El “podenuí”

Era un caluroso verano y Ramón leía tranquilamente un periódico deportivo.
Allí, a la sombra de la higuera, sentado en una silla de respaldo reclinable,
disfrutaba de la brisa que atemperaba el calor. Los moscardones revoloteaban
cantando su canción veraniega.
En esas estaba Ramón cuando llegó Adela toda excitada.
-¡He visto una casa preciosa!
-¿Eh?
-Acabo de ver una casa preciosa. Tienes que venir a verla.
-Bueno. A la tarde. Ahora hacemos algo de comer, descansamos y
después. A la tarde, iremos a verla.
-No sabes lo duro que se me hace esperar.
-Cualquier cosa se te hace dura.
Cortaron unas lonchas de jamón y las fueron echando en un plato grande.
Luego abrieron un frasco de aceitunas, una lata de maíz cocido y otra de espárragos.
Cortaron unos tomates y una lechuga; abrieron dos latas de cerveza y ya tenían
lista la comida. Comieron y descansaron a la sombra de la higuera.
Era un día de mucha pereza.
Hay un momento para cada cosa. Así que Adela despertó a su marido.
-¡Vamos, Ramón! ¡Despierta que quiero que vayas a ver esa casa que te
dije.
-¿Eh?
-A ver la casa.
-¡Ah! Prepárame un poco de café, querida.
-Aquí lo tienes, cielo.
Adela tenía preparado el café.
-No sé que mosca te ha picado con esa casa.
Se tomó el café y se dispuso a satisfacer a su mujer que no podía resistir el
atractivo de una casa rústica y vieja.
Se metieron en el coche con los cristales bajos, para que entrara el aire
refrescante. Enfilaron por la carretera en dirección al lugar que
indicaba Adela.
-Por aquí. Tuerce la próxima a la izquierda.
Entraron por esa carretera vecinal asfaltada hasta cierto punto. Pasaron por
delante de la ermita románica.
-Un día tenemos que venir a ver esta ermita -dijo Ramón.
-No sé que mosca te pica a ti con las ermitas.
En la mente de Ramón se fueron repitiendo las instrucciones que le dieron hace
un par de años, cuando preguntó por la ermita. “La llave de la ermita la
tiene Abelardo que vive tres casas más allá. Es esa casa con la puerta
pintada de azul”. Y recordó luego las palabras exactas de Abelardo.
-Si no estoy en casa, es que estoy segando en algún prado. Que hay que
aprovechar este sol y cortar la hierba.
-Sí hay que aprovechar el momento –le dijo Ramón.
-Bueno, si no estoy, Felicitas, mi mujer, te puede enseñar la ermita.
-Muy amable.
-Claro que nosotros no cobramos nada por esto, ¿sabe?. Es decir, que
aceptamos la voluntad. Usted ya me entiende.
-Sí, claro.
-Esto está muy bueno en esta época del año.
-Sí, sí. Está muy bueno.
-Pero no vea usted la que se pasa aquí en el invierno.
Dejaron atrás la ermita y la casa de Abelardo. Pasado un trecho, el
camino dejó de estar asfaltado y ya solo era de tierra.
-Párate en esa casa de ahí, -dijo Adela.
Era una casa... algo así como señorial, es un decir. No llegaba a tanto.
Pero se trataba de una casa con albañilería moderna. Nada de paredes de
mampostería. Tenía un jardín delante y unos rosales. Y una puerta
con verja de hierro. Adela salió del coche para llamar al hombre, al
propietario de la casa, pero ya él los había oído llegar y justo en ese momento
abría la puerta de la casa.
-Buenas tardes, -dijo el hombre.
-Buenas tardes, -respondió Adela.
El hombre parecía muy amable. Imagino que estaba contento porque todos
los días no se encuentran unos pardillos de ciudad dispuestos a comprarte una
casa vieja de campo.
-Si vamos andando, dejan el coche ahí. Si no, pues puedo ir en el coche
con vosotros. Si no es molestia.
-Suba, suba. Podemos ir en el coche.
El hombre entró en el coche y echaron a rodar por el camino. Este se
estrechaba y volvía a ensancharse de un modo caprichoso. Por momentos,
Ramón no sabía si el coche podría pasar por algunos tramos sin rozarse con el
muro de piedra.
-Pasa bien. No tenga miedo. -dijo el hombre en algún momento que
Ramón se lo estaba pensando.
