, otros estados de la
materia y de la fuerza que algún día nos harán familiares aparatos más
perfeccionados.
En donde faltan todavía los medios artificiales, ciertos seres humanos
vienen a traer, en el estudio de los fenómenos vitales, el concurso de
facultades preciosas.
Así es como el sujeto hipnótico ha sido el instrumento que ha
permitido sondear las profundidades misteriosas, todavía, del yo
humano, y entregarse a un análisis minucioso de todos los modos de
sensibilidad, de todos los aspectos de la voluntad y de la memoria.
El médium, a su vez, viene a desempeñar un cargo especial en el
estudio de los fenómenos espiritistas. Participando, al mismo tiempo,
por su envoltura fluídica de la vida del espacio, y por su cuerpo
físico de la vida terrestre, es el intermediario obligado entre los
dos mundos.
El estudio de la mediumnidad está, pues, estrechamente ligado a todos
los problemas del Espiritismo; es su llave maestra. Lo importante en
el examen de los fenómenos es saber distinguir la parte que debe
atribuirse al organismo y a la personalidad del médium, de la que
proviene de una intervención extraña, y precisar luego la naturaleza
de esta intervención.
El espíritu, separado por la muerte de la materia grosera, no tiene ya
acción sobre ésta, ni puede manifestarse en el centro humano sin el
socorro de una fuerza, de una energía que toma prestada al organismo
de un ser vivo. Toda persona capaz de proporcionar, de exteriorizar
esta fuerza, es apropiada para desempeñar un papel en las
manifestaciones físicas, cambiar de sitio los objetos sin que medie
contacto, aportes, golpes, mesas giratorias, levitaciones y
materializaciones. Esta es la forma más común y más conocida de la
mediumnidad. No necesita ningún desarrollo intelectual, ningún
adelanto moral. Es una simple propiedad fisiológica que se encuentra
en toda clase de personas. En todas las formas inferiores de la
mediumnidad, el sujeto es comparable, ya a un acumulador de fuerza, ya
a un aparato telegráfico que transmite el pensamiento del operador.
La comparación es tanto más exacta cuanto que la fuerza psíquica se
agota como todas las fuerzas no renovadas; la intensidad de las
manifestaciones está en razón directa del estado físico y mental del
médium. Sería un error considerarle como un histérico o un enfermo; es
sencillamente un ser dotado de poderes más extensos o de percepciones
más refinadas que otros.
La salud del médium nos parece ser una de las condiciones de su
facultad. Conocemos gran número de médiums que gozan de perfecta
salud, y aun hemos observado un hecho significativo; es que, cuando la
salud se altera, los fenómenos se debilitan y hasta cesan de
producirse.
La mediumnidad presenta variedades casi infinitas, desde las formas
más vulgares hasta las manifestaciones más sublimes. Jamás es idéntica
en dos individuos y se diferencia según los caracteres y
temperamentos. A un grado superior es como un rayo del cielo
iluminando las tristezas humanas que nos rodean.
La mediumnidad de efectos físicos es utilizada generalmente por
espíritus de un orden vulgar. Necesita un examen atento y sostenido.
Las enseñanzas de los espíritus elevados nos llegan, habitualmente,
por la mediumnidad de efectos intelectuales, escritura e inspiración.
Para producir buenos efectos, exige conocimientos bastante extensos.
Cuanta más instrucción y más cualidades morales posea el médium,
mayores recursos ofrece a los espíritus. En todos los casos, el sujeto
no es más que un instrumento, pero éste debe ser apropiado para la
tarea que le toca desempeñar. Un artista, por hábil que sea, nunca
podrá sacar más que un mediano partido de un instrumento incompleto.
Lo mismo sucede con el espíritu respecto al médium intuitivo, en el
cual un criterio seguro, una clara inteligencia, y hasta el saber, son
condiciones esenciales.
