O PELOURO: UNA INTEGRACIÓN INTERACTIVA.
“O
Pelouro no se define como una escuela para integrar, si no que integra a partir
de la aceptación radical de la diferencia. Se trata de una actitud, una
organización, que rompen los supuestos de incapacidad y limitación y se apartan de las casillas y categorías de
la escuela convencional.”
O Pelouro: una escuela para “todo niño”- dicen -; “sin
etiquetas”. Y sin embargo hablan de niños y niñas autistas, psicóticos, con
Síndrome de Down... e incluso algo que
desconcierta, “normales”.
Conceptos trillados.
En O Pelouro se emplean sin pudor tales denominaciones,
pero significan otra cosa. Más que de cambiar el lenguaje, se preocupan de
cambiar la percepción y la relación con los niños y niñas para que, de este
modo, las formas en que tratamos de referirnos a ellos no estén cargadas de
rechazo, ni de pena de ni inmovilidad. Así decir de un niño que es autista deja
de estar connotado de visiones de
incapacidad, para estar abierto a la experiencia de que quién y como es ese
niño en concreto.
Y Así también con
los niños “normales”, termino que en O Pelouro llega a ser, una forma de
referirse a otra posible patología. Por tanto
todos esos conceptos van y no van cargados de supuestos: Si un normal es
y no es un niño sano, un autista es o no es un niño enfermo.
Al estar más cercanos a la experiencia de los niños y su
compresión singular, los conceptos pueden llegar a ser una forma irónica de
moverse en las aproximaciones a ellos: palabras por las que se pasa de
puntillas, sin quedarse demasiado en ellas, términos que simplemente permiten
hacer una primera aproximación. Conceptos que no son fijadores, categorías de
diagnóstico a las que parece que ya
cada cual se debe, si no nociones que admiten versatilidad, movimiento y en las
que deben entrar luego las historias personales de cada uno.
Algo por el estilo pasa también con
la propia idea del tipo de institución que O Pelouro es. Sólo que justo al
revés, por que el problema no es de puertas adentro, si no hacía afuera: un
problema de cómo es entendida la escuela, de cómo expresan lo que es esta
escuela, cuando el lenguaje es tan equívoco y está tan gastado, por la
burocracia, por lo políticamente correcto, por lo marginal de todo lo
relacionado con quienes son marginados.
La solución por la que optan es
provocadora, como ellos mismos reconocen: “Ante la imposibilidad de, al menos
desembocar su sentido, se recurre a montar un conglomerado de las habituales,
manoseadas, ajadas, vaciadas, clicheadas, chicleadas(de chicle) palabras,
reforzándose, explicándose, contradiciéndose entre sí, por si acaso fueran
capaces, amontonadas así, de provocar cierto parón- extrañeza, precursor acaso
de la imprescindible reflexión desde cada uno, sobre alguna [de ellas] (Ubeira
y Rodríguez de Llauder, 1984).
Y proponen, entonces,
denominaciones como la de “ íntegra integración integral interactiva diferenciada”.
O en una fórmula más elaborada aún, entre otras, siguiente: “Institución-
escuela abierta a la complejidad. Arquitectura modular conexionada
transdisciplinar. Psicopedagogía de la integración interactiva- intersectiva de
todo niño de todo joven... en condiciones de desarrollo en territorios del
existir”
Definiciones complejas que realmente uno no siempre sabe
hasta qué punto aclaran, pero que buscan sugerir otra cosa y son, en todo caso,
reflejo de esa insatisfacción por las terminologías burocráticas, igualmente
oscuras, homogeneizadoras y, por tanto, negadoras y silenciadoras de algunas( o
de muchas) realidades.
Café, bizcocho y blefs.
Una
tarde con Teresa (la coordinadora de Pelouro)
me invita a tomar un café: “Están por allí unos cuantos críos; entre
ellos, los mellizos con una microcefalia y Carlos Y Javier, dos de los
autistas. Llega la bandeja. Además del Café y leche nos han traído bizcocho.
Carlos se acerca relamiéndose.
Teresa: “¿Quieres? Ven que te
ponga”. Carlos hace gestos afirmativos. Teresa le prepara café con leche y
bizcocho que se como rápidamente.
Los mellizos y Javier que lo han visto todo se
acercan con la intención de que Teresa también les de a ellos, pero el trozo no
era suficientemente grande para repartirlo entre todos. Entonces, Teresa dice “ahora es cuando yo hago un Blef “ y
dirigiéndose a los niños dice: “Id a la cocina y pedid que os den más bizcocho
y lo traéis y lo repartiremos”.
