#ESPIRITISMO
"El nacimiento no es un comienzo; la muerte no es un final." CHUANG TZU
CONCLUSIONES DE ERNESTO BOZZANO EN SU OBRA
"LAS MANIFESTACIONES METAPSÍQUICAS DE LOS ANIMALES"
 
Habiendo llegado al término de esta clasificación, nos queda lanzar
una mirada retrospectiva hacia el camino recorrido, para recordar las
principales consideraciones que los hechos nos sugieren y
condensarlos, estableciendo una síntesis.
 
Por lo que atañe a nuestras repetidas afirmaciones a favor de la
realidad de manifestaciones telepáticas en las cuales los animales
desempeñan el papel de "agentes" o, según los casos, de "receptores";
así como de los de fenómenos de encantamiento o de apariciones de
cualquier clase, percibidas por animales al mismo tiempo que por el
hombre, no consideramos científico seguir manteniendo reservas o
dudas. Los casos expuestos en esta relación bastan para probar el buen
fundamento de nuestras afirmaciones. Efectivamente, en los ejemplos
que hemos relatado figuran las principales formas de manifestaciones
telepáticas, como las desarrolladas por personas, y de la misma manera
en que se suelen percibir las manifestaciones de encantamiento,
apariciones, y fenómenos supranormales similares.
 
Además, nuestras afirmaciones se sustentan de manera definitiva por
algunas estadísticas que podemos sacar de los 130 casos citados en
esta obra. Resulta de su análisis que los hechos en los cuales los
animales percibieron las manifestaciones supranormales con
anterioridad al hombre fueron un total de 25. Aquellos en que los
animales parecieron percibir manifestaciones que los hombres no
percibían en absoluto suman 17. Este cuadro basta para autorizarnos a
sacar las inferencias que sugieren los hechos en cuestión.
 
La principal consecuencia que debemos extraer es la siguiente: los
casos en que los animales perciben con anterioridad al hombre las
manifestaciones supranormales, o en que las perciben cuando son
desapercibidas por el hombre, presentan un valor decisivo sobre la
tesis que sustentamos. Prueban que no existe ninguna hipótesis
racional que pueda oponerse a la que considera a los animales como
seres dotados de facultades supranormales subconscientes, igual que el
hombre.
 
Estas conclusiones sólidamente basadas sobre coordenadas estadísticas,
están además corroboradas por las manifestaciones que hemos recogido
en la quinta categoría, la que alude a la cuestión de "perros que
aúllan a muerte"; es decir, perros que anuncian, con ladridos muy
característicos y profundamente lúgubres, la muerte inminente de una
persona de su entorno y continuaban haciéndolo hasta el fallecimiento
del sujeto en cuestión: manifestaciones que demuestran la existencia,
en la subconciencia animal, de facultades premonitorias, y, por
consiguiente, otra modalidad a añadir a las antes enumeradas. Este don
misterioso era de hecho ya universalmente atribuido al mundo animal
bajo la forma de previsión de las perturbaciones atmosféricas
inminentes y en la circunstancia de temblores de tierra o erupciones
volcánicas.
 
Fundamentándonos en los hechos recogidos, nos permitimos afirmar sin
miedo al error, que el veredicto de la ciencia futura solamente
podrá ser favorable a la existencia, en la subconciencia animal, de
las mismas facultades supranormales que encontramos en la
subconciencia humana. Como el hecho de la existencia latente, en la
subconciencia humana, de estas facultades, independientemente de la
ley de evolución biológica, constituye la mejor prueba a favor de la
existencia en el hombre de un espíritu, independiente del organismo
corporal, y, por consiguiente, que sobrevive a la muerte de ese
organismo, es racional e inevitable concluir que, al encontrarse las
mismas facultades en los animales, la "psiquis" animal también está
destinada a sobrevivir a la muerte del cuerpo.
 
Pero estas consideraciones lógicamente irreprochables necesitaban de
otra confirmación complementaria sobre el terreno experimental. Si la
hipótesis de la existencia en los animales de una "psiquis" que
sobrevive a la muerte del cuerpo, es fundada, deberían producirse
apariciones post-mortem de animales fantasmas, análogamente a como
sucede en los humanos. Y bien, esta demostración complementaria es
aportada a lo largo de nuestra clasificación, en la que hemos recogido
un número suficiente de hechos similares, donde encontramos las mismas
características que sirven como pruebas de identificación espiritista
en casos correspondientes a fantasmas humanos.
 
