LUCIFER
Por ROGER ZELAZNY
¡VINO COMO LUCIFER, PARA TRAER LA LUZ... Y SER DESTRUIDO!
Carlson se plantó en la colina
en el silencioso centro de la ciudad, cuyos habitantes habían muerto.
Alzó la vista hacia el
edificio... que con su sola estructura empequeñecía a hoteles, rascacielos, y
casas de apartamentos en un radio de varias millas en derredor. Alta como una
montaña, captaba los rayos del ensangrentado sol. De una u otra forma
mediada la altura del edificio transformaba su primitivo color rojo en un tono
dorado.
Carlson, de pronto, sintió que no debía haber
vuelto.
Habían pasado dos años, tal como
lo había calculado, desde la última vez que había estado allí. Quería volver a
las montañas. Una mirada bastaba. Sin embargo, se plantó ante el edificio,
transpuesto ante su enormidad a causa de la larga sombra que unía de parte a
parte el valle. Encogió sus fornidos hombros, en un intento fracasado de
librarse de los recuerdos de aquellos días, cinco -¿o fueron seis?- años atrás
cuando trabajaba en aquella gigantesca unidad.
Luego ascendió el resto de la
pendiente y penetró en el amplio y alto portalón.
Sus sandalias de fibra producían
una variedad de ecos al cruzar los despachos desiertos y entrar en el largo
pasillo que conducía a los cinturones.
Los cinturones, claro, estaban
parados. Ya no estaban los millones de personas que viajaban en ellos. Ya no
había nadie vivo para utilizarlos. Su profundo rumor era sólo un fantasma ruidoso
en su mente mientras ascendía por el más próximo y se adelantaba por las
oscuras profundidades del lugar.
Era como un mausoleo. Allí no
parecía haber techo ni paredes, sólo el suave sonar de sus suelas en el tejido
flexible del cinturón.
Llegó a un empalme y se trasladó
a un cinturón transversal, y permaneció quieta de manera instintiva durante un
momento a la espera de que el impulso de avance le pusiera en movimiento al
notar el cinturón rodante la sensación de su peso. Entonces emitió una risita
silenciosa y reanudó su caminar.
Cuando llegó al ascensor, se desvió
hacia la derecha, puesto que su memoria le impulsaba hacia las escaleras de
servicio. Cambiándose de hombro el bulto que llevaba, inició el largo y
agotador ascenso.
Parpadeó al recibir la luz
cuando entró en la Sala de Energía. Filtrados por sus centenares de altas
ventanas, los rayos del sol incidían sobre la masa polvorienta de la maquinaria.
Carlson se apoyó contra la
pared, respirando entre jadeos a causa del esfuerzo. A1 cabo de un rato limpió
un banco de trabajo y colocó allí su paquete.
Luego se quitó la descolorida
camisa porque el lugar no tardaría en parecer un horno. Se apartó el cabello
de los ojos y avanzó por entre la estrecha escalera metálica hacia donde se
alzaban los generadores, fila tras fila, como un ejército de escarabajos negros
y muertos. Necesitó seis horas para efectuar una inspección previa de todos
ellos.
Seleccionó tres de la segunda
fila y sistemáticamente comenzó a desmontarlos, limpiándolos, soldando las
conexiones sueltas can el «auto-hierro», engrasándolos, aceitándolos y quitándoles
el polvo, telarañas y fragmentas de materias aislantes que yacían en torno a
sus moles.
El sudor fluía profusamente
sobre su rostro y bajaba por su torso y muslos, para luego evaporarse
rápidamente en contacto can el cálido pavimento.
Por
último, dejó a un lado la escoba, y volvió a subir la escalera para recoger su
paquete. Sacó una de las botellas de agua que había en él mismo y se bebió la
mitad de su contenido. Consumió un pedazo de carne seca y acabó con el líquida
de la botella. Se permitió un cigarrillo entonces, antes de regresar al
trabajo.
Se vio obligado a detenerse al
anochecer. Tenía intención de dormir allí mismo, pero la sala resultaba muy
opresiva. Así que se fue por donde había venido y durmió baja las estrellas, en
el tejado de un edificio bajo al pie de la colina.
Necesitó dos días más para tener
listos los generadores. Luego comenzó a trabajar en el enorme «Panel de
Emisión” Se hallaba en mejor estado que los generadores, porque la última vez
que se usó había sido hacía dos años. Mientras que los generadores, excepto
los tres que se quemaron la última vez, llevaban durmiendo cinco (¿o fueran
seis?) años.