Carlos y Javier empiezan a caminar,
pero se les ve inseguros. Los mellizos se quedan parados. Teresa casi sin
mirarlos, como sin darle importancia, dice “¡ Si, venga, id a la cocina y nos
traéis más bizcocho!” y continua hablando como si tal cosa, no muy segura de
que vayan a hacerlo.
Y entonces se dirigen a la cocina.
Cuando Teresa ve que van decididos, da una vos hacia la cocina “¡ Que van para
alla!” . Explica que en estas circunstancias todos ya saben que hay que estar
atentos para seguir el recorrido y cuidar del proceso(a lo mejor con alguna
intervención , si fuera el caso: “¡ Pero venga! ¿no ibas a la cocina a buscar
algo?”).
Un par de minutos después aparecen
los cuatro eufóricos. Carlos trae la bandeja y el resto, cada uno un trozo.
Teresa les ayuda a repartir más porciones y todos comen con avidez y
concentración. Mientras Teresa les sirve más leche y les va hablando.
Romper el maleficio.
“Hacer un blef”, para Teresa, es “Hacer como si fuera
posible”. Es decir, como si fueran normales, viviendo situaciones cotidianas de
normalidad. Hacer como si fuera posible es romper el maleficio de supuestos de
incapacidad, de los limites de lo que pueden y no pueden, supuestos que
empiezan a empobrecer las situaciones en las cuales los críos pueden participar
y los fijan repetitivamente en lo que ya se ha decidido que son y que pueden ser.
Es crear situaciones de normalidad ( o mejor dicho
aprovechar las situaciones de normalidad que existen en ambientes de vida
normal y con sentido) y tratar a estos niños y niñas con trastornos como si
pudieran ser normales en esas circunstancias, porque es en esos momentos en los
que puede ocurrir lo previsto, en donde alguien puede mostrar sus auténticos
potenciales; en donde el potencial de cada uno emerge para hacerse cargo de
situaciones con significado, relacionadas con algo que desean y les importa. En
donde se llegan a dar incluso lo que ellos llaman “islas de normalidad”, es decir, momentos en los que los
autistas, u otros niños y niñas con distintos trastornos, viven una situación
normal con normalidad.
Lucilla Rebecca, la psiquiatra italiana colaboradora de O
Pelouro, explicaba lo que esto significa: “La terapia dirigida a tratar a la
persona como singular como patológica y
a partir de su patología crea muerte psíquica, por que quita la identidad. Un
niño Down siempre será un niño Down, pero puede ser un hombre entero, ésta es
la salud. Pero si piensas en lo que le falta, lo matas, le quitas la identidad
le quitas la posibilidad de ser. Sólo un ambiente saludable permite la
intervención para remediar, de modo que ofrezca posibilidades para que la
persona pueda valerse de su parte sana
para expandirla, desarrollarla, etc. Y si se vale de ella, si la usa, puede
asumir su identidad integrada de sus límites y sus posibilidades, pero no lo
fijas en sus límites”.
Una escuela sana.
Teresa y Juan siempre insisten, en sus escritos que O
Pelouro no nació de un impulso de reacción, si no de creación. No querían
oponerse a nada, si no tan solo hacer aquella escuela que soñaban. No es por
tanto una escuela que nace para la integración, como respuesta a la
marginación, por que eso es solo una reacción pendular que sigue atrapada en la
misma lógica: la de la escuela digámosle convencional ( o en el lenguaje de la
administración, ordinaria); es decir, la de un medio que en su mismo engendra
marginación.
O Pelouro no es, pues, un lugar pensado para integrar. Es
simplemente, una escuela pensada desde otro sitio, desde la salud, y es por
tanto otra escuela.
Una escuela que integra
si, pero no por que mete dentro a niños “diferentes”, con la esperanza de que sean
o se comporten lo máximo posible como “normales”. Es una escuela que integra,
pero que acepta radicalmente la diferencia. Y esta aceptación esta tanto una
actitud, una forma de mirar a los niños, a cada niño y a cada niña, como una
organización, una estructura y un medio que permiten la interacción y crea los
espacios en donde la existencia y las peculiaridades de cada uno tienen cabida.