Llegamos así a demostrar la existencia de dos grupos de hechos que
constituyen el problema a resolver. En los subconscientes animales se
encuentran las mismas facultades supranormales que existen en las
subconciencias humanas, y los fantasmas animales fallecidos se
presentan como los fantasmas humanos. Debimos pues considerar que
habíamos alcanzado la demostración necesaria para probar la existencia
y la supervivencia de la "psiquis" animal.
 
La hipótesis en cuestión no podía por lo tanto ser considerada de otra
manera que como legítimamente científica, aunque lo sea todavía al
nivel de "hipótesis de trabajo", esperando para ser juzgada como una
verdad definitiva adquirida por la ciencia, cuando la acumulación de
hechos permita analizar a fondo este tema tan importante.
 
El tema, no obstante, ha alcanzado un grado de madurez que nos
autoriza a formular algunas ideas sobre las consecuencias filosóficas
y psicológicas que presentaría el hecho de la existencia y
supervivencia de la "psiquis" animal. Esto es lo que someramente me
propongo hacer para completar y confirmar la tesis obtenida, es decir,
que después de haber aportado la prueba experimental de la
supervivencia de la "psiquis" animal, voy a demostrar la validez y
la necesidad, desde el punto de vista de las leyes que gobiernan la
evolución biológica y psíquica de los seres vivos, y también en nombre
de la justicia eterna.
 
Los hombres de ciencia que profesan convicciones materialistas
sustentan a menudo que el espíritu de los animales, como el de los
humanos, siendo una simple función del órgano cerebral, deja de
existir cuando el órgano en cuestión deja de funcionar por
consecuencia de la muerte. Nada de inconsecuente en esta teoría, por
la cual el destino de los animales es igual al de hombre. Pero la
inconsecuencia existe, por el contrario, en los creyentes en la
existencia del alma humana, tanto en los adeptos de las diferentes
confesiones religiosas como en una parte de los propios de las
doctrinas espiritistas, que suponen a su vez que el espíritu de los
animales está demasiado imperfectamente organizado como para
sobrevivir a la muerte del cuerpo, y, por consiguiente, se disuelve
prácticamente en la nada, precisamente como afirman los materialistas.
 
Señalaré primeramente que estas teorías son muy peligrosas para la
doctrina de la supervivencia espiritual humana, porque nos llevan a
admitir que una simple diferencia de grado en la evolución del
espíritu bastaría para decidir su destino, a veces caduco sin ninguna
culpa, a veces inmortal sin sombra de mérito. Y, entonces ¿qué
podríamos pensar de la suerte de una gran parte del género humano?
Efectivamente, si reconstruimos la historia de la especie humana con
la ayuda de la paleontología, llegamos al punto donde el hombre de la
antigüedad prehistórica más atrasada se confunde con las formas
animales más elevadas. Si hacemos lo mismo con las razas humanas
existentes, apoyados en la antropología, llegamos a algunas tribus
salvajes muy poco elevadas por encima de los animales con los cuales
viven, y donde la degradación de los individuos alcanza tal punto que
se muestran desprovistos de todo sentido moral, con una mentalidad
apenas suficiente para guiarlos en las necesidades materiales de su
miserable existencia; más o menos como sucede en los animales. No
podemos entonces más que preguntarnos: ¿A qué grado de elevación
psíquica el espíritu de un individuo se vuelve lo bastante
evolucionado para resistir la crisis de la separación del organismo
corporal sin disolverse en sus elementos constituyentes? ¿Debemos
considerar que nuestros primeros ancestros, tan poco evolucionados por
encima de los monos antropoides, y ciertos salvajes de nuestro tiempo,
de los que casi podemos decir lo mismo, están los suficientemente
elevados espiritualmente para merecer la inmortalidad, mientras que un
generoso representante de la raza canina, que pierde la vida
intentando salvar a un niño que se ahoga, o que muere de dolor sobre
la tumba de su amo, deberá morir para siempre, no habiendo alcanzado
esa pretendida barrera de los inmortales? Una diferencia de grado en
la evolución espiritual de los seres no implica de ninguna manera una
diferencia cualitativa, sino únicamente cuantitativa. Esta solo puede
representar otra etapa más o menos avanzada en el camino de la
evolución anímica. La vida, tal como se manifiesta en los animales, no
es más que la expresión exterior de un espíritu que se ha reencarnado
en potencia y que no puede más que ser idéntico en esencia al espíritu
que se manifiesta en las razas humanas más bajas, pasadas o
contemporáneas, así como en las razas actuales más civilizadas. En
otros términos, la vida, en todas sus formas y en todos los casos, es
la expresión en un medio terrestre de un espíritu que se ha encarnado
ocupando una cierta síntesis de materia organizada e indica el grado
de evolución al que ha llegado ese espíritu; y esto es todo. Porque el
espíritu, por sí mismo, solo puede ser absolutamente idéntico a otros
espíritus que animan todas las síntesis de la materia organizada,
aparte siempre del progreso alcanzado. Si debiera recurrir a un
ejemplo para aclarar esta idea, hablaría de una llama colocada dentro
de una tarro de cristal, cuya claridad brilla sin obstáculos; mientras
que otra colocada en una vasija de porcelana apenas consigue hacer
traspasar una luz tenue; y otra más, colocada en un recipiente de loza
no permite apreciar ninguna luz, salvo por los rendijas que pudiera
tener la tapadera, -rendijas que en los animales corresponderían a
los "tragaluces" por los cuales emergen las facultades del instinto, y
algunas veces, por las rendijas que pueden producirse en el
recipiente, se explicaría la aparición de facultades supranormales
subconscientes-. Podemos argüir que lo mismo pasa con los destinos
del espíritu, en sus innumerables fases de encarnación, durante las
cuales lo que cambia son las envolturas que reviste, y no el espíritu
que queda en potencia inalterado e inalterable.
 
