#ESPIRITISMO
"El nacimiento no es un comienzo; la muerte no es un final." CHUANG TZU
INTERVENCIÓN DE LA CIENCIA EN EL ESPIRITISMO
Revue Spirite junio de 1859
Por Allan Kardec
 
La oposición de las corporaciones científicas es uno de los argumentos que los adversarios del espiritismo invocan sin cesar. ¿Por qué no se ocuparon del fenómeno de las mesas giratorias? Si hubiesen visto alguna seriedad no hubiesen, dicen, desatendido hechos tan extraordinarios, y todavía menos tratarlos con desdén, mientras que están todos contra ustedes. ¿No son los científicos las antorchas de las naciones, y su deber no es el de propagar esa luz?  ¿Por qué pretenden ustedes que ellos la hubiesen sofocado, cuando se les presentaba?- Es, para empezar, un grave error decir que todos los científicos están contra nosotros, ya que el espiritismo se presenta precisamente en la clase ilustrada. No hay científicos más que en la ciencia oficial y en las corporaciones constituidas. Por aquello de que el espiritismo no tenga derecho a llamarse ciencia oficial, ¿eso prejuzga la cuestión? Es conocida la circunspección de ésta en el tema de las ideas nuevas. Si la ciencia nunca se hubiese equivocado, su opinión podría pesar en la balanza; infelizmente la experiencia prueba lo contrario. ¿No ha rechazado como quimeras a cantidad de descubrimientos que, más tarde, ilustraron la memoria de sus autores? ¿Quiere decir esto que los sabios son unos ignorantes? ¿Son justificables los epítetos más triviales por el mal gusto con que ciertas personas se placen en prodigarlos? Seguramente no; no hay persona sensata que no rinda justicia a su saber, al mismo tiempo debe reconocer que no son infalibles; y que su juicio no es la última instancia. Su error es el de zanjar ciertas cuestiones demasiado a la ligera, confiando excesivamente en sus lumbreras, antes de que el tiempo haya hablado, y exponerse, así, a recibir los desmentidos de la experiencia.
 
Cada uno es buen juez solo en su competencia. ¿Si quisierais construir una casa, contrataríais a un músico? ¿Si estáis enfermos, os dejaríais curar por un arquitecto? ¿Si tenéis un juicio tomaríais consejo de un bailarín? En fin, si se trata de una cuestión de teología, la daríais a resolver a un químico o a un astrónomo? No, cada uno en su oficio. Las ciencias vulgares reposan sobre las propiedades de la materia que podemos manipular a nuestro gusto; los fenómenos que produce tienen por agentes a las fuerzas materiales. Los del espiritismo tienen por agentes a inteligencias que tienen su independencia, su libre albedrío, y no están para nada sometidas a nuestros caprichos; por ello escapan a nuestros procedimientos anatómicos o de laboratorio, y  a nuestros cálculos, y por eso tampoco son de la incumbencia de la ciencia propiamente dicha. Luego entonces, la ciencia se ha desorientado cuando ha querido experimentar con los Espíritus como si fuesen una pila voltaica; partió de una idea fija, preconcebida, a la cual se agarró y quiso forzosamente atar la idea nueva; ella fracasó y tenía que ser así, porque operó de acuerdo a una analogía que no existía; después, sin profundizar más, concluyeron negando: juicio temerario que el tiempo se encarga diariamente de modificar, como ha corregido tantos otros, y los que lo hayan pronunciado se avergonzarán de haberse inscrito apresuradamente contra el poder infinito del Creador.
 
Las corporaciones científicas no tienen derecho, y no lo tendrán jamás a pronunciarse en la cuestión; tampoco es de su competencia decretar si Dios existe; por eso es un error tomarlos como jueces. ¿Pero quien será juzgado? ¿Se creen los espiritistas con derecho a imponer sus ideas? No, el gran juez, el juez soberano, es la opinión pública; cuando esta opinión se haya formado por el asentimiento de las masas y de hombres ilustrados, los sabios oficiales lo aceptarán como individuos y asumirán la fuerza de las cosas. Dejad pasar una generación, y con ella los prejuicios del amor propio que se sube a la cabeza, y veréis que pasará con el Espiritismo como con tantas verdades que se han combatido y que ahora sería ridículo ponerlas en duda.
Hoy, tratamos de locos a los creyentes; mañana les tocará  a los que no creen, de la misma manera que antes trataban de locos a los que creían que la tierra giraba sobre sí misma, lo que no le impedía girar.
 