Un poco más tarde llegaron al lugar.
-Aparque por ahí -dijo el propietario.
Aparcaron en un lugar más ancho del camino y se echaron a andar en dirección a
la casa.
-Esa es la casa -le dijo Adela a Ramón señalando.
Era una vieja casa de piedra como todas por allí. Enfrente de la casa había
un hórreo viejo. Ramón se fijo que las maderas estaban bastante podridas.
Entraron por un camino estrecho. Tan estrecho que a Ramón le pareció
justo que las gentes del lugar dijeran “camín” a ese tipo de caminos, tan
angostos.
-La casa estaba habitada hasta hace pocos años.
-¿Eh?
-Hace pocos años, vivían aquí dos mujeres.
-¡Ah!
Llegaron hasta la puerta de la casa. La madera era de color gris, y
estaba quemada por el tiempo. Por el tiempo y por la ignorancia total de
la pintura. Pablo se echó hacia atrás y miró al balcón que había por
encima de la puerta. La misma calidad de madera. Por su resistencia a la
putrefacción, Ramón pensó que estaría hecha de madera incorrupta.
Al lado derecho de la puerta, a cosa de medio metro, había un contador de agua
y un grifo.
-Ahora mismo no tiene agua. La han cortado porque no vive nadie.
-¡...!
-No voy a estar pagando el mínimo cuando nadie la usa.
-Lógico.
El hombre abrió la puerta. Era una cerradura de esas antiguas. Esas
con una llave grande de hierro. La puerta hizo un chirrido al abrirse.
Pero no fue un chirrido de esos venerables de película de miedo. Sin
embargo fue un chirrido. Discreto, pero chirrido al fin y al cabo.
Entraron en la casa. Ramón husmeó de inmediato el aire. Notó las esporas
de hongos flotando en el aire, como si fueran espíritus malignos. Notó de
inmediato un agobio respiratorio. Algo maligno hacía la respiración difícil.
Al adaptarse los ojos a la penumbra quedó a la vista la planta de la casa.
Tenía un fogón algo ahumado al fondo a la derecha y una escalera muy escuálida
a mano izquierda para subir a la planta de arriba.
-Esto es precioso -dijo Adela.
-Esa es la cocina, -dijo el hombre señalando con la mano el fogón.
-¿Cómo? Preguntó Adela.
-Que eso ahí es la cocina. El fogón que se dice.
-¿La cocina? ¿El fogón?
-Antes se decía “el fogón”. El lugar donde se hacía de comer.
-¿Dónde está?
-Ahí mismo. En ese hueco.
-¿Ese hueco? No entiendo.
-El fuego se hacía encima de esas piedras.
-¿Encima de esas piedras?
-Se hacía el fuego con leña y se colgaba el pote de la cadena.
-¿Se colgaba el pote, dice? ¿Qué pote?
-Déjeme ver. Por aquí debe andar el pote.
El hombre su puso a buscar entre papeles de envolver y cajas viejas de cartón.
-Aquí está el pote, ¿Lo ve?
-¿Esto es el pote?
-Sí. Es de hierro, ¿ve? Es lo que se usaba antes.
-Entonces eso es el pote.
-Lo que pasa es que está muy tiznado. Es normal en estos potes.
Solo se lavaban por dentro.
-¡Ah!
Todas estas palabras distrajeron a Ramón que seguía husmeando en el aire.
Sabía que debía evitar estas aspiraciones nocivas porque le sobrevenía el asma.
Aparte de las esporas que flotaban en el aire, Ramón sentía como una presencia
de algo. Pero, no estaba claro. Al rato sintió un tirón en la
pernera del pantalón. Un tirón hacia abajo, cerca del suelo. Miró y
no vio nada. Giró la cabeza a su alrededor y no vio nada.
-Tiene aquí un asa. Para colgarlo del gancho. ¿Lo ve?
El hombre hizo una demostración de como se colgaba el pote de la cadena por
medio de un gancho en forma de ese.
-Entonces, ¿el pote se cuelga de la cadena?
-Exactamente.
-¿Para que se cuelga?
-Se coloca más o menos alto, dependiendo de la potencia del fuego. Según
se está acabando la cocción ya no echas más leña. Solo bajas el porte
para acercarlo más al fuego.