Naturalmente, para reconocer esta verdad fundamental de la evolución,
es preciso apartar nuestro espíritu de las pueriles doctrinas
adquiridas durante la adolescencia, según las cuales el alma se creó
de la nada en el momento del nacimiento el cuerpo. Y una vez liberados
de esta absurda creencia, no nos queda más que adherirnos a la única
enseñanza capaz de explicar la evolución espiritual de la vida: la de
la reencarnación progresiva de todos los seres vivos; doctrina que ha
sido intuitivamente conocida por las razas más diversas, desde la más
remota antigüedad.
 
¿Es anticientífico suponer que la evolución biológica de la especie,
ilustrada por la ciencia, esté regulada por una evolución
correspondiente y paralela del espíritu, que se individualizaría
gradual y lentamente, ganando una conciencia de sí mismo cada vz más
fuerte, gracias a la acumulación de una serie de experiencias
adquiridas por el pasaje a través de multitud de existencias
vegetales, animales y humanas?
 
De todos modos, no es menos cierto que la teoría de la supervivencia
de la "psiquis" animal -supervivencia que, como hemos podido ver,
surge incontestablemente de los hechos observados- estaría falta de
una base racional, si no fuese completada por la hipótesis
reencarnacionista, porque no podríamos admitir una condición de
existencia espiritual de los animales en la cual un cuadrúpedo, un
reptil, un pájaro, debieran permanecer como tales eternamente. De ello
se desprende que las formas animales de la existencia terrestre, de la
misma manera que las graduaciones de las razas humanas no pueden ser
consideradas que como formas transitorias a través de las cuales todos
los seres vivos deberán pasar; sin lo cual la vida del universo no
podría explicarse y no tendría meta; y en cuyo caso tampoco existiría
la justicia en el mundo.
 
Insisto sobre este punto en que la escala infinita de los seres vivos
no puede ser más que la expresión de las manifestaciones del alma en
sus progresivas etapas de elevación espiritual. Lo que se convirtió en
actual para el hombre, gracias a una más larga evolución, está en
potencia en los llamados seres inferiores. La involución precede a la
evolución. No es la materia que hace evolucionar al espíritu, es el
propio espíritu que para evolucionar por sí mismo, necsita todas las
formas, sucesivamente más refinadas que puede suministrarle la materia
organizada. Las leyes biológicas de la "selección natural", de
la "supervivencia del más capaz", de la "influencia del medio", solo
son accesorios indispensables para la evolución. La verdadera causa de
la evolución en los seres vivos se llama "espíritu".
 