Soldó, limpió e.
inspeccionó hasta estar satisfecho. Ya sólo le quedaba una tarea por realizar.
Todos los robots de mantenimiento
estaban congelados, inmovilizados en pleno movimiento. Carlson iba a tener
que vérselas can un cubo de energía de más de ciento sesenta kilos sin ayuda
alguna. Si podía bajar uno de ellos desde la estantería y colocarlo en la
carretilla sin romperse una muñeca, quizás pudiera trasladarlo al Quemador sin
mucha dificultad. Entonces tendría que colocarlo dentro del horno. Ya casi se
había matado la primera vez que lo hiciera hacía dos años. Pero esperaba estar
ahora mucho más fuerte, y
tener más suerte, esta vez.
Necesitó
diez minutos para limpiar el horno del Quemador. Luego localizó una carretilla
y la llevó hasta la estantería.
Un cubo descansaba precisamente
a la altura adecuada, aproximadamente a unos veinte centímetros por encima del
nivel del piso de la carretilla. De una patada quitó las cadenas que anclaban
al dispositivo y le dio la vuelta para estudiar la estantería. El cubo estaba
en un estante que se inclinaba hacia abajo, contenido sólo por un recubrimiento
de metal de unos cinco centímetros. Tiró del recubrimiento. Estaba atornillado
a la estantería.
De vuelta en
la zona de trabajo, buscó en las cajas de herramientas hasta encontrar una
llave inglesa, luego regresó a la estantería y se puso a quitar las tuercas.
El recubrimiento se soltó
mientras trabajaba en la cuarta tuerca. Oyó el peligroso crujido y se echó
atrás quitándose de en medio, dejando caer la llave inglesa sobre los dedos de
los pies.
El cubo se
deslizó, aplastó la barandilla aflojada, osciló durante un segundo y luego
cayó con un estrépito resonante en el fuerte piso de la carretilla. La
superficie de ésta se dobló y comenzó a agrietarse bajo tanto peso; la
carretilla se tambaleó hacia el exterior. El cubo continuó resbalando hasta
que medio palmo aparecía por fuera del borde. Luego la carretilla se enderezó
y vibró hasta quedar inmóvil.
Carlson suspiró y quitó las
falcas, preparado para saltar hacia atrás si el aparato se ponía en marcha en
su dirección. No se movió.
Animoso, guió la carretilla subiendo por el
pasillo entre las filas de generadores, hasta que se plantó delante del Quemador.
Volvió a poner cuñas en la carretilla, hizo una pausa para beber agua y
fumarse un cigarrillo, luego buscó una palanca grande y plana de metal.
Colocó la placa para que hiciese
de puente en el extremo delantero de la carretilla uniéndolo con la abertura
del horno. Metió el extremo apuesta debajo del marco de la puerta del Quemador.
Sacando las calzas posteriores,
insertó el gato y comenzó a levantar la parte trasera de la vagoneta, despacio,
trabajando con una mano mientras aprestaba la barra con la otra.
La carretilla rechinó al levantarse.
Se produjo a continuación un sonido áspero como de algo que resbalaba y empezó
a trabajar cada vez con mayor rapidez.
Con un sonido como el del badajo en una campana
rajada, el cubo penetró en el puente improvisado, resbaló hacia delante y
hacia la izquierda. Lo golpeó con la barra, llevándolo hasta la derecha con
todas sus fuerzas. A un centímetro y medio chocó contra el borde izquierdo de
la puerta del horno. La brecha entre el cubo y la entrada era más amplia en el
fondo.
Insertó
la barra e hizo palanca descargando todo su peso... por tres veces.
Entonces
el cubo se movió hacia adelante y descansó dentro del Quemador.
Comenzó a
reír. Se carcajeó hasta sentirse débil. Se sentó en la carretilla rota, dejando
colgar las piernas y riendo para sí, hasta que las sonidos que salían de su
garganta le parecieran extraños y fuera de lugar. Se detuvo bruscamente y
cerró la puerta del horno de un portazo. .
El «Panel Emisor», tenía un
millar de ojos, pero ninguno de ellos parpadeó. Hizo los ajustes finales para
transmitir, y luego efectuó la última inspección de los generadores.
Después de eso subió por una pasarela
y avanzó hasta una ventana.
Aún quedaba
algo de luz diurna así que se trasladó de ventana a ventana oprimiendo el
botón, «abrir», colocada bajo cada alféizar.