Verdad es que se ha visto a varios sujetos escribir en lenguas
desconocidas o tratar de cuestiones científicas y abstractas muy
superiores a sus alcances. Éstos son casos raros que necesitan grandes
esfuerzos por parte de los espíritus. Éstos prefieren recurrir a
intermediarios afinados, perfeccionados por el estudio, capaces de
comprenderles y de interpretar fielmente sus pensamientos.
En este orden de manifestación, los invisibles influyen en el
intelecto del sujeto y proyectan sus ideas en su entendimiento. A
veces los pensamientos se mezclan; los del espíritu revisten una
forma, una expresión en que se encuentran reproducidos el lenguaje
habitual y el estilo del médium. También aquí se impone un examen
escrupuloso. Sin embargo, fácil le será al observador deslindar de los
numerosos mensajes y de las ideas personales de los sujetos la obra de
los espíritus adelantados, cuyas comunicaciones tienen un carácter de
grandeza, y un sello de verdad muy superiores a las posibilidades del
médium.
En los fenómenos del "trance" o del sonambulismo en sus diversos
grados, los sentidos psíquicos vienen a sustituir a los sentidos
materiales. Los medios de percepción y de actividad se acrecientan en
proporciones tanto más considerables cuanto más profundo es el sueño y
más completo el desprendimiento del periespíritu.
En tal estado, el cuerpo fluídico nada percibe, sirve únicamente de
transmisor cuando el médium puede aún traducir sus sensaciones. Este
fenómeno se produce en la exteriorización parcial. En estado de
vigilia, bajo la influencia oculta, la envoltura fluídica del sujeto
se desprende e irradia de tal suerte que, a pesar de quedar
estrechamente ligada al cuerpo, empieza a percibir las cosas ocultas a
nuestros sentidos exteriores; es el estado de clarividencia o doble
vista, la visión a distancia, a través de los cuerpos opacos, la
audición, la psicometría, etc.
Cuando la hipnosis llega a grados más altos, la exteriorización se
acentúa hasta el desprendimiento completo. El alma, libre de su cárcel
carnal, se cierne sobre la Naturaleza; sus modos de percepción,
recobrados súbitamente, le permiten abarcar un círculo inmenso y
transportarse con la rapidez del pensamiento. Con este orden de
fenómenos, se relaciona el estado de "trance" que hace posible la
incorporación de espíritus desencarnados en la envoltura del médium,
que ha quedado libre, como un viajero penetra en una casa inhabitada.
Los sentidos psíquicos, inactivos en el estado de vigilia en la mayor
parte de los hombres, pueden, sin embargo, ser utilizados. Basta para
ello abstraerse de las cosas materiales, cerrar los sentidos físicos a
todo ruido, a toda visión exterior y, por un esfuerzo de voluntad,
interrogar ese sentido profundo en el cual se resumen todas nuestras
facultades superiores, al que llamamos el sexto sentido. La intuición,
la percepción espiritual. Por él entramos en contacto directo con el
mundo de los espíritus, más fácilmente que por cualquier otro medio,
porque este sentido es un atributo del alma, el fondo mismo de su
naturaleza, y se encuentra fuera del alcance de los sentidos
materiales, de los cuales difiere en absoluto.
Este sentido, el más bello de todos, ha sido hasta ahora desconocido
por la ciencia, y he aquí por qué ésta ha permanecido en la ignorancia
de todo cuanto se refiere al mundo invisible. Las reglas que ella
aplica al mundo físico serán siempre insuficientes cuando se intente
extenderlas al mundo de los espíritus. Para penetrar en éste se
necesita, ante todo, comprender que nosotros también somos espíritus,
y que únicamente por los sentidos del espíritu podemos entrar en
relación con el Universo Espiritual.
(1) El gran físico W. Crookes ha establecido una clasificación según
la cual las vibraciones sonoras están repartidas desde el 5° al 15°
grado, siguiendo la intensidad y la tonalidad. La electricidad y la
imantación varían desde el grado 20° al 35". Del 45° al 50" se
encuentra el calor y la luz. Más allá del grado 58° se manifiestan las
ondulaciones catódicas. Mas en los intervalos, quedan inexploradas
grandes regiones de energías inaccesibles a nuestros sentidos.