Pero todos los científicos no han juzgado lo mismo; hay los que han hecho el razonamiento siguiente:
 
No hay efecto sin causa, y los efectos más vulgares pueden ponernos en vía de solucionar los más grandes problemas. Si Newton hubiese despreciado la caída de una manzana, si Galvani hubiese contradicho a su sirvienta tratándola de loca y de visionaria, cuando le habló de las ranas que bailaban en la bandeja, es posible que todavía no hubiésemos encontrado la admirable ley de la gravedad y las fecundas propiedades de la pila. El fenómeno que se designa con el burlesco nombre de baile de las mesas, no es más ridículo que el de la danza de las ranas, y encierra posiblemente algunos de los secretos de la naturaleza que revolucionan a la humanidad, cuando tenemos la clave. En otras palabras, se han dicho: Ya que tantas personas se interesan, ya que hombres serios lo han estudiado, debe haber algo; una ilusión, una broma si se quiere, no puede tener este carácter general; puede seducir a un círculo, a una tertulia, pero no dar la vuelta al mundo.
 
Veamos aquí lo que nos decía un sabio doctor en medicina, antes incrédulo, y hoy adepto ferviente:
 
"Dicen que seres invisibles se comunican; y ¿por qué no? Antes de inventar el microscopio, ¿sospechábamos la existencia de esos millones de animálculos que tantos destrozos causan en la economía? ¿Dónde está la imposibilidad material de que haya, en el espacio, seres que escapan a nuestros sentidos? ¿Es posible que nosotros tuviésemos la ridícula pretensión de saberlo todo y de decirle a Dios que no puede enseñarnos nada más? ¿Si estos seres invisibles que nos rodean son inteligentes, por qué no se iban a comunicar con nosotros? Si están en relación con los hombres deben tener un papel en el destino, en los acontecimientos; ¿quién sabe? Pueden ser una de esas potencias de la naturaleza, una de esas fuerzas ocultas que ni siquiera sospechamos. ¡Qué nuevo horizonte se abriría ante el pensamiento! ¡qué amplio campo de observación! El descubrimiento del mundo de los invisibles sería mucho más importante que el de los enormemente pequeños; sería más que un descubrimiento, sería toda una revolución de las ideas. ¡Qué luz puede emerger! ¡Cuántos misterios explicados! Los que creen son objeto de burlas; pero ¿qué prueba esto? ¿Cristóbal Colón no fue rechazado, colmado de disgustos, tratado de insensato? Estas ideas, dicen, son tan extrañas, que la razón las rechaza; pero a aquel que dijo, hace solamente medio siglo, que en varios minutos se hablaría de un lado a otro del mundo; que en pocas horas se atravesaría Francia; que con el vapor de agua, un navío marcharía viento en popa; que se sacaría del agua la manera de alumbrar y de calentar todo París en un minuto, con un solo depósito de una sustancia invisible, lo hubieran enviado a Charenton. ¿Es más prodigioso que el espacio esté poblado por seres pensantes que después de haber vivido en la tierra, han dejado su envoltura material? ¿No encontramos en este hecho la explicación de muchas creencias que se remontan a la más lejana antigüedad? ¿No es la confirmación de la existencia del alma, de su individualidad tras la muerte? ¿No es la prueba de la base de la religión? Solamente que mientras la religión nos dice vagamente lo que ocurre a las almas; el espiritismo lo define. ¿Qué pueden contestar a ello los materialistas y los ateos? Semejantes cosas bien valen el esfuerzo de ser tratadas en profundidad."
 
Esas son las reflexiones de un científico; pero de un científico sin pretensiones; también son las de una multitud de hombres ilustrados; han reflexionado, estudiado seriamente y sin tomar partido previo; han tenido la modestia de no decir: No lo entiendo, luego no es; sus convicciones se han formado en la observación y en el recogimiento: Si estas ideas hubiesen sido quimeras, ¿cómo pensamos que tanta gente elevada las hubiesen adoptado? ¿hubieran podido estar tan largo tiempo arrebatados por una ilusión? No hay ninguna imposibilidad material en que existan seres invisibles para nosotros que pueblan el espacio, y esta única consideración debería llevarnos a la mayor circunspección. ¿Hace poco no se habría jamás pensado que en una gota de agua cristalina encerrase miles de seres vivos, de una pequeñez que confunde nuestra imaginación? Sin embargo, era más difícil para la razón concebir seres tan tenues provistos de  todos sus órganos y funcionando como nosotros, que admitir a los que llamamos Espíritus.
 