La escuela convencional no puede integrar porque esta concebida como un casillero: espacios
estancos; grupos, tiempos, tareas y disciplinas estancos. A diferencia de las
escuelas convencionales, O Pelouro se ve a sí misma como una institución “en
estallido” o “estallada”. Termino que han tomado de Maud Mannoni, psicoanalista
francesa que creo una institución (“un lugar para vivir”) para psicopáticos y
autistas en los sesenta. Y que se refiere al hecho de que lo que se rompe, lo
que esta estallado, es el régimen de encasillamiento, que separa la vida de
dentro de la de fuera, a los niños en los grupos por edad, habilidad o
capacidad, a los conocimientos por disciplinas, a las tareas por horarios, etc.
Al estallar las casillas, es posible moverse de más
maneras, relacionarse de forma diversa: Espacios, tiempos, saberes, tareas y
grupos pueden recorrerse de un modo personal. Esto da cabida a la auténtica
variedad de cada niña y cada niño, que es reconocido por quien es, no por la
forma en que encaja en la normal casilla; hace posible que puedan ocurrir
relaciones y hechos imprevistos, y como dice Mannoni, “mediante esta oscilación
de un lugar a otro puede surgir un sujeto que se pregunte por lo que quiere”.
La intención O Pelouro es crear salud, vida. Pero ambas,
salud y vida no nacen desde otro sitio que desde la propia salud, la propia
vida. Seres vivos en medio vivo, “inmersos en la vida, en el discurso
continuado de la vida donde se dan el miedo, el riesgo, la alegría, el hambre,
la defecación, donde están presentes todos los elementos de la vida en
continuo”. Para favorecer la salud no hay que estar pendientes de tratar la
enfermedad si no favorecer la propia vida sana que cada uno posee y el ambiente
saludable en el que esta puede expandirse, por que en definitiva, curarse es un
acto reflexivo: curar-se.
Un centro existencial.
Este es un enfoque que tiene su raíz en una concepción
terapéutica. Pero es, más allá de estos orígenes, una perspectiva existencial.
Hay aquí una forma de entender el vivir y el ser que supone una manera en
general de estar en el mundo(despiertos, activos y vivos) y una manera de
favorecer que cada uno encuentre, su estar en el mundo. Una perspectiva del
ser/estar en el mundo ( en el propio y en el compartido) que no ha caído del
cielo, si no que está vivida y aprendida de una psicología popular, de una
antropología popular, sobre todo del medio rural, probablemente ya
desaparecidas en muchos aspectos y de muchos lugares.
El tiempo vivencial.
En O Pelouro no se ahorran ni la experiencia, ni la
dificultad de vivir. A los niños y las niñas se les pone en el “drama
existencial de la vida” al tener que confrontarse con experiencias que incluso
suponen desenvolverse en el medio razonable y el imprevisto, como por ejemplo,
lavar a los perros, que pueden convertirse en verdaderas experiencias que
obligan a ponerse delante de la situación, pero también delante de sí, se
desarrollan de tal manera que tiene que salir reforzado el si mismo. Y cuando
al asumir el conflicto necesita el apoyo emocional colectivo y la interacción,
todo el grupo asume tal situación, el tiempo se ralentiza y se para, si hace falta,
hasta que se sale de ella.
Y de la misma forma en que las necesidades modulan el
tiempo, también lo hacen los acontecimientos de la vida cotidiana, siendo
tiempo sentido. Como denunciaron en una ocasión en un seminario en Italia:
“Todos nos preocupamos mucho de todos los aspectos técnicos, analíticos, pero ,
¿quién piensa el tiempo del niño?, ¿quién prepara un espacio donde sea posible
tener el tiempo de vivir?. Es fundamental esta particular percepción del tiempo
para que puedan suceder cosas significativas. Sin embargo, en el mundo actual
hay un tiempo fragmentado, muy estructurado, rígido, un tiempo que no permite
ni al niño ni al adulto vivir y encontrarse. Es necesario rescatar de nuevo, en
los espacios en los que se está desarrollando, la dimensión del tiempo de ser,
de existir, del tiempo de esperar, del tiempo de perder el tiempo”.
Cuando le preguntamos a Tracia (una del las alumnas) que
había aprendido ella de los autistas, me habló precisamente del tiempo: el
tiempo quieto. Una idea que daría para todo un trazado filosófico y que ella ha
incorporado como una vivencia sobre la que ha meditado; por tanto, la ha
convertido en experiencia con al que ha labrado parte de su ser, de su forma de
existir en el mundo: “Lo que más te pueden enseñar es el tiempo quieto, a saber
pararte. Las personas normales tenemos el tiempo más acelerado y no nos paramos
tanto. Alguien que tiene su tiempo más
lento, que necesita más tiempo para cada cosa, pues te puede enseñar las
pequeñas cosas en las que no te fijas , las sensaciones que tu no tienes...,no
es que no las tengas, si no que las pasas de largo. Como ya has pasado por eso,
pues estas en otra. Y a veces es importante tenerlas. Entonces, te pueden
enseñar lo que siempre se te olvida, lo pequeño..; lo pequeño tampoco... Es,
eso: El tiempo quieto, que es lo más perdido en esta sociedad. Estamos
acelerados, ya no sabemos a donde ir, ya no sabemos nada, y a veces necesitamos
un tiempo para situarnos”.