Ramón trataba de concentrarse en las palabras del hombre. O sea, que “el
pote colgaba de un gancho en la cadena”.
-Y ¿dice que vivía aquí gente? -preguntó Adela.
-Dos mujeres, exactamente. Hace tres años que se fueron.
-Tres años. -repetía Adela.
-Pues en esta planta ya lo han visto todo.
Adela se quedó un momento mirando la estancia. Era una sala como de cinco
por cinco metros. El piso que estaba compuesto por baldosas naturales de
piedra, sin cortes. Baldosas de tamaños irregulares que se ajustaban unas con
otras, o rellenando el espacio con piedras menores. Todo estaba cubierto
por un polvillo protector que hacía difícil adivinar el color de la piedra.
Bueno, la luz tampoco era mucha. Justo la que entraba por la puerta
abierta; porque la única ventana de aquella sala estaba cerrada con una tranca.
-Ahora, ¿si quieren acompañarme a la planta de arriba?
El hombre les invitó a subir al piso de arriba. La escalera era estrecha
y la barandilla precaria. El hombre señaló con su brazo extendido invitándolos
a subir. Adela empezó a subir muy decidida mientras Ramón se quedaba
rezagado. Pero el propietario movió la mano en dirección a la subida.
No quedaba muy claro si les invitaba o les conminaba a subir.
Ramón se vio obligado a subir por la escalera y el propietario siguió detrás de
él. Mientras subía, Ramón sentía en el aire una presencia hostil.
Debían ser unas partículas que pululaban en el aire y le irritaban las fosas
nasales y los bronquios.
Al llegar al piso de arriba Ramón se fijo en el hueco de la ventana, justo a
mano izquierda. Era tan exiguo el espacio que de repente entendió el
sentido de la palabra que usan por esas tierras el “ventanuco”. No tenía
ninguna duda, aquello debía ser un ejemplo genuino de “ventanuco” al estilo
antiguo. Auténtico y genuino como los de antes. Esto lo había oído
bastante, “cierra el ventanuco”, “abre el ventanuco”. Ramón pensó que
estas cosas eran molestas por sí mismas. Hay gente que se pasa la vida
dando ordenes absurdas, “cierra el ventanuco”, “abre el ventanuco”.
Ahora, justo al pasar junto al ventanuco sintió una muestra muy agradable de
brisa veraniega que entraba por aquel hueco providencial. ¡Qué alivio!
La densidad de espíritus maléficos del aire se atenuó drásticamente. Es como
si estos huyeran o, por decirlo de otro modo, tuvieran la tendencia a evitar
las corrientes de aire.
Volvió a sentir como un tironcito leve en la pernera del pantalón. Miró
otra vez y no vio nada. Hacía tanto tiempo que no le ocurrían estas cosas
que ya se había olvidado de estas manías suyas.
-Déjate de manías, -le decía siempre Adela; pero no había modo.
En verdad, las manías no habían desaparecido del todo. Solo ocurrió que
dejó de contarlas. Para ser más exactos, esa sensibilidad acusada por las
cosas anormales e invisibles no se atenuó de un modo tan paulatino como se
dijo. Pero desapareció casi por completo cuando cambiaron de piso. Ramón
sabía que Adela se ponía de los nervios cuando decía que notaba algo raro en el
ambiente. Y se ponía de un carácter tan insoportable que hasta se volvía
reacia a sus caricias y a sus halagos. Vamos que cuando Ramón detectaba
alguna presencia extraña no había forma de echarle un polvo.
Ahora, ya no decía nada. Pero todavía notaba presencias extrañas por aquí
y por allá. Empezaba a oír voces y quejidos. Solo se oían muy
levemente como si vinieran de fuera, de algún lugar remoto y se reconstruyeran
y reverberaran en aquella casa. Pero Ramón sabía que las voces no venían
de fuera. Si vinieran de fuera las hubiera oído por el lado del
ventanuco.
Adela estaba extasiada con aquella birria de casa toda llena de polvo y miasmas
del inframundo. Ramón sentía que la casa estaba toda llena de partículas
malsanas, de quejidos, de dolores, de fingimientos. Y de pinzamientos del
alma, de pellizcos que un día padecieron los espíritus modestos, espíritus
sojuzgados por la gente que nace con el don de la autoridad. Gente esta,
al parecer que solo ha venido a este mundo para sufrir mortificaciones.