Consumió el resto de su comida y bebió toda una botella de agua y fumó dos cigarrillos, sentado en la escalera, pensó en los días que había trabajado con Kelly, Murchison y Djizinky, retorciendo las colas de los electrones hasta que bramaban y saltaban sobre las paredes y caían sobre la ciudad.
¡El reloj! De pronto se acordó
de él... a gran altura en la pared, a la izquierda del umbral, parado a las
nueve treinta y tres y cuarenta y ocho segundos.
Trasladó una escalera de mano
bajo la luz del crepúsculo y subió hasta el reloj. Limpió el polvo de su esfera
grasienta con un movimiento de barrido circular. Entonces estuvo preparado.
Cruzó hasta el Quemador y lo
conectó. En alguna parte las materias eternas cobraron vida y oyó un chasquido
muy fino, al penetrar un eje hasta la pared del cubo. Volvió corriendo
escaleras arriba y subió ayudado por las manos por la pasarela. Se movió
hasta una ventana y aguardó.
-¡Dios que no estallen!
A través de una eternidad de
oscuridad, los generadores comenzaron a vibrar: Se oyó el chasquido de la
estática del Panel de Emisión y cerró los ojos. E1 sonido murió.
Abrió los ojos mientras oía cómo
la ventana se deslizaba hacia arriba. A su alrededor se abrieron cien altas
ventanas. Una lucecita apareció encima del banco de trabajo en la zona de
talleres que quedaba por debajo suyo, pero no lo vio.
Miraba al exterior contemplando
el amplio precipicio que se abría ante sus pies en cuyo fondo se hallaba la
acrópolis y la ciudad. Su ciudad.
Las luces no eran como las
estrellas. Brillaban mil veces más que éstas. Eran las alegres constelaciones
de una ciudad en la que los hombres tenían sus hogares: incluso filas de
farolas, anuncios, ventanas iluminadas en los apartamentos en forma de panal,
un solitario azar de brillantes plazas escalando las paredes de los rascacielos,
y un reflector que hacía girar su antena luminosa a través de bancos de nubes
que colgaban sobre la ciudad.
Se precipitó a otra ventana
dejándose acariciar por las brisas de la noche. Los cinturones volvían a
zumbar allá abajo; oyó sus maliciosos monólogos sonando a través de los profundos
cañones de la ciudad. Se imaginó a la gente en sus casas, en los teatros, en
los bares... hablando uno con otro, compartiendo una diversión en común,
tocando clarinetes, tendiéndose las manos, comiendo en cada cafetería. Los
dormidos coches robots despertaron y marcharon raudos pasándose mutuamente en
los desniveles por encima de los cinturones; el zumbido de fondo de la ciudad
le habló de su historia de producción, de función, de movimiento y servicio
para sus habitantes.
El firmamento pareció girar por
encima, como si la ciudad fuese su cubo, su eje y el universo la rueda que
dependía de él.
Luego las luces bajaron del
blanco al amarillo y él descendió presuroso, con pasos desesperados hasta
otra ventana.
-¡No! ¡No tan pronto! ¡No me dejéis todavía!
-sollozó. Las ventanas se cerraran y las luces se apagaron. Se quedó plantado
en la pasarela durante largo rato, mirando los rescoldos muertos, un olor de
ozono le llegó hasta las narices, percibió un halo azul por encima de los
moribundos generadores.
Y descendió y cruzó la zona de
trabajo hasta la escalera de mano que había colocado junto a la pared.
Apretando la cara contra el
cristal y forzando la vista durante largo rato pudo descubrir la posición de
las saetas.
-Nueve treinta y cinco y veintiún
segundos -leyó Carlson.
-¿Oísteis eso? -gritó sacudiendo
su puño hacia algo-. ¡Noventa y tres segundos! ¡Os hice vivir durante noventa y
tres segundos!
Luego escondió su rostro en la oscuridad y guardó silencio. A1 cabo de un rato, mientras descendía la escalera, recorría el cinturón, avanzaba por él largo pasillo y salía del edificio, cuando se encaminaba de regreso a las montañas se prometió así mismo -una vez más que no volvería nunca más.
Ediciones Géminis, S. A. 1968
Colección “Selecciones de pequeñas
obras maestras, ciencia ficción Nº 1”
Relatos obtenido de GALAXY y
WORLD’S OF TOMORROW
Traducción P. Castillo
Edición electrónica de diaspar,
Málaga noviembre de 2004-10-27