Una de las mejores definiciones explicativas sobre la naturaleza
íntima de los procesos eolutivos en las individualidades vivs fue
dictada mediumnicamente a Lady Cathness, que la relata en su
libro "Old Truth in a New Ligth". Aunque esta señora fuese inglesa, el
mensaje le fue dado en francés; lo reproducimos tal cual:
 
El gas se mineraliza,
El mineral se vegetaliza,
El vegetal se animaliza,
El animal se humaniza,
El hombre se diviniza,
 
Si acogiésemos las anteriores conclusiones a favor de la supervivencia
de la "psiquis" animal, y de su paso ascensional a través de la escala
de seres por medio de reencarnaciones sucesivas hasta el punto de
humanizarse, una nueva luz aclararía también el eterno problema que
todas las filosofías y todas las religiones se han propuesto resolver:
el de "la meta de la vida en el Universo". ¡Desgraciado aquel pueblo
que perdiese la fe en los altos designios del Ser! Todos en Italia,
recordamos las palabras desesperadas, pronunciadas en su lecho de
muerte, por el eminente filósofo Robert Ardigo, que en dos ocasiones
había intentado suicidarse: "Dejadme morir. ¿Para qué sirve la vida?".
Palabras que repercuten como una condena terrible sobre las teorías
positivo-materialistas profesadas de buena fe por este ilustre
pensador. Cnsecuentemente nos lamentamos: "¡He aquí al menos un
filósofo consecuente con sus propias convicciones!" Su desoladora
concepción materialista de la vida lo había llevado racionalmente,
inevitablemente, a concluir que la vida no tenía ningún sentido,
porque, si todo termina con la muerte del cuerpo, ¿para qué haber
vivido, para contemplar un instante la grandeza del Universo, para
estudiar durante toda la vida, para sufrir tanto moral y físicamente?
¿Pudiera ser por el bien de las generaciones futuras? Pero, si, éstas,
a su vez, deben desaparecer sin dejar huellas; si, en cierto número de
siglos, por consecuencia del enfriamiento progresivo de la Tierra,
nuestro mundo deberá morir también, con todos los seres a los que da
vida; y, si es ésta la suerte final de todos los mundos diseminados en
el universo, ¿para qué entonces la elevación progresiva de la
humanidad? ¿Para qué el cultivo de las Artes, de lo Bello, de lo
Bueno? ¿La fiebre del saber, consagrarse a un Ideal? ¿Para qué sirve
la vida? ¿Para qué sirven los mundos? ¿Para qué sirve el Universo?. Y
sobre todo, ¿cúal es el sentido de tantos dolores materiales y
morales, sufridos por los seres a los cuales fue concedido, sin que lo
hayan pedido, el don nefasto de la vida?.
¡Qué inmensa decepción para un alma elevada como la de Robert Ardigo!
No podía evitar contemplar espantado el abismo de la vanidad infinita
de todo. No podía impedir revolverse en presencia de esta ironía
trágica de la suerte. Más valía por tanto desafiar el destino de la
única manera permitida a un vivo: liberándose por el suicidio del
suplicio moral de contemplar impotente la tragedia del ser. Robert
Ardigo ha sido consecuente consigo mismo. Los filósofos que comparten
sus convicciones materialistas, y que, a pesar de ello, no terminan
como él, son afortunadamente inconsecuentes. Lo que debemos atribuir
al hecho de que en el fondo de sus subconscientes existe una chispa
divina que se sabe inmortal y que consigue trasmitir a su conciencia
una vaga intuición de la verdad; por eso, sin darse cuenta, piensan de
una manera y actúan de otra.
 
Ha llegado el momento de dispersar de los medios filosóficos y
científicos los valores del positivismo materialista, proclamando al
mundo la feliz noticia de que sobre la cúpula más soleada del
majestuoso árbol del saber humano, ha crecido otra rama lujuriante y
fecunda, con regeneradores frutos, que se llama: "La Ciencia del
Alma", y gracias a la cual se demuestra la vanidad, la incoherencia,
el error de la concepción materialista del Universo. También demuestra
esta "Ciencia del Alma" que la germinación de la vida en los mundos
tiene por meta la evolución del espíritu que habiéndose encarnado en
potencia en la materia, debe elevarse al estado de la perfecta
individualidad consciente, moral, angélica, gracias a los innumerables
experiencias adquiridas a través de todas las síntesis de la materia
organizada, experiencias que alternan con ciclos de existencia
espiritual cada vez más sublime, hasta alcanzar las supremas cimas de
la identificación con Dios, meta del Ser. Lo que no significa de
ninguna manera la negación del Yo, sino su integración en lo divino,
sin perder su individualidad, como las células del cuerpo humano
colaboran por millones en crearlo, sin perder la individualidad que le
es propia. En otros términos: Al Microcosmos-Hombre, suprema síntesis
polizoica y polipsíquica en el domino de lo Relativo, corresponde el
Macrocosmos-Dios, síntesis trascendental polipsíquica y Una, eterna,
incorruptible e infinita, en el dominio de lo Absoluto.
 