Pero también están los otros, los espíritus de aquellos que se han quedado
solos, sin victimas a las que fastidiar.
-Es precioso, -decía Adela contemplando un dormitorio de tres por dos metros.
La habitación estaba provista de un ventanuco que, por algún motivo incomprensible,
estaba situado muy alto. Tal alto estaba que Ramón se dio cuenta que para
abrirlo o cerrarlo había que subirse a una silla. Que no se hizo aquel
ventanuco para que tengamos una vida regalada y llena de comodidades, sino para
hacernos sufrir. Para que no se nos pasara por la cabeza la peregrina
idea de que todo el monte es orégano o florecillas silvestres.
Ramón pensó que aquel ventanuco era algo así como “una gracia” del maestro
mampostero. Luego, de pronto, tuvo una visión: el propietario... no era
este mismo de ahora, sino el abuelo que le había encargado la casa. El
abuelo le decía al mampostero:
-¡Cago en diez! ¡Hazle a esta casa una jodida ventana!
-¡Quéeee!
-Una ventana. Parece que odias las ventanas.
-Las ventanas no traen otra cosa que corrientes de aire.
-¿Eh?
-Y las corrientes de aire no traen sino catarros.
-¿Cómo?
-Y los catarros nos dejan la tisis.
-¿Cómo dices? ¡Pon ahí una jodida ventana Manolo!
-Por mí que no sea. ¡Si se trata de un capricho! Usted paga.
Y el albañil se dispuso a regañadientes a dejar el hueco de un ventanuco
miserable.
-¡Pero, coño! ¡No hagas un ventanuco tan miserable!
-¡Eh! ¿Qué te pasa ahora?
-Haz una ventana moderna. Como esas que se ven en la casa de Manzanes, el
indiano que vino de Cuba.
-Vino de Cuba, sí. Pero podrido de plata. Tú no.
-Hazme una jodida ventana y calla.
-Te vas a arrepentir de esto. De momento hay que buscar un buen pedazo de
madera de castaño para el dintel, lo bastante grueso para soportar las piedras
que van encima.
Y el mampostero hizo aquella ventana allá arriba. Por eso había que
subirse a una silla para abrirla y cerrarla. Ramón perdió su visión de la obra
cuando Adela dijo:
-Es precioso.
Pero Ramón volvió a oír voces quejumbrosas. Venían del dormitorio.
Ramón se acercó a mirar. A estas alturas no debía haberse molestado en
mirar. Hacía tiempo que casi ya no oía voces. Desde que se mudó de
piso.
-¡Aaaah! -se oía clarito. Era una voz queda, pero se oía perfectamente.
-¡Aaaah! -volvió a oírse la voz.
Y luego, con más claridad.
-El “podenuí”, Juana. Tráeme el “podenuí”.
El propietario pensó que la contemplación de aquella joya arquitectónica se
estaba demorando demasiado.
-Esta es la salita de arriba.
La madera del piso era gris claro y por la puerta abierta del balcón entraba la
luz del verano. En otros momentos hubiera entrado por allí filtrada por
nubes oscuras. Pero la luz de hoy venía en toda su pureza procedente de
un cielo azul con leves tules de vapor sobre el cielo. Algunos insectos
revoloteaban en el exterior certificando con su dulce ronroneo la llegada del
calor.
Ramón miraba para el balcón y vio que una de las puertas estaba suelta de su
bisagra superior. Esto era un avatar insignificante en el tiempo y el
espacio. Dentro de cinco mil años los arqueólogos tendrían dificultades
para saber que allí habría habido una puerta. Pero el apilamiento de
piedras les diría que allí mismo hubo una casa.
-Y aquí tenemos el balcón. Las bisagras necesitan un poco de aceite.
-Dijo el propietario.
Ramón seguía con la mirada perdida en el balcón.
-El balcón es precioso. -Dijo Adela.
-Hace falta sustituir algunas tablas, solamente. -Dijo el propietario-
Aparte de eso está en buen estado.
-¡El podenuí! ¡Juanaaa, tráeme el podenuí!
Ramón lo oyó clarito, clarito. Las veces se oían procedentes del
dormitorio que tenía la ventana tan alta. Volvió sobre sus pasos y miró en el
dormitorio. Sabía que allí no había nada que ver. Pero las voces le
parecían tan angustiadas que le tenían acojonado.