Los adversarios preguntan por qué los Espíritus, que deben querer hacer prosélitos, no se prestan más de lo que lo hacen para convencer a algunas personas cuya opinión sería de gran influencia. Añaden que se les reprocha  falta de fe; a esto responden con razón que ellos no pueden tener fe anticipada.
 
Es un error creer que la fe sea necesaria, pero la buena fe, es otra cosa. Hay escépticos que niegan hasta la evidencia, y que los milagros no podrían convencer. Hay también los que se enfadarían mucho si se vieran forzados a creer, porque su amor propio sufriría aceptando que se equivocaron. ¿Qué podemos responder a la gente que solo ve por todas partes ilusión y charlatanismo? Nada; hay que dejarlos tranquilos y decir todo lo que quieran que no han visto nada , y hasta que no consiguieron hacerles ver nada. Al lado de estos escépticos endurecidos, hay los que quieren ver a su manera; que habiéndose hecho una opinión, quieren explicarlo todo, no entienden que los fenómenos no pueden obedecer a su gusto; no lo saben o no quieren someterse a las condiciones necesarias. Si los Espíritus no tienen mayor interés en convencerlos con prodigios, y aparentemente tienen poco, de momento, para convencer a ciertas personas de las que no miden la importancia como ellas lo hacen de sí mismas; es poco halagador, convenimos en ello, pero nosotros no mandamos sobre su opinión; los Espíritus tienen una manera de juzgar las cosas que no es siempre como la nuestra; ven, piensan y actúan según otros elementos; mientras que nuestra visión está circunscrita a la materia, limitada al estrecho círculo en medio del cual nos encontramos, ellos abarcan el conjunto; el tiempo que nos parece tan largo es para ellos un instante, la distancia no es más que un paso; ciertos detalles que nos parecen de extrema importancia, son a sus ojos infantilidades, y por el contrario juzgan importantes cosas de las cuales nosotros no entendemos el alcance. Para comprenderlo es necesario poderse elevar, con el pensamiento, por encima de nuestro horizonte material y moral, y situarnos en su punto de vista; no son ellos los que deben descender hasta nosotros, somos nosotros los que debemos subir hasta ellos y es a ello  lo que nos conducen el estudio y la observación. Los Espíritus gustan de los observadores asiduos y concienzudos; para ellos multiplican las fuentes de la luz; lo que los aleja no es la duda de la ignorancia, es la fatuidad de aquellos pretendidos observadores que no observan nada, que pretenden ponerlos sobre el banquillo de los acusados y manejarlos como a marionetas. Es sobre todo el sentimiento de hostilidad y la actitud denigrante que aportan, sentimiento que está en sus pensamientos, cuando no está en sus palabras, a pesar de las protestas contrarias. Para ellos, los Espíritus no hacen nada, y poco les importa lo que puedan decir o pensar, porque les llegará su turno. Es por lo que dijimos que no es necesaria la fe, pero sí la buena fe; luego entonces, preguntamos si nuestros científicos adversarios cumplen esas condiciones. Quieren los fenómenos cuando manden, y los Espíritus no obedecen a las órdenes: hay que esperar su buena voluntad. No basta con decir: mostradme tal hecho y creeré; es necesario tener la voluntad de la perseverancia, dejar que se produzcan los hechos espontáneamente sin pretender forzarlos o dirigirlos; aquel que deseéis será precisamente el que no obtendréis, pero se presentarán otros, y el que queréis posiblemente vendrá cuando menos lo esperéis. A los ojos del observador atento y asiduo, surgen muchos que se corroboran los unos a los otros; pero el que crea que basta con girar una manivela para que la máquina  a marchar se equivoca. ¿Qué hace el naturista que quiere estudiar las costumbres de un animal? ¿Le manda hacer tal o cual cosa para tener el gusto de observarlo a su placer y conveniencia? No; porque bien sabe que no le obedecerá; espía las manifestaciones espontáneas de su instinto; las espera y las distingue al vuelo. El simple sentido común nos enseña que con mayor razón debe ser lo mismo para los Espíritus, que son inteligencias mucho más independientes que las de los animales.
 
(Traducido del original en francés por Francisca Ribert para el canal #Espiritismo del IRC-Hispano)
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