Veamos aquí como el alma, la evolución, los destinos del ser, son
definidos en las famosas sentencias filosóficas obtenidas
mediumnicamente por Eugene Nus:
"Alma: Porción de sustancia que Dios sustrae de la Fuerza Universal
para cada individuo. Centro de actividad asimiladora incandescente,
que retoma uno a uno todos los atributos del Creador.
"Evolución: Las moléculas simples, movidas por atracción directa, se
agregan y se combinan para formar organismos diferentes, mínimos en
los minerales, ya sensitivos en los vegetales, e instintivos en los
animales.
"Progresar, para el ser consciente significa modificarse, empleando
racionalmente los elementos interiores y exteriores de que dispone.
"Gradualmente, el ser consciente cumple su destino, recorriendo
moralmente el largo peregrinaje de la vida. Vida libremente
manifestada, pero subordinada a leyes necesariamente determinadas por
el Orden del Universo.
"La meta suprema de los destinos individuales es colaborar a la
formación del ser colectivo del que somos las moléculas inteligentes;
de la misma manera que la meta inconsciente, o el destino de las
moléculas puramente instintivas, que concurren aformar nuestro
organismo, es crear el ser individual.
"Para el Todo como para las partes, la vida es un devenir perpetuo y
no es igual a sí misma en ningún momento de su paso por el tiempo.
 
Pero, me he dado cuenta de que las especulaciones filosóficas al
respecto del gran problema del ser me hna hecho perder de vista la
tesis, mucho más modesta, que constituye el objeto de esta obra.
Consistente en un primer ensayo para demostrar, por métodos
científicos, la supervivencia de la "psiquis" animal. Debemos, pues,
volver a nuestro tema y concluir señalando que la existencia de
facultades supranormales en la subconciencia animal -existencia
suficientemente probada por los casos expuestos- constituye una buena
prueba a favor de la supervivencia de la "psiquis" animal. Para el
hombre debemos inferir que las facultades en cuestión representan en
su subconciencia, a los sentidos espirituales preformados, esperando
ser ejercitados en un medio espiritual, de la misma manera que las
facultades de los sentidos estaban preformadas, esperando ejercitarse
en el medio terrestre. Siendo esto así, como las mismas facultades se
encuentran en la subconciencia animal, debemos inferir lógicamente que
los animales ostentan a su vez un espíritu que sobrevive a la muerte
del cuerpo. De hecho, esta demostración tan interesante ha sido
extraida también de otra complementaria y no menos establecida a
través de los casos de apariciones de fantasmas de animales
identificados.
 
De ahí la legítima conclusión de que todo contribuye a probar la
existencia y la supervivencia de la "psiquis" animal, aunque, conforme
a los métodos de la investigación científica, antes de peonunciarse
definitivamente sobre el tema será necesario esperar una acumulación
ulterior de hechos, con el fin de poder examinar la génesis sobre una
amplia escala, analizando, comparando, clasificando ampliamente
todavía, mientras que hayamos conseguido apartar toda perplejidad
legítima en un tema de tan importante psicológica, filosófica y
moralmente. Únicamente así, lo que ahora no es más que una "hipótesis
de trabajo" suficientemente apoyada por hechos como para ser tomada
en seria consideración, podrá tornar a verdad demostrada.
 
Las pesquisas actuales relativas a la cuestión no dejan dudas acerca
del hecho sobre el cual el veredicto de la ciencia futura deberá
pronunciarse.
 
 
(Traducido de la edición disponible actual, en lengua francesa, por
Francisca Ribert para el canal #Espiritismo del IRC-Hispano)