-¡Qué precioso! Repitió Adela contemplando arrobada el balcón.
-Y ahora si quieren bajar les puedo enseñar lo de fuera.
O sea que había más. No solo era todo aquello, sino que además quedaba
por ver lo de afuera. Adela empezó a bajar la escalera y Ramón se quedó
paralizado al oír la voz quejumbrosa.
-¡El podenuí! ¡Tráeme el podenuí!
La voz le produjo un escalofrío y Ramón se quedó parado allí mismo; quieto
sobre aquellas tablas grises. El propietario le dio a Ramón una sacudida
en el brazo para sacarle de su ensoñación.
Ramón dio un respingo y volvió al mundo exterior. Al mundo de las
superficies sensibles. Esas que pertenecen a todo el mundo y que existen
desde toda la vida. Empezó a bajar la escalera y el propietario iba detrás.
-¡Aaaah! -Se oyó la voz quejumbrosa.- ¡Juanaaa!
Ramón sacudió su cabeza como tratando de quitarse las voces de encima. Ya
empezaba a sentir sus nervios afectados y no quería que nadie se diera cuenta
de sus problemas con aquella casa. Según bajaba, noto que una mano le
daba un tirón hacia abajo de los pantalones. Notó la presión sobre el
cinturón y se dio cuenta que los pantalones se le habían bajado un poco en su
cintura. Se ajustó el pantalón y noto que unos brazos de agarraban
a su pierna izquierda y una mano le acariciaba el muslo. Nada menos que
por su cara interna. Se quedó quieto un momento y notó como una mano
ascendía cada vez más alto y se deslizaba suavemente por su piel.
El propietario le dio un discreto empujoncito para hacerlo seguir.
Ramón se sintió molesto de nuevo. No le quedó claro si fue por el
empujoncito que le dio el propietario. Ahora sentía que algo invisible le
agarraba con sus dedos esa cosa que... bueno, ya saben. Eran unos dedos cálidos
que le daban unos tironcitos suaves hacia abajo.
Ramón fue bajando como trastornado y hasta se dio un tropezón incompresible que
casi le hace caer por la escalera.
-¡Tenga cuidado! -dijo el propietario- Los escalones son más altos de lo
normal. Cosa de los constructores antiguos.
Al llegar a la planta baja, el propietario les invito a salir señalando la
puerta con la mano.
Salieron fuera y se oían los moscardones ronroneando en el aire. Se sentían
los aromas del prado en el verano y, por momentos, la brisa traía aromas de
hierba cortada que se secaba al sol en algún prado cercano.
El propietario se decidió a enseñarles el hórreo.
-Este es el hórreo. Más exactamente esto es la cuadra.
-Es precioso -dijo Adela.
-Hace mucho tiempo que no se usa. Las mujeres no tenían vacas.
-Me gustan las vacas, -dijo Adela.
-Realmente, el hórreo es la construcción que hay encima.
En este punto de la cuadra Ramón no sintió más voces. Pero oyó un
estruendoso ruido de lluvia intensa. Miró al exterior extrañado y vio con
alivio que el sol seguían luciendo esplendoroso. Notó la presencia de una
muchacha cubierta por encima con una manta empapada por un fuerte chubasco.
En el interior de la cuadra casi no se veía nada más que aquella muchacha y una
oscuridad notable.
Cuando el propietario le dio un codazo Ramón volvió a sentir la luz leve pero
notable que entraba por la puerta de la cuadra y las aberturas de medio metro
entre las paredes de la cuadra y el hórreo encima.
Salieron fuera y el propietario dijo:
-Este camino es un derecho de paso.
-¿Un qué? -pregunto Adela.
-Un derecho de paso. Los vecinos tienen derecho a pasar por este camino
para entrar a sus fincas.
Ramón pudo ver que la distancia entra la casa y la cuadra era como de metro y
medio. Ramón se imaginó la casa con una cortinas nuevas en el balcón y
Adela sacando una mesa a la puerta de la casa para hacerse una merienda
campestre.
-Ramón, saca un par de sillas, -dijo Adela.
Ella coloca su mantelito bordado de flores, recuerdo del viaje a Tailandia.
Luego trae una bandeja de platos, una jarra de cristal con zumo de naranja, una
bandeja con trocitos cortados de jamón, y trocitos de queso de Cabrales. En
otro plato puso unas hojitas cortadas de lechuga y unas olivas amargas.
