AMADA BRUMA
Por Julia Escobar
La conocí en un bar de copas, ya saben, de los que cierran al anochecer. Un antro seguro, donde uno está entre gente fuera de toda sospecha. Pero antes quisiera presentarme. Me llamo Rael y vivo solo porque las leyes senitarias prohiben que los humanos vivamos juntos en un mismo habitáculo, y mucho menos en un barrio tan peligroso como el mío. Es verdad que siendo dos es más difícil pasar desapercibido y en tal caso el gobierno no nos garantiza su protección, lo cual equivale a decir que nos entregan envueltos en papel de plata a las fauces de todos esos monstruos. Es importante para que entendais lo que supuso mi encuentro con la que se convertiría en mi pareja.
Yo había pasado la noche durmiendo como un buen cristiano, rodeado de mis cirios, mis rosarios, mis santos y toda la corte celestial. Me levanté temprano y como todavía era de noche, me puse a trabajar con ahinco, porque desde Aquel Día, los relojeros no damos abasto. Cuando amaneció dejé que el sol se aposentara bien aposentado, no fuera a nublarse y se me fastidiaran los planes. Pero, fiel a la cita, el astro rey se adueñó del cielo y echó a todos los apestados de las calles. Cuando mis vecinos dejaron de marearme con su vuelta a casa masiva (la escalera es de madera y chirría que da asco), salí a la calle dispuesto a divertirme de lo lindo, porque total, era invierno y la luz se retiraría en seguida. Mala estación para los bien nacidos. Pero ya llegaría el verano, ya, y se iban a enterar todos esos bastardos de lo que es quedarse en casa más de dieciseis horas seguidas completamente solo,
Ya en la calle me dirigí en busca de algún lugar decente que abriera por el día, porque lo bueno cada vez es más raro. Asomé la cara por un bareto abierto, pero estaba muy oscuro, y francamente me mosqueó la pinta de aquellos tíos con sus gafas de sol y su aspecto tan descarado de lo que seguramente eran, así que salí por pies a mejores lugares. Entonces lo encontré, se llamaba «Un Hogar» y parecía un lugar confortable, con bastante gente, dentro de lo que cabe. Me gustó el nombre, sonaba a antiguo y a mí lo antiguo me fascina. Siempre que encuentro algo del pasado en mis correrías veraniegas por las afueras, lo recojo y me lo llevo a casa. Tengo un televisor, una lata de Coca-Cola, una pila y eso que llamaban ordenador (conocía esas cosas por mi abuelo que vivió antes del Gran Apagón) que me encontré una sofocante tarde de verano en la que llegué caminando hasta los vertederos exteriores, donde todavía se conservan restos de aquellas gigantescas estructuras metálicas y de algunas naves de cuando el impacto.
La camarera me fascinó. Ella no era humana, y sin embargo ¡qué atractiva! Movía sus antenas con una sensualidad que despertó en mí sentimientos que creía olvidados para siempre. ¡Con qué gracia abría y cerraba sus tres ojos, simétricamente colocados en el centro de su redonda cara.! ¡Qué piel, satinada, lustrosa, de un extraño color granate que acabó por enamorarme del todo! Llevaba un mono azul con galones en las hombreras y un cinturón plateado que al ceñir su grácil cintura, destacaba con más nitidez sus escurridas caderas. Nunca pensé que yo, educado en la más estricta tradición pro-humanista y en la aversión a lo in-humano, pudiera desear a una de esas híbridas criaturas del desastre, fruto de la experimentación genética intergaláctica de aquellos años, de los que ya no quedan más vestigio que ellas y que, como decía mi abuelo con una punta de sorna y un mucho de rencor, son la prueba palpable (pues solían hacer de prostitutas) de nuestro fracaso como especie dominante.
Faltaba poco para que cayera la noche y a pesar del riesgo evidente la esperé hasta que cerraron el bar. No me costó nada conseguir que me acompañara a casa. Seguramente era consciente de su tremendo atractivo. En el corto trayecto (en invierno jamás me aventuro muy lejos) me contó su triste vida de chica de alterne en una discoteca nocturna, porque era inmune a los repelentes hijos de la noche, eso yo lo sabía desde el colegio, no necesitaba explicármelo. Me confesó, con un coqueto movimiento de sus antenas, que estaba cansada de su vida errabunda y que su parte humana la reclamaba parar de una vez, aposentarse. Pero la pobre no tenía dónde. No necesité más para entender que se me estaba ofreciendo para algo más que para compañera de una noche así que la propuse que viniera a mi casa, para vivir conmigo definitivamente. Durante algún tiempo, y si era discreta, podía seguir trabajando de camarera, nos hacía falta el dinero (mi sueño era poder trasladarme a un barrio más decente). Yo me sentía también tremendamente solo en aquel bloque, entre tanto noctámbulo. En fin, nos apoyaríamos mutuamente. Yo le daría amor y seguridad material y ella afecto y asistencia sexual. A Bruma (así de bonito era su nombre) le asustaba un poco el apaño pero la expliqué, con evidente mala fe, que la ley no mencionaba la cohabitación con in-humanos (omití añadir: ni con animales). Además, como era de día nadie podría denunciarnos.. A esa hora estarían todos roncando como cerdos en sus ataúdes. Al fin y al cabo, alguna ventaja tenía vivir en una barriada de vampiros, además de la estrictamente económica, claro.
© de Julia Escobar 1999
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