“Ser...Poder ser...Ser quien uno es...Cada uno estar en su
propia piel ..El Bien- estar.. Un medio para el arte de vivir, la fuerza de
madurar, crecer, sentir, ser.. Donde a cada niño se le permite ejercer
ser...Poder dar la medida de sí mismo.. Mirar desde el niño y recrear un
universo entero, sin la rigidez del tiempo, donde cada cual puede elegirse,
encontrarse con el sí mismo.” Todas estas son frases extraídas de textos de
autopresentación de O Pelouro. Pero son algo más que palabras; son expresiones
del sentido de las cosas: el sentido de la existencia.
Enferma normalidad
Vivir desde el centro nuclear del existir no es un camino
de rosas, ni es necesariamente el estado ya real de los niños y niñas en
Pelouro. De lo que se trata más bien, es de hacer posible ese proceso de
maduración de cada uno, de su yo mediante experiencias vividas que tienen por
objeto y como centro en sí mismas ese carácter que ellos llaman de “yoización”: La constitución y maduración
de un centro personal sólido desde el que se estructura el vivir personal.
Esta visión del proceso de yoización y de su importancia
educativa nació especialmente de su experiencia con los autistas por su
dificultad para formular su yo.
El yo se estructura en la relación con el otro, que le da
identidad, por que le dice “tu”, en el dialogo de identificaciones y
diferencias. Y en la confrontación con el otro, la persona adulta,
fundamentalmente, que le da un referente claro, y no un relación difusa y
confusa, neutra, que no ayuda a situarse. El yo se estructura también en el
diálogo e integración interior, desde el nivel fisiológico primario. Pero
también con relación a la actividad con significado propio, con utilidad social
en el grupo, en relación con las cosas en sí y con la realidad múltiple que
debe ser captada, ordenada e integrada en la propia comprensión, y en esa
ordenación interiorizada de la comprensión se ordena el yo que comprende. Y se
estructura también en la confrontación con los medios ante los que uno se
afirma, en la frustraciones ante las que se que se define los límites de su
acción en el mundo actual y social(y al definir los límites de la acción, se
perfilan los límites que yo el actúa). Y ese yo que se integra y se equilibra
entre el deseo profundo(el yo que quiere) y el mundo con el que se comunica.
Pero esta elaboración de la importancia de los procesos de
maduración condujo a Juan y Teresa (Coordinadores del centro), en el trabajo
con que otros niños y niñas “normales” acudían al centro, a una constatación:
Lo que suponía que era exclusivamente una
dificultad de los niños con graves trastornos( esa dificultad de construir un
yo sólido y estable) lo iban encontrando como un nuevo síndrome en los niños
supuestamente “normales”. Un Síndrome que bautizaron como normopatía y que les condujo a una elaboración exhaustiva del
mismo, una enfermedad de la infancia de nuestro tiempo, pero también de nuestra
sociedad patologizante. Una sociedad enferma, que enferma a los niños, sobre
todo a los urbanos, aunque las formas de la
vida urbana ya han invadido prácticamente todos los rincones de la vida
social.
Es lo que llaman los “niños-piso”: niños que han perdido el
espacio y la experiencia de la calle como lugar de vivencias libres y
múltiples, en variedad de edades y de medios. Niños bombardeados de estímulos ,
pero que no saben estar en soledad o en tranquilidad. Niños satisfechos pero
sin poder elaborar un auténtico deseo y por tanto perennemente insatisfechos.
Niños en completa pasividad, aunque con gran agitación mental. Niños que, como
muestra sociedad en general, están más preocupados (obsesionados) por el tener que por el ser. Niños, en fin, con un
gran vacío existencial.
Niños y síntomas que se han convertido hoy en “normales”
(habituales), y de los que no podemos descartar como sus expresiones más
extremas, pero ya también habituales, los suicidios o las violencias
descontroladas. Fenómenos para los que se pide como solución más educación, es
decir más escuela... normopática.
Articulo de Cuadernos de
Pedagogía Nº 313.
José Contreras Domingo