Y justo en medio de esa visión celestial aparece un paisano con una carreta
perfumada y cargada con estiércol de vaca. Adela pone los ojos como platos,
pues no se imagina lo que va a pasar ahora.
-Tiene derecho de paso, Adela. -le dice Ramón.
-¿Y eso que quiere decir?
-Que tenemos que meter todo esto en la casa.
-Yo no lo meto en la casa.
-Entonces tendrás que meterlo en la cuadra.
Fue justo este momento cuando la visión se esfumó, al aparecer una paisana que
traía un mulo justo por aquel camino. El propietario se hizo a un lado del
camino para dejarla pasar. Adela y Ramón se apartaron al otro lado. Adela
empezaba a tener unas nociones sobre el derecho de paso.
La paisana llevó el mulo hasta un prado que justo lindaba con la casa. Y
se quedó allí acariciando al mulo. Era como si tratara de captar alguna
onda sobre las conversaciones que se traía el propietario con aquellos
forasteros.
-¿Y donde está el baño? -preguntó Adela.
-La casa no tiene baño, -respondió el propietario.
-¿No tiene baño? ¿Y entonces como...?
-No sé como se las arreglaba esta gente. Donde lo echaban.
-¡?!
-Tal vez lo echarían por aquí y por allá. -El hombre señaló hacia una
finca de maíz- Al fin y al cabo no es más que estiércol.
-Se podía hacer un pozo negro ahí mismo; donde está el mulo.
-Este terreno no es de la casa. Es de la vecina que trajo el mulo.
Tiene prioridad de compra.
-Entonces se podría hacer en otro lado.
-El caso es que la casa no tiene tierra propia colindante.
-¡ ? !
-Incluso el frontis de la casa, ya lo vieron, tiene una servidumbre de paso.
-¿Servidumbre de qué?
-De paso. Es un camino público. Pero la casa la vendo junto con el
hórreo y un terrenito.
-¿Un terrenito?
-Empieza en aquel muro de allí, junto el camino donde está el coche.
-En el muro...
-Eso es. Y termina por esta parte de aquí. Es un triángulo.
-¿Un triángulo? -Preguntó Adela que no se aclaraba mucho con la geometría.
-Un triángulo. Tres lados. El más pequeño es aquel de allá, junto
al camino vecinal. Son doce metros. Luego las lindes se van
estrechando junto al hórreo, el terreno que ve con hierba, y todo se junta en
este punto.
-¡Oh! -Dijo Adela.
-A este lado está el camín y por aquí está el otro lado; limitando con el
terreno labrado.
-¡Ah! -Dijo Adela que se estaba haciendo un lío con las lindes.
-Por aquí mismo debe estar el “fixu” -dijo el propietario.
Y dirigiéndose a Ramón que estaba en la inopia le dijo:
-Es esta piedra de aquí. ¿La ve? -Y movió la punta del pie señalando
la piedra.
La piedra se hallaba claramente tres centímetros dentro del terreno labrado y
el hombre sintió necesidad de hacer algún comentario.
-Ya podía haber labrado en su lado, ¿no? ¿Lo ve?
Ramón asintió diciendo:
-Sí. Está claro.
Ramón sintió de repente que era de noche. Todo se veía oscuro. Él
estaba en el mismo sitio sobre la hierba. Una fina llovizna caía con
constancia. Entre las sombras pudo ver una muchacha con una manta por la
cabeza y los hombros que se metía en medio del maizal. Llevaba algo
redondo en la mano y se decía:
-El podenuí, el podenuí. Me está fastidiando bien con el podenuí.
-Y ¿cuánto vale la casa? Preguntó Adela.
Estas palabras de Adela devolvieron a Ramón de nuevo a un campo veraniego pleno
de sol.
-Bueno... pues la casa...
-¿...? -Adela estaba expectante.
-Digamos... un precio justo... cuatro millones.
Adela no pestañeó siquiera. Tal vez no era tan tonta como nos creemos.
En cualquier caso, creo que ella andaba buscando una ganga, y el propietario
necesitaba un par de tontos urbanos.
Ramón hizo cuentas rápidamente. Aquella joyita podía tener doscientos
cuarenta metros cuadrados divididos por un camino vecinal. A cuatro
millones... eso hace como quince o dieciséis mil pesetas el metro cuadrado.
Genial. Si Adela compraba aquello les podían dar un certificado de “gilipollas
mayores del caserío”. Tendrían derecho a tirar cohetes en las fiestas
patronales con la obligación honorífica de invitar a sidra a todo el
vecindario.
En algún momento, la reunión pareció que se terminaba. Fue cuando Adela dijo
con una sonrisa enigmática:
-¿Cuatro millones? Es cosa de pensarlo.
Y volvieron por el camino vecinal. El propietario cerró la puerta de la
casa con su gran llave de hierro y se fueron hacia el coche.
El coche se puso en marcha y pudo dar la vuelta aprovechando la entrada del
camino a la casa. Llevamos al propietario de vuelta y seguimos por
aquellos caminos vecinales hasta la carretera local.
Aquella noche cenaron algo ligero. Unos yogurt y unos emparedados de jamón
cocido.
Cuando ya estaban dormidos, Ramón se despertó sudando al oír los gritos de “¡Juanaaa!
¡Tráeme el podenuí! A pesar de estar despierto por los gritos siguió
viendo visiones. Una muchacha se revolvía perezosa en la cama y se volvió
a oír la llamada del podenuí.
La habitación de la muchacha estaba a oscuras pero una especie de clarividencia
le permitía a Ramón ver lo que ocurría. La muchacha buscó las cerillas
tanteando en una mesita, encendió un vela y se fue tambaleando hasta la
habitación de la señora.
-¡Llevo media hora llamando! -Se quejó la señora.
-Lo siento, -respondió la muchacha.
-¡Aparta esa vela de la cara que me deslumbras!
La muchacha puso la vela detrás de una caja de cartón para que no le diera a la
señora la luz directa en la cara. Luego sacó el orinal que estaba debajo de la
cama y lo puso allí mismo a la vista. Ayudó a la señora a levantarse del
lecho. Esta se quedó sentada en la cama unos cuantos segundos y luego
inició el gesto de levantarse.
-¿Y por qué no le llama orinal como todo el mundo?
-¡Ay, niña! Que retrasada eres. Ayúdame a sentarme.
La muchacha la agarró por las axilas para que la señora bajara lentamente el
trasero. Los ruidos escatológicos se oían con fuerza y la señora trató de
acallarlos con estas palabras:
-Decir orinal es una vulgaridad.
-¿Eh? -preguntó la muchacha.
-Se dice podenuí que viene del francés “pot de nuit”.
-¡Ah! -Dijo la muchacha sin entender la diferencia.
-Que te voy a decir a ti que no entiendes más que de estiércol.
En ese momento Ramón ya no pudo aguantar más estas visiones. Sacudió con
fuerza la cabeza, como los perros cuando los mojas con la manguera, y se levantó
de la cama. Se fue hacia la botella de güisqui y se echó en el vaso tres
deditos bien medidos. Luego se dio unas bofetadas en la cara, por ambos
lados, como el hombre ese que anuncia la loción de afeitar. Cogió el vaso
y se puso a beber al tiempo que encendía la tele. Le quitó el sonido y se
quedó tranquilamente viendo los dibujos animados.
Adela roncaba plácidamente.
leopoldo perdomo
Crítica
Tengo que reconocer que
dejé su lectura para más tarde, pues algunas veces puedes ser bastante
plasta, pero no es este el caso, pues lo leí con gran placer y de un tirón.
Me ha gustado lo del "podenuí" pues mantienes
un humorístico suspense hasta el final, cosa nada habitual en cuentos
parapsicológicos y que llevas perfectamente. La ironía sobre extranjerismos es
excelente y consigues meter un cierto terror sobre la casa, no de la forma
habitual y manida, sino sobre su construcción. Lo de tu abuelo es genial. Haces
ver que mucha gente confunde lo típico con la cochambre y allí lo transformas
en una mezcla de lo onírico con lo real. Bin el personaje del vendedor que está
en su segundo lugar.
Le doy un siete sobre diez y que es puntuación mucho
más alta que para la de un bestseller al uso. No le doy más porque lo de la
ermita deberias haberlo enlazado, mientras que así solo entra como anécdota.
Los personajes inexistentes están mejor construidos que los reales como debe ser,
pero deberías haberles dado algo más, pues entran un poco a traspasamano.
Solo es mi opinión.
diaspar